"Para los últimos días del año, dice Baralt refiriéndose a 1812, gracias a Monteverde, la Independencia del país era más posible que el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1812" (l). En realidad, un doble peligro para los realistas se presentaba en esos primeros tiempos de 1813, Bo1ívar, Ribas y Briceño, al mando de un ejército atacaban por los Andes al propio tiempo que Mariño, Bermúdez y Piar iniciaban su ofensiva por Oriente, desembarcando en Chacachacare.
La situación era delicada para Monteverde, por lo que decidió embarcarse en La Guaria con tropas españolas y criollas de Coro para dominar el peligro del Oriente, dejando encargado de la comandancia de Caracas a Tízcar.
Los caraqueños temblaban con el nombramiento de Tízcar, pero una vez salido Monteverde el lobo se volvió cordero, "se le vio abrir su casa a todos los revolucionarios, admitirlos familiarmente en su trato y en su mesa, despreciar todos los avisos o denuncias que le daban los españoles, conceder libremente pasaporte para restituirse a sus pueblos a todos los que la Audiencia había puesto a disposición del Capitán General, dar libertad a muchos presos... y, por último, emplear en el ejército a personas sumamente sospechosas", A pesar de esto Tízcar se paseaba todas las noches por las calles de Caracas, vigilando a los que encontraba (2).
El 25 de mayo se presentó Monteverde en Maturín a detener a los patriotas de Piar con un ejército de dos mil hombres, donde se contaba una compañía de marina y dos de Santa Marta. Poco antes de salir de Caracas, Monteverde había recurrido a un nuevo empréstito para poder sufragar los gastos de la campaña oriental, pero sólo pudo recoger unos cinco mil pesos (3). "El 25 del corriente, dice Monteverde, llegué al frente de los enemigos de Maturín, a las siete de la mañana, y después de cinco horas de la más empeñada acción, quedó derrotado todo mi ejército por la superioridad de la caballería, a pesar del bizarro valor que demostraron todas mis tropas, habiendo yo salvado por una casualidad pocas veces vista" (4). En efecto, allí pereció casi toda la oficialidad española y el resto del ejército europeo que había en Venezuela. Monteverde se salvó en realidad "por una casualidad pocas veces vista", pues el zambo Palomo, su fiel ayudante, pudo defenderlo con cierta facilidad, "porque los insurgentes no tiraban contra los hombres de color" (5).
Monteverde voló a Caracas, y al saber la conducta moderada que Tízcar había observado con respecto a los patriotas le reemplazó inmediatamente por el brigadier Fierro, hombre de toda su confianza.
Monteverde, en verdad, no tenía ya tropas. Había entrado en Caracas tan sólo con ocho hombres de los dos mil que poco tiempo antes se había llevado 6. No encontraba prácticamente qué oponerle a Bolívar y los suyos, que venían por Los Andes triunfando de todos los realistas que se atrevían a hacerles frente.
Bolívar, al entrar en Venezuela, había dividido su ejército en dos columnas; la comandada por él, que seguiría por Mérida hacia el centro y la comandada por Briceño que atacaría por Los Llanos. La oficialidad que rodeaba al futuro Libertador en esta campaña era de primer orden (Nota 1).
Muchos de sus componentes iban a formar el cuadro de nuestra mitología guerrera. Antonio Nicolás Briceño, que dirigía la columna de Los Llanos, fracasó en Barinas y fue fusilado por Tízcar, quien había llegado a esos lugares enviado por Monteverde para hacer frente a la invasión de Bolívar, ya que se creía que Barinas era su objetivo principal.
Bolívar estaba en Trujillo cuando supo el fusilamiento de Briceño, si es que lo supo en Trujillo como tanto se ha creído. Allí decidió hacer el "Decreto de Guerra a Muerte" tan célebre en los anales de la historia venezolana.
En este decreto, Bolívar cometió una cierta injusticia, no por lo que se refiere al carácter sanguinario que iba a tomar la guerra y que de hecho ya existía, sino porque perdonaba a los venezolanos aquellos que habían traicionado a la patria cuando la invasión de Monteverde y colaborado, según la expresión moderna de la palabra, durante todo el Gobierno de los canarios. Fue injusto, porque en ese decreto favorecía a los grandes señores que se habían apresurado a recibir al isleño y a empujar la República al abismo con sus intrigas y perfidias. En cambio, era duro con los españoles y canarios a quienes ofrecía una muerte segura aun cuando fueran "indiferentes".
