por
joseleon71
@ Lunes, 26. Mar, 2007 - 05:07:41 am
Elementos de la poética de Elías David Curiel
Pero soy algo menos que mediano cuando pretendo ser modernista
Elías David Curiel
Mucho he insistido en dos movimientos contradictorios en el hacer poético –y por algunos testimonios, biográfico- de Elías David Curiel. Uno externo, social; el otro, interno, íntimo, subjetivo. En el primero encontramos el aislamiento de Curiel, en el segundo el hundimiento, la verticalidad, la autoscopia. He advertido que la imagen contemporánea de la ciudad de Coro se ha infiltrado en la mirada crítica hacia Curiel, de modo que a una ciudad dormida parecería corresponder un poeta insomne. Pero he dicho en varias oportunidades que la imagen de esta ciudad (y la identificación de Curiel con el perfil del poeta romántico contribuye a fortificarla), aletargada en una suerte de bostezo secular, propicia a los advenimientos de la noche, el viento, los animales, las flores nocturnas, al páramo o al desierto, casi tal como la conocemos hoy, es una imagen posterior a la reconfiguración abrupta que introdujo el petróleo en la geografía nacional, y sobre todo en una ciudad costera, abierta como lo está al Mar Caribe. Ese Coro dormido, un tanto bucólico es, pues, fruto de muchos otros elementos, pero fundamentalmente, del petróleo. He insinuado, igualmente, que el olvido de Curiel tiene raíz en esa reconfiguración del país que redefinió la geografía cultural, antes producto de un país agroexportador y portuario, luego, exportador de petróleo, rentista y esencialmente desestructurado, o en todo caso, levantado sobre bases demasiado precarias que han resistido pese a todo y otorgado a la conciencia del país una sensación endurecida de provisionalidad, de contingencia ciega, atolondrada. La centralización, la Capital como centro de Poder, subsumió la fuerza creadora del país y desde entonces la provincia, ya saqueada y deprimida por un siglo de guerras, pasó a darle contenido definitivo a la expresión “monte y culebra”.
Una realidad, un modo social, económico, cultural de ser y hacer en la sociedad de provincias que era la coriana de finales del XIX y de principios del XX, en retirada, luego de un momento modernizador, que perdió impulso y se apagó de pronto, es lo que rodea a un poeta como Curiel, consciente de seguro de una obra extraña y difícil, encerrado o en todo caso limitado por una sociedad que se entretenía en la construcción de una modernidad cosmopolita, que se abría al periodismo y a la crónica de todos los días, y para quien el país como para todo lo que sucedió entonces que no fuera petróleo, dejó de existir. Muerto Curiel en 1924 aun faltaban nueve años para la muerte de Gómez y más o menos la misma cantidad para que el petróleo desbarajustara definitivamente la ya endeble estructura del país. Con todo, una vida y una poética renunciantes, hundidas en sí mismas, difícilmente aceptarían la salida exterior que imponen los cafés, los círculos literarios, la bohemia cosmopolita. Para tener sólo un esbozo de ese mundo recordemos un pequeño retrato de época pincelado por Mariano Picón Salas, cuando le escribe a Pedro Sotillo recordando los días de juventud en la Caracas de 1920:
…los mozos que deseábamos la fama literaria nos vestíamos de paltó-levita los domingos, y esperábamos emular a aquellos que antes de nosotros ganaron un retrato y se definieron como recientes promesas desde las páginas ilustradas. Tú también –no lo olvides- tuviste un paltó-levita y un chaleco de fantasía verde con cuyo indumento, la palabra fácil y lo que el viejo Cervantes llamó tan amablemente la fuerza de la sangre te instalaste a esperar la gloria.” (2006: 29-30)
Caracas no era Coro, sin duda, pero la diferencia entre Caracas y ciudades del “interior” como Coro o Maracaibo, no estaba como hoy tan acentuada. No se nos debe escapar una observación hecha por José Antonio Ramos Sucre quien, siguiendo a Humboldt, distinguía
…el comportamiento intelectual de los hombres pertenecientes a zonas interiores de América y la población que vive en las regiones costeras, -“litoral y novelera”, dice- indicando expresamente que Caracas y La Habana son “capitales de vecindario marítimo, francas a la novedad extranjera” (Rama, 78).
