Si observas bien, podrás percibir el instante que media entre dos pensamientos y en el que todo es negro. Ese instante es (una vez aprehendido) para nosotros precisamente la muerte; porque nuestra vida no es otra cosa que ir poniendo piedras señaladoras e ir saltando de una a una, diariamente, por encima de millares de segundos de muerte. En cierto modo vivimos tan sólo en los puntos de apoyo.
Robert Musil. Las tribulaciones del estudiante Torless

El inocente pie se levanta e inicia su recorrido estéril hasta la otra orilla. El otro pie permanece plantado, pero ya no todo él, sólo la punta, los puros dedos soportando el peso todo, el cuerpo entero pesando en la punta del pie parcialmente asentado, mientras el otro, el elevado, traza su leve parábola, ingrávido.
Se requiere que la otra orilla exista, que el pie termine de caer, que caiga. Los dos pies, si el hombre está digamos caminando, por un breve momento tan solo permanecen ambos en quebradizo, precario, inconsistente, perentorio equilibrio.
Mientras el arco dura, nada más débil, nada más indefenso. Ese momento, lo que dura el pie en su vuelo, engendra monstruos -si bien dormidos, ni siquiera acechantes-: la duda, el miedo. Sin embargo, ¡cómo caminamos sin reparar en ellos, sin detenemos! Aprendimos no sólo a caminar, aprendimos también a domeñar estos monstruos familiares. Aprendizaje oscuro, sabiduría de la que no hacemos ostentación, vanidades olvidadas. Saltamos a cada paso sin reparo sobre una boca que muy bien podría engullimos, tanta es la confianza, tan preocupados estamos por las otras, las demás cosas, que dejamos el caminar abandonado, a los pies sortear sobrevolando los abismos.

Coloso

El tiempo en desequilibrio es mayor, al caminar, que los mo¬mentos de equilibrio, si bien éste es, como ya lo dijimos, quebradizo. De modo que de equilibrio apenas si es posible hablar, dado que son muy raros, muy pocos los momentos en que nos encontramos inmóviles, en completa quietud, si es que es posible y existe o puede siquiera alguna vez darse en nosotros.
No es sólo al caminar. La mano va siempre de un lugar a otro, por un segundo al menos permanece en un sitio que podríamos llamar su destino, si bien se trata de un destino, insisto, inestable, inestimable; pronto, demasiado pronto estará nuevamente en movimiento, y ni siquiera allí, digamos en el picaporte de una puerta, la mano entera se quedará quieta, los dedos, las falanges continuarán fatigando la quietud; todo es vertiginoso visto así de cerca. Si la mano o las manos se aferran a un objeto fijo, es cierto que por una cantidad estimable o no de tiempo se quedarán quietas, y es posible incluso que ni las falanges registren movimiento alguno. ¿Pero, a decir verdad, cuánto tiem¬po, humanamente hablando, puede durar esto?
Dos imágenes me persiguen, Simón el Estilita y el Coloso de Rodas. El primero, consubstanciado con la columna (de una «columna de barro deleznable», habla Claude Delarrue) debido a su permanencia inhumana en su tope y ciertamente alienado por la quietud. El segundo, mole soberbia, eterno sobre sus dos piernas abiertas. Las dos figuras, igualmente fantásticas, funcionan de pivotes o de puntos inmóviles para el desarrollo de estas líneas, si bien el Estilita nos da una idea de la locura humana, hybris o insania, mientras el Coloso, en cambio, nos brinda el fasto, el espectáculo, la apoteosis en la que vence el abismo un hombre erguido en piedra, que de un tranco salva lo imposible, funde las orillas, y sin embargo continúa con la vista clavada en la falla abismal doblemente petrificado en su proeza. El Estilita gana la muerte perdiendo la vida, y en la muerte efectiva la pierde doblemente. El Coloso para siempre inmóvil, ha de contemplarla tal un horrible, impertérrito Narciso. No es ciertamente su muerte lo que contempla, sino el abismo que a sus pies, a sus ojos de piedra, blancos, se abre. Las dos imágenes, si bien una humana y la otra de piedra, igualmente irreales, fijan dos momentos, digamos dos anhelos nuestros que su mis¬ma imposibilidad convierte en arquetipos ciegos, en insatisfechos deseos atávicos. Ninguna, y creo que la más horrible es definitivamente la del Estilita, puede salvarnos de la inquietud, del desasosiego, del desequilibrio. En ninguno de los dos momentos es posible la vida.

