Ayer, en un programa trasmitido por Radio Nacional de Venezuela, escuché que unos señores vinculados a la embajada de Francia iniciaron una serie de actividades sobre desarrollo sustentable. Decía uno de ellos en aceptable español que eran inaceptables los “santuarios” naturales, y que los recursos debían ser explotados “racionalmente”. Confesaba que tal preocupación era recientísima en Francia, que contaba apenas con unos tres años, y que todo comenzó –esto me sonó con cierto énfasis- durante el gobierno de Chirac, y me pareció, también, que insinuaba que ojalá Sarkosy siguiera apoyando el programa. Afirmaron entre otras cosas, que se pueden explotar los recursos y “dejar el mundo como lo hemos recibido”, afirmación temeraria si pensamos en las explotaciones petroleras, carboníferas y mineras en general. Vayamos al punto. Es imposible lo que afirman pero sin duda que tienen que decirlo y convencer, disfrazando sus planes desarrollistas con la retórica de la sustentabilidad. Saben que la sola visión del desarrollo es insostenible, y cada vez más difícil de manejar como imagen política. Necesitan y buscan un rostro “más humano” (ah, cómo ansían un Yunus ecológico, sueño tal vez acariciado con el nobel a Al Gore). Dicen entonces que no podemos pretender conservar santuarios naturales, y pensé en la Amazonia, sólo que los tales desarrollistas no se darán por enterados de que un número “cada vez más grande de investigadores –como dice Charles Mann (2006) en 1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón- ha llegado a la conclusión de que la cuenca del Amazonas […] Lejos de ser la tierra virgen intemporal y con un millón de años de antigüedad que muestran las postales, […] es el resultado de una interacción histórica entre el medioambiente y el ser humano…” Los europeos desarrollistas jamás aceptarán que “durante mucho tiempo unos pobladores inteligentes, que conocían trucos que nosotros aún estamos por aprender, utilizaron grandes parcelas de la Amazonia sin destruirla. Ante un problema ecológico, los indios lo resolvían. En vez de adaptarse a la naturaleza, la creaban. Estaban en pleno proceso de formación de la tierra cuando apareció Colón y lo echó todo a perder”. (Por cierto, antes de continuar con este breve comentario, les recomiendo la lectura de Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda.) El modelo de desarrollo occidental es depredador, y lo de la sustentabilidad es mera retórica y discurso efectista, que persigue confundir y convencer. Lo cierto es que sí existen formas alternativas, otras, de obtener recursos, no, claro está, para mantener el derroche de energía que observamos en los países del “primer mundo”, verdaderamente insostenible, sino recursos para vivir racional y razonablemente. Pero tales recursos se obtendrían por la vía de desarrollar otras fuentes, las mismas que exigirían de sus y de nuestros científicos imaginación, creatividad y claro está, ética. Sólo que estos derroteros no son factibles en lo económico, esto es, según la lógica del capital, no son rentables. Según la i-lógica del capital es mucho más rentable destruir (la Sierra de Perijá y acabar con las fuentes de agua, por ejemplo), que invertir en la investigación de alternativas y de soluciones que apunten a la conservación, la re-producción, y a la generación de condiciones de vida que garanticen la sobrevivencia de la(s) especie(s). En otras palabras, la vida no es rentable, porque de lo que se trata es de reproducir capital (y por lo que salta a la vista no parece importante continuar vivos para alcanzar este fin –fin definitivo por demás-), en el más breve plazo posible, sólo que tantas noticias hoy pesan sobre la “opinión pública” que se torna políticamente necesario revestir la jerga desarrollista de fórmulas a-científicas pero ¡qué duda cabe! sentimentales, edulcoradas, placebos. La energía producida por el petróleo, el carbón o el gas es mucho más barata y más estable, y aunque a la corta socava las posibilidades de sustentabilidad de la vida entera, en términos económicos está más allá del bien y del mal.

Ver: No al carbón: Ibrahim López García in memoriam
Cubagua