... la infancia se divide entre dos extremos. No sospechando la profundidad en la cual ancla la vida y sus poderosas fuentes, no imagina enseguida lo peor; pero este peor no le parece real a causa de la imposibilidad en que se haya de imaginar la muerte.
Jean Cocteau. Los hijos terribles.

Al adquirir una mascota nos confiamos a la eternidad. En el momento de tomarla en nuestras manos, olvidamos la muerte. Muerte y mascota son irreconciliables. Jamás pensamos (al menos no lo pensamos en absoluto en el momento justo de recibirla, o bien mientras dura la primera fascinación, primera y verdaderamente duradera fascinación, de modo que podemos decir a ciencia cierta que no pensamos jamás en la muerte, dada la fuerza con que abolimos pensar en ella cuando recibimos la mascota), jamás pensamos en la muerte, decía, de la mascota o la nuestra.
¿Pero quién piensa en la muerte o siquiera que está vivo, vivo? O mejor, ¿qué cosa en nosotros es capaz de pensar en la muerte en el momento justo de tomar algo en las manos (una mascota, por ejemplo) que, por sugestiones externas (que olvida en el momento de recibirla) considera que le pertenece, que forma parte suya, aunque esto, ciertamente, sólo lo piense después? Porque está claro que en el momento de recibir la mascota no piensa que le pertenece, sólo la recibe, y este recibirla es un acto del todo irreflexivo, naturalmente convencional, y, en rigor, anonadante.
Ciertamente recibimos, en vez de una mascota, un bien que ni siquiera es animal, tampoco un mero objeto, recibimos, pues, un algo vivo, pero, ciertamente, exento de accidentes. Esto en el momento de recibirla; pero repito, es tan fuerte el sentimiento de estar recibiendo un bien para siempre hurtado a la muerte, que ese primer momento adquiere, concentrado, una carga de tiempo que va más allá de nuestro propio tiempo y el propio de la mascota. Nos hacemos, al recibir la mascota, de un tiempo que no es nuestro ni de ella, un tiempo ajeno a nuestro tiempo, separado y distinto, un tiempo que apenas si reconocemos pero que está allí, frente a nosotros, en nuestras manos (cuando sostenemos a la mascota) pero que tampoco está en ella sino como adherido a ella (que viene con ella como una larva), expidiendo un aura que nos cubre. Sí, un aura de tiempo que no vemos nos circuye, fugaz e irreductible a toda explicación que no nazca (y no nacerá jamás) en el momento justo y crucial de su engendramiento.
El momento de recibir la mascota es el verdaderamente crucial, y es este momento el que se extiende al futuro corrompiéndolo de eternidad. Pero debemos puntualizar que no se trata exactamente de futuro, y si lo llamé futuro es porque no tenemos otro nombre para nombrar el espacio de tiempo que creemos se abate frente a nosotros. (¿Y qué significa la expresión «frente a nosotros», referida al tiempo?) Digo que no es exactamente futuro, sino como una especie de perpetuación del presente, o tiempo suspendido, que nos lleva a pensar (si lo pensamos acaso) que la mascota y nosotros viviremos juntos para siem¬pre.
Nota: La salud llega a nosotros siempre después, es decir, siempre nos damos cuenta de ella -si nos damos- con cierto, variable grado de retardo. Se necesita de una gran atención -que nadie en su sano juicio quiere, ni podría soportar- para percibir en todo momento el lento proceso de corrupción que se verifica en nosotros.
Ciertamente en el momento de recibir la mascota no pensamos que viviremos para siempre, en realidad no se piensa en nada, tanta es la arrobación, la perplejidad, la alegría de tener una mascota que la actividad «pensar» queda relegada, totalmente desplazada, y, en efecto, pensar, se vuelve entonces, impensable.
En un sentido no tenemos una mascota en las manos, tenemos un pedazo de tiempo palpitante, una sustancia como venida de la nada, un cuerpo que ni siquiera aumentará de tamaño (si es un cachorro, por ejemplo); un cuerpo que no está vivo siquiera, porque la vida, la conciencia de la vida no se tiene sino cuando aparece la muerte o la idea de la muerte, y lo cierto es que cuando tenemos una mascota en las manos, en ese primer momento, ni la muerte ni la idea de la muerte cruza siquiera peregrinamente por nuestras cabezas. Descartada la muerte o su idea, lo que tenemos en las manos, la mascota, despojada además de la vida, cobra sola y únicamente existencia, si podemos llamar existencia a ese permanecer donde muerte y vida desaparecen, a ese punto, en fin, no atacado por el tiempo, que compartimos con una mascota en las manos.
La mascota, en el momento de tocar nuestras manos por primera vez, no tiene ascendientes ni procedencia, viene, pues, de la nada. Una mascota sólo aparece. Bien pueden habérnosla ofrecido con días de anterioridad, pudimos incluso soñar con ella mucho antes de tenerla e imaginarnos nuestra vida con ella, pero lo cierto es que en ese momento, el primero, sólo y nada más que la mascota aparece.
