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Archivos de: Enero 2007

Consumo, luego existo

por joseleon71 @ Miércoles, 31. Ene, 2007 - 08:19:09 am

(Apuntes para contribuir al debate sobre la publicidad y el socialismo del siglo XXI en la Universidad Bolivariana de Venezuela)

En uno de los avisos más curiosos de las virtudes conjuntas de imperio e industria, los fabricantes de jabones Pears publicaron en 1887 un cartel titulado «La fórmula de la conquista británica». En el se representaba a un conjunto de sudaneses semidesnudos mirando con admiración –uno incluso arrodillado en actitud de plegaria- una roca donde estaban escritas las palabras «PEARS’ SOAP IS THE BEST» («el jabón Pears es el mejor»). La higiene no sólo está muy próxima a la piedad, sino que es una de las marcas que define la civilización. Y a los europeos se les había confiado la tarea de proporcionarla.
Anthony Paguen
Pueblos e Imperios. Mondadori, 2002

I
El sistema capitalista existe y se sostiene gracias al consumo. No es sólo la plusvalía, el desequilibrio en la riqueza, la relación entre desempleo y flexibilidad laboral, no es la ganancia en contra de la depreciación de la calidad de vida de los trabajadores, no, el sistema existe y se sostiene a partir del consumo, existe para él y por él. Sin consumo todo lo anterior no tiene sentido porque el circuito que va de la explotación a la producción se cumple cuando pasa por el consumo. En algún momento he pensado en aquel juego de los órganos que se peleaban el grado de importancia, por ejemplo, el corazón que decía que él era el más importante, el cerebro que argüía lo mismo, así el hígado, así el páncreas, todos pues, reclamando su supremacía, de último estaba el culo, callado, esperando su momento para actuar, y, para probar su poder cesó de trabajar… Ya nos podemos imaginar lo que sucedió. Bueno, pienso en el consumo como en el culo del mundo, y lo que procede es sellar esta salida, ponerle un tapón, y esperar a que el sistema se descalabre.
Algunos movimientos políticos se encaminan en esta dirección promoviendo el no-consumo de algunos productos, hablo de campañas dirigidas a crear conciencia y a responder con organización social a las empresas e industrias que los producen, pues en su arrogancia olvidan que el consumidor tiene en sus manos la opción de comprar o no. Los venezolanos recordamos que durante el sabotaje petrolero y entre los años 2002 y 2003 el consumo del venezolano en el periodo decembrino se vio afectado por la decisión que tomó la cúpula empresarial de autotaponar el culo del sistema capitalista, esperando que el consumidor “reventara”, precisamente en ese mes, donde además se cumplió una campaña publicitaria muy curiosa (¡y con toda seguridad para los anales sin duda del arte publicitario!), pues el producto se promocionaba in absentia, algo así como “¿Te gusta? Ah, pues no lo tienes por culpa de Chávez y no lo tendrás hasta que salgamos de él”. La estrategia como sabemos no funcionó, el propio cuerpo del sistema reventó y como dijo uno de sus conspicuos voceros: “el paro se nos fue de las manos”. La población, nosotros, cambiamos rápidamente ciertas prácticas de consumo arraigadas por la costumbre y la publicidad de años, y si es cierto que regresaron con otros bríos, algunos productos incluso con nuevas apariencias que hicieran olvidar los días de ausencia, es cierto que aprendimos o nos dimos cuenta (aunque creo que olvidamos, como olvidamos que la UBV es hija directa de esa toma de conciencia colectiva como lo fue también Mercal, Barrio Adentro, la política total de Seguridad Alimentaria, las Misiones en su conjunto, etc.) que podemos resistir y cambiar, inventar soluciones. Los empresarios no esperaban esta reacción y fueron sorprendidos. Por tres meses no nos hicieron falta hasta el punto de arrojarnos a sus pies y pedirles que regresaran a cambio de la cabeza de Chávez. Lo interesante de todo esto es que no nos hemos dedicado a darles por ahí, es decir, a ponerle nosotros, organizados en comités de usuarios y consumidores, el tapón al sistema. Nos percatamos a medias en aquellos fulgurantes meses de nuestro poder, pero una vez que pasó se nos fue y hemos ido olvidando los detalles, ya los productos regresaron y se posicionaron, como dicen en la jerga “marketingnesca”, y vuelve a ser difícil que la organización social de motu propio y no arrastrada a ello por las circunstancias, se rearme y tome decisiones soberanas con respecto al consumo de determinados productos. Porque una cosa es cierta, si pensamos el consumo, pensamos en la producción. La conciencia en el consumo nos abre la conciencia hacia el producto y la producción, y por supuesto, hacia los productores. La publicidad sabe que su peor enemiga es la conciencia, no otra cosa sino el esclarecimiento de los oscuros y muchas veces terribles pormenores que llevan a la producción y consumo de determinados productos. Lo cierto es que la publicidad vela u oculta todo el proceso, y en su colorido y despliegue gratificante, desvía la atención hacia lo que no es, distrae al consumidor de su conciencia que es como decir de sí mismo, lo sustrae a su propia intimidad y le crea un yo otro, el consumidor, incapaz de opción, incapaz de elegir, un yo seducido pero sobre todo fácil de seducir, moldeado y moldeable por los medios, por la propaganda del sistema, por la publicidad, un yo que no ofrece resistencia, que se deja llevar y que entiende que ahí reside la vida verdadera, en esto de dejarse arrastrar por el viento de las modas y las ofertas. Sucede que muchas veces este yo termina suplantando el yo real, digamos ese que tiene necesidades verdaderas, mientras el “yo que consume”, el irreal, el fabricado por los medios, se hace cargo irresponsable –hay que decirlo- de todas las funciones vitales, las suplanta por sucedáneos y placebos, hasta que el cuerpo y la conciencia real sucumben de consumo. Pienso en los anoréxicos, en los abulímicos, pero también en esta suerte de boom de los cuerpos reconstruidos, en los que la metáfora del cuerpo irreal para el consumo se hace “hueso y carne”, de silicona e injerto, sí, pero en definitiva un fantasma voraz que camina, que respira, que ocupa por entero el espacio del hombre y la mujer real, que lo suplanta y lo olvida tal vez para siempre.