La capital ejercía por supuesto, fascinación, como se siente en las imágenes de la ciudad en prosas como la de Picón Salas, pero la actividad cultural, el comercio, la vida en las ciudades costeras era de una intensidad que imitaba a la de las nacientes metrópolis que se comenzaban a fascinar con los avatares de un mundo delicadamente vertiginoso. Aunque ese ambiente bucólico duró poco, y si Caracas pasó de los “techos rojos” al concreto, a un fragor y a una intensidad distinta, Coro en cambio, devino lentitud, morosidad, trópico dormido. Es posible, con todo, que la imagen y la poesía de Curiel se adelantara a ese demoramiento de la ciudad, pero su incandescencia lunar, su electrosis, su agitación interior o intestina –sensible a la exterior- lo desmienten. Curiel no tenía acaso el talante para participar en la agitación de los talantes de “Cosmópolis”, y aunque fue ciudadano alucinado de Psicópolis y atisbó un mundo interior que reflejaba en sus paredes espectros desconocidos y familiares, esa poesía compuesta de infravisión y pensamiento es reverso de la poesía de entonces, dada a la música y a cierto devaneo exteriorista, o en cambio, con respecto a la corriente órfica u ocultista del modernismo, una sonda con hambre peligrosa de abismo. Es el poeta que en “En la media noche silente” escucha “concepto no dicho” (175), ve “sin que obren etilo o beleño, como realidades previstas en sueño” (174), oye “de boca del Viento y aislado del mundo” (281) voces divinas, mientras su aislamiento se hace más profundo, y siente como “el silencio insondable de la Luna” lo destierra de sí mismo, “autoscopio” actuando en su psiquis (288). En el poema “Horóscopo” (298) “irrumpe el éter volador el cráneo”, y con un “vago pavor de cerebral rotura”, se sabe “demente” -pero con una “norma”- (298).
Los avatares de la transformación económica y política del país, para los días de nuestro poeta apenas presagios, acaso practicaron en su ánimo y por ende en su poesía cierto ensañamiento, aguzado de seguro por su hiperestesia. Al respecto diría Ramos Sucre. “...Siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados por el progreso..." El mundo cambiaba y es de suponer que la agitación de un mundo que se fracturaba debía impactar las conciencias de la población. Curiel, pese a su reclusión en sí mismo, seguro percibió con nitidez el deslizamiento de una suerte de noche no ya sobre sí sino sobre su ciudad y sobre los suyos. Quién sabe, algunas escaseses, negocios familiares venidos a menos, corrillos familiares que anunciaban la mudanza inminente a la busca de mejores escenarios para sus negocios, traslados un poco más cerca del centro del país, de la Capital. Sus poemas, en el silencio de una gaveta de provincia, “el culto inédito que en gala/ de estrofas el doncel tributa a Apolo” (132), no asistirían a la esperanza y el corrillo social de las publicaciones, la crítica, el reconocimiento, sólo algunos gestos aislados preservaban su recuerdo, la emoción de su poesía, como aquel de Miguel Otero Silva en 1941, reclamando que se le haya olvidado. Por demás, no es imposible que advirtiera con desasosiego la rareza de sus poemas, el estropicio que junto con el de su interior se manifestaba en su creación, el cual no rehusaba sino antes bien, exploraba (en un poema emplea la palabra “escalpelo”) con plena conciencia hasta el punto de levantar sobre esa suerte de ruina su hacer poético y, al teorizar, cosa que hizo en lúcidos ensayos y en muchos poemas, su ars poetica.
