El maestro sólo enseña cuando calla. No se trata de que en algún momento -preciso o impreciso- deje de hablar. Nunca habló el maestro, al menos para el pupilo o aprendiz que lo eligió como maestro.

a. Es probable que en nuestra imaginación el maestro apenas hable. Sabemos lo ridículo que resulta en la mayoría de las situaciones hablar. Generalmente se habla para "pasar el tiempo". En un sentido estricto se habla para no sentir que pasa el tiempo. El maestro, imaginamos, lo es porque eligió sentir el paso del tiempo.

b. Es dudoso que el pupilo sea capaz de elegir a su maestro. El pupilo ronda el área de imantación del maestro, -si le suponemos al maestro un área de iridiscencia magnética, atribución fascinante. Digamos que el pupilo ronda, frecuenta, visita los lugares de su maestro. Imaginamos una distancia prudencial, miradas del maestro fijas, esquivas las del pupilo, rezagadas, acaso tristes. Imaginamos que el pupilo por fin logra acercarse, interrogar al maestro. Imaginamos que éste no responde, o responde de mala gana, o simplemente, tal vez lo más probable, responde pero sin dar mayores detalles. Una respuesta fácil de olvidar, sin bordes de sujeción, frases monótonas y nada particulares. Imaginamos que el pupilo descubre en los ojos de la persona que tiene ante sí a quien será su maestro. Atribuimos a los ojos del maestro una carga que bien puede estar signada por el deseo o la esperanza de que el poder que el maestro ejerce nazca en alguna parte y en particular en los ojos. Es muy probable que no se encuentre en los ojos, los ojos están cargados artificiosamente, es probable que nada exterior sea la partícula fulminante en la elección, o bien del maestro, o bien del pupilo. ¿Qué descubre el pupilo, qué descubre el maestro? Me inclino a creer que la elección estuvo dada de antemano, y que una serie de causas indeterminadas, y de las que muy precariamente podemos tener relación, conducen al encuentro del pupilo con su maestro. Esto nada explica, es cierto, y deja las cosas exactamente donde estaban. No obstante, creo, algo se adelanta, porque existe la tendencia a considerar unívocamente que el maestro es quien elige. Por lo que sabemos, la elección es casual, sólo que lo casual es impenetrable. Algo elige, dispone de los elementos que participan en la elección. De alguna manera son suyos. Pero ¿para qué elige?, es la pregunta que nace naturalmente. Y esta sola pregunta invalida todo el anterior análisis. El maestro elige, si así lo desea, confiado en la intuición, que no es otra cosa que el manto enrarecido por los efluvios del rechazo y la atracción. O bien, elige el pupilo. Una secreta sed por demás insaciable lo conduce a declararse aprendiz o pupilo. (Es lamentable recurrir a expresiones como «secreta sed». ¿Qué o quién se encuentra detrás del «lo» de «conduce»? ¿Qué se encuentra detrás del «qué», qué detrás de «quién»? Suponer que hay algo detrás ¿no es ya necia suposición?)
Es el pupilo o aprendiz quien elige, no al revés. Puede incluso darse el caso de que el maestro no lo sepa. Lo contrario sí es en verdad imposible, el pupilo o aprendiz debe hacer su elección; sólo a partir de entonces podrá sentirse pupilo y reconocer, además, que el objeto de su elección es y será, quizá para siempre, su maestro.

b.1. ¿Qué sabe el pupilo que elige? ¿Qué sabe el pupilo? Debemos necesariamente considerar que el pupilo posee un saber. Debemos necesariamente suponer que el pupilo ya se encuentra, digamos, encaminado. Podemos también suponer que la fuerza del camino lo arrastra, que su elección era, digamos, inevitable. Que fuerzas superiores a su razonamiento lo impulsan no sólo a elegir un maestro sino a elegir, previamente, un camino que habría de colocarle al maestro objeto de su elección en el camino. Bien como una piedra, un muro, o una puerta. Surge la pregunta: ¿era, después de todo, necesario el maestro? Debemos creer que sí, que el maestro es la llave que abre la puerta definitiva, la puerta que abre al pasillo de las puertas. O bien, que es el maestro quien le indica que el camino elegido es el correcto. Es necesario que el maestro conozca no sólo el camino del pupilo sino todos los caminos, sus posibles derivaciones. Debemos atribuirle que conoce todas las encrucijadas, o que al menos tiene el poder de intuir qué se encuentra después de todas las encrucijadas posibles. El maestro se yergue como un vigía de las oscuridades. Si el pupilo se adentra en la espesura del camino, he aquí que el maestro, averiguador de lo oscuro, lo advierte en el seno mismo de las encrucijadas. Hemos acabado por adjudicarle al maestro la labor de cuida-vidas, resguardador, reposo de la intemperancia. El pupilo, o bien algo en él, descubre en el maestro que se cruza en su camino al desatador de los nudos, al abridor, al escanciador del vino de la ventura infusa.
No funge el maestro de director de orquesta, de coadjutor, de testigo impasible. Nada de las funciones que comúnmente le atribuimos. No está en sus manos destino alguno. No es un verdadero pupilo quien así necesita de un maestro, ni éste es verdadero si satisface pedimentos tan vulgares. El pupilo no necesita un maestro para aprender o seguir aprendiendo. El maestro es sólo contención. Siente el pupilo, súbitamente, que se ha levantado ante sí un muro que no pretenderá saltar ni rodear. El muro ha nacido para contenerlo y esa es la primera y acaso la única enseñanza.

c. El único destino es la muerte, no hay ni puede haber otro. Eso lo sabe el maestro más que ninguno de los demás hombres. Podemos decir en su descargo que todos los humanos sabemos de la muerte como consunción. Pero esto es falso, de ser cierto no podríamos dar un solo paso, tanto pesa la muerte. El maestro, es fácil reconocerlo por ello, camina -imaginamos que lentamente- con la muerte a cuestas. Tiene abigarradamente fuertes, el maestro, las pantorrillas, los muslos, el abdomen, el tórax. El maestro se hace de un cuerpo que difícilmente aceptamos suyo para poder soportar el enorme peso de la muerte.

d. El muro contiene el ímpetu exacerbado del pupilo. Lo ciñe a la temperancia. Mas esta temperancia cuece los brillos enceguecedores de la lujuria, de la avidez, del vicio. El maestro cultiva en el estómago un nido de víboras. Mansamente pone la mano en la cabeza del pupilo obsequioso, y de su boca la lengua de áspide brota semejante a una llama.
El muro no señala ningún límite. El conocimiento no los tiene, puesto que no crece. Por ende, carece de dirección. El conocimiento es uno, y se llega a él o no.

e. El muro es la capa o membrana última de la esfera. Es su límite. El maestro es su encarnación. Luego del maestro, que es como decir luego de esta capa sería posible contemplar a los dioses, o bien, la nada que sigue. Todas las explicaciones acaban en esta capa última. El cuerpo del maestro es el soma extralimitado del sentido. Un arco tenso omniabarcante. Luego, necesariamente, cunde la nada. Todas la flechas encajan en la dilatada piel del maestro. Las puntas que lo atraviesan rasgan las imposibles túnicas de los dioses.
El maestro que se descubre acechado por tan inopinado voraz, rechaza con violencia la sugestión, se hurta a su apremio. Lo odia.