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Miranda estableció su cuartel en Maracay y se dispuso a organizar la defensa; pues atacar era casi imposible con un material humano prácticamente derrotado, que iba a la lucha sin ningún ideal, sin ningún fin. A su vez el Marqués del Toro fue nombrado para que reclutase en Los Llanos, pertrechos, hombres y caballos para la desesperada defensa que se proyectaba hacer. Su gestión fracasó, pues no encontró en aquellas poblaciones gente dispuesta a ayudar a la República, más que la veían representada por este aristócrata. El marques, viendo su fracaso se marchó a Cumaná y de allí siguió a las isla de Granada (1), no sin que antes apareciesen unos versos cuyas dos primeras líneas decían así:

Ya este pueblo se ve ahíto
de marqueses y pelucas...
(2)

Monteverde no había sufrido nada con el terremoto, sus tropas se encontraban fuera del radio de destrucción, nueva prueba que los fanáticos esgrimieron para demostrar el sentido religioso y divino de su cruzada. Aprovechando este estado de ánimo comenzó su avance no encontrando prácticamente resistencia de parte de los patriotas. Por los campos donde pasaba los campesinos salían a ofrecérsele como reclutas, engrosando así su ejército.
El Gobierno republicano, en vista del avance enemigo, abandonó Valencia, la cual fue tomada al poco tiempo por el capitán español. Miranda concentró sus tropas en el desfiladero de La Cabrera, cerca del lago de Valencia. Era ésta, sin lugar a dudas, una espléndida posición para hacer frente al enemigo e impedir su avance hacia Caracas. Pero los habitantes de los alrededores, partidarios de los realistas, mostraron a Monteverde un pasaje desconocido por los patriotas, con lo que consiguió eludir el desfiladero y situarse en la espalda del ejército de Miranda. Este al conocer su situación y temiendo verse envuelto y sin salida posible, decidió retirarse a la Victoria en buena formación. Los realistas atacaron pero siempre fueron rechazados con pérdidas considerables (3).
Monteverde, mal conductor y peor general, cada vez que trataba de atacar salía rechazado sin lograr otra cosa que la progresiva disminución de sus municiones. Miranda aprovechaba la situación estática en que se encontraba para reorganizar el ejército y darle un sentido de cuerpo moderno, según los conceptos que conocía. La infantería de Ducayala, por ejemplo, carecía de armas, pues las habían perdido cuando el terremoto y tuvieron que ser dotados con picas mientras se conseguían fusiles. Miranda, en razón a los acontecimientos, fue nombrado dictador de Venezuela con plenos poderes.
Los ataques del enemigo eran constantes. Una vez traía a su cabeza al Padre Hernández, quien habíase visto envuelto en el asunto de Valencia, y perdonado en su calidad de sacerdote contra la propia voluntad de Miranda, había sido designado como Vicario General del Ejército Republicano, pasándose a1 enemigo en la primera oportunidad. Ahora venía contra los patriotas "armado de un crucifijo de madera, marchaba a la cabeza de las tropas de Monteverde, envalentonándolos a masacrar a los hombres que le habían perdonado" (4).
En San Mateo sufre Monteverde -una grave derrota que asegura a Miranda . Miranda, aunque comete el error de no perseguirlo, tiene la situación en sus manos y por primera vez en todo ese tiempo se vislumbra una cierta posibilidad de triunfo para la República.
Es interesante hacer notar aquí que a Miranda se le ha objetado como causa de su derrota en Venezuela el desconocimiento casi total del país. Esto tiene, como es lógico, su parte de verdad; pero, en cambio, no hay que olvidar la serie de factores internos, y que estamos aquí exponiendo, que contribuyeron a su fracaso y a la caída de la primera República. Pero es necesario señalar que hombres que desconocían más que Miranda a Venezuela triunfaron en las diferentes batallas donde se encontraron. Con solo señalar a Morillo y al propio Monteverde en el bando realista, y a Mac Gregor y O'Leary en el patriota, comprenderemos que, si bien es beneficioso ser conocedor del terreno y del ambiente, no es de ninguna manera una condición esencial. Lo que sucede es que, para ganar batallas es necesario, antes que todo, ser buen general, contar con el apoyo nacional y luchar por una causa popular. Y a Miranda le faltaban especialmente estos dos últimos factores.
Al día siguiente de la batalla de San Mateo nombró Miranda, como Gobernador de Caracas, a José Félix Ribas, principal exponente del grupo de los extremistas. Inmediatamente se puso Ribas a efectuar prisiones entre el grupo de canarios y españoles de la capital, por lo que hubo muchas quejas ocasionando, como era de esperar, su reemplazo, siendo entonces designado en ese cargo el moderado Juan Nepomuceno Quero, de tendencias realistas y que luego se haría célebre por su traición a la patria (5).
