Trascripción del programa
SIN CONTEMPLACIONES
Con el filósofo Francisco Rivero
Trasmitido por VTV
El domingo 22 de junio a la 10:00 pm.
I
El tema, la modernidad
Buenas noches a todos los televidentes, bienvenidos a este primer capítulo del programa “Sin contemplaciones”. Quizás capítulo no sea el nombre adecuado, pero en todo caso bienvenidos a este programa.
El tema, por lo menos en su tiempo inicial, es lo que se llama técnicamente en el mundo de los historiadores y los filósofos la modernidad. Pero la modernidad es más que una época temporal, es más que un tiempo si se quiere astronómico, es más que una sucesión de años, de meses, de tiempo concreto, la modernidad se refiere sobre todo a una nueva visión del mundo, a una nueva visión de la realidad, nueva con respecto a lo que había prevalecido como marco de referencia, como interpretación general de la vida humana.
Continuidad
Prácticamente se podría decir –exagerando un poco- que desde el mundo griego hasta el fin de la Edad Media había una continuidad espiritual, filosófica. Los maestros de la Edad Media fueron los cristianos que vienen como se sabe de los primeros siglos de nuestra era, y los maestros también de la Edad Media fueron los filósofos de Grecia traducidos a través del Islam y los filósofos islámicos. En todo caso, ha habido una continuidad. Santo Tomás que vive en el siglo XIII de la Europa latina era el gran discípulo, el gran comentador de San Pablo. No hay manera de entender, por decirlo así, la vida europea hasta el siglo XVI, hasta el XVII sin referencia a los pensadores griegos, sin referencia a Santo Tomás, sin referencia a la fe cristiana.
La crisis
La época moderna nace a raíz de una crisis, de una crisis que afectó a toda la vida europea, en todos los planos y en todos los órdenes, la sacudió hasta sus cimientos, y confrontó a las sociedades europeas en guerras y conflictos tremendos que desolaron la vida pública, la vida privada, la vida profesional, la cultura, la vida intelectual, la conciencia del Hombre europeo pero de un modo total, se puede decir, integral. Entonces la modernidad es la respuesta a esa crisis, es la visión del mundo que nace de esa crisis en respuesta a ella, esa crisis se podría llamar –lo que los historiadores también llaman- fin de la Edad Media, el fin de una época histórica.
Nacimiento de nuevos puntos de vista
A raíz de la crisis que determinó el fin de esa época se suscitan nuevos puntos de vista. Pero no habían sido integrados, no habían sido sistematizados, no habían sido sintetizados en una visión de conjunto que sirviera de guía general para las inquietudes de la época y sirviera de cauce para reestructurar la vida pública, la vida moral, la vida intelectual, la vida civil, la vida de la sociedad europea. Entonces la modernidad se refiere precisamente a ese marco nuevo de referencia, a esa síntesis general, a esa descripción de ciertos parámetros, de una guía nueva para la conducta de la vida, para la interpretación del mundo, para las relaciones humanas, para la configuración de la sociedad, para la vida interior del Hombre, para su vida intelectual. Luces nuevas, horizontes que unían, que reunían y hacían posible de nuevo la convivencia en términos civilizados, en términos si ustedes quieren espirituales, éticos, morales, jurídicos y políticos que son el alma de cualquier civilización.
Nuestra crisis, Descartes y el racionalismo
Entonces nosotros vamos aquí, durante una serie de programas sucesivos, a tratar de delinear en qué consistió, en que consiste esa nueva posición, esa nueva visión del mundo. Y eso no es nada más un ejercicio de erudición histórica, de curiosidad filosófica. Es imposible entender el mundo en el que estamos viviendo, y en particular nuestra situación venezolana, nuestra crisis que, no por ser localizada y de algún modo en un país pequeño, en extensión, en población, deja de ser menos trascendente, menos importante, menos radical, menos sustantiva; la crisis venezolana es imposible comprenderla, ubicarse en ella, juzgarla, sin referencia a ese marco general que engloba al mundo occidental desde el siglo XVII, prácticamente.
Y digo el siglo XVII porque el padre de la nueva síntesis, de la nueva visión del mundo que se propone a los europeos para contenerlo, integrarlo, vincularlo en una renovación y en una restauración de la civilización, de la vida pública e institucional, fue el filósofo francés, además gran matemático, Renato Descartes.
