Al Gobierno de la nueva República le esperaba una tarea muy difícil. El mismo día de la instauración del Poder Ejecutivo se supo de una conspiración de negros contra los señores del Congreso capitaneada por un tal Galindo, quien, según el decir de muchas gentes, era partidario de Miranda (Ver nota 1).
A su vez, los enemigos de la nueva nacionalidad preparaban un complot contra todos los patriotas, proyectaban poner a los españoles y canarios en los puestos claves y volver al estado de sumisión anterior a 1810. Este movimiento estaba organizado, según declaraciones de los cabecillas de la conspiración, por "americanos y europeos, compuesto de lo más selecto del clero secular y regular, y lo más distinguido del vecindario de la capital y de fuera" 23. Pero en realidad estas declaraciones eran desde todo punto de vista exageradas, al menos los que dieron la cara y aparecieron jefes directos de la insurrección, fueron don Juan Díaz Flores, mercader natural de Canarias; don José María Sánchez, de Caracas y Francisco de Azpurúa (24).
Valencia, Caracas, Los Teques y otras poblaciones de los alrededores de la capital se iban a insurreccionar en "nombre del Rey de España" contando para esto con la cooperación de Puerto Cabello, y sobre todo con el envío de tropas españolas desde Maracaibo, que permanecía realista (25). Todo estaba preparado lo mejor posible, pero a última hora, como suele suceder en estos casos, hubo una traición. El plan fue denunciado por don N. Barona y el Gobierno procedió inmediatamente a efectuar los arrestos necesarios.
Sabiendo los conspiradores que estaban denunciados decidieron alzarse en Los Teques a eso de las tres de la tarde del 11 de julio. En esta población se reunieron sesenta canarios montados en mulas, armados de trabucos y con los pechos cubiertos con hojas de lata, a guisa de armadura, gritando furiosa mente "viva el Rey y mueran los traidores" (26).
También hablan prometido la libertad a los negros de Caracas con tal de que se sumaran a la revuelta (27), pero nada sucedió. En cambio, en Valencia, la conspiración triunfaba apoderándose de la ciudad y proclamando a Fernando VII. Al mismo tiempo la revuelta de Los Teques era dominada completamente antes de las cuatro de la tarde, pues los quijotescos contrarrevolucionarios hablan fracasado en su plan de apoderarse del depósito de armas para poder marchar a la capital de la nueva República (28). El pueblo, azuzado por las autoridades patriotas, se lanzó armado de sables y cuchillos contra los conspiradores a los que dominaron fácilmente y sin efusión de sangre (29).
Entretanto, en Valencia, los revolucionarios realistas habían insurreccionado, en vista de hacerse un mayor número de tropas adictas, a todos los negros de los alrededores, dictando proclamas igualitarias y reivindicaciones sociales, dando la libertad a los esclavos y la igualdad a los pardos (30). Todos los descontentos por rivalidades feudales con Caracas se sumaron al movimiento, pues deseaban que la capital de la República fuese Valencia. Inmediatamente procedieron a repartir armas que hablan recibido, días atrás y en secreto, a todo el pueblo insurreccionado (31).
El ataque a Valencia, luego después de haberse enarbolado la bandera de Castilla, hubiese sido lo más indicado. Pero el Gobierno estaba indeciso, con grandes divergencias en su seno, sin conocer a ciencia cierta quiénes estaban en la conllpiración y quiénes eran leales, desconfiando los unos de los otros y con la agravante de no tener apenas sino seis días en el poder. La única decisión que se tomó fue esperar para ver qué nuevos focos brotaban y sobre todo para ver quién en la capital estaba y quién no estaba con el nuevo orden de cosas. Se pasaron varios días con las tropas acantonadas en los cuarteles hasta que, viendo que la situación en Caracas era normal, se resolvió enviar a un miembro de la alta nobleza y enemigo de los extremistas y en especial de Miranda, al Marqués del Toro, al frente de numeroso ejército (32).
Mientras el Marqués se dirigía a Valencia, los fracasados conspiradores de Los Teques estaban engrillados en prisiones. Más tarde fueron condenados a muerte una quincena entre los principales y fusilados, pues no había por ese entonces, por falta de ejecuciones, un verdugo competente que les ahorcase, siendo necesario para cumplir la condena que después de muertos fuesen colgados y sus miembros descuartizados. Para mayor escarmiento entre los canarios caraqueños, fueron cortadas sus cabezas y expuestas en picas y cajas en las principales plazas y avenidas de la capital (33).
