"De la moto y el abrazo sudoroso en la competencia cerca del auto cine a la agitación sobre la cama de la muchacha no hubo mucha diferencia. Raquel misma lo devolvió en el Chevrolet de su padre, antes de amanecer, al centro de la ciudad. El cuarto de Raquel estaba en el segundo piso de una quinta, por los Palos Grandes. Entraron por una puerta secundaria, hecha de un tejido metálico blanco; y ya desde arriba él vio el jardÃn cargado de crisantemos alrededor de una piscina circular. Antes de llegar a la pieza de Raquel pasaron por una pequeña sala: él distinguió cuadros con temas obtusos en marcos de lujo y seguramente comprados en las nuevas galerÃas. Los muebles daneses le hicieron recordar la preocupación vital de la muchacha por la moda. Ya dentro del cuarto, él se acercó un momento a la persiana. Todo estaba en silencio; ella no explicó nada acerca de sus padres o familiares: sólo le hizo una señal de callar. Casi hasta la ventana llegaba un tronco de acacia, rojo y dulce, el cual Raquel habÃa atado con una cuerda plástica para que obligatoriamente alcanzara su cuarto; el árbol pertenecÃa a la casa vecina. Cerca de la cama estaba un piano pequeño y, ajustados a la pared, algunos estantes con cuadros. En las puertas plegables del clóset habÃa afiches y un retrato de Raquel. El auxiliar del teléfono estaba sobre la alfombra azul, y le sorprendió mirar, juntos, conchas marinas, espigas muy viejas, fotos, pedazos de madera encima del escritorio. Raquel no apagó la lámpara mientras hacÃan el amor; y en dos oportunidades se levantó a tomar naranjada. A los besos iniciales la muchacha correspondió con mimos orales y con una expresión hierática; pero no lo dejó estar mucho tiempo sobre ella. Temerosa de que él acabara (habÃa habido bastante excitación durante la carrera en moto y ahora, mientras venÃan a la casa en un libre) dio un pequeño giro, lo hizo voltear boca arriba y quedó montada sin que durante el movimiento la verga se hubiera salido. En esa posición ella osciló y vibró. Ya él no le distinguÃa las facciones, creyó ver sus dientes y una sonrisa feroz. Un amigo italiano le habÃa comentado que las mujeres criollas eran poco expertas; pensó: "iAy, vale! Si te agarrara Raquel... "Y asimismo, con un gesto suave la muchacha quedó libre por un instante, pero en seguida manipuló con pericia las bolas y el erecto tronco y volvió a quedar clavada, castigándose con fuerza el otro orificio. Él no pudo resistir. La atrajo con violencia. Vertió sus besos, la saliva y la lengua en la boca feroz de ella, mientras la habitación resplandecÃa, se derrumbaba hacia un irritante silencio, el orgasmo."
De Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar
de José Balza. Fondo de Cultura Económica. México, 2002