Renato Descartes es el padre filosófico de la modernidad, las grandes ideas, las grandes líneas de falla, el gran proyecto que anima, que inspira, por decirlo así que dirige, que fija la dirección de la historia europea moderna, lo inspira, lo articula y lo cimienta el pensamiento cartesiano, en especial su visión filosófica de la realidad y que lleva el nombre en los libros de historia tradicional de “racionalismo moderno” o “racionalismo filosófico moderno”. Nosotros entonces, al hablar de modernidad en realidad vamos a estar hablando de la lógica de esa visión del mundo que se llama racionalismo y que constituye la matriz de todo el acontecer político, social, jurídico, ético y espiritual del mundo occidental desde el siglo XVI hasta hoy. Es verdad que hoy se habla en los círculos académicos y culturales del mundo post-moderno, posterior a la modernidad. Pero aún ese mundo posmoderno que tiene sus rasgos específicos se define con respecto al gran marco que articuló el racionalismo filosófico de la modernidad. Entonces, yo estimo que cualquier análisis que se pueda hacer de la situación venezolana o de la situación mundial actual que no tenga presente la lógica de esos parámetros, las raíces que determinan por decir así el estilo, el modo, el carácter, el drama de la existencia occidental moderna, es decir, a partir del siglo XVII peca de superficialidad, se queda en los efectos, no comprende las causas, y al no comprender las causas es difícil que pueda actuar con justicia, con verdad, con eficiencia, en un sentido o en otro, dentro del marco o atendiendo a las necesidades que plantean los problemas concretos que surgen en los tiempos modernos y en la actualidad.
Modernidad y revolución
Entonces el marco general de todas estas charlas va a ser en qué consiste la modernidad, cuál es la lógica de la modernidad, cuál es y qué define, cuáles son los parámetros básicos, esenciales, constitutivos y determinantes de la vida europea, desde el punto de vista del racionalismo filosófico que es el alma de lo que se llama modernidad o tiempos modernos. Porque hay que entender una cosa, se habla hoy en día de revolución, de revoluciones científicas, de revoluciones sociales, y el mundo moderno ha sido un mundo que desde sus inicios ha vivido de convulsión en convulsión, de revolución en revolución. El tema de la revolución se podría decir que es consubstancial al tema de la modernidad, tan consubstancial que en verdad la verdadera revolución, la raíz de todas las revoluciones, de izquierdas, de derechas, socialistas, económicas, políticas, morales, culturales, artísticas, etc., la matriz de la revolución es la modernidad misma, es decir, es el racionalismo filosófico moderno.
Socialismo y universalidad
Y la revolución, por ejemplo socialista… qué persigue el socialismo, en cierto sentido lo que persigue es la resolución de esa crisis, el llegar a un cumplimiento, el llegar a una plenitud, el llegar a una armonía, el consolidar un cauce estable, permanente, abierto, universal, substancial para la vida, no de un pueblo, de un grupo social, sino para la vida de la humanidad como un todo, porque ese es otro de los rasgos característicos de la cultura occidental, su conciencia –errada o no, eso es otro tema que no vamos a introducir aquí- de que las propuestas que ofrece como solución al mundo de las exigencias que de alguna manera aquejan a la humanidad, y que exigen una respuesta por parte del Hombre en atención tanto a sus necesidades materiales como a sus necesidades espirituales, intelectuales y morales, las respuestas que ha dado occidente, todas ellas presumen de universalidad, es decir que rebasan el contexto de la civilización europea, y apuntan a toda la humanidad. Pretenden ser, afirman ser o reivindican ser respuestas que atañen a todo Hombre, irrespectivamente de su rango social, de su cultura de origen, irrespectivamente de su origen social, económico, político, irrespectivamente de su fe religiosa. Esto apunta a la humanidad, de algún modo a la humanidad como un todo, y esto es un rasgo que hemos heredado de los griegos y del cristianismo. El dios de los cristianos no es un dios más entre los infinitos dioses que poblaron el mundo, que han poblado el mundo y que posiblemente pueblen el mundo. El dios de los cristianos es el verdadero dios y el único dios, es el dios común.
Ciencia y verdad universales
La ciencia que los griegos descubrieron, articularon, definieron, desarrollaron por primera vez, no es un conocimiento entre otros, no es un punto de vista, no es una opinión, es una ciencia, y la palabra ciencia traduce un saber común, un saber objetivo, un saber universal, un saber fundado en la verdad. Lo verdaderamente común, lo verdaderamente universal, lo sustantivamente universal para un ser que piensa y lo que busca como una necesidad constitutiva y esencial de su pensamiento, no es un punto de vista, una opinión o un parecer, es la verdad. El Hombre está hecho para la verdad en cuanto tiene mente, está hecho para el bien en cuanto busca el bien, y no tiene opción sino buscarlo, porque actuar es buscar de algún modo y juzgar sobre el bien, que cumple y que de algún modo perfecciona y responde a las ansias y las necesidades de los Hombres. Entonces, en última instancia la universalidad de la cultura occidental radica en esa fuente, tanto la helénica, la griega, como en la cristiana, que se fundan y expresan y traducen y manifiestan una verdad, una verdad religiosa, o una verdad científica.