La situación de Valencia, más que grave era interesante, pues por primera vez se usaba de "las castas" para organizar un movimiento popular y darle todo el empuje necesario. Demostrando así que quien más ofrecía y halagaba era efectivamente el dueño de las circunstancias. Por otra parte, la insurrección de Valencia con sus libertades extremadas se había pronto conocido en todo el territorio patriota, ocasionando, como era lógico que sucediese, continuas deserciones tanto en el ejército como en las esclavitudes de las haciendas, creando una situación de sobresalto para los viajeros que se encontraban en lugares apartados con esclavos "cimarrones". En la Gaceta de Caracas del 26 de julio de 1811 aparece la siguiente noticia: "El Supremo Poder Ejecutivo ha mandado establecer, en todos los partidos sujetos a una Justicia Mayor, Patrullas o Guardias Nacionales para la aprehensión de esclavos fugitivos; los cuales, visitando y examinando con frecuencia los Repartimientos, Haciendas, Montes y Valles, harán que se guarde el debido orden en esta parte de nuestra población destinada a la cultura de las tierras, embarazando que se separen de ella por caprichos, desaplicación, vicio u otros motivos perjudiciales a la tranquilidad del país. De orden del Gobierno se comunica al público esta determinación para que llegue a noticia de todos... A esta importancia primera se asocian otras muchas que el Gobierno ha tenido presentes al concebir este establecimiento; pues si protege las penosas tareas de los propietarios de las tierras, no favorece menos la tranquilidad de los partidos rurales, embarazando los robos y asesinatos en caminos desiertos. Los soldados de estas escoltas ambulantes pueden además servir muy bien en diferentes ocasiones para otros objectos de mayor importancia y gravedad por el conocido y frecuentado, con el exercito de sus funciones. La esclavitud honrada y laboriosa nada debe temer de estas medidas de economía y seguridad, con que el Gobierno procura el bien de los habitantes del país".
Ya los "mantuanos" iban recogiendo poco a poco su fruto de libertades ideales, de papel, viendo que el equilibrio que era la base de su preponderancia social empezaba a resquebrajarse. Por eso tenía razón el ex Capitán General Emparan cuando escribía: "Si ya no están los mantuanos arrepentidos de su desatinada insurrección, muy poco pueden tardarse en arrepentirse; pero siempre será tarde. Como quiera que los mulatos y negros son 10 ó 12 por un blanco, habrán éstos de sufrir la ley que aquéllos quieran imponerles; y siempre están expuestos a los mismos desastres que sufrieron los franceses dominicanos: tal es la felicidad que se han traído los insurgentes de Caracas con su revolución" (34).
Esa demagogia realista de insurreccionar "las castas" contra los patriotas en la ciudad de Valencia, debería en el futuro traer resultados funestos para uno y otro bando. Dice Heredia, célebre realista, que "desde entonces quedó arraigado en Valencia el odio mortal entre blancos y pardos, que tan funesto ha sido allí y en toda la provincia por donde se propaga, sin que pueda calcularse cuáles serán los últimos efectos de este mal; que todavía dura. Los guerrilleros, que después quisieron formar partido bajo la voz del Rey, excitaron esta rivalidad, llegando a ser proverbio en la boca de los europeos exaltados que los pardos eran fieles, y revolucionarios los blancos criollos, con quienes eran necesario acabar" (35).
El Marqués, militar de opereta, no podía hacer otra cosa en Valencia que fracasar, y en realidad fracasó. Fue necesario que los mantuanos caraqueños cedieran ante la presión de los extremistas y nombraran jefe del ejército de Valencia al General Miranda quien era el más indicado para llevar a cabo esta empresa por sus conocimientos y su prestigio. Era, pues, una derrota grave para el partido noble y moderado la salida del Marqués; pero este partido no ha de amilanarse, apenas nombrado Miranda ha de comenzar una serie de intrigas y contraórdenes para perjudicar al Generalísimo, precipitando con sus maniobras la caída de la primera República y la entrada de Monteverde, resultados éstos preferibles a que un plebeyo amigo de los pardos fuera a aprovecharse de la República por ellos organizada y dirigida (36).
