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Desde que surge el imperialismo, Venezuela comienza a sentir en su territorio y sus riquezas los zarpazos de los filibusteros contemporáneos.
En los primeros meses de 1895, Inglaterra, teniendo como base de operaciones a la Guayana Británica, se apoderó de 60 mil millas cuadradas de territorio venezolano que encierran ricos yacimientos de oro, diamante, bauxita, etc., y la Isla de Patos, en el Golfo de Paria, aunque sus pretensiones llegaban más lejos, pues reclamaba como suyas a Punta Barima, en la desembocadura del Orinoco, y 400 millas del curso del mismo río.

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No se trata de una especie de "tierra de nadie", para cuya defensa poseía Venezuela únicamente "algunos vagos documentos históricos, mapas y nada más", como sostiene el escritor mercenario John Lavin. (Ver Nota 1) Son tierras que histórica y geográficamente pertenecieron a la antigua Capitanía de Venezuela y, en razón de los principios del Uti Possidetis, continuaron formando parte de la naciente república.
Las autoridades coloniales británicas trazaron manu militari los límites que convenían a sus amos de Londres y establecieron un cuartel y un puesto de policía en el río Uruán, dentro del territorio venezolano. El general Joaquín Crespo, Presidente de la República, con el apoyo de todo el pueblo, ordenó la expulsión por la fuerza de los soldados y oficiales británicos y la ocupación del cuartel y del puesto de policía por soldados venezolanos. Los funcionarios coloniales fueron expulsados inmediatamente y los oficiales británicos estuvieron presos y confinados por algunas semanas. En lugar de la bandera inglesa volvió a ondear la bandera venezolana sobre territorio venezolano.
En las comunicaciones del gobierno británico en Demerara para el gobierno de su metrópoli, se consignaban fuertes ataques y expresiones-calumniosas contra el pueblo y el gobierno de Venezuela, las cuales fueron repetidas por los oficiales británicos en el informe elaborado para Su Majestad, en el cual se decía haber sido "víctimas de los atropellos de los salvajes soldados venezolanos".
Como las relaciones diplomáticas entre Venezuela y la Gran Bretaña estaban rotas hacía ya algún tiempo, Su Majestad exigió una explicación por intermedio del Ministro Plenipotenciario de Alemania en Caracas, quien estaba encargado de los asuntos ingleses. La respuesta del general Joaquín Crespo, como era de esperarse, no fue nada "satisfactoria" para los británicos. En junio del mismo año insistieron nuevamente sobre el problema y por intermedio del ministro alemán dirigieron una nota agresiva al Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, donde exponían que la Gran Bretaña se preparaba a exigir excusas y una indemnización por el incidente del río Uruán, afirmando, por otra parte, que si ambas reclamaciones no eran satisfechas con prontitud, se tomarían "fuertes medidas", lo cual significaba, como significa hoy, en el lenguaje de los imperialistas para tratar con las naciones pequeñas, que Gran Bretaña recurriría a su mayor fuerza militar para obligar a Venezuela a satisfacer sus reclamaciones e in justos propósitos.
El gobierno del Presidente Joaquín Crespo apeló a los principios de la Doctrina Monroe, lo que aprovechó el gobierno norteamericano para intervenir en el conflicto, ya que las rivalidades interimperialistas entre Europa y Estados Unidos por el dominio de la América Latina se encontraban en franco despliegue. Estas rivalidades se evidencian con toda claridad en la nota enviada por el Secretario de Estado, Grover Cleveland, a Lord Salisbury, Primer Ministro Británico, en la cual afirma: "Los Estados Unidos son virtualmente soberanos en este continente y sus fallos representan la ley en cuanto a los sujetos a los cuales alcanza su interposición." (Ver Nota 2)
Los Estados Unidos habían presionado al Presidente Crespo para que sometiera el conflicto a los procedimientos de arbitraje y así "legalizar su intervención".
Alemania y Francia pretendieron también aprovecharse de la difícil situación de Venezuela reclamando la urgente satisfacción de algunas deudas. El Presidente Joaquín Crespo expulsó del país a los representantes diplomáticos de aquellas potencias, los cuales fueron embarcados en un buque de la escuadra americana que arribó a La Guayra precisamente con tal fin. La reacción patriótica del pueblo venezolano no Se hizo esperar: en Caracas y en las principales poblaciones se hicieron manifestaciones contra el imperialismo británico; en todo el país los comerciantes ingleses fueron boicoteados y sus establecimientos apedreados; el Presidente Crespo ordenó que se instalaran baterías en las colinas de La Guayra y se redoblaran las ya existentes en el Fortín Solano para proteger a Puerto Cabello de cualquier ataque por mar; se constituyeron centros de reclutamiento de voluntarios, listos para funcionar en el momento en que Gran Bretaña hiciera algún movimiento hostil contra la República; la prensa venezolana denunció duramente los atropellos de los ingleses, y los periódicos más radicales propugnaron la organización de un ejército de voluntarios para recuperar la tierra que nos habían arrebatado los ingleses, sin esperar el laudo arbitral, que sería contrario a los intereses venezolanos -como efectivamente lo fue-, y para liberar a la Guayana Británica del dominio imperial.
Durante la semana de Carnaval, en febrero de 1896, la campaña contra el imperialismo llegó a su punto culminante. La tradicional fiesta popular fue transformada en una jornada de lucha contra los saqueadores internacionales; soldados venezolanos desfilaron por las calles de Caracas y de las principales ciudades de provincia arrastrando efigies y caricaturas de políticos y militares británicos. En el mes de marzo (Semana Santa), se repitieron las manifestaciones patrióticas: en las plazas públicas y en los barrios pobres, siguiendo una tradición popular en Latinoamérica, fueron quemados judas que representaban a militares ingleses y al símbolo del imperialismo británico: John Bull.
Sin embargo, el territorio venezolano fue desmembrado "legalmente", tal como convenía a los intereses del imperialismo inglés, y de acuerdo con el laudo dictado por la Comisión Internacional de Árbitros Arbitradores, en París, en mayo de 1899. Todo esto con la aquiescencia y el visto bueno de las grandes potencias, Estados Unidos en primer término, con lo cual quedó demostrado que Estados Unidos protestaba en 1895 contra la acción de Inglaterra, sólo debido a la rivalidad expansionista y no con el fin noble de resguardo de la libertad e independencia de nuestro país. Obligado a ceder (Estados Unidos), en aquella ocasión (1889), como es de rigor entre estos tiburones cuando la correlación de fuerzas no les es favorable para disputar la víctima con probabilidades inmediatas de victoria, el joven imperialismo yanqui, ya maduro, tomará el desquite ¡y de qué modo!

NOTAS
1) John Lavin, Una aureola para Gómez, Distribuidora Continental, pág. 51, Caracas, Venezuela

2) Con esta interpretación, la Doctrina Monroe fue convertida en un embrión (continental) de lo que es hoy la Doctrina Eisenhower, como ley de "interposición" mundial.-E. M.