La verdad pues, junto con la libertad son los dos grandes motivos, temas, fermentos, inquietudes, fines, tareas, que signan, definen, encuadran y distinguen a la civilización occidental. La verdad no es la verdad de los hindúes, o la verdad de los australianos, o la verdad de los makiritares, o la verdad de los franceses, la verdad es la verdad del Hombre y pertenece a todo Hombre y de algún modo es ofrecida y es dada y es manifestada para todo ser humano.
La revolución moderna y la época moderna, cónsona con sus orígenes históricos, en el contexto de la civilización occidental, es portadora a su vez de esta idea de verdad y de este afán de libertad. Esos son los dos grandes motivos, son los motores que van a impulsar la época moderna, porque a la modernidad lo que la caracteriza es la idea de que ella ha encontrado la fórmula para conquistar la verdad y asegurar la libertad. Que ya la verdad no será un ideal, un referente inagotable, trascendente, permanente, un impulso espiritual que surge del corazón del Hombre, y que lo alimenta el espectáculo de la realidad. Lo que caracteriza a la modernidad es la pretensión de haber alcanzado la fórmula, el método, el camino para conquistar la verdad y para asegurar la libertad de modo definitivo, de modo absoluto, y de modo por consiguiente universal.
De esto es de lo que vamos a tratar en las charlas sucesivas y por supuesto en esta charla introductoria al programa “Sin contemplaciones”.
II
El drama del racionalismo filosófico
Retomando lo que estábamos hablando en el segmento anterior, el drama del tiempo en que vivimos es el drama de la modernidad, el drama del tiempo en que vivimos es el drama la filosofía que fundamenta y articula a los tiempos modernos como un universo civilizacional. Es decir, el drama de los tiempos modernos es el drama de la filosofía moderna, en particular del racionalismo filosófico moderno fundado por Descartes, de su visión de la realidad, del conocimiento, de la vida, de la libertad, del Hombre, de la ciencia y del saber. Nosotros estamos metidos en ese drama, no hay manera de eludir ese drama. Nosotros en Venezuela y toda la América del Sur por la razón obvia y evidente de que somos parte de la historia de Occidente y de la vida de Occidente y de la civilización occidental.
No se trata de una humanidad distinta
No es la única vida que nos determina porque el español llegó aquí a un mundo habitado no a un desierto, y estaban las civilizaciones y las culturas indígenas y los pueblos indígenas, que fueron sometidos, diezmados, condicionados y prácticamente anulados en todos los aspectos prácticos. Por supuesto al no ser destruidos físicamente es imposible anularlos porque donde hay vida hay expresión, y las raíces de esos pueblos son muy hondas y muy profundas, y aunque su grado de desarrollo técnico o científico, por decirlo así, comparado con el de los tiempos modernos sea prácticamente nulo, sin embargo hay vida y hay conciencia y hay comprensión del mundo, hay una sabiduría, y hay un modo de vivir la existencia que es imposible destruir, que está ahí, como un fermento latente, como una realidad presente. Tomar en cuenta esta parte de nuestra existencia y de nuestra historia me parece que es una cosa absolutamente necesaria, para empezar es una cosa de elemental humanidad, de elemental justicia y de elemental derecho. Pero en fin, está el elemento indígena originario, y está el elemento africano, de la trata de esclavos que conocemos en la historia de occidente y que trajo desarraigados de su patria y vendidos como si fueran bestias, a los negros de África con sus costumbres, con sus creencias, su dolor, su pasión, su vivir, con su humanidad. Porque en el fondo de eso se trata, no se trata de una humanidad distinta a la nuestra, esencialmente distinta, no hay dos humanidades, hay una humanidad común que nos compromete, nos obliga, nos define y, por decirlo así, nos exige y nos juzga a todos. En todo caso nosotros somos parte de la civilización occidente, a nosotros no nos llegó en un momento desde afuera y se nos impuso, no, llegó al mundo americano, se impuso al mundo americano y nosotros somos hijos de esa interrelación entre indígenas, españoles o europeos y negros. Ahora bien, esa civilización occidental hoy en día incluye, acciona, incide, transforma, toca, conmociona, sacude, desarraiga, violenta, ayuda, asiste, es decir, actúa directamente sobre todo el mundo, sobre todas culturas habidas y por haber, sobre todas las sociedades históricas, sobre todos los pueblos, baste nada más las comunicaciones y la capacidad de comunicación instantánea por todo el globo para comprender esto, baste el desarrollo técnico científico que ha facilitado esas comunicaciones, esas interrelaciones, y por un lado bueno, los horrores que ha cometido la civilización occidental o el mundo europeo, o el mundo europeo americano en el resto de la tierra, tanto como las bondades, las virtudes y los bienes que les ha traído.
