Leyendo un libro de Felix Ovejero de 1994 (Mercado, ética y economía, Editorial Icaria. Barcelona) encuentro algunas consideraciones que por aquellos años seguramente resultaron algo solitarias, teniendo en cuenta los eventos del contexto, el cercano derrumbe del bloque socialista, del Muro de Berlín, pero también, por qué no, el levantamiento zapatista, o la rebelión cívico militar del 92, en Venezuela. La puja entre neoliberalismo y alternativas sociales y económicas cobró desde entonces una intensidad que no ha decaído, y que hoy se releja en gobiernos con una marcada tendencia hacia la izquierda. Latinoamérica dixit. En las palabras del presidente Uribe sobre el “expansionismo” del proyecto bolivariano se retrató, por cierto, el discurso de los que ven desde la otra orilla la expansión, sí, de una forma distinta de hacer las cosas, en todo caso, de relacionarse con las economías, sociedades y culturas hegemónicas.
Pero ahora quería referirme a cuatro constricciones mencionadas por Ovejero que actúan sobre el desarrollo de las sociedades. La tecnología, la población y los recursos, sumados a la variable ecológica, que definen a las sociedades y hacen posible su existencia o supervivencia.
El capitalismo y el liberalismo como modelos triunfantes y extendidos al mundo desde que se impusieron en Europa a la cabeza de Inglaterra y luego de Estados Unidos, son exactamente eso, modelos globales. De modo que las cuatro variables mencionadas han sido consideradas exclusivamente por el capitalismo y el liberalismo y han definido el tipo de sociedad global (la que conocemos), hacen posible su existencia, incluso su supervivencia. Decimos que han sido consideradas exclusivamente por el capitalismo y las sociedades liberales porque no han existido sino demasiado parcial y localmente formas tecnológicas, manejo de los recursos y escenarios ecológicos tratados de acuerdo a racionalidades distintas a la dominante, a la hegemónica. El planeta, podemos decirlo con seguridad, ha sido hasta ahora dominado por la tecnología y los recursos que ha necesitado el capitalismo (y las élites en el poder). El capitalismo es global y lo es también la tecnología, el modo de utilizar y explotar los recursos (agua, minerales, energía, etc.), el tratamiento de la población y los efectos que el modelo tiene en la ecología del planeta.
De pronto no resulta suficientemente claro, pero la soberanía de un país pasa por la definición de acuerdo a sus intereses (que no tienen por qué coincidir con los del capital y los del liberalismo ilustrado) de la tecnología, de los recursos y la población. Hasta ahora, lo que hemos conocido son países más o menos subordinados a los intereses del capital internacional, de la economía mundo. La tecnología es siempre exógena, los recursos alimentan (y están llamado a alimentar “infinitamente”, porque se precisa producir más y más riquezas que sean por supuesto acumulables por cada vez menos manos) las calderas del capitalismo internacional y la población se encarga de subdividirse o estratificarse de acuerdo a estos intereses, aun dentro de los países (migraciones internas, sobrepoblamiento de las capitales, por ejemplo), o hacia fuera, como en los casos de migración hacia los países que aparecen como lugares de trabajo a riesgo muchas veces de la vida. (ver, por ejemplo: La situación de los refugiados en el Mar Egeo)
Es importante resaltar aquí que la producción o productividad de los países está ceñida a las necesidades de la economía mundo, y no a garantizar la soberanía alimentaria (per se) de los países. Al menos en América Latina y en los países del llamado Tercer Mundo, así ha sido. El capitalismo necesitó mano de obra barata en las ciudades y el abandono del campo y por ende de la producción, fue un plan orquestado por y desde el poder. Obsérvese pues que la invasión de tierras para la construcción marginal y precaria de viviendas en las periferias de las grandes ciudades fue promovida por los partidos políticos e el poder toda vez que el Estado no podía resolver al ritmo que lo requería el mercado público y privado (amén de sus intereses sociales) el problema de la vivienda. Si el Estado asumía, debía entregar al menos casas para todos medianamente dignas, asumió entonces marginalmente e impulsó las invasiones con personas que formaban parte de sus filas.
Está claro que la economía del país no respondía a los intereses del país sino de las élites. Sólo que “sus” intereses eran o coincidían punto por punto con los intereses globales.
Pensar el país endógenamente, y por cierto, poner a nuestras universidades, por ejemplo, a pensar el país de acuerdo a intereses nacionales y no de acuerdo a los del capitalismo internacional, pasa por pensar en una tecnología y en unos recursos endógenos, que nos hagan soberanos y autónomos. Para el capitalismo internacional está visto, por ejemplo, que nuestros indígenas no cuentan, como tampoco cuentan los campesinos y las mayorías de los que viven –como dicen sus economistas- con menos de 1 dólar diario. Para la economía del país considerado endógenamente, todos somos necesarios y todos nos importamos. Para la tecnología capitalista de nada sirven los “sembradores de agua” de los Andes, para nosotros son vitales. Nuestros barrios, que sólo han “producido” mano de obra barata, abandonada en la periferia sin agua, con luz precaria y calles de tierra, son un reservorio de memoria y de resistencia, y es en ellos donde se cuece la organización popular y tienen más fuerza (y pertinencia) los Consejos Comunales, la organización popular.
Hacia ellos (hacia ese país por tanto tiempo preterido) está dirigida la Reforma. El pueblo está llamado a pensar el país, a crear tecnología y disponer de los recursos necesarios para la soberanía, la libertad y la supervivencia. Nada más peligroso para el imperio capitalista y liberal que un pueblo organizado y consciente de sus intereses y necesidades. En eso estamos.
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Ver: Reforma y Revolución, de Alí Rodríguez Araque. Embajador de Venezuela en Cuba
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