II
La publicidad que conocemos necesita “fabricar” un consumidor o en todo caso, se dirige a ese cuerpo creado por la acción del sistema todo que, como ya dijimos, existe por y para el consumo. No puede la publicidad hablarle al real, porque éste puede optar, desviar su ruta, elegir otro camino, no precisamente otro producto sino definitiva y radicalmente otra cosa. Para evitar esta escabullida la publicidad crea una suerte de cerco visual y pone delante de los ojos del consumidor receloso, ese que todavía no ha renunciado a ser, no al indeciso que no sabe entre una marca u otra, sino al tocado por la duda, al que sospecha del sistema, al irónico, al que sabe que participa de una tramoya, al que no se traga el cuento, una gama variopinta de distintos productos que son el mismo, aunque cambie el nombre del fabricante y hasta le haga publicidad adversa, todo para que el consumidor crea que elige, y así satisfaga su amor propio porque supone consumir “a conciencia”. Porque no se trata de comprar, de ir de shopping, sino de reconocimiento e identidad. Yo consumo porque así me afirmo en mi ser, en esta sociedad de consumo, la única que existe, y no ser un ciudadano de esta polis me convierte en un bárbaro. En otras palabras, yo consumo para darle existencia al “yo que consume”, ese otro yo, que aunque me habita me borra. Consumo, luego existo.

III
La publicidad que conocemos niega el ser, porque necesita suplantarlo por un ser otro, el que hemos llamado “yo que consume”. La publicidad es pues, engañosa y no puede ser de otro modo, porque lo que vende es para el otro, para la vida del otro, el cual termina “alimentado” a despecho del real, que se sostiene y de paso engorda con las energías, proteínas y calorías que desprenden por defecto los llamados “alimentos”. El cuerpo irreal del consumo, consume al propio cuerpo que lo sostiene y de esa ruina y despojo se yergue con otro nombre, con otra apariencia. Consumir es vivir otra vida, como vivir en otro planeta, en otra parte. Al planeta del consumo debemos arribar con otro cuerpo, con otro ser.

