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Revisión de paradigmas historiográficos

por joseleon71 @ Viernes, 16. Mayo, 2008 - 01:33:50 pm

Lectura de Nuevos paradigmas para el siglo XXI
de Roberto López Sánchez, 2003

[LOPEZ SANCHEZ, Roberto. Nuevos paradigmas para el siglo XXI. Revista de Ciencias Humanas y Sociales, ago. 2003, vol.19, no.41, p.107-139. ISSN 1012-1587]

Afirma Roberto López que la visión de la historia como progresiva y en sucesivas etapas de crecimiento fue lanzada al cesto de la basura, aunque su explicación en cierta manera contradiga que él mismo la haya echado al cesto; en efecto, afirma de acuerdo al paradigma “desechado” que «la historia se estanca y retrocede a períodos que se creían superados, y que se avanza hacia una mayor profundización de la desigualdades sociales» (109). Si se niega la progresividad y lo sucesivo, entonces no puede existir estancamientos ni retrocesos, ni mucho menos “períodos superados”. Aunque entendemos la idea de la afirmación hecha por López, valga la aclaratoria.
Reclama el autor que la historia debe adecuarse a la realidad latinoamericana, superar la visión eurocéntrica, y aceptar que no es neutral. Apuesta por lo que denomina el “compromiso social de los intelectuales” (110) ante la ola neoliberal. En este sentido, afirma que el oficio de historiador debe contribuir “a dar respuestas y explicaciones a los procesos de conflicto y cambio que hoy estremecen a nuestras sociedades” para lo cual se precisa “reconstruir nuestra identidad como nación” (110).
López sigue de cerca el manifiesto de “Historia a Debate” surgido en septiembre de 2001, contemporáneo a la voladura de las Torres Gemelas, coincidencia que destaca el autor. Dicho manifiesto propone la superación del objetivismo positivista y del subjetivismo posmoderno, que la rigurosidad en la historia no es contradictoria con sus resultados relativos y plurales acordes a la diversidad presente en las sociedades humanas, destaca el uso de nuevas fuentes históricas como la oralidad, la iconografía y los restos materiales, propone la innovación en los métodos y los temas, defiende la interdisciplinariedad como una necesidad ante la complejidad del actual mundo globalizado, y cuestiona la fragmentación de los estudios históricos que desvincula a los historiadores de una realidad basada en la interrelación y la comunicación global. Promueve, además, el debate y la confrontación intelectual y reivindica la autonomía intelectual de los historiadores. Apuesta por un sentido más comunitario del trabajo historiográfico y valora la herencia de la Escuela francesa de los Annales, del marxismo y del neopositivismo.
Los historiadores –resalta López del manifiesto- no se deben limitar a aportar datos, su papel abarca la definición de los temas, fuentes y métodos de investigación, la pertinencia social e implicaciones teóricas, y sus conclusiones y consecuencias. Afirma que una relación más estrecha entre la teoría y práctica incidirá en una mayor coherencia y valora los aportes que desde la historia deben realizarse en la definición del futuro de nuestras sociedades.
Este manifiesto y esta dirección historiográfica, parten de cuestionar que la historia estuvo reservada a una élite portadora de la “razón dominante” (114), lo cual imposibilitó a las comunidades populares, a los grupos étnicos y sociales elaborar “su propio conocimiento histórico” (114). Habla López de una historia mantuana “que ha relegado conscientemente a las grandes mayorías populares del papel protagónico que ejercieron en el proceso histórico-social venezolano” (122). Lo popular, pues, ha sido excluido de las investigaciones históricas:

Un elemento que resalta actualmente es la exclusión de lo popular en las investigaciones históricas. Explotados, rebeldes, dominados, no son considerados sujetos protagónicos de la historia. Masa pasiva de las elites dirigentes o de las fuerzas económicas y sociales, el pueblo aparece en la historia sin una identidad propia. El desaparecer el pasado de las clases populares y de las naciones dominadas contribuye a mantener y mitificar las formas actuales de sometimiento. Al valorar la historia de los dominados, de los pueblos y los grupos sociales derrotados, consideramos que la razón histórica no está necesariamente del lado de quienes triunfan en términos políticos concretos. Hay muchas sociedades, proyectos y revoluciones inconclusas que dejan mayores enseñanzas históricas que los triunfos político-militares de los grandes imperios que en cada época han dominado al mundo o regiones de él. Rescatar la memoria de los oprimidos es una tarea básica en el proceso de construcción de identidades, la cual consideramos una de las funciones principales de la historia, y puede permitir que el pueblo se convierta en sujeto protagónico y constructor de su propio destino (114-115)