Si algo es recurrente en la poesía de Elías David Curiel es la autorreferencialidad, en términos de comentario sobre el texto en proceso de construcción…
Desde cualquier perspectiva, la metaficción supone una consciencia plena sobre la trama, el montaje o la representación de las acciones conocida, también, como fábula (Cuartín, 1998: 31)
Ese desasosiego debió acompañarlo también en el momento de reconocer que no podía hacer otra cosa, que su poesía y hasta él mismo eran ese dislate, ese oscurecimiento. A ello hay que sumar lo planteado por Paulette Silva Beauregard (1993), cuando afirma que:
La tensa relación que mantienen los bohemios con la sociedad merece ser tomada en cuenta: ellos encarnan los cambios que se habían producido con la modernización, con la intensificación de la vida urbana, y, sin embargo, se enfrentan a la situación que les ha dado origen, rechazan la sociedad que los segrega. Abandonan la función rectora, pedagógica y moral que tenían los antiguos letrados y asumen una posición cuestionadora, inconforme, rebelde (…)
También parece arduo comprender el rechazo social hacia los poeta, asunto recurrente en las composiciones líricas” (195)
Finalmente, y para remarcar los matices de la condición trágica de Curiel, sigamos a la misma autora cuando comenta:
Los escritores que, gracias al auge del periodismo, no veían sus inclinaciones artísticas únicamente como un adorno que podía servir a la hora de estampar unos versos en el álbum de una señorita, tampoco podían vivir de su profesión si no encontraban algún tipo de patrocinio, si no entraban en la instituciones oficiales –la Academia, principalmente- o se adaptaban a las condiciones impuestas por el mercado” (197)
Por otra parte, considerando la expulsión de comerciantes judíos de Coro en 1855 y que todavía en 1886 “eran considerados grupo aparte” (López, 2000: 64), o bien, siguiendo el tópico romántico, la ciudad en Curiel aparece hostil, no obstante que entre 1885 y 1891, en plena adolescencia y primera juventud, numerosos descendientes de sefardíes fueran “articulistas, poetas, promotores culturales, importadores y exportadores, farmaceutas, exploradores de minas, y agentes de revistas extranjeras, pero también como jueces y concejales” (2000: 64), lo que confirma la integración de la comunidad judía, y el virtual alejamiento de la violencia:
…los nuevos esquemas de pensamientos, amplios, alejados del dogmatismo, afines a todo lo que se identificara con el progreso, la tecnología, la cultura, las bellas artes; es decir, la civilización en el más puro sentido eurocéntrico, habían calado hondo en un sector de la sociedad coriana, y tenían su expresión visible en el actuar de sociedades culturales como la “Armonía” y la “Alegría”, en el empuje titánico de capitales judeo corianos para concretar –como lo hicieron para el año 1897- el ferrocarril La Vela-Coro y, ahora, en la reacción de rechazo de una parte del colectivo coriano al ataque verbal hacia lo inmigrados hebreos. (De Lima: 2000: 53)
Elías David Curiel, por cierto, escribió el Himno del estado Falcón, loa a Juan Crisóstomo Falcón (“Completó la sagrada armonía/ de la obra fecunda Falcón:/ al contrario le dio garantía/ y al inerme enemigo perdón”) y que, retórica aparte, puede servir de indicador de que las heridas de la expulsión de 1855, que el General dirigiera contra la comunidad judía, estaban bastante sanadas . Pero la comunidad judía como tal “dejaba ver una severa fractura con respecto a su herencia étnica y religiosa” y experimentaba una pérdida substancial de “ese conjunto de significaciones que eran garantes de cohesión grupal y preservación de identidad como un grupo distinto al criollo” (De Lima, 2000: 51).
Adopción de criterios del judaísmo reformista traído de Curazao, cambio y pérdida de identidad cultural y religiosa, desconocimiento del hebreo y olvido de la práctica religiosa aunque no de las “leyes morales judaicas”, son elementos integrantes –según los investigadores- de ese digamos relajamiento de la cultura judía que le permitió abrirse y asentarse en una sociedad que no fue siempre amable, por lo que se vieron conminados a crear una condición mixta (el cementerio judío de Coro tiene, por ejemplo, imágenes de ángeles) sin duda determinante en la poética de Curiel. En un interesante trabajo de Carlos González Batista, “Conversiones judaicas en Coro durante la época española”, leemos:
Este de las conversiones religiosas es uno de los capítulos que ilustran el intenso contacto humano que siempre hubo entre las vecinas Antillas y el territorio coriano, capítulo que no sólo fue de contacto sino también de integración. Debe señalarse que esa integración en términos generales propició en Coro, a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, una paulatina conversión al catolicismo. Así veremos que en fechas tempranas, si bien uno de los líderes de la comunidad sefardita de Coro, como lo era Joseph Curiel, estaba casado ortodoxamente con judía, su cuñado, perteneciente a la familia Levy-Maduro, lo hizo con cristiana y lo mismo seguiría haciendo su descendencia. De hecho, muy pocas de las numerosas familias judías establecidas en el siglo XIX mantuvieron su confesión original. (1) Lo mismo podría afirmarse de las familias originalmente protestantes, como los Schottborgh, los Yansen o los Daal.” (1999)
Pero si en la poesía de Curiel se advierten los signos de la hibridez cultural –“Al Árbol de Israel genealogista/ católico, apostólico y romano,/ doctor en etnogencia espiritista,/ dio sidédera raís, fruto cristiano” (251)-, y en todo punto responde a la afirmación de Eliahu Toser sobre la literatura judía, citada por Jacqueline Goldberg (2003):
“Me interesa aquella que tenga una cosa más bien sutil, que diga de pronto sobre la extranjeridad, la otredad, de esa mirada que tiene, creo yo, el judío sobre el mundo de no dar las cosas por supuestas, la capacidad de discutirlo todo. En fin, ese tipo de cosas que se pueden encontrar en principio en no judíos”.