IV
Necesariamente, no puede existir otro tipo de publicidad que la que nos invite y lleve a ese otro planeta, a esa otra forma de vida y de vivir. Toda publicidad es engañosa en este sentido, sí sólo sí, la miramos desde esta precaria orilla de la realidad real. Si saltamos, si nos dejamos ir, si sucumbimos al no ser, si nos transformamos en yo que consume, si nacemos de nuevo, si nos bautizamos y entramos en los moles como en una iglesia, entonces la publicidad deja de ser engañosa, y se convierte en “noticia”, en “información”, y de tan real y tan cruda, pasa a ser amarillista, descarnada. Recordemos un clásico: las fotos de Benetton. Dentro, todo es real, y a esa realidad otra, llegamos con nuestro cuerpo transformado, operado, otro. Real, sueño o aspiración, lo cierto es que ese otro cuerpo comienza a pujar, a reclamar su espacio, su lugar, su encarnación.

V
Ahora bien, si continuamos en esta orilla y logramos asistir al espectáculo como de fuegos artificiales de la fiesta del consumo, es posible que entendamos que la publicidad, en tanto que quiere destruir nuestros cuerpos reales, nuestros yo, nuestro ser, es antiética (porque a la ética le compete todo lo humano, y la publicidad engañosa -¿cuál no lo es?- es la negación de lo propiamente humano), y que no es posible concebirla de otra manera a menos que construyamos “publicidad” de este lado del mundo, para cuerpos reales, para nuestro yo y ser. Actividad que comienza por ser paradójica y resulta contradictoria cuando no absurda, porque si soy y lo sé, porque no se puede ser sin saberlo, no necesito más afirmación. Aquella frase de Sócrates queda al descubierto: si sólo sabe que no sabe nada, entonces sabe que no sabe; luego, sabe “algo”. En la vida y la realidad, no existe publicidad como tal, sino afirmación de la vida y la realidad. A nadie puedo convencer de la vida y la realidad, a menos que ciertamente dude o descrea de la vida y la realidad; como convencer a un suicida compulsivo de las ventajas de la vida. Si a ello me dedico, como ahora, a mirar desde esta orilla de la vida la no vida o vida artificial del consumo, es porque en definitiva las fuerzas del consumo son legión, como dijera de sí mismo el demonio.

VI
Publicitar la vida, en cambio, me parece, en principio, que niega a la publicidad, sólo que no le encuentro objeto y me parece absurdo, algo así como “nada como la comida sana, lava bien las frutas, te recomendamos no usar licuadora, tritura o come las frutas y verduras recién cortadas…” etc., recomendaciones, tips de salud, que así los llaman, y que aparecen precisamente en las revistas y publicaciones que promueven con más desafuero el consumo. Resulta absurdo porque promocionar de manera casi lastimera las propiedades y el gozo de la vida supone que la muerte ocupa ya todo los terrenos y que nada se puede salvo tomar algunas precauciones, con el objeto de salvar el cuerpo real que a fin de cuentas es el soporte del ingrávido y operado hijo del consumo. Ojo: el consumo no puede borrar la presencia de la muerte, de ahí que venda salud y seguridad y que mienta (manipulando con el miedo y la fascinación que produce la muerte en nosotros los mortales) al ponerlas en un primer plano, en un grado de preponderancia desde el cual persuade al yo que consume de que su salud es “vital”, y lo es, ciertamente, sólo que –allá, en la irrealidad del global village del consumo- “vital” para el sistema: Resiste mientras consumo, es más o menos la orden sorda que recibe, y como para resistir también debe consumir, pues están a la venta el aire fresco, el relax, el confort, las verduras y las frutas, a la venta y bien cara la salud que necesita para seguir consumiendo, para continuar el ciclo, la espiral, la carrera indetenenible, y sostener, hasta que diga ya, el disfraz de vida de la muerte a crédito.