Por otro lado, nuestra historiografía se constituyó en un apéndice de la europea y se afanó en explicar los pormenores de nuestra inserción, participación o anexión en el mundo occidental. Se precisa, afirma López, una labor historiográfica sobre la cual soportar la tarea de construcción de un desarrollo político, económico, social y cultural distinto al trazado por las clases dominantes, por las elites. Una sociedad plural, insiste, en la que participen las mayorías sociales, exige un “replanteamiento” de la historia de América Latina y de Venezuela en particular (117-118).
Repasa el autor algunas nociones (y prejuicios) de la historiografía tradicional. Por ejemplo, el inveterado racismo, manifiesto a la hora de tratar temas como la colonia o la esclavitud. Sobre Bolívar alude a las imprecisiones en cuanto a los alcances y limitaciones de su proyecto “burgués”:

El período de gobierno del partido bolivariano, en la República de Colombia (1819-1830), ha quedado para la historia como el único proyecto nacionalista burgués que haya tomado cuerpo en tierras venezolanas (hasta 1998 por lo menos). Esto es lo reivindicable actualmente del pensamiento de Bolívar, su nacionalismo hispanoamericano (123)

Pero sostiene que Bolívar contribuyó también a desarticular el “movimiento popular que había tomado fuerza durante la guerra de independencia” (123), alude al temor de Bolívar por la “pardocracia”, lo que implicaba “evitar por todos los medios que se fortaleciera una sociedad donde los mestizos y negros tuvieran el control del poder político” (124). Además, la entrega de tierras tendía a desestructurar la propiedad comunal de la tierra (que había sido reconocida por la corona española) y convertirla en propiedad privada, debilitando también sus liderazgos naturales al abolir los cacicazgos, lo que significaba la liquidación de las comunidades indígenas como tales, abriendo las puertas para su integración cultural a la sociedad criolla dominante (124).
Por otro lado reivindica a Zamora, y lo aproxima mucho más a los momentos de cambio actuales:
Zamora representaba los genuinos intereses de las masas campesinas, de los desposeídos, que nuevamente enarbolaban la “guerra social” que había desatado Boves en 1813, con el fin de destruir el poder político y económico de la oligarquía, y construir en cambio una nueva sociedad basada en los principios políticos del liberalismo burgués, cuyo respeto y aplicación estricta, pensaba Zamora, permitirían la felicidad del pueblo (125).

Finalmente, trae a colación algunos otros problemas tratados por la historiografía oficial: la existencia o no de un proyecto de desarrollo nacional durante el siglo XIX, la valoración de la obra de Guzmán Blanco y la participación popular en el proceso histórico venezolano. A éste respecto afirma que

“La historiografía burguesa ha ocultado conscientemente la participación protagónica del pueblo en nuestro proceso histórico. Nuestra propuesta es recuperar esa memoria histórica y reivindicar que los grandes cambios sociopolíticos siempre han sido posibles en Venezuela gracias a la participación masiva de las grandes mayorías populares” (128)

Como conclusión, adherimos el planteamiento de la necesaria “recuperación histórica de nuestro pasado indígena y africano” y “la recuperación de la memoria de las luchas populares, y su influencia en la conformación de la sociedad venezolana” como otra actividad fundamental de la investigación histórica. “Hasta ahora –dice- la burguesía escribió la historia para justificar su dominación. Al pueblo le corresponde ahora escribir la historia desde su perspectiva de liberación” (130).

Queda entonces por definir la naturaleza de ese sujeto social (aquí el plural es determinante) al cual le toca (y cómo)“escribir la (su) historia”. Entendemos por todo lo anterior, que se precisa romper con el paradigma positivista (y) eurocéntrico, con y desde el cual es imposible comprender e historiar nuestro plural devenir histórico. Se debe pues, definir ese otro texto, su naturaleza, constitución, su forma. Lo planteado por López en esta dirección es impreciso, pero no era este su objeto ni objetivo.


 
 

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