Esta actitud de Bolívar es explicable de la siguiente manera: El Libertador sabía mejor que nadie, ya que había sido un testigo de aquellos acontecimientos, que toda o casi toda la aristocracia criolla se había pasado a los españoles una vez celebrado el pacto de San Mateo. Que muy pocos fueron los que se mantuvieron fieles a una República quimérica y de difícil restauración. Y que apretando la mano sobre la clase dirigente de Venezuela ahogaba la estructura del país. Por eso es explicable esa parte del decreto que dice así: "Sabed que vuestros hermanos os perdonan y lamentan sinceramente vuestros descarnas, en la íntima persuasión de que vosotros no podéis ser culpables, y que sólo la ceguedad e ignorancia en que os han tenido hasta el presente, los autores de vuestros crímenes, han podido induciros a ellos. No temais la espada que viene a vengaros y a cortar los lazos ignominiosos con que os ligan a su suerte vuestros verdugos. Contad con una inmunidad absoluta en vuestro honor, vida y propiedades: el solo título de americanos será vuestra garantía y salvaguardia. Nuestras armas han venido a protegeros, y no se emplearan jamás contra uno solo de nuestros hermanos. Esta misma amnistía se extiende hasta los mismos traidores que más recientemente hayan cometido actos de felonía" (7).
Bolívar estaba en la imposibilidad de realizar la guerra a muerte en toda su extensión. Haberlo hecho, hubiese sido una locura y un crimen imperdonable. Su injusticia tenía una razón de ser, razón de ser más poderosa aún si analizamos la situación social de El Libertador, de su cuna. Personalmente no podía acabar con la clase poseedora de Venezuela, hacerla hubiese sido darle el poder a "los negros" y realizar una revolución democrática, lo cual no estaba en su programa. Hubiese tenido que pasar por el filo de su espada hasta su propia familia, realistas furibundos, y terminar con lo más florido de aquella sociedad caraqueña en la cual había brillado tanto. Además, rezaba en él una determinación política, tenía que interesar a los venezolanos por la Independencia, hacer atractiva la libertad de la patria, tanto más cuanto Monteverde había hecho todo lo posible por hacer odiosa la dominación española.
La campaña de Bolívar, en su rápida reconquista, fue en realidad "admirable". Ribas triunfa en Niquitao y en Los Horcones, mientras el propio Bolívar obtiene la decisiva victoria de Los Taguanes. En esta última batalla la caballería realista se pasó íntegra a Bolívar. Era el 31 de julio.
Monteverde se encontraba prácticamente solo en Valencia, no tenía soldados, pues todos empezaban a pasarse a los patriotas. Esta gran deserción era debido a la política de desigualdades que observaba Monteverde con respecto a las tropas criollas a su servicio, y a la absoluta falta de pagos. Por eso decía J. M. Cajigal al Gobierno español en una carta del 12 de mayo de 1813, "es necesario que en aquel ejército sean iguales los disfrutes, pero desgraciadamente no ha sucedido así. El soldado europeo está vestido y el americano casi en cueros, aquél con sueldos y gratificaciones, éste sin ninguno o a la mitad, aquél halagado y protegido, y éste menospreciado, en aquél toda la confianza, en éste la constante sospecha" (8).
Monteverde, viendo que Bolívar se dirigía a Valencia, dejó desamparada esta ciudad y se refugió en la fortaleza de Puerto Cabello, único lugar seguro que podía haber para él en toda Venezuela" (9).
Apenas Valencia queda sola cuando comienzan los saqueos de los realistas más conocidos. Los negros empezaban a ser un peligro para los blancos valencianos que eran amenazados por todas partes, "los zambos, ponderados de fidelísimos, cuenta el realista Heredia, corrían borrachos por todas partes, temiéndose a cada momento que dieran principio a sus proezas matando blancos y saqueando las casas..., me oí amenazar por algunos de los pocos pardos de la guardia, diciendo en alta voz antes de entrar los insurgentes en Valencia, habían de caer algunas cabezas blancas, y la mía la primera. Para regresar a mi casa, que estaba en el extremo opuesto de la ciudad, tuve que atravesar por entre aquellas cuadrillas de furiosos, temiendo ser asesinado a cada paso. No he pasado en toda mi vida momentos más amargos" (10).