La tierra nos es común
El mundo de hoy, por lo menos técnicamente y materialmente, es un mundo, no vivimos en tres o cuatro mundos, las posibilidades de conocimiento, de acercamiento, de vinculación, de formación, y por consiguiente el compromiso que tenemos con la totalidad del mundo y no solamente con nuestra partecita, es una cosa muy evidente, aunque sea nada más que por hablar de un caso en el plano ecológico: la tierra no es común, y la historia no es común en sus aspectos esencialmente en última instancia. Porque la historia lo que pone en juego es el sentido de la vida humana, el valor de la vida humana, el contenido, la sustantividad de lo que es ser Hombre, la jerarquía ontológica, esencial y moral de la existencia humana, y la existencia humana es la existencia del aborigen australiano, del pigmeo africano, del individuo que vive en Nueva York, Washington o en Madrid, y de los suramericanos. Es decir, donde haya humanidad de algún modo se plantea la cuestión de nuestro compromiso, de nuestra identidad como Hombres, y de nuestras relaciones.
Expansión de Occidente
Por consiguiente toda concepción del mundo que separe una parte del mundo y lo erija en una especie de humanidad aparte, de humanidad distinta, o de humanidad superior, es una concepción bastarda, degradada, degenerada de la civilización de occidente, del humanismo de occidente, de ese universalismo ético, intelectual, moral y ontológico que nos viene de la Biblia y de la religión cristiana y del helenismo, que nos obliga y nos compromete en términos de verdad y en términos de libertad, es decir, en términos de justicia con todo Hombre, irrespectivamente de su grado de cultura, civilización, desarrollo intelectual, desarrollo técnico, desarrollo científico, riqueza económica u organización social. La civilización occidental moderna ha incidido –volviendo otra vez al punto- en todas las sociedades y culturas de la tierra, sobre todo a partir del “Descubrimiento de América”, de la circunnavegación de la tierra y de la exploración de españoles y de portugueses de toda, por decirlo así, del ámbito geográfico del globo, a partir del 1500 prácticamente. Entonces esta interrelación de facto, de hecho, de encuentro, de reconocimiento, de conocimiento mutuo… porque aquí no se trata de que llegó el hombre blanco y conoció al otro, el otro también lo conoció a él, y el otro de algún modo también lo incorporó dentro de su visión del mundo, y lo evaluó y lo juzgó, y aunque quizá en términos de poder no pudo enfrentarlo en un momento dado porque no hay manera de enfrentar un cañón con un arco y una flecha, pues no hay equiparación, eso no quita que el Hombre juzgue, que el Hombre piense, que el Hombre entienda, que el Hombre sufra, que el Hombre comprenda.
La inteligencia no es privilegio de occidente
La inteligencia no es la dotación del Hombre occidental porque descubrió la filosofía y la ciencia, o porque descubrió el Sukhoi o descubrió el F-16, estos son instrumentos y los Hombres siempre desarrollarán instrumentos, y el instrumento responde a una necesidad práctica, pero el Hombre tiene otra dimensión, es la capacidad de apreciación de la vida, de la acción, la capacidad de relación, la capacidad de respeto, la capacidad de vinculación, la capacidad de compromiso, dignidad, justicia, integridad, verdad, lealtad, es decir, bienes morales que no los inventó occidente, que han existido sobre la faz de la tierra desde que hay hombres sobre la tierra. Los Hombres siempre han distinguido en la cultura una Humanidad superior, una humanidad paradigmática, un ideal de existencia, una exigencia moral en todas las sociedades, porque no hay sociedad sin una estructura moral, y ese es otro de los dramas de los cuales vamos a hablar hoy.