existe, sí, poderosamente, un elemento, el religioso, que acusa los rasgos de una conciencia acibarada por la honda cuestión de la diáspora, la extranjeridad, la voz del desierto interior, la “memoria lejos”, “con resabios del idish, el ladino, el mograbi, el judeogriego o el hebreo en sus gargantas”, y ante todo, por “esa conciencia de no pertenecer a una patria única, a una cultura homogénea y mítica, por lo que asume como bastión de identidad el lenguaje” (Goldberg). Y siguiendo en ello a Julia Kristeva, citada por la misma Goldberg, “El extranjero tiene un perenne sentido de la pérdida que lo lleva a buscar un más allá, que es el invisible y prometido territorio de sus sueños, en el que el sufrimiento es una constante que lo hace diferente ante los demás”.
Este elemento define buena parte del impulso y hacer poético de Elías David Curiel. En efecto, cómo no reconocer “la singular idea judía de Dios” (Auerbach, 2006: 14), para la cual aquel “primitivo Dios del desierto carecía de forma y residencia fijas, y era solitario…”. Más, cuando “La idea que de Dios se hacían los judíos no era tanto causa como síntoma de su modo de concebir y exponer”. Sin duda, esa “idea de Dios” participa en la poética de Curiel de manera decisiva, en su concebir y exponer, y, en un marco social y cultural de deslizamiento de esa misma idea, su actitud, su religiosidad, debió parecer un tanto excesiva, casi mórbida. Estamos ante un Dios y una mitología personales, y la actitud ante ello está dada por una conciencia religiosa penetrante que de seguro sufrió los avatares del reblandecimiento de la cultura ancestral en su contexto familiar inmediato ; este entusiasmo condujo a Curiel a un ostracismo al interior incluso de sí mismo, doblemente alejado entonces de los otros, pues lo estaría hasta de su comunidad y de los suyos, cargando a cuestas con las cenizas de su raza, con los restos en diáspora de su religión y sus tradiciones, y con lo que es peor, con la conciencia de este deslave. Todo judío señalado debe sentirse íntimamente un “chivo expiatorio”. El mismo Curiel no ya propiamente judío –sin kabalá, sin hebreo- sino el hijo de generaciones que buscaron arraigar en una tierra hostil, marcada por la xenofobia, las pugnas políticas, los problemas económicos.
Esposo, hijos y padres. Los abuelos:
granos de trigo de generaciones
que aventó Cristo de remotos suelos
a la tierra solar de los cardones (248)
Elías David Curiel, como los profetas del Antiguo Testamento, percibe lo Otro (Dios, la divinidad, los antepasados, lo invisible) en un universo poético -“ultra la sombra”- lleno de voces : en el poema “Ritmos de ultratumba” se lee “Suena en tu oído su voz, como una/ voz anaérea de selenita” (244), en otros poemas pone el oído en la noche, escucha el silencio, como oye “rompiendo el nocturnal mutismo,/ el son lejano de indistintos plectros” (242). En este escenario –dice Auerbach- lo cotidiano ha desaparecido y sólo permanecen acciones y hechos trascendentes. En Curiel, en el que ciertamente se verifican los tópicos de la lírica de esa época señalados por P. Silva Beauregard –“El nacimiento, el matrimonio, la muerte, el hogar, la familia, pero especialmente los sentimientos” (1993: 113)- encontramos que, por ejemplo, ante el nacimiento, el hogar y la familia no es Curiel sino el hijo de su raza, la encarnación de la memoria de su pueblo -“Acendra el oro puro del residuo/ ancestral. Acrisola en su individuo/ la raza. Exprime de le herencia el jugo” (321)-, y aunque en sus poemas rumie la biografía prevalece el descubrimiento de lo que está más allá de la vida misma. En el matrimonio y el amor, la mujer es más fantasma, luna, estatua y mármol que carne, sus relaciones y encuentros son simbólicos, míticos o puertas que traspuestas abren a límites en que el alma se