Para un debate
sobre el ARTE y el poder POPULAR
Introducción
Busca este ensayo inscribirse en lo planteado por Carmen Hernández (2005) cuando afirma que “La historia del Museo de Bellas Artes o de los museos de arte en general en nuestro país, como sistema de representación (Jean-Louis Déotte) o dispositivo disciplinatorio (Beatriz González Stephan), está por hacerse pues hasta ahora contamos solamente con narrativas concentradas en la caracterización de sus objetos como entes autónomos”. En este sentido, interrogo la producción simbólica de los aparatos de poder, la violencia inherente a la descontextualización, la crisis del sujeto moderno, la redefinición del poder desde las claves de lo popular y comunitario, lo que apunta a revertir los efectos contenidos en el arte como experiencia extra-ordinaria, ajena a la vida cotidiana, esfera sublimada de las cosas humanas y de la prácticas culturales. Luego, reviso la noción “museo” a la luz de un planteamiento civilizatorio del concepto de arte, ya que la experiencia estética, substancialmente ética, desborda sus límites y, específicamente los de la llamada obra de arte.
Museo y poder
Resulta inconcebible el museo, la colección, aun el tesoro, desligados del poder militar, político, económico. Por otro lado, la acumulación, el ordenamiento y la clasificación de objetos, con el fin de producir en el público particulares efectos “históricos” o de dotarlo de unos referentes anclados aún momentáneamente en la narrativa del arte “actual” y sus tendencias, es posible sólo por la descontextualización. Como lo afirma Roger Silverstone “Los museos son, en muchos aspectos, similares a otros medios contemporáneos. Entretienen e informan; cuentan historias y construyen argumentos; buscan divertir y educar; definen una agenda” (1).
La pieza o el objeto museístico, en cualquiera de los casos, está siempre “fuera de contexto” (se entiende que lo esté un cuchillo de sílex, pero también un cuadro de Reverón, cuyo contexto ciertamente no es el museo sino el mismo Reverón y sus dioses, Juana y las muñecas, aquel espacio y tiempo frente al mar Caribe donde enloqueció de luz) y ganan autonomía por eso mismo, aislados en un tiempo espacio concebido y diseñado para su estar ahí, sin antes y sin después, borrada paradójicamente toda historicidad. El objeto museístico es, pues, aislado y desterritorializado, lo que promueve y facilita su movilización, su descolocación, su cambio circunstancial, aleatorio, de escenario, su estar (y no estar) en una zona del espacio donde deja de operar como el objeto que es para convertirse en una entidad física ingrávida, estrictamente intelectual, un objeto físico que pertenece al topus uranius, al lugar de las ideas, y no tan contradictoriamente al mercado y sus ofertas. ¿Cómo es que las ideas y el mercado van juntos? Se entiende la relación toda vez que son los “expertos”, los especialistas, los intelectuales, quienes movilizan las ideas en torno a las “obras de arte”, son ellos, parte consubstancial de la industria cultural, quienes validan y allanan el camino para la exposición y compra venta del arte. Que la colección viaje de museo a museo supone además, la existencia de una red de infraestructuras y servicios con ciertos estándares que garantizan su exposición uniforme (como sucede con los mall, diseñados para que el consumidor se sienta en cualquier centro comercial del mundo como “en su casa”, un museo es, en términos de Marc Augè, un “no lugar”). Seguramente la experiencia del público con la exposición será en cada sitio distinta, pero ya estará la prensa y la televisión listas para proveer el discurso estético uniforme (interpretante, surtido por los especialistas en arte y cultura que firman las páginas de los periódicos) que estandarice el gusto y prediseñe la sorpresa.
Si a esto le sumamos la necesidad de abrir el concepto museo y de extenderlo a otros campos de la experiencia, esto es, si nos salimos del espacio convencional y abarcamos procesos más amplios de museologización, por ejemplo si lo aplicamos a la ciudad o a un sector de ella, creo que podemos entender algunos de los procedimientos que emplea el poder para descontextualizar y construir lecturas.