Desintegración
La sociedad occidental se está desintegrando, igualito que se desintegró, porque esa es la palabra, la IV República nuestra, no por falta de petróleo, de dinero o de técnicos, o de gente capacitada operativamente, de gerentes, etc., no, por mediocridad y pobreza moral se desintegró. Ese es el drama de Venezuela, y hasta que eso no se entienda… y se entienda que eso no es un problema solamente venezolano, cuando se desintegra la conciencia de las personas se desintegra la conciencia de la sociedad, y es imposible la sociedad. Lo que existe es un conglomerado de gente que lo que persigue entonces son sus utilidades, sus beneficios, su bienestar, a expensas de lo que sea, inclusive de su propia alma, de su propia conciencia, ¿por qué? Porque ya no sabe que tiene alma, y que es Hombre y que es persona, ni tiene conciencia de obligación, ni de deber, ni finalidad alguna, es decir, flota sobre la existencia como si fuera un corcho en el agua, y la corriente que más fuerza tiene es la que se lo lleva más fácilmente. No hay resistencias interiores contra el afán de lucro, el afán de poder, el afán de dinero, el afán de placer, y el Hombre se degrada aunque esté vestido con trajes del último y el más perfecto y el mejor de los sastres italianos, por dentro es nada, vaciedad, y ese es el gran tema nuestro, en última instancia.
El drama de Occidente es también nuestro
Ahora, ese es un tema nuestro porque hemos abrazado orientaciones, criterios, direcciones, que nos ha planteado esa nueva época civilizacional que se llama la modernidad. Y hemos pensado y hemos actuado siguiendo sus pautas y de algún modo incondicionalmente, entregados al dios progreso, al dios mercado, al dios ciencia, o al dios revolución. Y esa abdicación de nuestro corazón, de nuestra sensibilidad, de nuestro fuero interno, de nuestra interioridad, [ocurre] hasta el punto de que el mundo moderno o el Hombre moderno -como dice gente tan importante en el mundo de la ciencia como Jung, el psiquiatra, el psicólogo, el discípulo de Freud- carece de alma. Y esto es un tema que ha sido muy trillado, yo no les estoy contando ninguna novedad, cualquier sociólogo, cualquier historiador de la cultura, conoce esta temática.
Mediocridad de masas
Hoy en día se vive, no a un nivel de conocedores, de estudiosos, de artistas o pensadores, sino que se vive y se pretende hacerla vivir a nivel de masas, es decir, a nivel de poblaciones y de naciones enteras; meter a la humanidad bajo el redil o dentro del marco de referencias de la misma estupidez, de la misma vaciedad moral, de la misma insensatez, de la misma inanidad, de la misma fatuidad de los que supuestamente encarnan la modernidad y ven a todo el resto de la humanidad como si fuera una especie de hombres preshistóricos, o a los que no abrazan estos mismo cultos que ellos adoran, con gran vocabulario, grandes curriculum vitae, grandes títulos universitarios, gran sapiencia. Falsedad toda.
No aproximación sino la Verdad absoluta
Pero esto no es accidental, esto no es casual, esto es sustancial a la modernidad. La modernidad como les dije al principio, o la visión filosófica que informa lo que se llaman tiempos modernos, pretende ser no una aproximación a la verdad, no un acercamiento a la verdad, no un amor a la verdad, que no se agota nunca, porque la realidad no la agota nadie, ni la realidad física, ni la realidad espiritual y moral. ¿Quién agota la química? Nadie. ¿Quién agota las matemáticas? Nadie. ¿Quién agota la física? Nadie. ¿Hay un término en el desarrollo de las ciencias naturales? No hay. ¿Quién agota la justicia? Nadie. ¿Quién agota la bondad? ¿Quién agota la virtud? ¿Quién agota el valor? Puede hombre alguno decir “yo soy la justicia”, “yo soy el valor”? Nadie. Los bienes morales son absolutos, infinitos, inagotables, una fuente constante de superación, de impulso, de vida, de sensibilidad y de conciencia, el Hombre como sujeto moral no tiene límites, el Hombre como contemplador de la realidad tampoco tiene límites. ¿Qué lo mide? La realidad del universo o la realidad del orden espiritual, fundado en Dios en última instancia.