abisma. Resta la muerte, que es (el) todo; en efecto, Curiel es de esos poetas que escriben, casi deletrean su muerte y hacia ella y signados por ella, van registrando asombros y estremecimientos. El viaje hacia lo determinado por Dios es un “silencioso caminar a través de lo indeterminado y provisional, una contención del aliento, un suceso sin presente, enclavado entre lo pasado y lo que va a ocurrir como una duración vacía…” (15). Los escritores judíos –afirma Auerbach- “consiguen expresar las capas superpuestas y simultáneas de la conciencia y el conflicto entre ellas”, “lo más importante son las muchas capas dentro de cada hombre” (18). A esta tendencia cultural habría que sumarle que de las dos tendencias propias de la época de Curiel, la patriótica, nacionalista y civil y la sentimental centrada en el “yo” (según explica Paulette Silva B.), por esta es precisamente por la que opta nuestro poeta, además de un modo acerbo, y si decidirse por cualquiera de las dos formaba parte de la cohorte de ritos corteses, civiles o ciudadanos, en los que se debía corresponder a las expectativas del público, suponemos que esa parte del rito cortés no se cumplió, pues implicaba algo más que pura retórica, tener vida social y aceptación, mientras se canta a la soledad y la reclusión. “Su intención no es el encanto sensorial, y si a pesar de ello producen vigorosos efectos plásticos, es porque los sucesos éticos, religiosos, íntimos que les interesan se concretan en materializaciones sensibles de la vida” (19). En Curiel ocurre algo similar, ya lo hemos dicho antes, al referirnos a una suerte de desdén por lo literario, y en cambio, desplegando estrategias de persuasión, encontramos un afán por hacer testigo a su lector de una experiencia religiosa, de una verdad privada pero suficientemente arrobadora que promete arrastrar a un absoluto, a un límite de la conciencia. Se cumple entonces que “la intención religiosa determina una exigencia absoluta de verdad histórica”. Y esta búsqueda afanosa de “verdad” a la que contribuye sin duda el rumor de la biografía que el albur de su suicidio puntualiza y corrobora, es lo que sitúa a una poética como la de Curiel al límite de la realidad (límite en el que se confunde la ficción y la realidad, lo visible con lo invisible, vida y muerte, etc.), pues su “verdad” ya no iba a ser nunca más en el mundo, pues las formas que le servían de contexto y sustancia estaban dejando de ser, vertiginosamente. Si en Darío esta crisis, que hace de su escritura una suerte de bisagra, de escritura que pese a fundar todo lo nuevo será irrepetible , tiene aires de comedia, y su vida misma algo de la picaresca, en Curiel, en cambio, tendrá visos de tragedia, no establecerá pactos duraderos con el mundo y renunciará a toda comunicación que no implique un abismarse ontológico. En momentos en que corre un agresivo desencantamiento. Recuérdese el positivismo y la fe en la verdad indiscutible de la ciencia, y en los términos de Rafael Gutiérrez Girardot, la sustitución del “ordenamiento feudal por un nuevo juego de principios que habrían de regir la vida de la sociedad civil”. En efecto, “las jerarquías y subordinaciones del orden feudal fueron suplantadas por “el egoísmo como principio general, las dependencias recíprocas, el interés propio y el principio de utilidad de la sociedad burguesa” (Silva B.: 29). En este marco la poesía deviene oficio y reniega de la inspiración y, con Rubén Darío a la cabeza, fija posición ante los lenguajes, entre ellos, el periodístico o, más general, ante la prosa; si además sumamos los difusos o desaparecidos límites de lo propiamente judío, que permitió la hibridación, mezcla y conversión, todo el conjunto debió llevar a Curiel a un retraimiento y a una dolorosa confusión, pues era su ser lo que estaba