Museo y guerra
También resultan inseparables las nociones museo y guerra, una de las formas de articular aquella frase de Walter Benjamín «Todo documento de cultura es también un documento de barbarie». La destrucción, el expolio, el robo de la creación y riquezas culturales de los pueblos atacados son algunos de los elementos que participan en la construcción de buena parte de los museos en los países que han llevado a cabo guerras de expansión militar o económica. La actividad supone descontextualizaciones sumamente dramáticas, que arrasan con el sentido de la cultura de origen desmantelando los fundamentos de su ser histórico, social, económico, familiar. Fernando Báez, investigador venezolano, afirma lo siguiente sobre la aplicación de esta política de destrucción cultural en Irak, en el marco de lo que hoy se conoce como “guerra de cuarta generación”:
Por acción u omisión, el Ejército de Estados Unidos ha estimulado la quema de un millón de libros en la Biblioteca Nacional de Bagdad y en el resto de las bibliotecas del país; a esto debe sumarse el saqueo de 13.000 obras de arte del Museo Arqueológico de Bagdad y de todos los museos de la nación; y, como si no fuera suficiente siete mil asentamientos arqueológicos fueron objeto de pillaje y se robaron más de 150.000 piezas de arte antiguo. (…) En 2004, Faluya y Nassiriya sufrieron ataques que arrasaron todos sus vestigios culturales: decenas de mezquitas quedaron en ruinas. El primero de abril de 2005, explotó parte del minarete de Samarra, que había sido utilizado por francotiradores de Estados Unidos para disparar contra militantes de la resistencia; y en junio del mismo año las tropas polacas causaron daños irreversibles al asentamiento de Babilonia, según lo constató un experto del Museo Británico. Al principio, se creía que los saqueos culturales eran espontáneos; hoy sabemos que fueron premeditados. (Báez, 2005) (2)
Por supuesto las piezas fueron a parar fundamentalmente a los museos de Estados Unidos y al mercado negro arqueológico, artístico, cultural que alimenta las colecciones privadas, o las propias de los gobiernos y estados, que no se detienen demasiado a considerar las fuentes ni la procedencia, toda vez que el objeto museístico al recibir el baño lustral del aislamiento y la descontextualización queda listo para la mirada sin consecuencias del turista o para aquella más especializada (imparcial, objetiva y axiológicamente pertinente) del científico o investigador sin hondas preocupaciones historicistas, antropológicas o sociológicas.
La exhibición de los bienes, producto de la conquista y la rapiña, señalan al vencedor, lo elevan y dotan de más poder. El oro, forjado o en bruto, está inscrito en la memoria mítica y archihistórica de la guerra, como lo está el tesoro, producto del robo y la expoliación, que permitía financiar más guerras y más ejércitos. De modo que, antes de hablar del museo y la museística, justamente con estas palabras otorgadas por la modernidad, resulta conveniente no alejarnos de la práctica más anterior que funda tal actividad en la guerra, la conquista y el pillaje, y en consecuencia en la exhibición y ostentación del poder político, económico y de fuego, del vencedor. Luego sí, vendrá el deleite de la elite (la misma clase social que financia la guerra observa sin sobresaltos los despojos del vencido), refinada contemplación en un recorrido purgado de cualquier absceso de conciencia. Se trata de un tránsito irreal y un diálogo mudo con objetos idealizados, contemplación de bienes y objetos acumulados en la medida que más pueblos y más tierras son conquistados. Como en la Gran Exposición de 1851, en Londres, en la que hubo una “exhibición de nativos”, para que “los niños patriotas conocieran mejor lo que eran las colonias y el aspecto de sus sumisos habitantes” (Padgden, 2002: 167-168), semejante a la que preparó Cristóbal Colón a su regreso ante los reyes que financiaron la expedición. Insisto entonces, que no debemos desestimar estas ideas toda vez que precisamente los discursos de la modernidad y del poder en general, se sobreponen e intentan ocultar los procesos de destrucción implícitos en la construcción de la memoria cultural e histórica del mundo “civilizado” entendido como un todo unificado y uniforme, visión de más está decirlo falsa y negada de hecho por la realidad, pero que hoy se debate no sólo en el plano de las ideas sino en el militar.
Museo y sujeto
La actividad museística desborda los límites del edificio Museo, y sus estrategias de ilusión impregnan las relaciones del habitante de la ciudad convertido a la fuerza en “turista”, en extranjero, en sujeto descolocado y descontextualizado, locus dislocado del discurso de la modernidad.
