En los actuales momentos y en particular el 23 de noviembre no podemos hacer otra cosa que votar, e incluso votar –al menos es mi caso- por los candidatos propuestos por el PSUV. Obediencia, disciplina. No niego que hasta con gusto. Pero eso es otra cosa. Lo decisivo es que no hay otra opción, y no lo digo por el PSUV y su línea roja, sino porque de lo contrario Manuel Rosales y su combo seguirían en el “poder”, que aquí no es más que una factoría de muerte y desestabilización internacional, enclave, cabeza de playa del Plan Colombia o Patriota. El Zulia, junto con el Táchira, Mérida y Apure, son las puertas francas de la violencia colombiana, violencia sostenida, alimentada y patrocinada por EEUU. De modo que, al menos lo que es aquí, en el Zulia, sencillamente no pueden continuar en el poder factores que han creado connivencia, enlaces y articulación con el narcotráfico, la venta de armas y el control territorial de vastas zonas fronterizas, convertidas en corredores paramilitares, una vez levantando el estantillo que une y separa el lado de allá con el lado de acá.
Desde hace algún tiempo he observado –para mis adentros- que en el Zulia, y por extensión en los estados mencionados, no puede haber elecciones, sencillamente porque no hay elección posible. Se trata de contener la violencia o de abrir los cauces para que nos invada, total y absolutamente. La irritabilidad ostensible de Chávez no es por temor a que Rosales y UNT continúen, se trata –según me parece- de que nos encontramos en un punto crucial que pone en cuestión, en entredicho, en interdicción, los mecanismos “democráticos”, precarios, débiles, inoperantes, frente a factores de poder que actúan despreciando lo democrático, actuando con sevicia y radical impostura.
La “democracia” que conocemos está afectada de nacimiento porque nació articulada a los medios masivos, al control de las mentes y los cuerpos, a la manipulación. La democracia participativa y protagónica no concibe las elecciones como un fin, sino como parte de un proceso mayor, que es incluso más decisivo, como lo es el de la organización y consolidación del poder popular, el poder-hacer de comunidades emancipadas, y emancipadas precisamente de los mecanismos a-democráticos, mercantiles, competitivos, irracionales, de las elecciones. Hemos avanzado con el PSUV en las elecciones por la base, más cerca de los proyectos y las propuestas, y un tanto alejadas de los meros nombres. Hemos avanzado, pero sin duda falta. Pero lo esencial aquí es que el fascismo, que es la verdadera cara de la “democracia” representativa, arremete con furia sin igual cuando ve reducido o en peligro su manejo autoritario y despótico del poder. Porta la máscara electoral pero ansía el golpe de Estado, el golpe militar, el golpe civil, la desestabilización, la tormenta, el caos político que coadyuve (la palabreja es a drede) a reconducir las cosas a su estado natural, al sistema que le reporta tranquilas ganancias: la burda y neta explotación (condiciones de trabajo esclavo, mano de obra empobrecida, alta producción al más bajo coste, competencia desalmada, etc.) El fascismo va a las elecciones (se ha dado el caso de renuncias en bloque, como sucedió con las de la Asamblea, buscando deslegitimarla) porque controla los medios privados, que mantienen su embrujo, su hipnosis colectiva sobre buena parte de la población. De ahí que los que saben lo que hacen protesten a rabiar por las oportunidades que encuentra Chávez para hablarle a todos, “encadenando” a las televisoras con base en el país. La pelea mediática es desigual, y hay que darla, qué duda cabe. Pero lo que no concede tiempo para enmiendas es la “seguridad del Estado”, la “paz de la nación”, y esta se verá seriamente afectada si los factores de poder trasnacional continúan en el poder, en las gobernaciones y alcaldías.