 
 

Los preparativos

por joseleon71 @ Sábado, 27. Ene, 2007 - 05:04:16 pm

Los asuntos por resolver exigían toda su diligencia y hacían inexcusable la delegación. Visitó a su sastre y le trasmitió su urgencia: «para mañana a las 3, sin falta». En la tipografía ya reposaban las tarjetas en las que advirtió un acento innecesario. El ataúd, por lo demás, era sencillamente de su gusto. No recibió llamadas ni tenía sentido esperarlas, lo importunarían y era preciso finiquitar los detalles. Sabía de sobra que un aviso en el periódico vuela como pólvora.
Recorría un barrio inhabitual y la extrañeza aunque modesta era un buen augurio; —lo verdaderamente nuevo estaba por ocurrir.
Esperó sin proponérselo (vagabundeó) hasta que las horas de la tarde derivaron al gris confuso. Se dirigió al Hotel, no sin antes pasar por una pequeña floristería (a punto de cerrar) que recibió con grata sorpresa las condiciones del cliente inopinado: la suma de dinero desalentaba las omisiones, elidía las preguntas. En el Hotel le fue fácil escurrirse hasta la escalera sin desordenar su presencia con movimientos y miradas esquivas.
Pensó para el final que no era prudente (la estética no siempre lo es todo) amortiguar el sonido, de lo contrario podría ocurrir una aparatosa incongruencia entre el suceso (la foto reciente disiparía las dudas), el obituario y el cuerpo. Abrió la puerta, las ventanas, encendió las luces. Quería atar los cabos, no distraerlos con apreciaciones encontradas.
Sentado en una delicada silla de mimbre, recordó una calle donde pensó que justo en este momento habría de recordarla y se asombró: ¡cuántas veces lo intentó con árboles, con piedras, que rápidamente pasaban al olvido! Claro que eran otras las circunstancias… El recuerdo lo hizo vacilar, pero ya el tiempo lo apremiaba: miró el reloj, repasó uno a uno los detalles.
Luego, justo, disparó.

Un ejemplo de dignidad

por joseleon71 @ Domingo, 14. Ene, 2007 - 06:00:58 pm

Me llegó por correo este material, un texto y un link a Youtube. Contiene un discurso, imágenes y el texto del discurso. En realidad, no hacen falta palabras. Pongo también el texto que introduce el material tal como apareció en http://www.aporrea.org/misiones/a29402.html, con el título de

El discurso de graduación del Dr. Carlos Rodríguez Rojas: Una bofetada para despetar la moral

Mi amiga Camila (medico obstetra) me hizo llegar un link de Youtube que le enviaron de la CONAMEV, donde estaba un video titulado “Acto de Grado”, que fue cargado por alguien llamado “Doctorchoco”, y que resultaba ser él, en su discurso de graduación, en la UCLA de Barquisimeto, el 14 de diciembre de 2006.

El joven cirujano se llama Carlos Rodríguez Rojas, y comienza su discurso señalando lo siguiente: “Cuando mis compañeros me escogieron para darles estas palabras, ellos sabían a lo que se estaban exponiendo, porque yo no vengo aquí a decirle cosas cursis como que estamos terminando una etapa y que no tengo palabras para describir mi alegría, pues ahora es cuando tengo cosas que decirles.”

Para entender este discurso hay que verlo, escucharlo y leerlo necesariamente, porque en el video se pierden sus palabras entre la reacción de algunos otros graduandos, quienes durante años fueron sus “Compañeros” de estudios y muy lamentablemente, ahora serán sus “colegas”. Su discurso fue una bofetada necesaria ante la gran crisis moral que existe hoy en día en los lugares donde se forman los médicos que supuestamente tendrán en sus manos la salud del pueblo venezolano, y si le cambiáramos ciertos términos y usáramos ese discurso (dentro de su respectivo contexto) dirigido a otras profesiones, ocupaciones y oficios, tendría la misma contundencia. La moral es uno de los valores más importantes del socialismo, y es necesario sembrar y extender la moral por todo el territorio nacional.

A continuación les dejo el video y el texto completo del discurso del Dr. Carlos Rodríguez Rojas, porque las palabras que yo pueda decir, no van a poder explicar lo extraordinario de sus palabras y del momento donde ese venezolano se bañó de dignidad.