Apenas Miranda es nombrado jefe del ejército, que con un ataque decidido y audaz toma a Valencia, a pesar de la heroica resistencia del cuartel de pardos, terminando de esta manera con el foco principal de la insurrección que pretendía acabar con la República a los siete días de haberse constituido.
Pero si la insurrección estaba dominada, no lo estaba por eso el peligro de invasión realista. Coro organizaba una expedición contra Valencia a favor de los insurrectos, y Miranda se ve en el caso de pedirle al Congreso permiso para seguir a Coro a luchar contra los refuerzos. El permiso es negado por el Congreso dejando que la expedición siguiera su rumbo, llamando más bien a Miranda para que se defendiese de las acusaciones e intrigas que le tenían sus enemigos, personajes éstos que preferían que la patria cayese en manos de los españoles que en la dirección de un supuesto enemigo de sus intereses.
Cuando Miranda entra en Caracas por la vía de Antímano, es recibido por el pueblo en medio de las más grandes aclamaciones. Manifestación ésta que significaba, además del apoyo popular, una especie de desafío a la actitud del Congreso y reprobación por las falsas acusaciones que hadan al ídolo de la Sociedad Patriótica. Poudenx que presenciaba la entrada, dice: "Las gentes de color mostraban un entusiasmo particular por su persona. Iban delante de él gritando ¡Viva el General Miranda!; pero poca gente distinguida tomó parte en este festejo. En el momento en que hada su entrada, se observaron dos negros a caballo, que lanzaban dinero al populacho, teniendo el aspecto de pagar las aclamaciones de que era objeto el General" (37).
En los días en que se luchaba por la ciudad de Valencia había en Caracas una vigilancia y una censura extraordinarias. La Sociedad Patriótica, imitando en esto al Comité de Salud Pública, presionaba al Congreso para que tomase las medidas más extremadas contra los espías y conspiradores. En el Morning Chronicle, periódico adicto a la causa patriótica, aparecía una carta escrita, por un testigo de aquellos acontecimientos, fechada en La Guaira el 3 de agosto de .1811, que decía así: "Todo es confusión en la América Meridional, todos los días hay prisiones de gente que se sospecha de tramas contra el Gobierno y los forasteros temen mucho reunirse; en una palabra, estamos en una entera suspensión, no sólo de comercio, sino aún de sociedad: la orden del día es: libertad e igualdad. Ayer salí de Caracas a las cinco de la tarde, y entonces aún no se sabía del ejército que se había mandado contra Valencia... Las conjeturas son varias y todos los días se reciben despachos del General Miranda; pero no se dan al público; también se equipan diariamente voluntarios por el Gobierno; se matan y están puestas en perchas las cabezas de los traidores, con un letrero debajo que dice: "Este hombre ha muerto por traidor a su patria." Dos fueron ahorcados ayer, condenados por la Sociedad Patriótica, pero no se dijeron sus delitos. El tiempo de las prisiones a media noche: un piquete entra en la casa, hace salir de la cama al reo, y a la mañana siguiente pierde la vida. Aquí tenemos por cosa peligrosa el que nos vean reunidos hablando en la calle, y más peligroso que todo el criticar al Gobierno. Aun cuando nos juntamos en reuniones particulares, no sabemos si nuestros criados son nuestros espías. Esta es exactamente la situación del país" (38).
El Congreso comenzó a licenciar las tropas de Miranda dejando sin defensa "a la República ante la invasión realista, pues "sus enemigos (los de Miranda), escribe el mismo Poudenx, gustaron más no tener ejército, que tener uno que estuviese bajo su influencia inmediata. Las primeras operaciones de su campaña fueron atacadas en el Congreso con animosidad; y entre sus enemigos, aquellos que más se distinguieron por su encarnizamiento, estaban los Toro y un Tovar" (39).
Miranda se presentó ante el Congreso, contestó a los cargos que se le hacían, exhibió documentos y probó, de una manera irrefutable, su inocencia. Pero el Congreso, no queriendo tomar ninguna iniciativa que hiriese los intereses de los principales personajes de la nobleza, aplazó su decisión para otra oportunidad (40).