A las paredes y espacios del museo van a descansar las piezas y objetos arrancados de la historia dirigidas al distendimiento de la conciencia del visitante que, al contemplar, descubre su finitud, su mortalidad, también su mudez. Además, si el pasado permanece inmóvil, entonces su presente es éste y sólo éste, y su condición permanecerá como los objetos del museo, intacta.
¿Qué esconde el Museo del Oro en Colombia? Los espectadores asisten a un espectáculo que, pretendidamente histórico, resulta ahistórico, sencillamente porque el pasado se borra para dar lugar a un presente estático y a-problematizado, que esconde el horror y la destrucción. ¿Qué miramos detrás de una máscara de jade olmeca? La mirada sobre este tipo de objetos no aporta ni recibe espesor, salvo la apenas fácilmente removible pátina de la expectación y el asombro. ¿Qué nos queda de observar las pirámides de Egipto o Teotihuacan?
Si al pasmo y al silencio añadimos la descontextualización, nos encontramos con objetos sin sentido en sí mismos, salvo los que le otorgue la discursividad histórica hecha al uso, esto es, objetos que significarán lo que el tramado y el montaje quieran decir. Se entiende que el objeto está alejado de sí mismo, vale decir de su sentido en el contexto y su significación se ceñirá a la discursividad que le otorgue o disponga la curaduría del museo.
Queda pendiente la lectura caótica, estocástica del visitante, queda su recorrido, el itinerario sentimental que contrahará lo dispuesto, subvertirá la lógica e incorporará su sentido, su interpretación. Sin embargo, esta hipótesis esperanzada, que supone en el sujeto el ámbito de la libertad, no considera el fondo del problema, no otro sino la propia lógica del museo, esa zona de irrenunciabilidad donde reside la potencia electora de lo museístico, que decide lo coleccionable, lo que ha de ocupar las paredes, los espacios del museo. Ante esto, se puede afirmar con toda razón que el visitante es libre de leer, de desafiar los horarios y a los guías, pero lo que ve (lo que le ha sido dado para ver) está allí sin que él –en tanto que sujeto- verdaderamente importe. Y lo que le ha sido dado está, como ya lo hemos dicho pero insisto, modulado por la inteligencia del museo, por su calidad “de objetos que tienen, por su presencia en el museo, una condición particular -relacionada con lo único, lo significante y lo representativo.” (3)
Museo e historia
No podemos iniciar (ni concluir –porque una pieza de museo es por definición no-retornable) una mínima reconstrucción cultural a partir de una pieza expuesta en cualquier museo; el sentido acaba y se cierra en la exposición. La descontextualización opera aquí de una manera muy visible. A esto se suma que el museo y sus piezas integran una discursividad que reconoce un hilo histórico subsumido en el gran relato de la Historia Universal. No está de más decir que este relato es una construcción ideológica emanada del conjunto de los aparatos culturales –“tecnologías de imposición de significado” (4) - de que dispone el poder para segregar las representaciones que lo validan, sostienen y preservan, y en la que los museos, que “ofrecen una visión del mundo ideológicamente modulada”, como tantas otras instituciones, participan. Citemos en extenso a John Tagg, cuando afirma recordando a Michel Foucault:
“Un régimen de verdad es esa relación circular que la verdad tiene con los sistemas de poder que la producen y la sostienen, y con los efectos de poder que ella induce y que la reorientan. Ese régimen ha sido no sólo un efecto, sino una condición de la formación y el desarrollo de las sociedades capitalistas… La propia verdad es ya poder, unido al régimen político, económico e institucional que la produce… Se trata de una batalla que debe dirigirse hacia las normas, operativas en nuestra sociedad, según las cuales las representaciones “verdaderas” y “falsas” están separadas. Es una batalla que se libra contra las instituciones que tienen en nuestra sociedad el privilegio y el poder para producir y trasmitir un discurso “verdadero” (2005, 123) (6)