Video aquí: http://www.youtube.com/watch?v=mFKvZVu8qbg

Transcripción:

Cuando mis compañeros me escogieron para darles estas palabras, ellos sabían a lo que se estaban exponiendo, porque yo no vengo aquí a decirle cosas cursis como que estamos terminando una etapa y que no tengo palabras para describir mi alegría, pues ahora es cuando tengo cosas que decirles. Tal vez lo mas importante es hacer una pequeña reflexión de nuestra labor en la sociedad, porque al parecer a muchos se les ha olvidado, que nosotros estamos aquí es para ayudar al necesitado, en una misión interminable de amor, de hermandad y de entrega, y esos necesitados, ese pueblo falto de atención médica, ese pueblo que se muere por una diarrea o una desnutrición, no va a la consulta de las clínicas Privadas, pero nosotros estamos contando los días en que se termina la rural para salir del monte y poder trabajar en esas clínicas y comenzar a hacer dinero.

Y con eso en mente, de que somos seres externos a las comunidades en la que vamos a trabajar sean ambulatorios rurales o internados en hospitales, nos auto otorgamos el derecho de maltratar a los pacientes, de gritarles si no entienden las indicaciones, de devolverlos sin haberlos vistos porque no se han bañado, entre tantas otras groserías que vemos a diario.

Pero lo peor del asunto, es que por encima de todo esto, de que en el fondo no queremos estar en las rurales atendiendo gente que llega con los pies sucios, nos damos el lujo de criticar con toda nuestra saña, a otras personas que si lo están haciendo con todo el cariño del mundo, dejando a su familia mucho mas lejos que nosotros, metiéndose en una montaña que no conocen, en una ciudad que no conocen, en un país que no conocen.

Yo no discuto que los médicos cubanos no estén tan adelantados como nosotros en cuanto a medicamentos, técnicas y protocolos, pero deben tener un corazón gigante, porque ellos, esos médicos cubanos de quienes hablamos pestes en cada oportunidad que tenemos, ven a su familia dos veces al año, y nosotros no queremos ir a hacer rural a cuatro horas de distancia de nuestra casa porque nos parece lejos, y ojala que esos seres grises que ya están criticando estas palabras no piensen que la diferencia es que a los cubanos les pagan millones de bolívares, porque si a nosotros nos pagaran el TRIPLE de lo que ellos reciben, todavía no quisiéramos ir a atender a nuestro mismo pueblo VENEZOLANO, que lo que quiere es atención médica, sin importar donde se hayan graduado.

Y queriendo evadir responsabilidades, bueno, les puedo decir que la culpa no es toda nuestra, es culpa de la formación que tuvimos durante casi siete años en este monstruo de concreto, donde nos enseñaron con aquel famoso currículo oculto, que los médicos que se quedan en los pueblos son unos mediocres que nunca pudieron hacer un postgrado, y que el éxito está en ser ese adjunto ultra especializado que pasa revista en corbata y maltrata pacientes, bachilleres, internos y residentes por igual.

Y es que ya nos acostumbramos a que el triunfo profesional lo determina el modelo de la camioneta que manejes y por supuesto el ojo clínico, pues mientras puedas hacer el diagnóstico sin tan siquiera tocar al paciente o por lo menos mirarlo a los ojos eres mejor médico, tratando a los pacientes de forma dual, gritándoles y maltratándolos en las mañanas en la consulta del hospital, pero recibiéndolos hasta con café en la consulta privada de la tarde. Sin embargo yo sigo teniendo fe en mis compañeros de promoción, ojala y mis palabras tan siquiera rocen una pequeña fibra y por lo menos cuando le estén devolviendo a la patria los siete años de educación y formación que les dio, lo hagan con buen ánimo, con ganas de seguir trabajando por las comunidades y por el país, y que no se sumen a esa famosa fuga de cerebros, cuando después de recibir educación gratuita, y eso de gratuita entre comillas pues es la carrera mas costosa del mundo, algunos desalmados cometen un fraude a la patria, y se van del país porque allá tienen supuestamente mejores posibilidades.

Y¿que les ofrecía Holanda, o Dinamarca o Canadá para que fuesen a vivir allá cuando estaban en primer semestre? Obviamente ellos lo que quieren son profesionales gratis, y se ahorran toda la inversión en la formación, y eso sin lugar a dudas es una ESTAFA a la nación. Y a pesar de que mis palabras suenen a política, no importa si individualmente apoyan al gobierno o a la oposición, todos nosotros nos debemos al bienestar de nuestra comunidad, pues la salud de los venezolanos es una cuestión de estado, no de gobierno, y es de nosotros, de quienes depende que los proyectos que tenemos para sacar adelante nuestro país funcionen, en nuestros pequeños bastiones de la salud, paso a paso, paciente a paciente, sin importar que sea ALCA o ALBA, si es Derecha o Izquierda, lo importante es el paciente, es la vida de nuestros congéneres, es el orgullo de ser un verdadero médico Venezolano. Con todo esto en mente, ahora si les puedo desear éxito profesional a todos mis compañeros.

