Apreciaciones y citas del libro Historias del tiempo de Jacques Attali (Fondo de Cultura Económica, 2004)
“El capitalista roba el tiempo que debería emplearse a respirar el aire libre y gozar de la luz del Sol (…) Él escatima el tiempo de las comidas (…) ¿Quién decide entre dos derechos legales? La fuerza…”
Kart Marx“Observar es destruir y seguir el curso del tiempo;
crear es construir y remontar el curso del tiempo”
J. A
Hace pocos días un profesor repitió en clase que la categoría que definía a la sociedad era el trabajo. Eso sucedió en la primera o segunda clase. De seguidas, tomé la palabra y leí un fragmento de La revolución del año mil, marcado por mí con un signo de interrogación, que más o menos repetía esas palabras: “Toda sociedad se define en primer lugar según la forma en que se organizan en su seno las actividades productivas, tanto en el plano de lo real como en el de lo imaginario. ¿Quién hace algo y para quién? ¿Cómo se concibe el trabajo, y como se encaja esta concepción en un sistema global de valores (dicho de otra forma, en la ideología)?” (Bois, G., 1997: 27). Días después recordé aquel planteamiento inicial (no venía a cuento pero tenía que decirlo) y riposté que no, que no era el trabajo, que había una categoría, una dimensión anterior al trabajo, que engloba al trabajo y que permite explicar su naturaleza, su forma. Hablé pues, del tiempo. Pero no había tiempo para dar esta discusión y callé, abruptamente. Cuando hice la marca en el libro de Bois fue porque recordé que muchos pueblos prehispánicos no trabajaban, al menos del modo concebido por Occidente. Así se desprende de la lectura del libro de Miquel Izard El rechazo a la civilización.
Y por supuesto, tenía demasiado fresca la lectura de Historias del tiempo, de Jacques Attali (Fondo de Cultura Económica, 2004), el cual procederé a citar y comentar. “…toda cultura se construye alrededor del sentido del tiempo; todo trabajo del hombre es pensado como un tiempo cristalizado, como una aceleración del que sigue la naturaleza” (10). Esto bastaría para saldar la discusión pendiente, no obstante, no es para ello que procedo a trabajar este libro, sino con el fin de argumentar en torno a la necesidad de construir un tiempo colectivo que acompañe la construcción del poder popular. Y me parece que este libro de Attali ofrece claves inestimables en esa dirección. “Tener poder es controlar el tiempo de los otros y el suyo propio, el tiempo del presente y el del futuro, el tiempo pasado y el de los mitos” (10). Las líneas que siguen van por esta ruta.
Attali plantea que nos encontramos en una grave crisis que ofrece una coyuntura: o el hombre es utilizado por el tiempo, o el hombre inventa el tiempo. ¿No fue esto lo que planteó Jesús cuando se refirió a que el sábado existe para el hombre y no el hombre para el sábado?
Dice Atalli que “Toda vida social exige un sincronismo mínimo, un condicionamiento común de las ocupaciones, del trabajo y de las fiestas, de las destrucciones y de los renacimientos…” (14), de modo que, siguiendo a Rene Girard, aparece una clara relación entre tiempo y violencia, pues necesariamente algo o alguien habrá de controlar las interrupciones en la continuidad del tiempo, construyendo lo previsible. La continuidad y lo imprevisible o indeterminado atenta contra todo orden social, dice, de modo que éste, para durar, “debe saber limitar los periodos y las fechas en que puede actuar la violencia” (15). La medida del tiempo viene pues con la idea de “cortadura”, “de cambio periódico que sigue el ritmo marcado por el regreso de números definidos e invariables”, planteado en el mito griego de Kronos. Así “…un orden social no es duradero sino cuando es posible darle un sentido a la repetición (regreso, reversibilidad) económicamente necesaria de los actos productivos” (32).
No debemos perder de vista la noción de “regreso” clave para entender la “reversibilidad” en Occidente, como postulación de un tiempo y un espacio que se puede cortar y suspender del tiempo de la vida, reversible, como lo explica Franz J. Hinkelammert en el libro El sujeto y la ley (El perro y la Rana, Venezuela, 2006). Irreversible insensato, y reversible tranquilizador, dice Attali. Más adelante, desarrolla hermosamente la misma idea, refiriéndose a los calendarios, y a unos primeros objetos de medición del tiempo, los candeleros y las clepsidras: “Primeras trampas extrañas, transformadores de lo irreversible en reversible, de lo continuo en discotinuo, de lo impreciso en preciso, del desorden en orden, de la energía en información, del ruido en sentido; traductores de un tiempo en un espacio y de un espacio en un tiempo, son las primeras racionalizaciones del mundo, presencias vacilantes de lo artificial en medio de la naturaleza amenazadora” (48). La poesía, como hemos sostenido en otras entregas, plantea el tiempo como continuidad, salvando así a los hombres de la muerte: “Los hombres mueren porque no son capaces de unir el comienzo con el fin”, dice el mito órfico” (29). Luego, la poesía une el principio con el fin ganando así la inmortalidad.