Pero el museo no sólo traduce operaciones de conquista y expolio, también opera como dispositivo para la memoria (desde el poder), construido como hemos dicho a partir de descontextualizaciones violentas, directas o indirectas. En efecto, el museo es una de las formas que tiene el poder para prediseñar su memoria, su recordación, su perpetuidad. Preserva objetos culturales sacados del curso cotidiano de la vida. Esta acción permite que sucesivas generaciones de hombres (virtualmente eternizados, en tanto que sujetos vaciados de historicidad) se paseen delante de estos objetos, ahora doblemente enmudecidos pero dispuestos de tal manera que articulan y reproducen una historia, más bien una historicidad. Un museo desde esta perspectiva es la promesa incumplida de la reconstrucción histórica. Observar los restos funerarios de una etnia indígena tal vez nos remonte (por acción de la tarjeta al pie de la composición y por nuestra propia carga de información) a un momento histórico impreciso, pero esa operación excede al museo y exige para su realización la existencia (contextual) de los restos, cosa imposible toda vez que precisamente se encuentran en el museo. Museo e Historia son actividades afines, pero definitivamente muy distintas. Aunque la pieza de museo ofrezca datos al historiador, al arqueólogo, al antropólogo, éste precisa del contexto y de una red, un sistema de elementos que no serán proporcionados por el museo aunque las salas estén repletas de los objetos detenidos, como disecados y en urnas de cristal, respondiendo a una –otra- gramática y no a aquella necesariamente destruida por la extracción y que a un observador instruido tal vez le hubiera proporcionado, qué sabemos, las claves de los rituales y la organización de la vida y la muerte de aquella comunidad. Esto pasa con una vasija funeraria o con un vestido de Lady Di, porque basta que el objeto descontextualizado ingrese al discurso contextualizador (museístico, fabricador de memoria y constructor de pasados) que lo informa y lo conforma, esto es, que le otorga un nuevo sentido, el que tendrá y por el que será conocido, y un nuevo lenguaje apropiado para el espectáculo, sin aristas ni matices, desproblematizado.
Actualmente son colocados en museos instantáneos y hasta efímeros o en su defecto sometidos a subastas públicas, objetos recientísimos pero elevados a la autopista de la historia (más bien de la obsolescencia incesante) por un discurso legitimador que pone y dispone lo que será (y sobre todo, debe ser) recordado.
Museo y público
Incluso el museo puede imaginar y re-construir escenarios naturales, procurando lo que Roger Silverstone señalaba sobre la verosimilitud: “un sentido de realismo sin el cual no se podría mantener la confianza en el medio" -en este caso el museo-, pero sabemos que simular la realidad no es proceder ni ser la realidad.
Quién duda de la fascinación que generan los museos in situ (acaso lo mismo que ahora sentimos con los reality shows), que ofrecen a la vista del público y “al natural” las piezas, las piedras, los escenarios cargados de historicidad, por acción claro está de un discurso exógeno (porque el campesino que ara la tierra y se consigue una espada o un doblón español no lee museísticamente dichos objetos). Un discurso académico, científico, histórico, que actúa sobre objetos también sin duda, descontextualizados, pero por medio de estrategias más sutiles, acaso más complejas. La cama, el baúl, el tocador del prócer, el tintero, el escritorio, los objetos re-colocados por una inteligencia histórica que desafía la temporalidad y construye un hilo argumentativo que serena las vibraciones de los objetos sin vida, cansados de decir siempre lo mismo, insertos en una zona donde el juicio queda momentáneamente suspendido, intersticio generado por la existencia de unos objetos rotundos pero idealizados y por ende descorporeizados, flotando en un momento subitáneo, en un instante extendido, donde la realidad vacila. El flujo temporal, insisto, es suspendido justo en ese tramo, es cortado de pronto del paisaje, arrancado del devenir y convierte los objetos en entes “observables” y, sobre todo, “visitables”, vale decir, requeridos de acciones y palabras organizadas específicamente, acordes con las circunstancias.
