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Cuando Monteverde entró en La Victoria fue recibido por don Francisco Espejo, miembro del ex-poder ejecutivo, quien en un arrebato de alegría exclamó: "Gracias al cielo de volver bajo la dominación de los dueños legítimos" (18). A pesar de estas expresivas frases, Espejo fue encarcelado, algún tiempo después, en los calabozos de Puerto Cabello. Las fuerzas patriotas, según lo pactado el día anterior, ya habían evacuado la ciudad no sin que antes se hubiese presentado un conato de sublevación entre los pardos de la tropa, quienes anarquizados por la caída de la República pensaban juntarse a los negros de Barlovento para atacar a Caracas y acabar con los blancos, españoles y criollos. Urquinaona, testigo de los sucesos, dice "observando éste (Miranda) la disidencia y alteración de varios cuerpos de pardos que salían en tropel del pueblo de La Victoria con dirección a Caracas, publicando que no entraban en la capitulación concluida en San Mateo, y temiendo Miranda ver frustrados sus designios si por desgracia llegaban a reunirse, hacer causa común y dirigir contra los blanco!; el alboroto de los negros de las costas orientales, dio órdenes para la entrega de La Victoria y partió para Caracas decidido a desarmar a los mulatos, como lo ejecutó, dejando con esta operación expedita la entrada que hizo Monteverde el día 30 de julio, con aplauso y aclamación de los habitantes pacíficos de aquella desgraciada capital" (19). Desde el primer día de su llegada, Monteverde hizo mala impresión, pues entró "rodeado de europeos, isleños y demás individuos del partido que llamaban Godo, y que habían sido perseguidos o mal vistos durante el Gobierno revolucionario" (20). Comenzaba el Gobierno de los isleños con todos sus odios y venganzas. Monteverde no era un militar de escuela ni un hombre educado, se dejaba influenciar por los monjes y sobre todo por sus coterráneos, era "rudo, grosero y casi por completo desprovisto de toda clase de conocimientos, pero ambicioso y emprendedor" (21). Los moderados y muchos de los exaltados que habían creído en su persona, como representante del Rey de España y del orden, se vieron defraudados en sus más legítimas esperanzas al ver que en Monteverde no estaba representada la bonachona y tolerante colonia, sino más bien la venganza baja y soez. Los cargos públicos que anteriormente cuando la administración de los capitanes generales ocupaban los criollos eminentes y de distinguidas familias, ahora los tenían una camarilla de canarios insolentes, pulperos en su mayor parte, de manos recias y lenguaje torpe, que se pavoneaban por las calles provocando a los caraqueños y procediendo en todo como dueños absolutos de una ciudad conquistada. La capitulación no fue refrendada, según lo dispuesto en el artículo 11 de la misma, por apresuramiento de las autoridades competentes y por la huída de Miranda; aprovechando Monteverde esta circunstancia para no observar ninguno de los compromisos pactados en San Mateo y que la ley, y no el honor, le permitía violar. Mientras Monteverde entraba en Caracas, Miranda llegaba a La Guaira con el propósito de embarcarse en una "corbeta inglesa, el "Sphir" del capitán Hayns, que acabada de llegar de Curazao. Miranda encargó al señor Leleux, su secretario particular, de hacer embarcar a bordo de este navío su biblioteca, sus papeles, y una fuerte suma de dinero sacado por sus órdenes del tesoro público" (22). Al menos esto "del tesoro público" lo hicieron correr sus adversarios (Nota 1). En realidad, el dinero que llevaba era un préstamo que le había hecho el Marqués de Casa León, según el decir del propio José Domingo Díaz, en los días de la capitulación. Casas, quien era Gobernador del Puerto de La Guaira, Simón Bolívar y Peña, decidieron en venganza por el fracaso de Miranda hacerle preso, aunque no están del todo lejanas las presunciones de que el móvil de tal acontecimiento haya sido el congraciarse con las autoridades' españolas. Ciertos documentos, al menos, dan a entenderlo así. Lo cierto es que la noche de su llegada al puerto, el Capitán Hayns, quien parece sospechaba algo, le invitó a montarse a bordo inmediatamente. Miranda no quiso y se quedó en tierra (23). El Gobernador le convidó a dormir en una habitación de su propia casa. Miranda se retiró al cuarto a eso de las nueve (24). Entonces, Casas y Peña decidieron hablar con Bolívar haciéndole ver a éste la traición de Miranda, pero en realidad con el fin de apropiarse de los diez mil pesos del Generalísimo y congraciarse con el Gobierno español, pensamiento que no le comunicaron a Bolívar. Esa misma noche del 30 de julio se decidió la suerte de Miranda (25). "Cuando Peña, Casas y Bolívar se hubieron asegurado de que dormía un sueño profundo, después de una corta deliberación decidieron asegurarse de su persona esa misma noche y librarlo al Comandante español Monteverde. Casas, en calidad de Comandante militar de La Guaira, dio órdenes para que un fuerte destacamento de la guardia le fuera enviado. Ordenó que este destacamento