Al mismo tiempo que sucedía el infructuoso nombramiento de Ribas, Miranda cometía otro mal paso con los nobles criollos ahondando así más profundamente la brecha que les desunía. Había hecho éste un decreto tendiente a reforzar su escuálido ejército con los esclavos de las plantaciones y haciendas de los mantuanos, decreto que no perjudicaba en nada a estos grandes señores, siendo por el contrario, más bien inhumano con respecto a los negros a quienes exigía exponer su vida por la patria y el Gobierno de sus señores sin tener derecho a conquistar su libertad con los méritos obtenidos en el campo de batalla, sino mediante el precio que valían, debiendo volver al trabajo forzado de sus labores si no conseguían la suma de dinero que debía entregarles la libertad que su sangre no había podido conquistar en la defensa de sus amos.
Los grandes propietarios se sintieron defraudados con la perspectiva de ver su base productiva escapar a la lucha patria.
A la vez temían que una vez terminada la guerra estos hombres no desearan continuar en la esclavitud, arruinando a la clase dirigente de Venezuela. Por eso, desde el primer momento, todas las opiniones estuvieron en contra del decreto, "porque atacaba la propiedad, dice Baralt, e indisponía contra la revolución a las clases más valiosas de aquella sociedad" (6). En realidad pocos fueron los esclavos enganchados en el ejército patriota y apenas éstos entraban en campaña se pasaban al campo enemigo dejando solos a los jefes del mantuanismo, pues aquellos hombres "prefirieron las mismas promesas hechas por los caudillos de la opresión, y no es que no amasen su libertad, sino que la creían una red ofrecida por los que habían sido sus señores, y la preferían recibida del isleño popular, que se rozaba con ellos, y vivía entre ellos, y con ellos trabajaba la tierra" (7). El decreto fue, pues, un fracaso.
La situación de Monteverde empezaba a ser desesperada, el ánimo de las tropas declinaba y los pertrechos estaban casi agotados; mientras Miranda se mantenía mal que bien en sus posiciones esperando la oportunidad para comenzar la contraofensiva. Llegó el momento que en el campo realista no hubo materialmente municiones y Monteverde, "mandó a desclavar las silletas de los pueblos de Aragua, dice Pedro Gual, para tirarnos en las avanzadas con las tachuelas... Tal era nuestra situación el 5 de julio de 1812" (8). Era ese día justamente el aniversario de la declaración de Independencia y Gual se dirigió a la casa del cuartel general de Miranda, y al "entrar en esta oficina, se paseaba el General Miranda aceleradamente de un extremo a otro de la pieza; el doctor Roscio se pegaba fuertes golpes con los dedos de una mano en la otra; el señor Espejo estaba sentado cabizbajo y absorto en meditación profunda, y Sata y Busy parado como una estatua, junto a la mesa de su despacho. Lleno yo del presentimiento de una calamidad inesperada, me dirigí al General: "Y bien, le dije, ¿qué hay de nuevo?" Nada me contestaba a la segunda pregunta, cuando a la tercera, hecha después de algunos intervalos, sacando un papel del bolsillo de su chaleco, me dijo en francés: "Tenez, Venezuela est blessée au cœur... ". El papel que acababa de entregarme el General Miranda era el siguiente:
Julio 1 de 1812.
"Mi General: Un oficial indigno del nombre venezolano, se ha apoderado con los prisioneros del castillo de San Felipe, y está haciendo actualmente un fuego terrible sobre la ciudad. Si V. E. no ataca inmediatamente al enemigo por la retaguardia esta plaza es perdida. Yo la mantendré, entre tanto, todo lo posible. Simón Bolívar" (9).

Puerto Cabello estaba perdido con todo su inmenso parque. Aymeric, encargado del comando del castillo de San Felipe, dejó a Vinuni, el traidor, haciendo sus veces mientras iba a la ciudad a contraer matrimonio. En ese instante, en que ni Bolívar ni Aymeric estaban presentes, el fuerte enarboló la bandera de Castilla comenzando inmediatamente un fuerte bombardeo contra la ciudad. En realidad había sido una grave imprudencia de Bolívar y Aymeric el salir para el matrimonio los dos y dejar en manos poco seguras el mando del castillo que les había sido confiado. La plaza entera, como era de esperarse, fue conquistada días después, viéndose obligados Bolívar y los suyos a tomar una embarcación que les conduciría sanos y salvos a La Guaira (10). Venezuela, como acertadamente había exclamado Miranda, estaba herida en el corazón.