Attali comenta dos principios de la física: los principios de equivalencia y los principios de distinción. Nos interesa acá destacar los de distinción, que “se derivan de la interacción entre la realidad y el observador”. De acuerdo con estos principios se distinguen “las formas de energía según su capacidad de transformarse en otra, de manera no reversible: la energía potencial en movimiento, la energía de unión en calor; en el espacio-tiempo, el hecho de que el tiempo no puede transcurrir sino en una sola dirección…” (237)
Este libro de Attali es sobre todo las historias del reloj, a cada tiempo corresponde, dice, “instrumentos específicos de medición, imitaciones tecnológicas del poder” (34). No vamos sin embargo a seguir ese curso sino uno más corto, la relación del poder con el manejo y control del tiempo.
Dice Attali: “El calendario es asunto de poder en todas partes” (38). Surge cuando la vida se complejiza, cuando aparece la división del trabajo y un clero fuerte que “controla la organización y vela por el respeto de los ritos que prevén los calendarios” (37).
Hubo un tiempo después de la caída del Imperio Romano en que ningún calendario ni ningún templo “circunscribe la violencia que prolifera” (59), en la que Europa está casi vacía, las ciudades son minúsculas, las naciones tienen una existencia marginal. Es el tiempo que por Guy Bois conocemos como el del régimen de vida comunitario, cuando la solidaridad entre campesinos garantizaba la seguridad y la sobrevivencia.
Pero la Iglesia en los alrededores del año mil introduce en el campo el mercado de tierras y prepara el terreno para la economía feudal, para el crecimiento de las ciudades y el nacimiento de los Estados. Con la Iglesia aparece el control del tiempo moderno. “La regla de Benito excluye la sorpresa, la duda, el capricho. A la inseguridad del mundo, él opone la disciplina, la previsión” (61). Así, “en medio de un mundo totalmente dominado por los ritmos agrícolas, los monasterios benedictinos viven un tiempo diferente y son los únicos lugares donde el tiempo cotidiano es el objeto de una reglamentación precisa” (63). Aparece entonces el tiempo – espacio suspendido, aparte de la vida, reversible, controlable, que se puede medir. Se está preparando el terreno para la proliferación de la formas de conocimiento y de poder de Occidente.
Ya hemos dicho en otro lugar que en el siglo X comienza a modificarse la relación del campo y la ciudad, pasándose de la pequeña producción familiar, a la producción extensiva para satisfacer el parasitismo de las nacientes ciudades, pues bien, los conventos con su forma de medir y controlar el tiempo con el sistema de horas canónicas “mejoran considerablemente los rendimientos agrícolas” (66). Tiempo y rendimiento, elementos claves de la producción capitalista, aparecieron con el control del tiempo cristiano, para quien faltar al tiempo era faltar a Dios. La campana fue el instrumento para imponer las horas canónicas, necesario para mover al unísono “las masas urbanas”.
Aunque tempranos, ya aparecen los primeros indicios del “tiempo es oro” y la producción en serie. Se allana el terreno práctico y espiritual para la frase de Benjamín Franklin: “Recuerda que el tiempo es dinero” (173). C. L. Bergery dirá en 1831: “el orden es el padre de toda prosperidad” (181). Orden y progreso, dirán los positivistas, los franquistas, y la bandera de Brasil.
Las ciudades crecen y la Iglesia va cediendo preponderancia frente a los poderes laicos. Con las ciudades el tiempo pasa a ser administrado por los burgueses, que enseñan a sus hijos a respetarlo. “La manía del rigor se impone a todos” (111). Entra el reloj en la vida cotidiana. De la campana conventual se pasa a la atalaya, elemento típicamente urbano que marcará las horas de reunión, comunicación y administración de los asuntos de la ciudad. La ciudad con su control del tiempo y por ende de la vida, se convierte en el espacio de lo previsible, todo lo que esté fuera de ella despertará temor, de ahí el histórico desprecio por los excluidos, portadores de la incertidumbre, de la violencia: pobres, errabundos, campesinos “a quienes han arrojado por los caminos la gran peste y el progreso de las técnicas agrícolas” (103). Quedará el carnaval como único resquicio para que se exprese el tiempo de “una clase popular que forma comunidad y que reafirma con esa interrupción los valores de su propia cultura en oposición a la del poder” (132)
En el siglo XV “la policía urbana maneja las jornadas de trabajo y la iglesia pierde su control”.
“En el lindero de la Edad Media aparece la primera máquina industrial: el reloj” (81), que nace además con un problema implícito que será el de Occidente: cómo “detener la degradación de la energía”, o dicho de otra manera cómo lograr la reversibilidad. Irreversibilidad y entropía son dos conceptos casi equivalentes: “todo sistema abierto ve aumentar su entropía, degradarse su energía, disminuir su temperatura” (170).
Con la ciudad, opuesta a la vida comunitaria, aparece el mercado, el dinero y el individuo, noción ésta fundamental para el concepto de propiedad. De un tiempo colectivo, medido por los dioses, los astros o la naturaleza, se llega al tiempo individual, medido por el reloj, “modelo reducido de poder”, al decir de Michel Foucault.