rodeara su propia casa, observando el más profundo silencio. Cuando todo estuvo listo, Peña, Casas y Bolívar entraron, a las dos de la mañana, en el cuarto abierto del General Miranda. Estaba completamente dormido. Los tres cómplices agarraron la espada y pistolas del General que había colocado delante de él" (26). Entonces, Soublette, que dormía cerca en calidad de secretario de Miranda, corrió a ver qué querían aquellos hombres, y una vez enterado de sus propósitos despertó a Miranda. Este, medio dormido, se quejó de que era muy temprano, pero luego, advirtiendo lo que sucedía, agregó: "Que esperen, pronto estaré con ellos". Una vez listo agarró una linterna que tenía Soublette en la mano y la levantó en alto para ver mejor los rostros de sus prendedores y dijo: "Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche", y se entregó (27). Inmediatamente fue conducido al castillo de San Carlos o Colorado, situado sobre el cerro que domina a La Guaira. Por el camino de subida sufrió ciertas violencias de sus enemigos, y apenas llegado al fuerte fue encadenado y encerrado en un oscuro calabozo. Al día siguiente entró Cerveris en La Guaira, quien ordenó su traslado a la prisión llamada de "las bóvedas", enfrente del muelle (28). ¿Por qué El Libertador fue de los que le hicieron preso? En realidad, Bolívar estaba desagradado por la actitud de Miranda de no ratificar, como era lo convenido, el pacto de San Mateo, dejando la capitulación inconclusa, tomando el primer barco que encontraba en el puerto, sin esperar al enemigo y entregarle la capital, abandonando todo, dando la sensación de huída, de poca seriedad. Por eso, años más tarde, el Coronel B. H. Wilson decía a O'Leary: "El General Bolívar siempre se glorió delante de mí, de haber arriesgado su propia salvación, que pudo haber conseguido embarcándose, con el fin de asegurar el castigo de Miranda por la traición que se le atribuía. No carecían de fundamento sus razones, pues argüía que si Miranda creyó que los españoles observarían el tratado, debía quedarse para hacerles cumplir su palabra, y si no era un traidor, por haber sacrificado su ejército. Invariablemente agregaba Bolívar, que él había querido fusilar a Miranda, pero que otros lo impidieron". En realidad, la actitud de Bolívar era comprensible y explicable. Caracas estaba a merced de los canarios. Estos ocupaban los cargos de importancia y dirigían los asuntos públicos. Ser isleño era una credencial para que todas las puertas se le abrieran, para que todo el mundo le adulara. A propio tiempo al criollo se le miraba con desconfianza, como a un enemigo. Esto trajo como consecuencia una profunda decepción en el círculo de hombres que habían querido la vuelta de España. Enemistó a los indecisos, ahondó aún más la brecha que los separaba de los enemigos. Nadie quería ver al isleño mandando, tanto más cuanto que hasta ayer era mirado con desprecio y considerado como inferior (Nota 2). Poco tiempo después de haber entrado Monteverde a Caracas comenzaron las prisiones. Se empezó a perseguir a todo aquel que había tenido alguna actuación cuando la República. En medio de la plaza de Capuchinos exhibieron al doctor Juan Germán Roscio en un cepo para que los realistas se burlaran de él y le tiraran inmundicias (29). Por el viejo camino de La Guaira llevaban amarrados como bestias a los más eminentes patricios, entre ellos a Montilla, a Escalona, a Cabrera, al Padre Mendoza, etc., para encerrarlos en las "bóvedas" (Nota 3) y (Nota 4). Caracas, como la Roma de Mario y Sila, era una ciudad donde una simple denuncia de un isleño bastaba para encarcelar a un hombre o para arruinar a una familia. Las calumnias brillaban por todas partes. El mismo Arzobispo de Caracas, dice un testigo de aquellos tiempos, usó de su influencia cerca de Monteverde para acusar a sacerdotes patriotas (30). Con este espantoso sistema los canarios llegaron a gozar en poco tiempo de un poderío que nunca tuvieron en la colonia los españoles peninsulares. Al propio tiempo que Monteverde cometía esta serie de atropellos con los patricios caraqueños, trataba muy mal a la tropa criolla que estaba a sus órdenes, creando un gran descontento. Entonces trataba de compensar esto con una gran licencia que le toleraba a la tropa con respecto a los pacíficos ciudadanos. "Caracas durante el Gobierno de Monteverde, dice Urquinaona, pareció un campamento amenazado por enemigos, o una farsa que excitaba a la risa de todo hombre sensato... todas las tropas que tenía Caracas eran nominales y estaban en cueros, a excepción de unos pocos soldados de marina vestidos con el mayor lujo, nadie podía andar por las calles en cerrando la noche. Con la luna clara se veían venir una o dos mujeres en su traje ordinario, y al momento se les preguntaba: ¿Quién vive? ¿De qué regimiento? ¡Y miserable la que no respondía en el acto! Yo vi con mis ojos, a las ocho de la noche de un plenilunio, en la calle más pública, frente a la rasa donde vivía el mismo Monteverde, y frente a la que servía, o llamaban cuartel de marina, tendido en el suelo