El 2 de agosto entraba Bolívar en Valencia. Inmediatamente ordenó que pasasen por las armas a todos los españoles que habían cometido crueldades con los patriotas, medida que se llevó a cabalidad (11). Con la caída de Valencia estaba de hecho dominada Venezuela, a Bolívar le quedaba solamente avanzar a Caracas para terminar, al menos en su parte más importante, con la reconquista del país.
Entretanto, en Caracas, reinaba la incertidumbre. Se decía que Bolívar venía al frente de un ejército asesino, degollando a todo el mundo que encontraba a su paso. Se exageraba el número de sus tropas, muchos decían que traía 17.000 hombres; que los realistas estaban perdidos. En la mañana del 3 de agosto se supo la verdad, Valencia estaba en manos patriotas y Monteverde en Puerto Cabello. Fierro, desesperado, quiso reorganizar la milicia canaria que normalmente contaba con un efectivo de 1.000 hombres. A mediodía se vio que sólo quedaban de esta milicia 174 hombres y que la guarnición que cuidaba a los presos había desertado completamente. El espanto se apoderó de todos. Se trató inútilmente de congregar en la Plaza Mayor a uno de los últimos batallones que quedaban, pero la tropa, a la vista de sus mismos superiores, se dispersó por las calles adyacentes, buscando cada cual un lugar donde refugiarse. Caracas, al atardecer de ese día, no contaba con ningún defensor.
Entonces se acordó que debía enviarse una comisión para tratar con Bolívar las condiciones de una posible capitulación. Se decidió también que los comisionados fueran antiguos amigos del victorioso jefe patriota, quedando compuesta ésta por el Marqués de Casa-León, Felipe Fermín Paúl, Vicente Galguera, Francisco Iturbe y Marcos Ribas, quienes salieron inmediatamente para el pueblo de La Victoria a efectuar las conversaciones.
Bolívar tuvo la delicadeza de firmar esta capitulación con un Gobierno que no tenía nada que capitular, cuando ha podido haber entrado en Caracas sin condiciones y repetir con los canarios lo que éstos habían hecho con los patriotas un año antes (12).
Francisco Iturbe, quien formaba parte de la comisión, temía muy justamente que un Gobierno dirigido por Ribas y Bolívar, célebres "extremistas" de la Sociedad Patriótica, pudiese llevar una política de halago a "las castas" y de perjuicio a los intereses de los propietarios. Bolívar disipó rápidamente las dudas de Iturbe, diciéndole: "No tema usted por las castas; las adulo porque las necesito: la democracia en los labios y la aristocracia en el corazón (13) (Nota 2).
Notas
(1) «General en jefe, brigadier Simón Bolívar; segundo brigadier, Joaquín Ricaurte; mayor general, comandante Rafael Urdaneta. Edecanes: Juan José Pulido, venezolano. Oficiales granadinos: comandante de vanguardia, capitán Luciano D'Elhuyar. Comandante de Artillería José Tejada. División de retaguardia, comandante José Félix Ribas, venezolano, y otros menos notables» («Memorias» del general Urdaneta, pág. 67. Edil. América. Biblioteca Ayacucho. Madrid).
(2) Estas frases de Bolívar, de ser verdaderas, encajan perfectamente en su personalidad. Aquellos hombres, nacidos en plena colonia y educados en un mundo lleno de prejuicios, no podían reaccionar de otra manera. Por eso, Don Laureano Vallenilla escribe en su excelente obra: «Taine encuentra que en los aristócratas los principios democráticos se quedaban en el piso superior del espíritu, y cuando proclamaban la Igualdad en el Parlamento y "acogían en sus salones a los plebeyos esclarecidos por el talento, los prejuicios de clase asomábanse al menor rozamiento o estallaban indignados en la sinceridad de la alcoba. (L. VALLENILLA LANZ, Cesarismo democrático. Empresa del Cojo. Caracas, 1919. Pág. 55).