dejando de ser, irremediablemente. La fractura en la conciencia del siglo, que para un poeta como Darío resultó una aventura creadora que lo llevó incluso a intuir y a confirmar en vida que estaba renovando la lengua en español, cosa que hasta sus detractores no pudieron negar, fue devastadora en cambio, en espíritus reconcentrados como el de Curiel o Ramos Sucre. Valga recordar que Darío, prácticamente tiene que afirmar ante la crítica sin contemplaciones de Rodó, que lo acusa de intelectual insensible, que él sí siente (literariamente, claro), que es pues “sentimental, sensible y sensitivo”, y que tiene una responsabilidad ante las injusticias y los atropellos. A partir de “Yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana” el libro –como afirma José Carlos Rovira en el prólogo a la edición de Cantos de vida y esperanza (2004)- se carga “de vida personal, de política, de reutilización de los símbolos –el cisne como emblema principal- en una nueva dimensión americana que tiene actitudes incuestionables de solidaridad social frente a amenazas históricas…” (20). “Nos predican la guerra con águilas feroces” (87) escribió Darío en un poema donde interroga el futuro con el cuello del cisne:
Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después? (88)
Curiel, Ramos Sucre, están muy lejos de esta(s) crisis, sin duda producto en el nicaragüense de una salida tan expuesta y tan dramática al exterior, al mundo literario, a la naciente y ya omnívora opinión pública. Darío fue un poeta del mundo, y todas las miradas de entonces, enamoradas o aviesas, estaban puestas en él. El coriano y el cumanés, concentrados el primero en su muerte (platónico al fin sabía que la muerte era la liberación de la cárcel del cuerpo, un cuerpo poético que de paso insensibilizó hasta convertirlo en estatua), y el segundo, en el “Universo traducido a un idioma”, parecen cerrar la puerta lentamente a las modas (la puerta que abrió Darío las abrió en cambio a todas las que siguieron ), a los círculos literarios, prácticamente a la vida, y sobre el papel, trasuntan sus miedos y esperanzas.
Curiel sueña para su reclusión y retraimiento (en) una ciudad privada, Psicópolis, expresión de un universo poético-religioso (¿no lo es acaso toda mitología?) que labró y lo amuralló, con sus ángeles y demonios, su ética y su estética, íntimo y privado mundo en el que aparecen claramente delimitadas las fronteras entre lo sagrado y lo profano, patentizando la dificultad cuando no la imposibilidad de salir al exterior, a una realidad entonces definitivamente adversa, toda vez que resulta inconciliable con el Absoluto privado construido por él. Curiel no tiene acceso al mundo profano y en sus poemas nos da cuenta de los intentos fallidos, de los reveses e imposibles. Su poesía en este sentido es mística y ascética y no es extraño que el demonio más punzante sea el de la lujuria, que atraviesa su obra y la sacude nerviosamente. Desde el sepultarse vivo lo exterior aparece distorsionado, y, adentro mismo, los objetos, los seres, las relaciones, distan mucho de la tranquilidad que supondría un cielo o paraíso privados y, en cambio, adquieren los ángulos, sesgos y recovecos de la pesadilla. Definitivamente, Curiel se encuentra en un espacio tiempo otro, y su hacer poético se ciñe a esta condición.
El poeta Curiel prefigura su salida del mundo en los diferentes conflictos, carencias, alejamientos y deseos que su espíritu no podía allanar. Las vueltas sobre sí mismo, la experiencia trunca, el fallido objetivo de su discurrir poético, adversidades, se levantan en su obra como los obeliscos y las columnas de un cementerio. Monta guardia sobre un territorio simbólicamente yerto, helado, desolado. Sus escenarios emblemáticos son paradójicamente el jardín y el desierto (Arenas, 2003).