Mientras en el campo de la lucha sucedía este desastre, en el interior del país se levantaban montoneras armadas de esclavos insurrectos que iban por los campos y haciendas de Barlovento saqueando y matando blancos con el fin determinado de dirigirse a Caracas a realizar la venganza de su larga opresión y a establecer un Gobierno popular dirigido por los negros.
Esta insurrección fue provocada por un grupo de blancos realistas que, decididos a jugarse el todo por el todo con tal de ver la bandera del Rey ondeando sobre Caracas, se habían dirigido a la región de Barlovento repartiendo armas y proclamas incendiarias contra los patriotas y su Gobierno. Pero aquellos hombres no sabían lo que estaban haciendo. Sólo cuando ven que toda aquella masa formidable de esclavos, sedientos de las más esenciales libertades humanas, comienza a matar a todo ser que tenga el rostro blanco y a incendiar todo lo que encuentra, tanto patriota como realista, es que vienen a comprender el gran daño que han realizado desatando esa espantosa rebelión; pero ya es muy tarde para arrepentirse y hasta peligroso (Nota 1). Por eso dice Restrepo, "los mismos criminales autores de aquella sublevación, espantados de su obra, tuvieron que huir para no ser víctimas de los negros feroces, a quienes habían puesto las armas en las manos para concurrir a la destrucción de su propio país" (11).
¿Cómo estarían en Caracas los moderados? ¿Qué dirían todas aquellas gentes que veían, ya no solamente sus posesiones amenazadas sino sus propias vidas, las de sus hijos y las de sus mujeres? Es de comprender que toda la población ante tan gran peligro comenzaría a efectuar manifestaciones para demostrar sus deseos de que volviese lo más pronto posible el viejo régimen, tranquilizador y seguro.
Moderados, realistas y hasta los exaltados se dirigieron a todas las personalidades más o menos respetadas por los españoles para ver si se podía llegar a un armisticio con Monteverde antes que la marejada destructora llegase a Caracas.
Los negros avanzaban por los valles de Curiepe, Capaya, Guapo y otros lugares de Barlovento. Quemaban las casas de hacienda, saqueaban los caseríos, asesinaban los blancos que tenían el valor de esperarlos, y se bebían todo el vino y el aguardiente que las posadas y bodegas que encontraban en su paso podían proporcionarles. La destrucción 'amenazaba a Caracas. Los moderados empezaron a acusar a Miranda de haber provocado esa tremenda catástrofe por haber hecho el célebre decreto antes comentado y haber halagado "a las esclavitudes" (12).
En Caracas la situación era confusa y angustiosa. La gente se imaginaba ya a los negros saqueando a Caracas, violando a las mujeres y descabezando a los hombres. El 13 de julio, a media noche, sonó la generala y las campanas de las iglesias comenzaron a repicar. Todo el mundo salió de su casa para saber lo que sucedía. "Corrí a informarme -dice Díaz- y supe que todos los negros esclavos de los valles de Barlovento a la voz de viva el Rey, habían llegado hasta Guatire, asesinando a varios blancos. Guatire está a doce leguas al oriente de Caracas, y en esta ciudad no había fuerza alguna con que contenerlos" (13).
Esa misma madrugada un grupo de patriotas y realistas fueron a la casa del Marqués de Casa-León, a quien hicieron despertar inmediatamente para exigirle que fuera a La Victoria a exponerle al General Miranda la grave situación en que se encontraba Caracas con el avance de los negros. Al poco rato salía el Marqués y, a las cinco de la tarde ya estaba en La Victoria conferenciando con Miranda las formalidades de un armisticio (14).
Mientras se adelantaban las conversaciones los esclavos seguían avanzando hacia Caracas, por el lado de Naiguatá y por el este de la capital. Ya se corría la voz de que los negros habían entrado en La Guaira, y que habían tomado Los Dos Caminos). El Gobernador Quero reunió todos los efectivos con que podía contar enviándolos a este último lugar como el esfuerzo final que podía hacer la capital ante la temible tempestad.
Entonces se supo, para tranquilidad de todos, que Miranda y Monteverde habían convenido una suspensión de armas mientras se llegaba a una capitulación. Al saber esto, Quero envió contra los negros la única autoridad que podía quizás someterlos, el cura de Antímano, don Pedro Echezuría. Este iba a parlamentar con los cabecillas y a exponerles que la suspensión de armas era ya un hecho. Los negros, que no habían retrocedido ante nada, fueron contenidos por el crucifijo. Echezuría aprovechó la ocasión para decirles que debían volver a sus tierras y abandonar las armas. Los negros no avanzaron más, es verdad, pero a la vez se negaron a retroceder, creando una situación delicada a las autoridades que quedasen con el mando definitivo de Caracas (15).