Por otra parte, sufrimos una suerte de afantasmamiento, y el peso real de la mascota, sea que ésta sea -en realidad- liviana o bien pesada (esto es absolutamente contingente y foráneo), se perderá para siempre, afectado por un añadido de liviandad propio de la circunstancia. Lo pesado y rudo se aliviana y acaba por suavizarse; y lo de por sí liviano y suave, cobrará una inmaterialidad semejante a la de hundir y elevar en las manos un nido de algodones imposibles. Nuestro cuerpo todo sufrirá arqueamientos, torsiones de brazos, piernas, abdomen, que buscarán alojar mejor en nuestro cuerpo el otro cuerpo, nosotros mismos convertidos en un nicho de armoniosa forma.
En ese momento deja incluso la mascota de ser el animal que es, ya no es perro, gato, conejo o pájaro, es, acaso, solamente un animal y nada más. Pero incluso, el hecho de que sea un animal es también, en ese primer momento, insostenible. En ese primer momento no tenemos un animal en las manos, esa reflexión la haremos después, pasado el primer momento. En un primer momento tenemos, sólo, un cuerpo que ni aun respira, que ni nos importa si respira (desinterés que nace del apriorismo: «no puede no respirar»), y la conciencia de que está vivo nos viene de que se mueve, de que se agita, pero esto, adviértase, son sólo signos vitales que nos afirman en la certeza de que lo que está en nuestras manos está, ciertamente, vivo. De más está decir: «la mascota no puede no estar viva».
Tenemos que la transacción exige que la mascota esté viva, y esta es la única condición necesaria y suficiente. Luego, en el momento de tomarla por primera vez en las manos, la idea de la vida es aplastada por la constatación de la indudabilidad de que está efectivamente viva. Lo cierto es que no pensamos en la vida; la perplejidad, o bien la alegría, inserta en nosotros, en nuestras cabezas, un lapsus inorgánico, una laguna mental, un aturdimiento de todas nuestras sensaciones; o bien, se trata de una sobrexcitación de las mismas que igualmente nos lleva a sufrir, digamos, una parálisis, y a conjeturar que no recibimos, ciertamente, una mascota, sino, repetimos, un cuerpo que en ese primer momento es una prolongación nuestra, una adherencia que no registra fisuras; que formamos con la mascota una (si bien momentánea) unidad indisoluble (de ahí la idea de que vivirá con nosotros para siempre), una especie de mónada, un algo inorgánico y suspendido en el tiempo, la materialización de algo que había permanecido invisible y de lo que no se percatan ni el ahora dueño de la mascota, ni quien la ofreció, ni, por supuesto, la mascota.
Algo ocurre, pero en ese momento nada ocurre. Ese momento permanece intacto e incognoscible para siempre, nadie lo recuerda salvo por algunas circunstancias para siempre únicamente externas; a saber: la fecha en que fue adquirida, el sitio, la hora aproximada, etc. Pero el hecho en sí, esa fracción de tiempo muerta, que sólo puede explicarse desde su núcleo,
ese punto de contacto entre la mascota y quien la recibe, ese momento inexplicable, dado que el recipiente no está vivo porque no puede pensar ni en sí mismo ni en lo otro (la mascota), ese momento, decía, desaparece, tanta es, repito, la perplejidad, la turbación, la alegría.
Por otra parte, es muy difícil, si no imposible, permanecer atentos. Creo incluso que nuestro vivir cotidiano se acomoda a los momentos, que nos ocupan casi por entero, en los que no percibimos o sabemos lo que hacemos. Existe, pues, en nosotros una inconsciencia que resuelve por nosotros los minuciosos pormenores con que a cada momento tropezamos. Tomar un vaso, utilizar una escalera, saltar un bordillo, abrir una puerta, abordar un auto, etc., etc., (hablo, claro está, de la mecánica inconsciente requerida para resolver estos problemas) son actos que hacemos sin reflexión alguna, nadie se percata de lo que está haciendo, y si lo hiciera, es muy probable que el vaso termine en el suelo, que equivoque la altura convencional del peldaño, que tropiece, que no logre abrir jamás la puerta. El momento pues de recibir la mascota es -como los apuntados- un acto irreflexivo. Se sabe que son millares y minuciosos todos los actos y gestos que desarrollamos (contando aquellos que descubrimos fortuitamente, los que nunca antes habíamos empleado, los que jamás emplearemos) en un día, y que nos permiten sobrevivirlo. Quiero decir que pasamos la mayor parte del día como auxiliados por recursos de los cuales no nos percatamos. Que nuestra atención la logramos sólo cuando nos decimos: «he de estar atento», o cuando esto que decimos se resuelve en un acto de atención que conduce de inmediato a una parálisis o detención vital. No hacemos las cosas y a la vez pensamos, siempre nos damos cuenta o reflexionamos apenas acabamos de ejecutar un acto, y la atención será mejor en tanto más cerca del acto (sin perjudicarlo) se sitúe el acto reflexivo que, como se dijo, conduce a la parálisis.
El recibimiento, y acogida de la mascota, los gestos y expresiones que se suceden, -y dado que no importa haber recibido una mascota antes para actuar de un modo convencional-, verfican un cisma, una flagrante interrupción en la mecánica ordinaria de las cosas; porque si bien tomar un vaso, cortar un trozo de pan, subir una escalera son actividades que se hacen (generalmente y para su mejor ejecución) de manera irreflexiva, en el hecho de recibir una mascota, -que no cuando se pare un hijo-, ganamos (y el momento mismo lo engendra), un pedazo inmarcesible de eternidad, un trozo arrebatado al tiempo que empleamos para morir, un instante de esplendor, aurado por cierta epifanía de la estupidez.