Vamos hacia el poder popular, ciertamente, pero la seguridad de la nación –por ahora, weberianamente hablando- está en el Ejército y en el Estado. Estamos avanzando hacia un concepto de defensa integral, pero no está madura como para enfrentar con inteligencia y contrainteligencia los avances del paramilitarismo y su savia, el narcotráfico. Podemos ayudar, los barrios alertas ayudan, pero el grado de violencia excede las acciones que podemos hacer desde nuestros lugares. La guerra es hace rato asimétrica, y la estamos enfrentando (pero la nuestra, para que se entienda, no es ni de cerca la asimétrica de Irak, Afganistán o Palestina, incluso la de Haití, y para evitar llegar a esa situación, como la vivida en Nicaragua en los 80, lo mejor es abortarla antes de que sea demasiado tarde), pero las estructuras del Estado generan y reproducen formas de violencia nacional e internacional, Estatal e interestatal, incluso asimétrica, a la que no se le puede hacer frente sino con los elementos de seguridad y defensa del Estado. Que en ellos participen más y más los ciudadanos, eso es otra cosa, y es la dirección correcta, pero no se puede dejar abandonado a la eventualidad, al desarrollo de los acontecimientos, el franco y decisivo atropello de una violencia estructural, prendida (y anquilosada) a las formas del Estado y a sus instituciones (gobernaciones, alcaldías, asambleas legislativas, policías, escuelas y universidades incluso.)
Vamos a ir a votar, pero eso aquí es una tontería, una reducción al absurdo, una insensatez: aquí se precisa una decisión política de fuerza: la suspensión de las elecciones y el control cívico-militar del Zulia.
No tenemos opción, pero –repito por si no se ha entendido- no se trata de Di Martino o Pérez, se trata de votar por la paz o por la violencia, lo que sería algo así como optar por la vida o la muerte. Lo que, como se ve, torna absurda la opción. Sólo que, en el marco de las elecciones (y de las campañas) tal como las conocemos los votantes pueden elegir (y esta palabra debe ir en cursivas y entre comillas) por la violencia, engañados o seducidos por ofertas de riqueza súbita, por regalos, por inmediatas ganancias, por colocaciones a corto plazo, por bombardeo mediático de las ofertas capitalistas, cuyas fuentes más preclaras circulan en las aguas negras de los “diarios” Hoy y Mi Diario, esperpentos de la llamada “comunicación social”, del llamado “periodismo”, suma de todo lo que se puede y siempre han deseado hacer todos los medios del mundo, y que aquí han encontrado junto a los casinos escandalosos (eso que está en Cecilio Acosta es una aberración), nicho, hábitat, ambiente, atmósfera, lecho y casa.
Dirán algunos que la propuesta que esbozo es autoritaria, ¡fascista! gritarán desgarrándose las vestiduras y mesándose las barbas, la gente tiene derecho a elegir, incluso lo malo, gritarán los liberales encallecidos. Y el argumento fuera aceptable –lo asumo- sí sólo sí los medios de comunicación (que son lo hacedores de la democracia electoral, es decir de la democracia no argumentativa ni de proyecto, sino la que promueve imágenes y carismas de los que pueden llegar a los medios y por lo tanto son los miembros de la clase de los elegibles, a la que no pertenecen Chávez y menos Evo, pero sí los Rosales de toda laya enriquecidos por uso y abuso del erario público, si a oír vamos en las grabaciones que han salido de la oscuridad pública -porque de que es un ladrón redomado todos lo sabíamos desde antes, menos la esposa, como suele decirse- a la luz) no sirvieran a los propósitos del capital, que no son precisamente los de la riqueza justa, sino los de controlar el acceso y el disfrute (destrucción, derroche y dilapidación) de las riquezas (naturales y de los dineros públicos, como quedó en evidencia aquí cuando Caldera y Teodoro, y hoy en EEUU) por un grupo de privilegiados (dueños de los medios, los de producción y los de los sonidos e imágenes del capital), convirtiendo la tal democracia en un ciclo recursivo de intereses privados. Si salen del juego estos medios, esto es, si los medios dejan de manipular la opinión pública y se convierten en herramientas para la comunicación de todos, para el encuentro de la diversidad, para el debate y la confrontación de visiones del mundo, entonces sí, vamos a votar, libremente. Pero no es ni de cerca el caso, y es por eso que se impone una decisión, que, por lo visto, creo, no será tomada, al menos como la he dicho aquí, yo, que no tengo ni de cerca peso alguno para ninguna decisión, y menos de ese tamaño. Otros dirán que por el camino mencionado –escucho la secreta recriminación de los autores de Educación para la ciudadanía, por ejemplo- se va derecho al infierno de la arbitrariedad, pero he aquí que ojalá, de ocurrir, nos asistiera el espíritu ciudadano de Bolívar, quien asumió la dictadura –no sin aprensiones, aunque seguro de que era la única manera de salir del marasmo de la violencia del año 14- y defender la patria, mas supo, una vez liberada, ceder el poder a la Asamblea, la única representación legítima del poder de todos para todos.