El primer producto industrial fue el reloj (“el cronómetro hace posible, acompaña y acelera la revolución industrial” (151), y sin este instrumento hubiera sido imposible para los navegantes de Occidente aventurarse más allá de las costas y atravesar el océano.
La medición del tiempo impulsa la identificación pragmática y teórica de los conceptos “de orden, de trabajo, de producción y de dinero. Y también los de desorden, de descanso, de diversión, de consumo, se funden en una nueva designación del fin de ciclo” (170). Todo instante de no-trabajo debe existir para ganar fuerzas para el trabajo. “Es necesario desalojar la ‘vagancia obrera’ de la fábrica, en los transportes a domicilio y en la taberna’. Es necesario reducir los lugares de resistencia del obrero y, más tarde, sus asociaciones y sus sindicatos; en fin, ahí donde no pueda alcanzar la mirada del amo, confiscarle toda capacidad de controlar su tiempo y de reflexionar en él” (176). Por ello “Una vez más las pausas (el tiempo de no-trabajo, el fin de semana, las vacaciones, la noche cuando se llega del trabajo, la jubilación, etc.) se llenan con productos industriales. Desaparecen los tiempos de pausa y de comunicación del lavadero y de la vela. Aparecen los del almacenamiento y del uso, de las máquinas lavadoras y de la televisión” (219).
En una nota anterior hablamos de la ciudad parasitaria, que explota y consume hasta el agotamiento las reservas naturales de sus alrededores; no obstante esta ciudad era un lugar para diversos intercambios, era un lugar de encuentro, cruce y mercado. La ciudad industrial deviene sin más “prolongación social de las fábricas” (183) cuando los poseedores del capital invierten en transporte e higiene.
El poder en definitiva “pasa a manos de quienes pueden imponer un horario de trabajo a otros y la remuneración de ese trabajo por tiempo, es en gran parte porque la medida del tiempo ha permitido poco a poco que se produzcan en serie los objetos, mediante trabajo asalariado de duración sujeta a control” (173). La escuela debe comenzar a enseñar la puntualidad, y a producir conocimiento en serie. “En el siglo XVIII se enseña desde la escuela a los niños una nueva puntualidad, unida al trabajo. No se trata ya ahora de aislar de los pobres a los niños, sino de enseñarles que acepten trabajar, cualesquiera que sean las condiciones” (175). Comienzan las filosofías e historias de la dominación a educar en la dominación, a naturalizar la explotación y el status quo. Con la puntualidad aparece un nuevo oficio: el portero, que cuidará que nadie “robe al patrón el tiempo que éste retribuye” (187).
El obrero que lleve un reloj se convierte en sospechoso… (189): “no era raro que quien diera la impresión de saber un poco ampliamente acerca de la ciencia de la horometría, fuera puesto de patitas en la calle” (190).
Finalmente, “En ese mundo inaceptable, ser normal es estar a la hora, como una péndola, respetar el orden” (…) escaparán “a esta inmensa yuxtaposición de soledades” los que vivan “al margen del tiempo, construyendo extraños feudos, colectividades ficticias que nieguen el tiempo, para fundar una pobre sociabilidad con la nostalgia de esos tiempos antiguos en que era posible la comunicación (…) Es necesario crear entonces otro sentido de lo desconocido, pensándolo; ayudar a hacer que surja, escribiéndolo, otro nombre para el futuro” (269)
Conclusiones
1. A cada representación del tiempo corresponde una forma de poder.
2. Al cambiar las condiciones sociales, políticas, económicas, aumentan o cambian las pausas, las cuales comienzan por carecer de sentido en tanto que aparecen incontroladas.
3. Nace el control de estas pausas nuevas con nuevos instrumentos de medición y una nueva elite se hará cargo de las mediciones y de su sentido. Las pausas salen de la indeterminación.
4. En la Venezuela de hoy se impone el tiempo de las comunidades, distinto al tiempo industrial, pero distinto también al tiempo individual, al individuo reloj, “prótesis de sus propias prótesis” (226). El tiempo de las comunidades prepara y produce nuevas pausas y por tanto, nuevos instrumentos de medición. Y si el poder va a las comunidades, serán ellas entonces quienes administren y regulen el uso del tiempo. La economía de mercado nació con el control y administración del tiempo; el reloj del mercado tiene en la bolsa un sensible minutero, el mundo se ha encogido y pulsa a un mismo ritmo. La instantaneidad de las telecomunicaciones contribuye a crear un único tiempo plano, sin sombras ni matices, semejante a la atmósfera de día sin fin de los malls. El tiempo de las comunidades viene con su sombra, con su noche, con su amanecer y atardecer, con su regusto a tiempo; pausas, interrupciones, fiestas para la conversa, la amistad, el amor. No el trabajo separado y aislado, para beneficio de un tercero invisible, sino el integrado a la vida de la comunidad. No la educación separada y aislada, para beneficio de un tercero invisible que nos necesita adiestrados y domesticados para recibir órdenes, sino integrada a la vida de la comunidad. No el trabajo, la risa y el amor separados y aislados, sino integrados a la vida de la comunidad, sin separaciones y fronteras impuestas por irracionalidades productivas y mercantiles, que confunden tiempo y dinero.












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