Fausto
El mundo moderno pretende haber alcanzado la medida, la norma, la fórmula, el método, para asegurar, controlar y dominar el mundo y la realidad, el orden físico y temporal, y por otro lado pretende haber conocido y alcanzado el saber que asegurará la redención del Hombre literalmente, la redención moral, espiritual, anímica, integral y sustantiva del ser humano. Estas dos locuras son las que dominan los tiempos modernos, le confieren a estos tiempos un carácter dramático. La grandeza de estos tiempos está en que es el Hombre el que sufre y busca, que es el Hombre el que en última instancia desea ser y ser plena, total, íntegra, cabal, finalmente, a través de sus propias capacidades, a través de su propia virtud, y lograrlo en este mundo y en este tiempo, es decir pretender ser Dios, y ese es el drama de la modernidad, y es el drama del Hombre, desde el relato de la Biblia que lo articula a su modo, como cualquier relato de las grandes mitologías; todas tienen esta figura, el tema del orgullo, el tema de la autosuficiencia del Hombre, el tema de la “voluntad de poder”, como se llama en la jerga de la filosofía moderna.
Ya volvemos.
III
La crisis nos afecta a todos
Continuando el tema del que estábamos hablando, no hay tiempo histórico deleznable, no hay sociedad (palabra inaudible) deleznable, aún el Hombre que abraza la estupidez y la necedad es un drama su existencia, es un dolor su vivir, nos afecta a todos, nos toca a todos, y provoca una crisis por lo general, una sociedad en esos términos. La crisis es saludable, debe entrar en crisis, triste sería que nos pudiéramos degradar moralmente y seguir jugando golf, feliz como si nada, feliz de la vida, sin que en algún momento se sintiera y se palpara el vacío y se preguntara uno qué ha sido esto y dónde está todo, esta pompa, esta gloria, esta autosuficiencia, y esta bobería, y verlo así, y en ese momento uno se redime, nada más esa pregunta, pienso yo, y Dios lo acoge en su seno, y le perdona su estupidez y lo redime y lo hace vivir y lo hace palpar lo que es ser Hombre; porque ve.
Creonte
Esa es la historia de Creonte, el famoso Rey de Tebas en la Tragedia de Sófocles que se llama Antígona, la cual yo le hago leer y releer y si se la pudiera hacer leer mil veces a mis estudiantes en la Universidad lo haría, es de una hermosura, de una fuerza, de una verdad, de una autenticidad, de una humanidad sin par, y allí está el genio griego, llamar las cosas por su nombre, y, como dice este programa “sin contemplaciones”.
Sin contemplaciones
A lo esencial, porque en el fondo qué significan las contemplaciones cuando se trata de lo esencial, y qué es lo esencial si no es la vida del Hombre, el bien y la integridad de su vivir. Toda contemplación es una traición, por eso es que este programa se llama así, no es porque yo vaya a atacar a nadie, crucificar a nadie, ni pretender pedir y destruir a nadie, porque es que los asuntos son esenciales, ¡bendito sea Dios! No podemos sustraernos de lo esencial, y lo esencial supone inteligencia, supone mente, supone discernimiento, porque el hombre no puede vivir sin decidir. Entonces, creer que se puede actuar al margen de la moral, al margen del sentido, al margen de la verdad, es una soberana estupidez. Actuar es tomar una decisión, una decisión es una apreciación sobre lo que es bueno y lo que es malo, es una elección, toda elección es un juicio, todo juicio nos compromete en si lo que estamos eligiendo es verdad o no, o es justo o no.
La ironía socrática
Todo Hombre, el más humilde, es portador de la esencia de la existencia humana, por eso la barrendera humilde que recoge en la Avenida Bolívar los desechos de las caminatas y de las marchas quizá pueda tener más dignidad que todos los próceres que han caminando por ahí, debe tener más significación, más dolor, más dignidad y más sentido su vida porque ve y entiende, y no pretende grandezas humanas, no las necesita, piensa, juzga, ve, la ironía socrática la habita. La ironía ¿de qué nace?, ¿de las payasadas que hacen los poderosos y los que creen que tienen a Dios agarrado por la chiva o la historia de su vida por una fórmula dialéctica, o histórica o progresista o la que sea?
La tragedia griega
Entonces, de toda esta fatuidad el mundo occidental está lleno, nos falta mucho por aprender, nos falta mucho por sufrir y la lección de los griegos es que la necedad solamente la cura el dolor, la cura el sufrimiento, la redime el dolor, y esa es la lección de la tragedia griega. ¿Ustedes saben cuáles fueron los grandes pedagogos de la Atenas democrática, es decir de la primera democracia de la historia de Occidente? No fueron los sofistas, esos fueron los que la degradaron, la prostituyeron y la ultrajaron y la disociaron por decirlo así, fueron los grandes poetas trágicos, fueron Esquilo, Sófocles, Eurípides, y otros de los que nos hemos obligado o no quedan restos, ni sus nombres ni reseñas de sus nombres, ellos fueron. ¿Y qué decían?: piensa, entiende, ve, oye, oye como dice el dicho hebreo, Shemá Israel. ¿Qué quiere decir Shemá? Oye, no en el sentido literal de oír la voz, sino entiende, piensa, aterriza, ve.