Como Ramos Sucre (1890-1930), Curiel debió experimentar, con los simbolistas del siglo XIX europeo, que la verdad sólo es asible a través de símbolos, de aquí la oscuridad, el hermetismo. Como escritor judaico, “tenía que creer en ella (en su verdad) apasionadamente” so pena de pasar por un simple embustero. Escritura por supuesto, que tiende a la verdad menos que al realismo, y al desciframiento y la interpretación, menos que a la mera lectura. Se descifra e interpreta lo que nos exige más allá del texto, el cual revela ocultando y guarda su secreto, su promesa, la ataraxia. En este trasfondo religioso se encuentran la poesía y la filosofía, “la interpretación intelectual de lo real” (Rama, 1978). Curiel y Ramos Sucre coinciden en el punto donde se separan: en la soledad de la creación, en el dar la espalda al mundo para dedicarse cada uno a sus sueños, a sus pesadillas. A Ramos Sucre lo abisma el lenguaje, el idioma, en cierta manera su labor poética es del temple de un Mallarmé, de un Paul Valery. Curiel trabajó con lo que tuvo y con lo que había, pero su verdad está prendida de manera indisoluble a su contexto, el cual como ya hemos dicho está dejando de ser, y su desaparición, va a significar la del propio Curiel. Su “método” estará igualmente ligado a ese momento de derrumbe de los sistemas de conocimiento y ciencia, de ahí que bien podemos afirmar que Curiel, con su “curiosidad intelectual” –o “mariposeo”, “un espíritu de curiosidad con un tanto de egotismo”, categoría empleada por Baroja (España, 1872-1956) para describir un “método de conocimiento”, una “afirmación vital” y una “actitud crítica”, como alternativa a la crisis del conocimiento científico y filosófico-
…no se coloca «fuera de», sino «frente a» los grandes sistemas en plena crisis… No hay, en el fondo, contradicción en una curiosidad intelectual carente de método y su aspiración más íntima a la búsqueda de ideas-madres, ideas vitales o, simplemente, ideales de vida” (Romero Samper, 2000: 126-7)
Ramos Sucre dedicado a la literatura, el otro a la muerte, rechazarán el mundillo literario. Ambos son inconcebibles declamando, esa exteriorización teatral (y tendenciosamente falsa) de la poesía de salón, de velada, de concurso, de la poesía de levita que criticara Mariano Picón Salas. Curiel se hundió en sí mismo hasta dar con su muerte, nada exterior parece haberle interesado, y su poesía íntimamente parece rehuir la publicación. Su obra tiende a la confesión, a esos papeles que se convierten, en vida del autor, en experiencia íngrima; muerto, en testimonio de una debacle interior. Curiel es esencialmente trágico. La poesía de ocasión, como la poesía heroica, o la poesía de encargo, al menos esas que expresamente están dedicadas a los “ritos corteses” (Silva B.: 113) ocupan un renglón más bien ínfimo de su producción poética, lo que acaso nos afirme en la convicción de que son los poemas que concedía al mundo mientras apuraba la noche definitiva. Ramos Sucre desconoció, a su vez, la poesía de salón y cuando escribió sobre los héroes reflexionó sobre el país, la historia, el heroísmo, el pasado y cómo en éste esplendían las mejores características de un pueblo (Rama, 1978: 22). Ángel Rama despeja lo inesperado de estos textos en Ramos Sucre toda vez que esos textos respondían a una “característica de la época”, a la “oratoria bolivariana del período gomecista” (24). Curiel hizo otro tanto, pero su inclinación crítica iba por otros derroteros y se agrupaba en poemas, los más, muy distantes y extraños a la retórica oficial y al fru frú de la poesía para los álbum.
Ramos Sucre, lenta, trabajosamente labró su destino: “Sé muy bien que he creado una obra inmortal y que ni siquiera el triste consuelo de la gloria me recompensará de tantos dolores” (Rama, 1978: 49). Ese pensamiento es imposible en Curiel, para quien lo único inmortal era el alma la “que, al ser desencarnada por la Muerte,/ nunca podrá dormir, sin que despierte,/ su último sueño en absoluta calma” (93). No era su interés, hay que insistir, la literatura, lo literario, y el poema era el único discurso, casi el único recurso, para explicar(se) y explicar(nos) el ser y el tránsito hacia la nada. El poema entonces, en medio de la muerte de las divinidades, en la profanación del mundo, asume con un gesto desesperado su papel antiguo: revelar(nos) el misterio. En su momento no encuentro otro poeta que haya intentado salvaguardar la poesía que ahonda en el ser y en éste se hunde con pasmo y pánico. La prosa castigada de Ramos Sucre la encontraremos más tarde en los fragmentos de El osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonso (1921-1990), o confesamente en Cuadernos del destierro, de Rafael Cadenas (1930). La escritura de Curiel es irrepetible, y no generó escuela ni seguidores. Se prolonga su aliento, pero éste se desprende misteriosamente del texto, no está pegado a él, como no lo está el alma al cuerpo. Curiel quiso decir, hacernos testigos de una experiencia, y lo intentó con las palabras y las formas que había en su momento y contexto, no labró el lenguaje con afanes preciosistas y como Ramos Sucre no rebuscó, y, como ya hemos dicho antes, su poesía parece desentenderse de la belleza como fin, pues más le interesa explicar y argumentar. El arte por el arte, tentación en la que se detuvo a un paso la poesía de Ramos Sucre, se encuentra lejos de las preocupaciones del poeta falconiano.
