A Enrique Arenas
El maestro permanece callado. Sólo en el silencio puede el alumno desandar, o mejor aún, mucho mejor, trazar un camino no antes hollado.
Para los efectos de una verdadera lectura el texto se ofrece rigurosamente nuevo. Lo leído o releído son hueras circunstancias.
Saber que algo en nosotros desconoce, que algo en nosotros conoce.
Una vez terminada la lectura (cerrado el libro) todo queda en manos del olvido. La memoria distribuye afectos. Aún en la vigilancia más exhaustiva (notas al margen, fichas, subrayados, etc.) quedan fragmentos, líneas, ideas vagando en lo oscuro, y sólo salen a flote cuando la vida nos lleva a tropezar nuevamente con ellas. La lectura anterior, vigilante, circunstancial, está en manos de otra vigilancia más sabedora.
Sin cortes. Hablamos de un proceso que no desdeña los saltos, las irrupciones, las interrupciones, los desvíos vertiginosos.
El maestro, el conocedor, sólo puede tener ante sí un texto desconocido. ¿Qué recuerda? Tal vez mucho, pero de nada sirve a la hora de comunicar su experiencia, eso intransferible. El alumno apenas si obtendrá del maestro una visión harto parcial de una lectura que en el mejor de los casos fue total e irrecuperable, en tanto pasión y goce, esos raros momentos huyentes.
Toda lectura es parcial, sólo en algunos raros instantes sentimos la totalidad del libro, y ese todo es intransmisible. El contenido de ese todo no tiene lugar en el discurso. La escritura que lo puede hacer ver es extraña, la naturaleza de lo parcial con sed de todo.
La voz del maestro es una distracción.
El maestro sólo puede trasmitir al alumno un extraño desasimiento, alguna mirada. Algo hay en su cuerpo que los demás perciben, alguna marca nos deja su contacto, ciertos escasos momentos en los que no es él quien habla, sino ese otro que lo dobla. De cualquier otro modo sólo se obtendrá información, información que tarde o temprano aparecerá o ya está en cualquier enciclopedia.
Maestro y alumno complacidos en la mutua contemplación de un enigma.
El maestro es maestro en la desposesión, en la descarga, en el desasimiento. El maestro sólo enseña en la aventura, cuando alumno y maestro olvidan quién es quién, cuando la ignorancia es una fiesta.
Una educación sin vocación de poder, donde el conocimiento sea sólo lo desconocido, eso a lo que no se tiene acceso sino en la desnudez (en el descortezamiento, en el descombramiento), eso que sólo es posible en la nitidez del desierto.
Que la comunicación se convierta en un ir y venir de voces deseosas de cielo.
No decimos sino lo que se calla. No escuchamos sino lo que ya está dentro de nosotros.
Es fácil acumular fórmulas, conceptos, fechas, nombres, cualquier cosa. La memoria aparece inagotable. El verdadero conocimiento prescinde de las acumulaciones. Nos incapacita, sobre todo para el trabajo. Si nos prepara para algo es para la vida y para la muerte.
Si es para el trabajo no podemos hablar de educación, sino de adiestramiento. Y esto se resuelve fácilmente. Es una pérdida de tiempo emplear la mitad de la vida adiestrándonos para poder ganar lo que quede de ella. Sujetos a tales condiciones es raro descubrir a alguien que no muera cansado e insatisfecho, deseoso de haber vivido de otro modo.
El libro que el maestro ofrece es tan desconocido para él como para el alumno.
Las preguntas que el maestro dirige sólo pueden dar en el blanco cuando el blanco aparece. El pupilo lo hace aparecer ora por el conocimiento (por el camino recorrido), ora por la intuición. Con la intuición adelanta algunos pasos, es cierto, pero el proceso anterior al chispazo de la intuición continúa oscuro. Aquí pueden ocurrir dos cosas: reconocer que ha sido mera intuición y disponerse a desandar el terreno salvado de un salto, hermoso y grácil como de felino, o quedar sujeto al asombro y esperar -vanamente- que acontezca otro acceso. (Labor del maestro es rastrear en la naturaleza del aprendiz, y sacar en limpio las ventajas y desventajas de sus naturales correrías. -La juventud, la juventud, murmura.) La intuición se construye adentro, ciega pero arduamente. Por eso hablé de espera vana la de sentarse a aguardar su llegada con el talego vacío. El maestro advertirá el tiro fallido y callará sabiamente; el aprendiz, que no alcanzó a elevar el blanco, callará aturdido, barruntando frases sin raíz.
A lo lejos el blanco se levanta y la flecha apuntada eternamente dará en él; o no.
El camino es extenso y la sombra del maestro se alarga con el ocaso.
Cuando maestro y alumno se han encontrado el sol no se pone jamás.
A lo lejos el blanco es ya el horizonte, y ninguna flecha se pierde. El maestro olvida. El aprendiz olvida. Entonces, todo es blanco.