Hay que decirlo, el museo es tal cuando es visitable; esta sola acción y casi la base de todo el sistema, logra que el espacio y los objetos museísticos (y los que se cargan de museididad, como los que quedan en las casas y las habitaciones de personajes muy públicos y aun de los seres queridos cuando mueren, dejados intactos por el pudor que destila la muerte. Así pasan al discurso de lo detenido, forma de descontextualización que consiste en suspender del transcurrir los objetos y por ende, irrealizarlos, lo que inicia el progresivo proceso de eternización, en otras palabras de conservación y en un futuro, de restauración); decía entonces que la visita logra que el espacio y los objetos museísticos permanezcan consolidados, fijos en su tiempo y espacio únicos, y que el visitante, aunque móvil inmovilizado por su anonimato, se encuentre con éstos en una zona que momentáneamente, lo que dura la visita en este caso, está fuera del tiempo. Para decirlo con otras palabras, el museo contamina con su irrealidad y espejismo al visitante entonces también irreal, afantasmado, espejismo de sujeto. Esas dos nadas se encuentran y su diálogo es eterno, silencioso y fugaz.
El museo, aparte de representación del poder y dispositivo de la memoria de la comunidad (de la “comunidad imaginaria” en términos de Benedict Anderson), también es espectáculo en el sentido de ofrecerse como revista no sólo del pasado sino del presente, incluso del futuro. Este era el sentido que tuvieron y tienen las ferias industriales desde la primera en Londres, ya mencionada.
En Venezuela, durante Guzmán Blanco, se celebró en 1883, centenario del nacimiento del Libertador, una de estas ferias que, como explica Carmen Hernández “reunían elementos de diversa índole como objetos del Libertador, maquinarias modernas de la época y obras de arte”, pero fundamentalmente, y para lo que nos interesa “contribuyeron a "deshistorizar" la historia local, seleccionando los pasajes heroicos dignos de celebrar para la posterioridad, en los cuales era casi inexistente la representación de los indígenas o de los grupos sociales de origen popular, salvo casos excepcionales, como la obra La muerte de Guaicaipuro de Manuel Cruz.” (La cursiva es mía)
En las formas que he comentado están presentes tres formas de articulación del poder en relación a la actividad museológica: Museo y Riqueza, Museo y Memoria, Museo y Espectáculo. Las tres se cruzan y combinan en la actualidad, pero sin duda han pasado por momentos bien diferenciados. La primera, desde la Antigüedad (o desde el “Gabinete de Maravillas de la Humanidad” de Nabucodonosor) hasta la Revolución Francesa; la segunda, desde la Ilustración, pasando por supuesto por la Revolución Industrial hasta llegar al siglo XX; y la tercera, dominada por la noción de espectacularidad y mundo globalizado, exacerbada durante el siglo XX y lo que va del XXI. En los tres procesos el poder ha actuado de modo distinto: la ostentación de la riqueza habla directamente del poder económico, político, religioso, social; segundo, sin dejar de significar lo anterior, el museo significa la validación social y cultural de una clase social emergente, la burguesía, en el marco de la consolidación de los Estados-Nación e instrumentación en germen de la Democracia moderna; tercero, suma caótica e irregular, pastiche, aglomeración y anacronismo de todos los elementos mencionados, e incorporación del poder y su discursividad a una vastísima industria cultural que segrega y reproduce discursos de validación y legitimación. En esta tercera fase hay que hacer referencia a lo que Jesús Martín-Barbero denomina “fiebre de memoria”, suerte de bomm que se expresa en:
“…crecimiento y expansión de los museos en las dos útimas décadas, resturación de los viejos centros urbanos, auge de la novela histórica y los relatos biográficos, moda retro en arquitectura y vestidos, entusiasmo por las conmemoraciones, auge de los anticuarios, el video como dispostivo de memorialización, e incluso la conversión del pasado del mundo -y no sólo del que recogen los museos- en banco de datos. Hay que incluir tambien en ese catálogo de referencias del memorialismo actual dos de los grandes debates políticos del fin de siglo: el de los derechos de las minorias étnicas, raciales, de género, etc., y el de la crisis de la "identidad nacional", ligada tanto o más que al proceso de globalización al estallido de las memorias locales y grupales” (7)