La poesía de Curiel, por demás, adolece de ambientes y seres marcadamente decimonónicos, de perfiles delineados en alto contraste, de rostros graves y blancuras pétreas, escenarios de resplandor nocturno, soles alucinados, arquitectura de sueño. Un ambiente definitivamente gótico:
Blanca noche. Me enfermo de mal de luna. Un prado.
Surtidores.
Estatuas. Indecisas penumbras. Temblorosas claridades
Una niña, en su blando peinador semi-envuelta, entre las
flores,
me espera, junto a una de las marmóreas míticas deidades! (129)
Los dos poetas se suicidan, pero la muerte del cumanés bordea lo fisiológico, la desesperación del insomne que sufre la debacle progresiva de la lucidez (lo que recuerda el drama y la crisis de Antonin Artaud). Curiel llega a la muerte, que es la vida:
Sí, la vida es amor. La vida se derrumba
por el amor –genésica equidad-.
El Amor, porque echa raíces en la tumba,
florece y fructifica por toda eternidad! (157)
Fernando Paz Castillo dijo de Ramos Sucre que su obra resulta un “esfuerzo intelectual, una verdadera abstracción”, y con Rama podemos repetir que, como con el poeta cumanés, “Es sabido que esa devoción la pagó con soledad y sufrimiento” (31). Pero debemos insistir, no estamos ante un intelectual (¡y qué lejos del intelectual dariano!) sino ante una suerte de profeta, y más que profeta, un vidente, vidente de un mundo terrestre, real, al filo de la desaparición, pero un mundo invisible y por eso mismo real que se enfrenta no a la visibilidad que lo sacaría de la realidad (operación imposible dado que pasaría por descifrar las redes tendidas por Maya), sino a la desaparición de los fundamentos mismos de esa verdad, algo así como la demolición de una augusta casa puntualmente asistida por fantasmas y miedos párvulos, que pasa de la iluminación a gas, a la insomne luz eléctrica, o de la noche a la mañana al vértigo de una autopista. Con la verdad de Curiel aconteció como explica Auerbach (2006: 61) con la de los escritores judíos al perder el imaginario de la Edad Media, un mundo en el que “era posible concebir los sucesos bíblicos como acaeceres cotidianos de aquel entonces, para lo cual el método exegético suministraba las bases”. En efecto, el mundo que permitía el desciframiento de Curiel (hablo del contexto mental, de la psique que dialogaba con su obra, de la naturaleza humana que daba contextura a sus símbolos, de modo que, sin duda nos encontramos más cerca del hombre postulado por Baudelaire que del postulado por el coriano, aunque paradójicamente estemos más cerca del hombre de la poesía de Poe, ¡autor admirado por Baudelaire!). Decía que el mundo de Curiel estaba siendo derruido, el cambio de ambiente fue “demasiado violento”, y, al “despertar de la conciencia crítica” el método exegético es despreciado y abandonado”. Luego, los relatos, los sueños, las visiones “se convierten en viejas leyendas y las doctrinas que se han desgajado de ellos pierden su cuerpo, y ya no penetran en la realidad sensible o se volatiliza en el fervor personal”. En Curiel ocurren ambas cosas, de ahí que el prendimiento al símbolo, a la realidad transpuesta, tenga signos de tragedia. Estamos, como afirma Ángel Rama de Ramos Sucre, ante la espiritualización del universo sensorial que permite “las transposiciones simbólicas de las experiencias reales” (1978: 35). En Curiel, y de manera acerba, el símbolo es “esa fusión de la realidad concreta o física con el estado de ánimo interior o abstracto” (36). Ya hemos visto que la realidad, la verdad de Curiel es lo invisible, y no dijéramos absolutamente nada si dejamos de añadirle la dimensión religiosa, que aleja de sus contemporáneos y hunde en el silencio a una poética que es contemplación de una realidad abscóndita y revelación de un mundo en ruinas. Espíritu afín será José Antonio Ramos Sucre, pero para el cumanés el arte será una forma de religión, y a ese sol aspira. En Curiel no hay salvación, el arte es escala, menesterosa, precaria posibilidad de diálogo con la nada. En Ramos Sucre, civil, laico, el telos de la literatura será su pathos; en Curiel, religioso, será lo otro, lo invisible su causa final, mientras su pathos (el mismo de su cultura judía) su propio derrumbe, el colapso de un universo de formas que ya no serán más. En aquellas ruinas su obra cobra sentido, como anuncia el fuego fatuo entre cimientos y muros desconchados, una osamenta, un entierro, un oro de trasmundo.