San Simeon el Estilita

En el movimiento tampoco es posible la vida, la vida es posible sólo cuando logramos asentarnos, poner, digamos, los dos pies en el suelo, y sin embargo, de esto ya vimos lo inestable, lo precario, lo perentorio. Si el tránsito está plagado de muerte, si al fin quedarnos quietos es tan solo un momento quebradizo, si de quedarnos en fin quietos, de cesar en nosotros todo movimiento que es como decir la muerte, esa cruda metáfora de la cesación, ¿cuándo es, entonces, que estamos vivos?, ¿no se vuelve todo visto así de cerca, horriblemente nada más que muerte?
Porque la vida no puede ser pensar que estamos vivos. Si para pensar en la vida hemos de quedarnos muertos y no vivir, no respirar, salvo esta ensimismada respiración fingida; no amar, no hartarse; si para ser es preciso no ser, no hacer nada humano sino mímica y muecas, gestos travestidos; si para ser humanos debemos dejar de serio para suplantarnos por algo que no es nunca ni puede ser jamás nosotros sino anhelo y doble; si mientras estamos vivos no pensamos; entonces, he aquí que, ¡oh, Erasmo!, la sagrada, la pervertiente, la enajenada acude a salvarnos para alejarnos de nosotros, IIevándonos de la mano, arrastrándonos por encima de los abismos de muerte, anona¬dando, cegando -todo el tiempo, claro está, que le es posible, que se lo permitimos-los ojos con que nos miramos como estúpidos mientras nos perseguimos con un ansia desmedida, brutal, obsesiva, definitivamente antinatura, inconsecuentemente rebelados contra ella, la que en verdad nos ama y nos quiere, ahora sí, natural, verdaderamente idiotas. Nos aleja, pues, de nosotros para entregarnos al desconocido, al que somos sin saberlo, a ese nosotros en nosotros que vive sin darnos importancia, que se repliega y salta cuando es preciso, precisamente cuando nosotros dejamos de ser, que vive justamente cuando dejamos de vivir fingidamente. El único nosotros entero, y no eso de trapo que queremos llamar nosotros, deslucido, deshilachado.
Ciertamente se ha cometido una ligereza al llamar al atacado por locura desequilibrado. Que desequilibrado es, pero sólo porque inadvertido de sí, poseído entero por el otro, el otro todo él mismo y nada más, discurre fluidamente. Y hasta podríamos decir que permanece para su salvación entero en lo otro, en un vasto océano sin orillas. Porque es preciso aquí recordar que no permanecemos tiempo suficiente en una, cualquier orilla. Toda orilla es una línea que de inmediato es traspuesta; bien podríamos decir que la naturaleza de una orilla es su inestabilidad, su continua vibración. Una orilla sólo nace para dejar, casi de inmediato, de ser. En rigor, la orilla como cosa fija no existe, pues nada está realmente fijo, y lo que llamamos fijo es sólo una apariencia, una manera de detener, para -lo que llamamos- nuestra salvación, el fluir natural de las cosas. Nosotros pues tenemos para poder pensar que detener las cosas, fijarlas, inmovilizarlas. Pensar, sólo por eso, ya es innatural. Nuestro pensamiento debía discurrir tal un río y el nuestro es un dique. Pensar fluidamente como piensan sin pensar los elementos, es el modo que asume el insano. De manera que aquella teoría de que la locura es una idea que se fija cae por su propio peso, o bien se refiere a otra cosa y se ha generalizado y pervertido el original sentido.
El desequilibrio se consubstancia con la idea de vibración, de inestabilidad enrarecida, de fluido incesante, de indetenible movimiento. Ansiar fijeza (estatismo, quietud) es entonces y ahora sí, locura. El equilibrio es un deseo abstracto para siempre insatisfecho que ni los cadáveres gozan, expuestos como lo están a la corrupción. Lo incorrupto es definitivamente monstruoso. La muerte lo llena todo. La vida, como todo, fluye.