Ahora que mi hijo crece, el problema de la fotografía, de la fotografía familiar, me asalta. Nada más natural, según parece, que llevar el registro de los días de, por ejemplo, un hijo. La foto familiar que recoge las sonrisas, el abrazo, la paz, al menos la tranquilidad, cuando no el juego, el retozo, la chanza congelada, la risa. Pero precisamente de ese espectáculo me alejo cuando me niego sin violencia a la fotografía. Detallaré, en lo que sigue, esta última frase, punto por punto.
Me alejo, pues, de ese breve instante donde lo que no somos queda allí como para siempre y a la vista de todos. Porque una foto invita incita a la observación ajena, la lleva implícita. Nadie saca una foto (familiar), de esas que se montan, que se arman siempre siguiendo un decorado señalado por el mal gusto, para esconderla, para no exhibirla. El álbum familiar debe estar a la vista, aguardando su hora. Entonces cumple su ciclo. Mientras, la imagen advierte, entre otras cosas pero fundamentalmente, el paso del tiempo. No lo advierte ella en sí misma, sino lo que está fuera de ella, vale decir, la vida. La foto revela que el tiempo pasa, que nada permanece, que lo que está allí no fue más sino sólo ahí, en ese momento, pero también revela, al menos para mí, de manera escandalosa, que ni allí lo que era fue, que ese momento no existió. Intuitivamente los fotógrafos de la familia eluden esta situación intentando fotografiar a sus miembros cuando están descuidados. El asunto alcanza niveles grotescos: la tela de la intimidad (tan frágil hoy) ha sido desgarrada. Pero la inexistencia ¿desaparece? Quisiera decir que no, pero sería ponerme al margen de la discusión, y negar de plano su posibilidad. El problema tiene un correlato en el llamado espectáculo real, aunque ciertamente la fotografía lo aventaja, toda vez que en aquél la mera ubicación de la cámara supone escenario, tramoya, aunque una portátil, suficientemente disimulada, acaso logre capturar el descuido. Lo que está surgiendo es que la realidad de la fotografía (porque se entiende que no hablo de la foto artística, sino de aquella que pretende la realidad, y que la niega al mentirla) depende del descuido, y por extensión de la ignorancia.
Ver: Mirar a la cámara
No pises a la gente cuando vayas subiendo