Felicitaciones y gracias a todos a los que nos brindaron su apoyo y creen firmemente en este proyecto que se llama Venezuela.

Carlos Rodríguez Rojas 54 Promoción Médicos Cirujanos UCLA - Barquisimeto

EL LIBRO NECESARIO

por joseleon71 @ Martes, 09. Ene, 2007 - 12:42:47 am

Apuntes para una discusión
sobre el libro necesario

Un mundo desechable
No cabe duda de que la información y la velocidad han sido los dos elementos que han dominado la comunicación durante el siglo XX y lo que va del XXI. La noticia al instante es la síntesis de un fenómeno que ha encontrado en la Internet su adecuado soporte. Minuto a minuto, las agencias proveen de noticias a un mundo interconectado, configurando la imagen de proximidad instantánea. Un mundo cercano y al alcance, que establece con nosotros no sólo comunicación sino interacción. Pero la información instantánea adolece de una obsolescencia igualmente vertiginosa. Las noticias pasan, una tras otra, sin que se establezca entre ellas una necesaria conexión o relación. Una no tiene relación con la otra, puede aludir a fenómenos totalmente desconectados en el espacio y en sus incidencias o resonancias, lo que nos confirma que el relato de las cosas del mundo, al menos a partir de estas noticias, se torna sumamente complejo. Nos encontramos ante informaciones que adquieren rápidamente el carácter de material de desecho. Noticias, informaciones, desaparecen sin dejar en el lector u observador huella duradera.
La información convertida en desecho y que desaparece, contamina con su rápida obsolescencia el soporte que la contiene. El periódico, ese ejemplar que adquirimos por las mañanas y que ojeamos sin mucha fe, es un buen ejemplo de material informativo desechable. Condenado a envejecer rápidamente y a morir antes de avanzar bien el día, el periódico es un material obsolescente por excelencia y en ese sentido exhibe sus usos definitivos en el área del embalaje, la limpieza de vidrios, la recolección de basura, etc.
Noticias y periódicos devienen entonces material de desecho, luego es comprensible que suceda lo mismo con los contenidos noticiosos. Salvo algunas secciones seleccionadas por el gusto, realizamos un paneo sobre la casi totalidad del periódico (zapping se denomina esta operación cuando se trata del televisor), un recorrido incesante y hasta divertido, en el que se gastan unos cinco minutos; es presumible que las noticias y el mundo al que refieren comiencen a considerarse desecho, y a importar poco o nada. Resulta comprensible que los periódicos gusten del escándalo y el amarillismo, de las malas noticias y de los tratamientos groseros, no sugestivos sino atropellantes, que buscan capturar al lector y sacarlo de su imperturbable y elaborado desinterés. Reporteros gráficos y redactores apelan a la sentimentalidad del lector, para sacudirla a través del horror, el miedo, la desconfianza, la violencia. La sangre y la muerte se convierten en ganchos publicitarios e inflan las ventas. En ese sentido, el lector como tal no tiene importancia para el periódico, porque mucho antes que lector es un consumidor, no importa lo que haga con el producto, lo importante y decisivo es que lo adquiera, y que su fidelidad contribuya a subir los índices de lectoría que lo convierten en una plataforma publicitaria apetecible. Así deviene desecho la realidad, la noticia y el soporte que la sostiene. Pero ¿qué pasa con el lector? Si el consumidor del periódico es eventualmente un lector, eso poco importa a la hora de la publicidad. Hay un número ínfimo de lectores, no así de consumidores, que reciben por el periódico y por la entera totalidad de los medios de comunicación las ofertas que lo llaman al consumo. El lector entonces es un elemento que comienza a compartir con el mundo, las noticias que lo refieren y el soporte donde aparecen impresas, la obsolescencia.
Ahora bien, si el mundo es desechable, el “informante”, objeto del mundo dador de información, recibe los coletazos de la avanzada del desechamiento. En efecto, el valor de la fuente se subordina a la información, sobrevaloración de ésta última sobre la primera que ha dado nacimiento varias perversiones: manipulación, mentira, creación de situaciones noticiables. Noticia show o show mediático que alimenta las calderas del espectáculo y desaparece tras una noche de fiesta, dejando basura, estropicio y olvido.