Y que contrasta con la “amnesia” que requieren para su funcionamiento el mercado y los medios. De ahí que:
“Si la "fiebre de historia" que denunciara Nietzsche en el siglo XIX funcionaba inventando tradiciones nacionales e imperiales, esto es dando cohesión cultural a sociedades desgarradas por las convulsiones de la revolución industrial, nuestra "fiebre de memoria" es expresión de la necesidad de anclaje temporal que sufren unas sociedades cuya temporalidad es sacudida brutalmente por la revolución informacional que disuelve las coordenadas espacio-territoriales de nuestras vidas. Y en la que se hace manifiesta la transformación profunda de la "estructura de temporalidad" que nos legó la modernidad.” (8)
Museo y comunidad
Menesterosos de pasado, porque la ventolera de la modernidad nos deja sin asideros y sometidos a la amalgama y la mezcla, distorsionando cualquier relación histórica y por ende el presente y el futuro, en fin, desconcertados y tomados en vilo por el afán y la velocidad, soñamos refugiarnos en zonas de remanso y apaciguamiento, en taimada y recelosa actitud crítica, o aceptamos –como afirma Lipovetsky- que “los sistemas de representación se han convertido en objetos de consumo y funcionan virtualmente con la lógica de la veleidad y el kleenex” (9), o bien, deslizamos las paredes del museo y arriesgamos experiencias
No cabe duda que el arte contemporáneo adelanta en su concepción y elaboración la vertiginosa mirada del sujeto actual, hombre y mujer sometidos a un desequilibrio de su ser y estar, inestabilidad de principio, superficie tempoespacial movediza que no ofrece sujeciones ni sustento ni paz. Aunque suele reaccionar con violencia contra la “flexibilidad” de su entorno profesional, laboral y hasta amoroso, no ha dejado el arte, nunca, de acecharnos con su duda y su vacío. ¿Qué se sostiene en el derrumbe? ¿Qué anuncia?
Le toca al museo y a la actividad museística en nuestro país, construir una nueva narrativa, reveladora de lo que ha estado oculto y que contribuya a la disposición de nuevos elementos para una nueva topografía de la memoria nacional, histórica, artística. Para decirlo con una frase poco feliz: si cambia el pasado (su narración), cambia el presente y, por qué no, el futuro. El museo responde a una gramática del poder (en el acto de apropiarse “de un acervo considerado "universal", define “los parámetros de lo culto separado de lo popular”) (10), por lo que necesitamos formular una ortografía desafiante, que disloque la idea de tiempo y espacio canonizada y que incorpore en los distintos escenarios una discursividad alterna, distinta, que haga museístico, entre otros elementos, la gesta cotidiana de un pueblo que ha hecho arte y cultura articulando otras claves que las dispuestas por el arte y la historia nacional y universal. Se requiere el desafío a la noción de arte que está implícita, por citar solo un ejemplo, en nociones como ésta manejada por Fracois Boucher, artista y cineasta de Cali, Colombia, cuando afirma comprensiblemente: “La palabra “arte” que habita en la obra, la firma, la legitimación que le otorga un espacio que llamamos museo, ésa es la trama sutil”, (alusión indirecta y eufemística, diría yo, a la industria cultural que construye poder y verdad en el arte), deja al descubierto, sin que le quepa dudas a Boucher, que la palabra –arte- insufla a la obra, que arte será precisamente por la acción mágica de esa “palabra”. Para cuestionar este saber extendido pero básicamente irracional, es por lo que debemos discutir y replantear el sentido del arte y de lo estético.
El museo nuestro debe refundar su centro en el seno de las comunidades, porque como lo plantea Jesús Martín Barbero,
“La actual reconfiguración de las culturas tradicionales -indígenas, campesinas, negras- responde no sólo a la evolución de los dispositivos de dominación que entraña la globalización, sino también a un efecto derivado de ésta: la intensificación de la comunicación e interacción de esas comunidades con las otras culturas de cada país y del mundo.”
