La necesidad de considerar “Proyecto” de modo integral, nada nuevo según se ha discutido muchas veces, supone ir más allá de las (clásicas) exigencias académicas e incorporar el trazado de un plan que le de sentido al total de las actividades que en la UBV y la Misión Sucre tienen lugar en función del desarrollo de nuestras comunidades.
Urge dicho plan toda vez que los diferentes Programas y Unidades se encuentran aislados, llevando a cabo sus objetivos sin duda con buenas intenciones y seguramente con el mejor de los resultados –pero definitivamente parciales y sin posibilidades de prolongación en el tiempo, coyunturales, de acuerdo a dinámicas marcadas por la unidad de tiempo “semestre”, sin incluir los sábados y domingos, vacaciones y días feriados, que nos llevan a la consideración de que las actividades escolares responden a un tiempo-espacio extraño a la cotidianidad y atendiendo a la división del tiempo espacio de trabajo que se remonta a la sociedad industrial. En fin, las actividades universitarias y en general las escolares, por esta razón no alcanzan a integrarse al tempo de las comunidades -a su “cronotopo” (1)- porque son una y otras vez interrumpidas por el “tiempo administrativo-académico”-, y a la postre generan, a pesar de los esfuerzos que se hagan, desarticulación y desmovilización, lo que nos lleva a considerar que el objetivo –enunciado pero no expresamente formulado con atención a un plan estratégico, según acciones coherentes y encaminadas a un fin- no se está cumpliendo a cabalidad.

Se precisa pues insistir en la formulación de un Proyecto UBV según el más alto de sus requerimientos: participar en el desarrollo del país, y en especial y de manera directa en el desarrollo de las comunidades. “Una de las cosas que más profundamente tienen que cambiar en el futuro de la escuela es su relación con el entorno social”, afirma Juanl Delval (2002). “…Las escuelas, insiste Delval, son instituciones que se encuentran enclavadas en un medio social con el que generalmente mantienen pocas relaciones” (142). Salir de esta “clausura temporal” es fundamental en el Proyecto UBV-Comunidad.
Existe en la actualidad el llamado a la conformación de los Concejos Comunales, y entre los objetivos de estas organizaciones populares, y atribución de su Órgano Ejecutivo, según reza en el Artículo 21 numeral 10 de la Ley que los rige, el diseño de un Plan de Desarrollo Comunitario. Al respecto, estas líneas de Omar Ovalles son esclarecedoras:

En la Ley de los Consejos Comunales recientemente aprobada aparecen las posibilidades reales para que estas comunidades se apersonen en los procesos de elaboración y ejecución de los planes de desarrollo institucional de cada unidad territorial, en los cambios curriculares necesarios, en los programas de mantenimiento de planta física y de seguridad ambiental o educación para el riesgo, en las actividades culturales y en el accionar social local y en general a todas las actividades que le dan vida a una Unidad Territorial Integral de Educación Bolivariana y que se gestiona colectivamente desde las instituciones escolares. Ellas hacen realidad el principio de corresponsabilidad con el Estado en la marcha de nuestra sociedad en un activo proceso de transformación profunda.

No me cabe duda de que la UBV está llamada a participar directamente en la construcción con las comunidades de este plan. Para acompañar a las comunidades en este proceso se precisa una reingeniería al interior de la UBV en lo que a los supuestos administrativos, académicos, epistemológicos, pragmáticos, se refiere.
No se nos debe escapar el hecho de que las Unidades Curriculares (UC) están formuladas a priori. Este hecho es comprensible dado que se concibe el conocimiento como algo ya dado. Cuando el conocimiento ya existe, se entiende que deba ser buscado –y pasible de ser encontrado- por ejemplo, en los libros (formación autodictada u orientada) o en la Universidad (que al parecer no contempla la lectura sensu stricto, dado los apreciables índices de baja competencia lectora que observamos), un conocimiento entonces que nos “prepara” para actuar en la realidad, esto es, en el mercado laboral. Se trata pues de un conocimiento que “capacita”.
Sobre ello es interesante observar que las Universidades tradicionales capacita(ba)n para un país que esencialmente ya existía, de acuerdo a un Proyecto Nacional trazado desde 1830, como lo destaca Germán Carrera Damas (1997) cuando afirma que la Constitución de ese año no se contenta “con adoptar la estructura constitucional liberal”, sino que pretende imponerla a perpetuidad:

“El gobierno de Venezuela es y será siempre republicano, popular, representativo, responsable y alternativo”, a lo que añade la limitación del ejercicio de la soberanía, por el pueblo, a las elecciones (Art. 7º), y la adopción del principio de la división de poderes (Art. 8º) (97)

De donde se desprende que a raíz del actual proceso político en Venezuela dicho país “ya no exista” al menos en los términos planteados por estas Universidades, de ahí que sus “materias” ya no refieran a la nueva Venezuela y que, en lugar de adaptarse a los nuevos tiempos, aparte de enfrentarse violentamente al Estado, busquen la certificación de sus títulos en el extranjero, como es el caso de la URBE (Universidad Rafael Belloso Chacín) que afirma como parte de su estrategia de promoción que los títulos que expide no necesiten revalidarse en EEUU.
Por otra parte, cuando el conocimiento ya existe es preciso recibirlo de alguien que necesariamente lo ha alcanzado y se encuentra por ello como en un grado superior de desarrollo, facilitándonos así el ingreso a su área de especialización aunque con ciertas reservas en consideración a una ética tácita (seudo mercantil) que lo conduce a no decir todo lo que sabe pues pondría en riesgo su capital cognoscitivo. Esto responde a una visión que supone un país o una realidad ya construida –no que exista realmente sino en tanto y en cuanto responde a una racionalidad que se autoproduce (de manera inercial, sin embargo, y por ende con tendencia a una agresiva entropía), productividad que le da ese carácter de inevitable e irreversible.
Sobre el capital cognoscitivo Gabriel Zaid (1998) afirma con ironía:

“La verdadera función de un título no es certificar el aprendizaje sino dar la oportunidad de aprender. Gracias a un título se tiene acceso al poder: a la fe de los otros, a las relaciones, a los contactos, a la información confidencial, a los lugares, a los instrumentos, a los presupuestos: al privilegio de ejercer. Un título es una patente de corso para cobrar por aprender”. Más adelante llega a afirmar: “Los que tienen más currículo pueden quedarse con la plusvalía de los que tienen menos: ganar más, comer mejor, viajar al extranjero, comprar en tiendas especiales, dar órdenes (…) Credere: creer, crédito, credencial. Max Weber (Economía y sociedad) mostró la evolución de la autoridad carismática a la burocrática. Pudiera decirse que, paralelamente, hay una evolución del prestigio personal al crédito académico” (pp. 43, 49-50).

En esto se funda el acto de enseñanza y aprendizaje clásicos, sobre la base de pre-supuestos teóricos y competencias prediseñadas.

Notas
1. Categoría empleada por Francis Pisani (2002), tomada de Michael Bajtin que la utilizaba para definir la novela, y que le sirve en su caso para explicar que estamos enfrentándonos a una nueva forma del tiempo y del espacio, que modificará las formas de “narrar” las cosas. Afirma Pisani que desde el Quatroccento con el descubrimiento de la perspectiva, Occidente no había vuelto a poner en crisis su experiencia tempo-espacial. El la observa vinculada al ciberespacio, nosotros a las formas del poder popular (asimétrico), que descentra y disloca al poder central, vertical y jerárquico (simétrico).

Bibliografía citada
- CARRERA DAMAS, Germán (1997) Una nación llamada Venezuela. Monte Ávila: Caracas
- DELVAL, Juan (2002) La escuela posible. Cómo hacer una reforma de la educación. Ariel: España
- ZAID, Gabriel (1998) De los libros al poder. Océano: México
- PISANI, Francis (2002) “El ciberperiodismo” En: La post-televisión. Ed. Ignacio Ramonet. Icaria: Barcelona. pp. 103-115