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Archivos de: Noviembre 2006

Si de enfermedades se trata o los presos políticos de la oposición

por joseleon71 @ Miércoles, 29. Nov, 2006 - 07:53:29 am

Artículo de José Javier Franco, publicado el 18 de noviembre de 2006, en Aporrea. org. http://www.aporrea.org/medios/a27332.htm

Nadie me ha preguntado nunca cuál fue la causa de la muerte de mi abuela. Jamás se me ha acercado un periodista, blandiendo en mi contra su micrófono, a preguntarme por la salud de mi padre. Jamás he salido en televisión hablando de la salud de mi madre. Ni siquiera cuando he atravesado por una crisis asmática se ha dignado ningún medio de comunicación a ir hasta la sala de terapia respiratoria a reseñar mi enfermedad, mi recuperación, mi alta médica. Mi hija, por ejemplo, pasó las navidades pasadas mirando jugar a los otros niños desde una silla de la que no podía levantarse porque un amiguito de la escuela le había fracturado la pierna derecha. Ni una foto para la primera plana de ningún periódico. Es obvio, dirá el avezado lector, son hechos que pertenecen a la esfera de lo privado y de la que no tienen porqué ocuparse los medios de información y opinión del país, que para cosas más serias están y estoy de acuerdo; pero nada más alejado de la verdad.

Una de las premisas de la contemporaneidad es la de que quien no aparezca en los medios de comunicación no existe. Al menos por un instante, segundo de gloria, todos aspiramos a salir alguna vez en esa especie de mundo a través del espejo que es el de la televisión. Acaso antes de que se prendiera el ojo de nuestro moderno Polifemo, nos hubiéramos conformado, como en verdad nos vimos obligados a hacerlo, con una reseña en el periódico; hoy eso es de segunda categoría, la posmodernidad ha devaluado el papel, soporte supremo de la modernidad. Claro que la mayoría de las personas no tiene acceso a los medios de difusión masiva. Lo que pasa, creo, como bien dice un amigo en una canción anónima que sólo algunos pocos de sus allegados hemos escuchado, es que la pantalla es grande y la luz es muy pequeña. Ese mismo amigo podría servirme de testigo ahora de la poca importancia que tenemos los seres ordinarios que no hemos sido apuntados por el reflector que nos hace, en términos mediáticos, venir a la vida. Si quisiera ponerme un poco filosófico, diría, siguiendo el pensamiento de Deleuze, que se nace ser humano, se deviene hombre o mujer y luego, sí y solo sí el gran dios mediático nos señala con su dedo, se adviene sujeto, es decir, se eleva uno a la categoría de la existencia; pero no se trata aquí de filosofar demasiado, sino de señalar que los más, los de abajo, los ninguneados, los nadie, los pequeños seres, si acaso cobramos existencia el día de nuestra muerte gracias al obituario, una existencia rápida, fugaz, apenas percibida por familiares y amigos para convencerse de que en verdad un día estuvimos aquí, de paso como todos, y que es verdad que hemos muerto porque así lo dice la prensa.

En un ensayo del libro Escenas de la vida posmoderna, Beatriz Sarlo apunta que los medios de comunicación (no comparto el término y procuro no usarlo pero como estoy parafraseando a Sarlo y creo que es necesario en este caso; siempre uso el término 'medios de difusión', que no de otra cosa se trata), apunta Sarlo, decía, que los medios de comunicación tiene el poder de elevar a acontecimiento de importancia nacional cualquier tema que traten, desde la sexualidad hasta la economía, pero que, igualmente, tienen el poder de hacer polvo cósmico cualquier tema que no traten, desde la impotencia sexual hasta las políticas macroeconómicas. No uso exactamente las palabras de Sarlo pero por ahí va la cosa. El párrafo anterior y éste, compartirá el lector conmigo, son extremos de una misma estrategia discursiva y comunicacional. Los operadores mediáticos 'enuncian' una versión de lo real desde un determinado lugar, cuyos referentes son fijados por muy precisos intereses; así todo discurso, político, social, cultural, literario, histórico, filosófico. En el caso de la media, la contradicción salta a la vista. Los medios pasan de bien común a empresa privada y, con ellos, los "comunicadores" (¿cómo se nos denominará al resto de los seres parlantes?) pasan de ser servidores públicos o voceros de una ideología (política, cultural, etc.).