Informante e información
Si el mundo deviene material de desecho, al pasar éste por el filtro de las noticias y llegar al lector que apenas si le dirigirá una mirada, resulta plausible esperar que los elementos que lo componen y que participan del circuito informacional como informantes, devengan igualmente desecho. La noticia borra el informante, que puede o no aparecer señalado, que puede o no existir siquiera. En realidad, importa poco el informante, no es de él de lo que trata la noticia, pues tan sólo funciona como el portador de una información que es del interés general, y el hecho de que sea él el portador es un hecho circunstancial y accidental. En otras palabras, importa la información, no el informante. Importa el impacto, la resonancia, la agitación que suscite su información.
Pero esta dinámica no es exclusiva de la prensa, acontece en las ciencias sociales y en otras áreas del conocimiento. Por ejemplo, cuántos estudios existen sobre lenguas indígenas ágrafas, que concluyen con traducciones y diccionarios y procesos bilingües de escritura. En investigaciones de este tipo nada más halagüeño que los “informantes”, en este caso los hablantes, desaparezcan, pues la lengua estudiada necesariamente se paraliza, y si esto no sucede el diccionario funciona como si. Una comunidad que cede su lengua y sus saberes ancestrales a la ciencia, deviene material de desecho. Pero lo mismo acontece con los bosques y selvas, con los ecosistemas, de donde los científicos extraen información genética. El bosque, la selva, devienen material de desecho, puesto que el zumo de su información ya se encuentra en bancos y bases de datos donde serán estudiados y procesados con tecnología molecular.

Conocer occidental
Esta forma de conocer que precisa la detención, es particular de occidente. Un diccionario, como sabemos, pierde sentido ante la oralidad, que pone en movimiento constante las estructuras fijas de la gramática y moviliza los sentidos de las palabras. Una palabra es en su uso y contexto; si el uso cambia como cambian los contextos, es de una lógica elemental que el sentido se modifique, aunque en su memoria, la memoria de la palabra, sobrevivan las trazas de los anteriores sentidos, algo de lo cual la poesía da buena cuenta. Lo mismo la información genética, sujeta a la vida, a los cambios, a los contextos. Pero occidente no concibe el conocimiento sino en la detención, que es como decir en la muerte o paralización de los procesos, de modo que la vida se le escapa.

Información y memoria
La ciencia occidental trabaja y produce información. Sus resultados tienen carácter acumulativo y en su “memoria” se advierten capas, estratificaciones, pasibles de ser segmentadas y estudiadas “fuera de contexto”. Se trata de una memoria que se puede detener, que puede cristalizar, a la espera de nuevos “descubrimientos”. La noción misma de descubrimiento está sujeta a esa idea de la acumulación porque lo que se descubre pre-existe, y sólo aguarda que los procedimientos tecnológicos, por ejemplo, lo hagan resurgir. Se descubre lo que ya existe, y lo nuevo no es más que una actualización de las leyes de la naturaleza. En este sentido, la memoria acabada sería aquella que ya no se encuentra sometida al transcurrir, al tiempo. Variarán las interpretaciones, pero no la realidad que aguarda la hora de su cifra, la categoría universal que la nombre, ordene y clasifique para siempre.