Ver y oír
Este ver es condición sine qua non de nuestra humanidad, de nuestra integridad, es la esencia de nuestra educación. Puede no estar educado, nunca haber ido a la escuela y ser analfabeto, no sabe leer, no importa, tiene mente, y la mente conversa con ella misma y distingue, y ve, y entiende y aprende y reconoce, en silencio, interiormente; hay una armonía preestablecida. Por eso el desprecio al pobre porque es pobre o porque se ve feo… yo tengo amigos queridos, que los quiero, los aprecio, [que dicen] “qué gente tan fea anda ahora por Caracas”, quizás alguien que esté oyendo este programa en este momento identifique el personaje, eso es una superficialidad, es una fatuidad en el fondo, y por eso parte de nuestra sociedad no termina de entender lo que pasa en Venezuela, lo que el país reclama, lo que la humanidad reclama. Entonces, su discurso es todo formal, operativo, técnico, funcional, empírico, positivo y formulístico, vacío, el fondo de las cosas no lo quieren ver, no lo pueden ver, y ese no ver no es que sea un error, o una incapacidad genética, nein, no es eso, nein, perdonen es que parece que estoy hablando con mis estudiantes en la Universidad, no, no quieren ver, no es que no puedan, no quieren ver porque el ver trastocaría sus vidas, rompería todos estos esquemas falsos, fatuos en el que viven.
La pobreza
Con esto no estoy glorificando al hombre pobre, el hombre pobre puede ser tan cretino como el hombre rico, la pobreza no ennoblece a nadie, la pobreza padecida violenta, degrada, de algún modo ahoga la existencia; parte de nuestro drama social es ese. Yo me acuerdo niño, yo nací en Caracas, de Reducto a Glorieta mi padre tenía un consultorio médico, y en cuanto yo tenía no me acuerdo ya, diez, once, doce años, a mí lo que me atraía era la calle, la casa es un fastidio comparado con la calle, están diciéndote a qué hora te vas a acostar, dónde vas a ir, qué no vas a hacer, báñate, límpiate los dientes, lávate las orejas, y uno lo que quisiera es la vida, y ¿dónde está la vida? En la calle, uno está vivo, uno es una esponja y lo chupa todo, entonces todos estos niños que desgraciadamente degeneran en el crimen, en la violencia, en la inmediatez, ¿son niños de qué?, de la calle. Entonces el problema de la seguridad no es un problema nada más de que el ministro es bueno es malo, perverso, o mejor, o técnico o no técnico, esto es un problema que desborda el problema, no es un problema policiaco, es un problema moral, que afecta a toda la sociedad, porque el Estado solo no puede, el Estado no es Dios, y si creen que es Dios entonces estamos fritos. Entonces toda la sociedad tiene que tomar conciencia, tiene que cambiar, tiene que asumir el problema de qué estamos haciendo con nuestro vivir. Pues claro, le están pasando por delante joyas, zapatos de cuatro suelas, de cinco sueña, de cinco pisos como los que usan las mujeres ahora, todo tipo de prendas, de carros, de esto, delante de la cara, a jóvenes que no tienen nada, literalmente, prefiere jugarse la vida para quitarte la moto Harry Davidson a toda mecha por la autopista. Y por que yo no, quién me va a hablar a mí de que tengo que trabajar, ¿han tenido un padre, una familia, una abuela, un papá que esté encima de ellos? Si yo no hubiera tenido un padre y una madre que estuvieran encima de mí, aunque tuvieran dinero, ustedes creen que yo estaría hoy aquí hablando de filosofía, yo sería un delincuente más, porque las pasiones atraen, sensibilizan, afectan, tocan, mueven, y a un muchachito mucho más, entonces hay que buscar soluciones de fondo, que toquen ese problema, el problema de la degeneración espiritual de la sociedad.