A finales de julio los preparativos para la capitulación estaban ya terminados en la forma siguiente:
1. El Comisionado del Ejército de Caracas pone por condición de este pacto que la ejecución y cumplimiento de cuanto se ha estipulado anteriormente como la ocupación y posesión del territorio de la provincia de Caracas, debe pertenecer exclusivamente al señor don Domingo de Monteverde, con quien se ha iniciado este convenio, no accediendo los pueblos de Caracas a ninguna variación en esta parte.
2. Las tropas de Caracas existentes en La Victoria la evacuarán por divisiones, que desde hoy mismo por la mañana empezarán a salir; y con intervalos proporcionados se retirarán a Caracas, en donde depositarán sus armas sucesivamente en el momento que lleguen, licenciándose al punto.
3. Quedarán en La Victoria una división de 600 a 1.000 hombres, que hagan la entrada del armamento, artillería, municiones y demás efectos militares que se encuentran en aquel pueblo.
4. El ejército al mando del señor don Domingo de Monteverde entrará en La Victoria el día 26, por la tarde, para hacerse cargo de todo lo contenido en el anterior artículo.
5. Este ejército, dividido en las secciones que tenga por conveniente su jefe, podrá pasar a Caracas sucesivamente desde el día siguiente de su entrada en La Victoria, con el objeto y fines insinuados en los artículos 2 y 3.
6. La división que queda en La Victoria, después de la entrada del ejército español, se retirará por piquetes a sus cuarteles, y allí depositará sus armas, de que se hará cargo el comisionado o comisionados que nombrase el jefe de dicho ejército. La división de Caracas quedará licenciada, y se retirará con orden a los pueblos de su residencia.
7. A los oficiales se les dejarán sus espadas, exigiéndose si se quiere, todas las seguridades que ellos pueden prestar en su palabra de honor.
8. Con las mismas formalidades se entregará la plaza de La Guaira, así que la de Caracas esté pacíficamente poseída por las tropas de S. M. C.
9. Se enviarán comisarios con la fuerza que se juzgue conveniente, en nombre de dicho ejército, para tomar posesión de todos los pueblos y lugares de la provincia de Caracas, Barcelona, Cumaná e isla Margarita.
10. No se exigen otros rehenes ni seguridades de una parte y otra, que la mutua fe y palabra de ambos; fiándose tanto el pueblo de Caracas de la del señor don Domingo de Monteverde, que no duda que por ella sola se cumplirán religiosamente todas las promesas.
11. Como las proposiciones hechas por los comisionados del jefe del ejército de Venezuela, en las dos referidas fechas de 20 y 24 de julio, han recibido igualmente en ambas sus contestaciones respectivas que, aunque levemente, se modifican y alteran, se hará una sola redacción que las comprenda a todas, y será el acta solemne y definitiva de lo estipulado; firmándose por ambos jefes en Caracas o en donde se convenga, se imprimirá un número suficiente de ejemplares de esta acta, y se distribuirán al público.
Cuartel General de San Mateo, julio 25 de 1812. -Domingo de Monteverde-. José Zata y Bussy (16).
Esta capitulación no fue, a pesar de las circunstancias que la obligaron a realizar, del agrado de todos. Bolívar escribía un año más tarde y quizá de una manera injusta que "es preciso convenir en que las capitulaciones vergonzosas de Miranda, no fueron la obra de Monteverde, sino de las circunstancias, y de la cobardía del General del ejército de Venezuela" (17). El Libertador, en realidad, no era de los más llamados a criticar a Miranda por la caída de la República, ya que en parte por su negligencia cayó Puerto Cabello.

Notas
(1) «El rudo ser carnicero que hace menos de cinco siglos poblaba nuestros bosques y llanuras, igual al de la Europa prehistórica, reaparece con todos sus instintos destructores y sanguinarios; arroja la escasa vestidura que sobre su cuerpo colocó la menguada civilización ambiente, pierde los pocos sentimientos de justicia y de moralidad que en su espíritu superpuso el trato con las gentes cultas, y vuelve a ser el bruto feroz, habitador de la selva. Por eso es tan impía la obra de desencadenar la guerra civil en este país. Es despertar monstruos dormidos». (PEDRO M. ARCAYA, Estudios sobre personajes y hechos de la Historia venezolana. Caracas, 1911. Pág. 49).