(…)
“Lo que políticamente la globalización pone en juego es una fuerte redefinición de los espacios geoculturales, y por tanto tambien nuevas formas de articulación democrática entre los distintos planos -local, nacional, regional y mundial- en los que interactivamente se situan los hoy muy diversos actores de lo cultural.” (11)
De modo que en el marco de agitadas redefiniciones del arte, el artista y lo artístico, el museo ha de revelar (nos), hacer (nos) visibles, y lejos de banalizar la vida cotidiana y sublimar el arte como entidad ajena y extraña, invertir, subvertir los valores con el fin verdaderamente democrático de alojar un arte de y para todos. Está claro que el binomio que hoy sustenta la actividad artística –Museo y Mercado- debe ser reinterpretado a la luz de una economía solidaria, no competitiva, no capitalista o, en todo caso, muy lejos de la voracidad del libre mercado, que desconoce la vida interior y comercia con igual aquiescencia un Van Gogh, un Soto, un Bárbaro Rivas.
Museo y poder popular
Si el museo que conocemos se ha construido a partir del Poder que administra, regula y segrega la vida cotidiana, social, económica, política, en fin, cultural de pueblos que continúan silenciados en tanto que su producción simbólica no entra en el juego del conocimiento salvo como curiosidad u objeto socio antropológico, el museo que necesitamos debe responder a las descentralidades y desanclajes que crea el poder popular, (“lo popular en la cultura no como su negación, sino como experiencia y producción”, dice Barbero) que distorsiona la idea convencional de arte y elite, que destituye las nociones consabidas respecto al arte académico, que restituye a su lugar al “Hombre del Anillo”, que devuelve la paz a Juan Félix Sánchez, abatido por el Museo que robó su obra, su imagen y su nombre. Creo que debemos pensar en lo afirmado por Carmen Hernández:
Cualquier posibilidad de redimensionar el modelo museológico asociado al campo del arte, debe pasar por una reconceptualización del sistema del arte como un segmento privilegiado del amplio campo de lo simbólico cultural, estimulando justamente la producción y difusión de aquellos planteamientos que cuestionan el interior del sistema como lugar de privilegio. (12)
En este sentido, no estoy muy seguro finalmente, de que la idea de museo se avenga con el poder popular ni que exista un lugar muy distinto para Rivas o Sánchez, que no sean su casa, sus espacios vitales, las comunidades que saludaron su presencia, su cotidianidad. Creo que de lo que se trata es de replantearnos en serio, no ya como pueblo sino como civilización, el concepto de arte, considerando que la acepción con la que conocemos esa experiencia es relativamente reciente. Creo incluso, que el Mercado ha intervenido demasiado en lo que creemos y consideramos arte, y que ello no ha levantado y promovido una ruidosa suspicacia. Aunque falte mucho por discutir, creo que debemos pensar menos en la experiencia artística (concepto modulado básicamente desde el Renacimiento y que ha navegado a la par del de individuo y por ende del de autor) y más en la estética, una dimensión que supera a todas luces la artística y supone, desde ya, un claro y decisivo planteamiento ético.
Notas
1) Roger Silverstone, citado por Fernando Almarza Rísquez. En: El museo como propuesta de significaciones: una estructura sistémica no impositiva, abierta y caótica. Revista Digital Nueva Museología.
2) Fernando Báez. Guerra cultural en Irak. Encontrarte. Año 3 - No 37.http://encontrarte.aporrea.org/teoria/sociedad/37/a9938.html
3) Roger Silverstone. Ensayo citado.
4) Donna Harraway, citada por Fernando Almarza Rísquez, en el ensayo citado.
5) Roger Silvertone, en el ensayo citado.
6) Jhon Tagg. El peso de la representación. FotoGGrafía. Edciones Gustavo Gili. Barcelona, 2005
7) Jesús Martín-Barbero. Dislocaciones del tiempo y nuevas topografías de la memoria. La iniciativa de comunicación. http://acd.ufrj.br/pacc/artelatina/berbero.html
8) Jesús Martín Barbero. http://acd.ufrj.br/pacc/artelatina/berbero.html
9) Gilles Lipovetsky. El imperio de lo efímero. Anagrama. Barcelona, 2000
10) Carmen Hernández. Sobre museos y exposiciones. Publicado en Question, Caracas, Año 3, N° 36, junio de 2005, pp. 36-37.
11) Jesús Martín Barbero. Pensar la globalización desde la cultura. Bogotá, julio 2004
12) Carmen Hernández. Las políticas culturales, los museos de arte y el “pueblo”. Publicado en Question, Caracas, Año 2, N° 21, marzo de 2004, p. 37