y atravesado de un balazo a un infeliz del campo que no supo responder tan pronto al centinela que le asesinó" (31). Por otra parte, Monteverde se captó también el odio del público cuando dispuso que, para sufragar los gastos de la burocracia isleña, se levantara una contribución general, la que de hecho era forzada, dada la situación de pobreza de la nación y la impopularidad del Comandante General. Para cobrada se recurrió a los medios más violentos, a la vez que imponía al comercio multas y contribuciones, "estos medios violentos irritaron a los principales comerciantes, y les impidió encontrar entre ellos el socorro que él hubiera esperado si otra hubiere sido su conducta", Esto, unido a la falta casi absoluta de numerario, y que la lejanía de la Metrópoli impedía la rápida llegada de moneda española y la que estaba en plaza era venezolana o antigua española convertida y refundida en moneda de la República, produjo un profundo malestar entre los civiles, quienes no encontraban medio cómo quitarse de encima a tan inepto y tiránico Gobierno. Al propio tiempo la tropa no percibía ni un centavo por sus servicios lo que aumentaba el malestar (32). Las prisiones redoblaron cuando Monteverde comprendió que la ciudad estaba en su contra. Se procedió a levantar una lista de "sospechosos" formada por muchas personas de Caracas que habían sido hasta ese momento adictas a la causa realista pero que no querían ser vejadas ni robadas por los canarios. Apenas formada la lista de los "sospechosos", "se levantaron partidas tumultuarias de los isleños más soeces, a quienes se entregaron sin firma, mandato, ni formalidad alguna, los nombres de aquellas víctimas, dejando lugar para agregar libremente los que después fueran ocurriendo a los bárbaros ejecutores del atentado... se allanaron con estrépito todas las casas de los proscritos, registrando con audaz grosería las camas de sus mujeres e hijas, insultándolas en su desgracia y conduciendo a sus padres y esposos a las pestilentes mazmorras de La Guaira donde amanecieron cargados de grillos y cadenas. La misma noche del 13 de agosto se circuló orden a las autoridades subalternas del distrito para prender y remitir a La Guaira y Puerto Cabello a cuantos reputaran "sospechosos"; y como los tenientes de justicia, casi todos isleños, eran otros satélites del terrorismo, la ejecutaron de manera que a los quince días se contaban en los calabozos sobre mil quinientas personas de las más distinguidas entre los pueblos (33). Caracas era un valle de lamentaciones. No había nadie quien no tuviese un familiar o un amigo en las listas de proscritos. Heredia llegó a Caracas en esos días llamado por el propio Monteverde y encontró que "la casa del jefe estaba siempre llena y rodeada de gentes de todas clases, sexos y edades, que iban a implorar clemencia por el hijo, por el hermano o por el marido presos, y que en pie, cuatro o cinco horas sin lograr audiencia... y vi niñas delicadas, mujeres hermosísimas y matronas respetables solicitando protección hasta del zambo Palomo; un valentón de Valencia, despreciable por sus costumbres, a quien Monteverde había escogido para que siempre le acompañase" (34). Este desagradable ambiente de persecuciones, venganzas, robos y vejaciones era intolerable hasta para los criollos realistas. Muchas de estas personas comenzaron a considerar, como lo único para salir de semejante situación, la vuelta de la República. Al propio tiempo que esto sucedía con los blancos criollos, los negros no estaban del todo contentos. La insurrección de los esclavos que había sido detenida por la religión estaba aún latente. Empezaban a reclamar las libertades que les habían sido ofrecidas por los mismos que les habían insurreccionado. Pero una cosa era ofrecer y otra cumplir. El Gobierno no podía hacer efectivas esas aspiraciones de los negros, porque de hecho hubiera sido ocasionar una revolución en los medios de producción, revolución económica ésta que habría perjudicado a las demás colonias españolas e inglesas trastornando las bases de la sociedad colonial. Los negros, en vista de la actitud intransigente de las autoridades realistas, volvieron a la lucha, esta vez atacaron directamente por el litoral, "armados la mayor parte con palos, algunos con machetes y muy pocos con cuchillos, con el intento de apoderarse de La Guaira, y es necesario no tener idea de lo que es aquella plaza para concebir que una chusma despreciable pudiese sin locura haber proyectado empresa tan disparatada. Así fue que un destacamento de tropas los desbarató al momento, cogió a los más y el resto se dispersó... el objeto de aquel levantamiento no fue otro que el de intentar por este medio conseguir la libertad que les habían ofrecido los que levantaron la esclavitud de aquellos valles si tomaban las armas contra Miranda" (35). Tal era el panorama de la situación de Venezuela a fines de 1812. Sombrío y sin esperanzas. Sólo existía la perspectiva de acabar de una manera violenta con el Gobierno de Monteverde para vengar las afrentas de los insolentes canarios.