El “hombre nuevo”
Ahora ustedes me dirán, la degeneración espiritual cómo se cura, ¿con los preceptos del Che Guevara leídos todas las mañanas, mañana tarde y noche? ¡Dios nos ampare! O los 10 mandamientos, leídos mañana tarde y noche, releídos, memorizados y bailados, ¡Dios nos ampare, también! No son regulaciones, no es indoctrinación, no son formulitas, es convivencia, es atención, es humanidad, es sensibilidad, es participación, es lo que hizo entre otras cosas Alberto Volmer hijo, Alberto Volmer de Marcellus, cuando se le metieron en la hacienda “Santa Teresa” unos delincuentes que vivían ahí en El Consejo donde está la hacienda “Santa Teresa”, y entonces la policía vino a decirle que había agarrado a un delincuente, que si lo liquidaban, y él salió corriendo para impedir que eso pasara, y con un delincuente vino la banda entera, y él los metió en la hacienda Santa Teresa, los metió, no es que agarró y llamó al cura del pueblo o al jefe civil y les dio un cheque por 20 millones de bolívares, y les dijo hagan algo por estos muchachos, que es lo que hubiera hecho posiblemente su papá, que era de otra mentalidad y de otra época, sino que los metió él en la hacienda misma, y los atendió, y los cuidó, y habló con ellos, y se vinculó con ellos, y hoy lo tratan de tú a tú, son hombres nuevos, ahí hay hombres nuevos.
El asunto del hombre nuevo en esos términos morales no es un sueño, pero requiere de alma, cercanía, proximidad y humanidad, eso es cristianismo de verdad, no es predicar y [ver] si tú estás dentro de los parámetros de la doctrina, [es] vivido. Y Alberto Volmer hijo es un catire de ojos azules, un alemán del siglo XVIII, cuando llegaron sus bisabuelos o sus tatarabuelos, pero es venezolano puro. Entonces estos son los elementos representativos, estos son los elementos que de algún modo tienen que agarrar esta sociedad y sacudirla de arriba abajo, no se puede perder esta ocasión.
La crisis, una bendición
Volviendo al principio, toda crisis es una ocasión de crecimiento, de despertar, de grandeza, es una posibilidad entera, es una bendición de Dios. Bendito sea Chávez en ese sentido. Y quien no vea eso está ciego, es la crisis en el sentido deleznable de la palabra, es no querer ver, es no querer comprender, es no querer abrirse, es no querer acudir, dar el pecho ante la situación, que requiere dar el pecho, porque no hay fórmulas técnicas, no es el Partido Socialista Unido de Venezuela el que tiene la varita mágica, ni es Fedecámaras la varita mágica. Hay que despojarnos de algún modo de los instrumentos y ser capaces de ser Hombres.
A la guerra y a la batalla
Bueno, este programa se trata de esto. Si ustedes quieren este es el primero y el último programa, o sea, que ya han visto lo que tenían que ver y si han oído ya no necesitan los demás, oído en ese sentido bíblico, pero de esto se trata la educación, de esto se trata la política, de esto se trata la economía, de esto se trata la cultura, la gran cultura. El Dante es eso, en su esencia, Sófocles es eso, Aristóteles es eso, Platón es eso. Entonces yo los llamo a todos ustedes a la guerra y a la batalla contra la estupidez, la cretinez, (palabra ininteligible) la angostura mental y moral, y esa guerra y batalla no me la invento yo, ¿ustedes saben de dónde vienen los términos guerra y batalla? no en que Francisco Rivero es comunista, chavista, radical, escondido y malévolo. No. ¿De dónde vienen? Estas son las dos palabras con las cuales Platón empieza el diálogo Gorgias, “guerra y batalla”, ¿por qué? porque la vida espiritual y humana, ¡gracias a Dios!, es guerra y batalla. Y el día en que usted se sienta en el trono y se establece y es un hombre respetable, en ese sentido es usted un muerto, usted es un fósil, una losa que pesa… lo que dijo Cristo, usted es una losa que cubre un montón de huesos muertos. Entonces bueno, aquí vamos a reivindicar nada nuevo, los grandes valores de la tradición. ¿De dónde vienen? Del helenismo, vienen del cristianismo. ¿De dónde viene el universalismo de Occidente? Del helenismo y del cristianismo. La modernidad es otra versión, una reinterpretación de ese universalismo, la modernidad pretende reinterpretar definitivamente la libertad y la verdad, y ponerla por decirlo así al fin y como resultado de una técnica, de un saber objetivo, de un saber impersonal, donde el Hombre entonces será el resultado de esa fórmula, no el protagonista, no el que la padece, no el que la cambia, no el que se resiste a entrar en una cuadrícula; no; el efecto. Y esa es la crisis de la modernidad.
Nos vemos el domingo si Dios quiere, espero que duerman tranquilos y que esto no los haya agitado demasiado.

Que buen trabajo. Muchas gracias. Tengo los videos y ahora he encontrado aqui estas transcripciones. A seguir con los 'hachazos'. Un placer!