La situación siguió, hasta fines de 1811, bastante estable dentro de su inestabilidad. El único suceso de importancia fue una conspiración develada "cuyo objeto, según J. D. Díaz, era dar la preferencia a las castas sobre la raza blanca, y cuyos principales autores eran blancos, de los conjurados del 19 de abril" (41).
La entrada del año de 1812 se caracterizó por un gran malestar económico generalizado en toda la República. Este malestar era resultante: de las luchas internas entre los promotores de la Independencia por sus prejuicios de clase; de la desatinada política financiera que perjudicaba especialmente al pequeño comerciante, al pulpero, al empleado, al trabajador, al cura. Pues, la necesidad de crear un papel moneda sin ningún respaldo, y la desconfianza general del público, contribuyeron al pánico. El propio Bolívar dijo que se vieron obligados "a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin otra garantía que la fuerza y las rentas imaginarias de la Confederación. Esta nueva moneda pareció a los ojos de los más una violación manifiesta del derecho de propiedad, porque se conceptuaban despojados de objetos de intrínseco valor, en cambio de otros cuyo precio era incierto, y alto ideal. El papel moneda remató el descontento de los estólidos pueblos internos, que llamaron al comandante de las tropas españolas, para que viniese a librarlos de una moneda que veían con más horror que la servidumbre" (42).
Esta idea del papel moneda habla nacido a imitación de los "asignados" de la Francia revolucionaria. Pero mientras los asignados tenían una base que los respaldaba, como eran las inmensas propiedades de los nobles emigrados, en Venezuela no había tierra que los protegiera ni ninguna otra clase de riqueza. Tal principio no podía ser cubierto sino por la violencia. Habla que obligar al ciudadano a aceptar papel contra plata, "por ello, dice Heredia, era necesario que la fuerza pública se interpusiera en todas las negociaciones más menudas, pues la ley obligaba a recibir el billete y a pagar en plata el quebrado de medio real, siempre que fuese preciso; sobre 10 cual ocurrían cincuenta pleitos al día en cada taberna o pulpería, porque muchos iban sin necesidad a comprar cualquier cosa sólo por tomar el medio de la vuelta" (43).
El estado de ánimo de los mismos patriotas había decaído mucho con el malestar económico surgido por los inconvenientes de la división del país y de la crisis del papel moneda, "algunos diputados del Congreso, dice el mismo Heredia, me han asegurado que al tiempo de su traslación a Valencia ellos y otros muchos estaban convencidos de que la nueva República no podía durar muchos meses y que se acabaría como los juegos de muchachos" (44).
La fabricación del papel moneda fue confiada a un hombre que, según el decir del propio Poudenx, nunca en su vida había grabado (Ver nota 2). Esto se prestaba al fraude. Apenas salidos los "asignados" empezaron a resentirse los hombres del campo a vender sus productos por valores imaginarios, y la diferencia que se estableció entre el papel moneda y la plata entorpeció enormemente la transacciones comerciales. Hubo lugares en donde se negaron a aceptar semejante moneda (45).
La inflación fue tremenda. No hubo ningún economista dentro del grupo de hombres que gobernaban a Venezuela que hubiese visto o remediado la situación, sólo había aficionados o "entendidos" en las ciencias económicas, faltaba una verdadera política financiera que pudiera sanear al país. El trabajador y el empleado seguían ganando igual a los tiempos de la plata, un mismo jornal; mientras que la desconfianza por el papel moneda hacía subir los precios de los productos a sumas fabulosas que aquellos hombres no podían materialmente alcanzar. Los precios llegaron a subir en ciertos renglones a un mil por ciento condenando a una muerte segura al que no poseía tierras o era rico.