Notas
1) Con respecto a la suma de dinero que Miranda embarcó, y sobre la cual se ha gastado tanta tinta, poseemos un interesante libro escrito por un sobrino del general Monteverde, muy bien documentado con los archivos de su tío sobre todos los asuntos de la campaña de Venezuela en 1812. Allí están las siguientes cartas: «Victoria. 22 de julio de 1812. Mi querido Manuel María: Esta mañana, a las diez, llegó el general a esta ciudad: todo lo ha encontrado tranquilo y continúa en el arreglo de estos asuntos, pues no queriendo que se pierda tiempo, envía ahora a Mr. Robertson y me manda te escriba a fin de que disponga que a bordo de su buque se ponga todo el equipaje del general y que al mismo Robertson le entregues los diez mil pesos en fuertes; que todo este embarque haya de hacerse precisamente de noche y que de los diez mil pesos percibas recibo. El buque, con todos estos efectos a su bordo, debe permanecer ahí hasta que se le comuniquen nuevas órdenes, y harás que por el ministerio de Hacienda se le pague en papel sus estudios hasta que el embarque se haya verificado. SI fuese posible, franquearle dos cañones de pequeño calibre para la defensa del buque; se los entregarás con calidad de devolverlos. Estos asuntos son de la mayor importancia y así me encarga el general te diga que lo veas con preferencia a cualquiera otros. Allá va el barón Shomberg, y el general quiere que le pongas, como a Picornell, en disposición de que no alarme y cause desórdenes en ese puerto. Pásalo bien, muchacho, y dispón de tu apasionado, C. Soublette.
Caracas, 27 de julio de 1912. Mi querido Manuel María: El general me manda te prevenga que de los catorce mil pesos que te llegarán hoy hagas embarcar doce mil a bordo de la goleta Robertson y el resto lo reserves en tu casa hasta que él disponga; percibirás recibo de Robertson y tú lo darás de los catorce mil. También me manda te encargue que trates a Carabaño con alguna suavidad, que cuando él vaya allá terminará estos asuntos. Yo no puedo decirte más sino que soy tu amigo sinceramente, C. Soublette». («Pacificación de Venezuela en 1812», por el comandante Tomás Monteverde. Madrid, 1883. Pág. 53).

2) Para conocer el prejuicio que nuestros blancos criollos sentían por los canarios, es bueno leer «Las clases coloniales», de L. Vallenilla Lanz.

3) «Yo vi llegar a La Guaira -dice Miranda- recuas de hombres de los más distinguidos e ilustres estados, clases y condiciones, tratados como fascinerosos; les vi sepultar junto conmigo en aquellas horribles mazmorras, vi la venerable ancianidad, vi la tierna pubertad, al rico, al pobre, al menestral, en fin, al propio sacerdote, reducidos a grillos y a cadenas y condenados a. respirar un aire mefítico que, extinguiendo la luz artificial, infeccionaba la sangre» (Miranda. Por el marqués de Rojas).

