Anotaciones y comentarios a partir de Figuras de la memoria, de José Javier Franco Ortiz (2008) Monte Ávila, Caracas
Lo que recordamos del pasado no es/no fue el pasado. Lo que recordamos hoy es (sólo puede ser) recuerdo. El recuerdo ocurre en el presente, exactamente en el acto de recordar, es decir, en el momento de su ocurrencia. El recuerdo es un acontecimiento cuyo lugar de acaecimiento es el presente. No puede ser de otra manera (la memoria elige del pasado lo que es útil al presente, afirmaría Bergson), pero el prestigio de la historia y, como vemos con José Javier Franco, su poder, suele ocultar esta verdad.
La crítica a la historia parte de una pregunta capital: ¿quién la escribe? Y puesto que la escribe el poder -representado en el historiador- resulta obvio que su discurso –histórico- salvaguardará (dará permanencia, relevancia, continuidad y visibilidad a) los intereses (prejuicios y privilegios) de las élites en el poder. Las evidencias facilitan esta perspectiva crítica, y aunque apuntan a una posible solución, no es fácil articularla en la práctica, convertirla en estrategias, en procedimientos.
En primer lugar, queda claro que se precisa un nuevo sujeto, un sujeto otro, desde el cual, o el cual, produzca un discurso histórico “distinto al de la historiografía” y tendiente a “desarticular los discursos hegemónicos sobre «nuestra» historia” (XII). El pasado histórico oficial se asume como un objeto absolutamente recuperable, sin silencios estridentes que pongan en riesgo la continuidad del proyecto de las elites; la teoría sobre el discurso otro, por su parte, sabe que tal absolutismo es imposible, que ninguna recuperación es total, que el tiempo pasado no cabe completo en el presente, y que todo proyecto de recuperación del pasado es un deseo en fuga. Si para la historia el pasado es un «objeto», para la memoria el pasado se «desobjetiviza» y se percibe, en cambio, como «proceso», “mecanismo escriturario de acercamiento a un «algo» que se sabe de antemano imposible” (XVI). No es la memoria, por tanto, un «archivo», sino un “dispositivo de agenciamiento que interrelaciona los hechos y los tiempos de los que se ocupa” (2).
La memoria deviene entonces borramiento de la historia, y se constituye a partir de la diversidad de voces, de la pluralidad, de la fragmentación, opuesta a la unidad monolítica de la “«voz» hegemónica de la historia oficial” (4).
La pluralidad y la fragmentación rompen con la linealidad* y la secuencialidad, y por ende, con la relación causa-efecto. (Recordando a Hinkelammert, rompen con la racionalidad medio-fin). Se introduce entonces otra racionalidad, y es otro, por supuesto, el sujeto. Este nuevo sujeto encarnará “voces disidentes, excluidas o escindidas de los discursos oficiales y tradicionales (…) que rompen con los modelos de hegemonía y predominio sobre la «verdad» histórica” (19).
El discurso de este sujeto otro, que no se escribe desde la racionalidad del poder, que no atiende a su forma lineal y secuencial, de causa efecto, y que además no se escribe «tal-y-como-fue», “exacta, puntual, efectivamente”, no tendrá, por ende, sentido. El sentido es una consecuencia y una relación del poder (que ha establecido una continuidad con el pasado) y determinadas estrategias discursivas. Si alteramos la linealidad y la secuencialidad, en términos latos, rompemos el sentido tal y como lo concibe el poder. Un sujeto otro, propondrá “figuras que ofrecen siempre y todo el tiempo una heterogeneidad de sentido o un sentido abierto a lo heterogéneo, cuyos elementos son intercambiables, sustituibles, y por ello proponen un sentido que se quiere alterable, inestable, fluido” (24). No estaríamos ante un pasado, sino ante versiones del pasado, ante posibilidades y acercamientos a una verdad siempre en fuga, siempre en constitución. Estas escrituras –dice Franco- “están más cercanas al relato cuasi-onírico de la memoria individual que a las pretensiones «cientificistas» de «la historia universal y/o nacional(es)» (29). Estas escrituras, además, “rompen los cánones de representación…” (39).
No estaríamos, por otra parte, ante un sujeto, sino ante un sujeto plural, productor de pasados plurales, diversos, heterogéneos. Y, si no hay memoria singular, entonces no hay memoria nacional.
Si el sujeto se conforma a partir de su pasado, un pasado plural supone un sujeto plural. La memoria -“proceso que pone en práctica «una política» acerca del pasado” (2) y no la historia (como archivo)-, será entonces “un campo discursivo de múltiples posibilidades, donde es el lenguaje, el uso del lenguaje por un sujeto x, lo que da forma a una figura de la memoria, a una manera de agenciar presente/pasado” (39). “Es posible que «hombre», «mujer», «negro», «latinoamericano», «nosotros», etcétera, sean categorías que describen procesos más que identidades” (40). Luego, “la acción de sujetos «subalternos», el uso que éstos puedan hacer de los «restos» del pasado, las operaciones que sus memorias pueden hacer sobre el relato pretérito, las reapropiaciones de los significados mediante la reordenación de los significantes, posibilita discursos otros, discursos varios que interrumpen, contradicen, desvían el flujo de los pretendidamente oficiales y posibilitan la «hibridación» del discurso sobre el pasado e incluso la emergencia de una memoria heterogénea” (42). Vemos entonces que el sujeto otro es un sujeto subalterno, en rebelión, (dis)puesto a recordar de otras maneras, a eludir, saltar, tergiversar, parodiar, rescindir el recuerdo oficial, la voz ordenadora del poder (y por ende al poder mismo). Atenderá otras voces, y las registrará de diversa manera. Establecerá otras relaciones con la verdad y el sentido, con el logos y la razón, con el recuerdo y el olvido. En definitiva, con el poder.
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* Valga aquí anotar una sugestiva apreciación de Adolfo Colombres (2005) en Teoría transcultural del arte, para quien, dejando atrás la “piedra fundacional” puesta por Herotodo “en cierta forma la historia es una creación del cristianismo (…) La concepción lineal del tiempo fue ya esbozada en el siglo III de nuestra era por Ireneo de Lyon, y tomada y elaborada luego por San Basilio, san Gregorio y San Agustín. Alberto Magno y Santo Tomás concibieron ya la historia como un progreso lineal, aunque hubo que esperar hasta el Siglo de las Luces para que la linealidad se estableciera con firmeza en el ámbito científico. Y hasta el siglo XIX para que se generalizara, bajo el empuje de las corrientes evolucionistas…”(43)












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