Ciencia para la vida
Precisamos de formas de conocer que no precisen la detención, la paralización de los procesos. Métodos flexibles y ágiles, dinámicos, móviles, que persigan lo que cambia, lo que desaparece, lo que se transforma. Categorías, nombres que capten la fugacidad, lo que se desvanece, lo que se borra y reaparece pero distinto. Sin duda quedarían atrás algunas prácticas propias de la ciencia occidental, como por ejemplo, la tendencia siempre insatisfecha de crear sistemas categoriales inmovilizadores, que conciben que la teoría más exitosa sea aquella que por más tiempo mantiene detenidos, incuestionados, los axiomas en su área de conocimiento. En este escenario es lógico que se acreciente la rivalidad, la enemistad entre colegas, también los peligros de robo, plagio, competencia desleal. Llegar primero supone acumulación de títulos, no importa cómo. La investigación reposada amerita tiempo, seguramente años de trabajo, pero en ese lapso puede suceder cualquier cosa y es mejor asegurar el espacio adelantando las conclusiones, tomando las aproximaciones como hipótesis confirmadas. A fin de cuentas no importa el artículo ni la investigación, sino el capital curricular, la acumulación de prestigio académico.
Necesitamos una ciencia para la vida, que su fin último no sea la parálisis sino el movimiento, que subordine el producto de la investigación a la realidad y no intente someter ésta a aquella. Una ciencia que no finque su rigor en el desapego de la realidad que enturbia, interfiere y desactualiza las cifras, las apreciaciones, sino que se empeña en moverse al ritmo de la vida, que somete las categorías al discurrir del tiempo, que actúa sobre los contextos, que los modifica, porque de suyo es el cambio, la transformación. Una ciencia subordinada a la vida, respetuosa y maravillada de los cambios, de las metamorfosis.
Claro está, la ciencia que conocemos funda su poder en el control de los procesos, dictaminando sus ciclos, definiendo sus etapas. Así estudiamos, ese fue nuestro modelo de educación. El proceso estaba prefigurado y en él no habría de ocurrir otra cosa salvo lo ya dispuesto. En un escenario como éste, resulta imposible la investigación, el descubrimiento. Y lo que se instala de manera definitiva es la imitación como paradigma. Se imita lo detenido, lo finito, lo concluido. Por eso la fascinación del libro, como imagen y metáfora del conocimiento inmodificable y sagrado. No es casual que la Biblia, por ejemplo, escrita por Dios, se considere el Libro de los Libros, el Libro sagrado por antonomasia. Mas así ocurre con los libros de texto, las guías escolares, los libros de los expertos. Los expertos mismos, aunque sólo se pronuncien oralmente sobre un tema, digamos en una entrevista, suponen la culminación de cualquier debate, el punto final, la última palabra.
En este sentido y en aras de un libro infinito, desespecializado, in-experto, abierto a las consideraciones y a las especulaciones de todos, de los escritores y lectores, es que necesitamos replantear nuestras formas de proceder ante el conocimiento y la realidad. En ninguna ciencia, como en ningún lenguaje, cabe el universo, pese a José Antonio Ramos Sucre que lapidariamente escribió: “Un idioma es el universo traducido a ese idioma”
Se precisa abrir el espacio y el tiempo, hasta ahora controlados por el poder, que no concibe que algo pueda funcionar fuera de su control. Ninguna gramática puede controlar el fluir de la palabra, y sólo puede ejercer control a través de la violencia de la norma. En ninguna escuela de hoy cabe la enseñanza y el conocimiento. Nunca ha cabido, por demás, y sabido es que la investigación y el conocimiento ocurren fuera de esas instituciones, diseñadas para el control y la domesticación. El Poder es tal cuando controla el tiempo y el espacio de los hombres, pero si es nuestra intención construir un país distinto sobre las bases de un modelo civilizatorio distinto, preciso es romper las unidades de tiempo y espacio diseñadas por el poder, inaugurar formas distintas de relación y de contrato social. Abrir la escuela, contextualizar los problemas, abrir la misma práctica educativa, desespecializarla, activando mecanismos de investigación colectiva, de construcción en comunidad del conocimiento que necesitamos. No se requieren expertos, y estos no existen a la hora de inventar lo nuevo.
No se trata de borrar el pasado, de desconocer lo anterior, se trata de incorporarlo a un proceso propio de sistematización en lo que aquellos, estos y otros conceptos sean pertinentes y no impuestos por nociones abstractas y extrañas basadas casi exclusivamente en diversas formas de coacción y en el prestigio del conocimiento elaborado, especialmente en el extranjero.
Necesitamos un libro que no cierre, que abra, que someta a la discusión, a la palabra liberada sus aproximaciones, sus ensayos, sin imposiciones ni sometimientos, que no lo tiente lo eterno ni lo sagrado. Que reconozca, feliz, su infinitud, su nada.


 
 

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