4) «El calabozo en que yo estaba recluido junto con casi cerca de cien compañeros de desgracia -dice un prisionero patriota- consistía en una pieza abovedada que no medía más de quince pies de longitud por doce de anchura, situada debajo de uno de los bastiones que formaban la fortificación de la rada. El piso estaba pavimentado con grandes piedras redondas que duras como eran nos servían, cuando nos acostábamos, para preservar nuestros cuerpos contra la humedad del suelo, empapado perpetuamente por la helada llovizna que rezumia del combo techo» (Narración del jefe de guerrilla capitán Wowell. «Las sabanas de Barinas», pág. 172. Edición de Joyerías Unidas, 1953).

BIBLIOGRAFIA DEL CAPITULO SEGUNDO
1. H. POUDENX, Mémoire pour servir à L'Histoire de la Révolution de la Capitainerie Générale de Caracas, de l'Abdication de Charles IV jusqu'au mois d'aout 1814. París, 1825, pág. 67
2. ARISTIDES ROJAS, Leyendas históricas de Venezuela. Segunda serie. Imprenta del Gobierno Nacional. Caracas, 1891. Página 183.
3. MANUEL PALACIO, Esquisse de la Révolution de l'Amérique Espagnole. Edit. P. Mongie l'Ainé. París, 1817. Pág. 129.
4. H. POUDENX, Op. Cit, págs. 68 y 72.
5. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 77.
6. RAFAEL MARÍA BARALT y RAMÓN DÍAZ, Resumen de la Historia de Venezuela. Imprenta de H. Fournier. París, 1841. Página 60.
7. JUAN VICENTE CONZÁLEZ, Biografía del general José Félix Ribas. Edit. América. Biblioteca Ayacucho. Madrid, 1917. Pág. 195.
8. PEDRO CUAL, Artículo aparecido en el «Promotor», núm. 39, de 1844.
9. PEDRO GUAL, Op. Cit, núm. 39.
10. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 81.
11. J. M. RESTREPO, Historia de la Revolución de la República de Colombia. En cuatro vols. Imprenta de J. Jacquin, Benzazon, 1858. Tomo II, pág. 78.
12. FRANCISCO JAVIER YÁNEZ, Relación documentada de los principales sucesos ocurridos en Venezuela desde que se declaró independiente hasta el año de 1821. En tres vols. Edit. Élite. Caracas, 1943. Pág. 44.
13. JOSÉ DOMINGO DíAZ, Recuerdo sobre la rebelión de Caracas. Imprenta de León Amarita. Madrid, 1829. Pág. 46.
14. JOSÉ DOMINGO DÍAZ, Op. Cit, pág. 46.
15. FRANCISCO JAVIER YÁNEZ, Op. Cit, pág. 51.
16. JOSÉ FÉLIX BLANCO y RAMÓN AZPÚRUA, Documentos para la Historie de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia. Publicados por disposición del general Guzmán Blanco, ilustre americano, etcétera. En catorce vols. Imprenta de la Opinión Nacional de Fausto Teodoro de Aldrey. Caracas, 1876. Tomo IV, pág. 38.
17. S1MÓN BOLíVAR, Obras completas. En dos vals. Edit. Lex. Habana, 1947. Edición oficial. Tomo l, pág. 53.
18. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 84.
19. PEDRO DE URQUINAON Y PARDO, Op. Cit, pág. 183.
20. JOSÉ FRANCISCO HEREDIA, Memorias sobre las Revoluciones dc Venezuela. Edit. Garnier. Paris, 1895. Pág. 61.
21. DUCOUDRAY-HoLSTEIN. Histoire de Bolívar. En dos vols. Imprenta Levasseur. París, 1831. Tomo 1, pág. 98.
22. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 82.
23. DUCOUDRA y HOLSTEIN, Op. Cit, pág. 84.
24. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 82.
25. FRANCISCO JAVIER YÁNi:Z, Op. Cit, pág. 53.
26. DUCOUDRAY-HoLSTEIN, Op. Cit, págs. 84 y "85.
27. RICARDO BECERRA, Vida de don Francisco de Miranda. Editorial América. Biblioteca Ayacucho. En dos vols. Madrid, 1917. Tomo 1, págs. 387 y 388.
28. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 90.
29. Remarques sur les désastres des Provinces de Caracas (par un Anglais témoin oculaire). París, 1817, pág. 165. 30.
30. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 92.
31. PEDRO DE URQUINAONA y PARDO, Op. Cit, pág. 357.
32. PEDRO DE URQUINAONA y PARDO, Op. Cit, pág. 214.
33. PEDRO DE URQUINAONA y PARDO, Op. Cit, págs. 214 y 215.
34. JOSÉ FRANCISCO HEREDIA, Op. Cit, pág. 06. 85.
35. JOSÉ FRANCISCO HEREDIA, Op. Cit, pág. 78.