Trágico es el cuadro que nos pinta Urquinaona: "La arroba de carne cuyo precio corriente era el de cuatro reales en plata, llegó a valer 48 en asignados. El dulce llamado papelón valía un real en plata cada porción de tres libras y a peso fuerte en moneda de papel. Su mismo descrédito cortó la circulación del numerario, porque todos lo reservaban, deseando salir de un papel sin garantía, a costa de cualquier sacrificio. Los habitantes del interior que surtían la capital de carnes, quesos, mulas y caballos, abandonaron el tráfico, y satisfechos de que a sus remotas poblaciones no alcanzaban los tiros del despotismo, se mantenían en sus casas, vendiendo a plata u oro alguna parte del producto de sus haciendas, mientras que al contorno de Caracas no le quedaba sino el recurso lamentable de recibir vales insignificantes, abandonar sus cosechas o exponerse a. sufrir la pena prescripta a los usurpadores". Esto se agravaba aún más, según el decir de Urquinaona, por las leyes demagógicas que trataban de ganarse a los pardos "elevándoles a la clase de ciudadanos, cuando poco antes ni los reconocían ni los trataban como a hombres, singularmente en los penosos trabajos de las haciendas. A la inhumanidad de conducirlos al matadero para sostener sus delirios se agregó la imprevisión de exponerlos a convertirse en fieras por la libertad excesiva a que los hicieron pasar de repente halagándolos con la preconizada igualdad, sin prever que constituyendo una propiedad autorizada por leyes y costumbres, e interesante a la agricultura territorial, pudo esta alteración repentina provocar un choque peligroso con los poseedores, y males mucho más funestos que la esclavitud" (48).
Si a este enorme malestar agregamos la actitud hostil del clero por la proyectada ley de someterlos a tribunales ordinarios según la nueva Constitución de Ustariz calcada de la norteamericana, comprenderemos que aquella República no tenía ningún sostén. El comercio y toda la nación descontenta por la política financiera de hambre y ruina. La nobleza, que era el Congreso, estaba descontenta también por el cariz peligroso que estaba tomando la Independencia bajo la influencia de los extremistas. El bajo pueblo descontento también porque el Congreso y la Sociedad Patriótica les habían dejado ver la igualdad de papel y ahora querían la igualdad práctica. Y, por último, el clero que temía perder con la República todas las prerrogativas feudales que la Corona de España les había tolerado.
El país, pues, sólo esperaba la ocasión para volver a los viejos tiempos de tranquilidad y orden. Los grandes terratenientes autores indirectos de la Independencia anhelaban la vuelta a la seguridad. El clero a la estabilidad de sus prerrogativas. El bajo pueblo a eliminar los gobernantes mantuanos, pues, según la genial observación de Juan Vicente González "el mando político de los que eran sus señores naturales no era para el pueblo la libertad, sino una argolla más añadida a la cadena" (47). Y los comerciantes, los empleados, los productores y el público en general en tener de nuevo una moneda firme y estable, respaldada por la plata o el oro, y no por falsas ilusiones.
Venezuela, por esta serie de razones poderosas, deseaba la vuelta de los españoles. Sólo con un golpe de brisa se desplomaría el castillo de naipes de la República. Y la ocasión se presentó más fuerte aún de lo que podía esperarse. El castillo no se desplomó por un golpe de brisa sino por un espantoso terremoto, y España volvió bajo la figura inexperta y mediocre de Domingo Monteverde.
Notas
1. «El mismo día en que se instauró el poder ejecutivo fueron sorprendidos y arrestados algunos pardos en una junta privada que tenia, acaudillada de Fernando Galindo, con el objeto de tra¬tar de materias de Gobierno y de la igualdad y libertad !limitadas. El Caudillo tenía una proclama incendiaria sobre este punto, y en ella tenia Miranda un apóstrofe muy lisonjero, tanto que parecía hechura suya. (Carta de Roscio a Bello sobre la política en 1811. «Boletín de la Academia de la Historia», núm. 129, pág. 44).
2. El grabado fue ejecutado sobre un pedazo de madera; una navaja reemplazó al buril. Los billetes fabricados eran hechos por partida doble. Se enumeraban y cada uno de ellos podía juntarse por la identidad del número. Estos estaban, para evitar falsificaciones, separados por una matriz. Cuando se les lanzaba en emi¬sión, la matriz se dividía en dos, quedando uno de los billetes depositado en el Tesoro. Para verificarlos se les aproximaba uno a otro, con ayuda del número. El vicio de esta fabricación era evidente. Para empezar, era un doble empleo de materia; el medio de verificación era incómodo, porque los billetes circulantes en el país podían encontrarse alejados de la tesorería. El papel era de un material ordinario; la plancha, mal grabada; en fin, las firmas, puestas de manera estampillada, facilitaban los medios de la falsificación. La fortuna pública de este desgraciado país se en¬contró a la merced de los agiotistas y de los aventureros audaces. (POUDENX. Mémoires POUT servir, etc., págs. 55 y 56).