En concreto. Desde que se iniciara el proceso de transformación político venezolano, los medios de difusión masiva privados viene configurándose como participantes activos en el debate público nacional. Los medios no son ya la plataforma a través de la cual se expresa ese debate, sino que son actores políticos partícipes, cuya posición ha sido fijada. Cualquier hecho, sin importar si pertenece a la esfera de lo público o lo privado, es elevado no sólo a tema noticioso, sino a problema de interés nacional. Así, la úlcera gástrica de Eduardo Lapi, el dolor de cabeza del general Francisco Usón, la curita en la frente del ex gobernador Enrique Mendoza pasan a ocupar espacios estelares en los noticieros, a ser tema de debate entre expertos, analistas políticos y especialistas en los programas de opinión y hasta se le otorgan primeras planas en la prensa nacional. Por supuesto, los medios de comunicación se han encargado previamente de construir una subjetividad muy particular sobre estos individuos, que entran así en la categoría de personajes. No nos sorprende que los medios reseñen el nacimiento de la hija de actor de moda con la súper top model del momento, tampoco que ocupen el espacio público de la televisión con notas sobre la sexualidad de algún famoso cantante o con un problema de drogas de la hija menor del primo segundo de un sobrino de Maddona. Tales noticias son o nos parecen o nos hacen pensar que nos parecen válidas porque se trata de los sujetos por excelencia de la cultura de masas, a cuya identificación nos obligan con tan diferentes como reiteradas estrategias de comunicación y propaganda.

Es lo que ha ocurrido con la tele-política (el término es de Sarlo). Ante la ausencia, desaparición o debilitamiento de líderes políticos "reales", frente la pérdida de poder de convocatoria de las organizaciones políticas tradicionales, pero sobre todo como respuesta a la amenaza que se cierne sobre sus intereses, los medios de difusión privados funcionan como una máquina de guerra en contra de cualquier poder que no le sea afín. Sin embargo, para justificar su discurso, para argumentar sus tesis, para darle cierto 'autoridad' a sus afirmaciones, para pluralizar un sujeto enunciativo que es en realidad siempre el mismo, necesita construir y hacer uso de dispositivos de enunciación, rostros parlantes cuyo currículum virtual es elaborado casi exclusivamente por los mismo medios o se basa en un sospechoso prontuario vinculado a las viejas políticas. Más allá del operador mediático, que funciona en Venezuela abiertamente como un operador político, el discurso mediático, basado en un diálogo de sordos, necesita de la voz de 'otro', aunque el otro sea el mismo. Es decir, el medio dice, pero le es absolutamente indispensable que lo que dice sea corroborado. De ahí el rol de "asentidores" que cumplen especialistas, expertos, analistas de todo tipo y en todas las materias. Estas figuras, por supuestos, están revestidas de un aura de objetividad y profesionalismo que se acopla a determinados temas o situaciones. Por otro lado está la palabra (también mediática, igualmente mediatizada), del "testigo" o del vocero político. Ambos, cumplen una función mucho más elemental, pero también mucho más "creíble", a la vez que logran la afinidad con un público que se siente ajeno al discurso especializado de los expertos.

Los Francisco Usón, los Eduardo Lapi, como en general todos los "presos políticos", forman parte del arsenal de sujetos y subjetividades que los medios necesitan como soporte de un discurso que poco varía en repertorio y argumentos, pero que, como en un juego de mesa, necesita barajar sus naipes para reiniciar o para crear la ilusión de que se ha reiniciado el juego. La construcción de video-políticos responde a una estrategia mediática y convierte a estos en parte del mobiliario escenográfico del estudio de televisión, tal como los "artistas" son casi propiedad de la planta televisiva que los contrata para que representen un papel. Si en un momento dado los periodistas perdieron su independencia ante la empresa de telecomunicaciones para las cuales trabajan y pasaron a ser o a desempeñar el mismo burdo oficio de un actor de reparto; hoy los video-políticos tiene la misma utilidad que los primeros, cumplen un rol impuesto por la dinámica mediática, responden a los temas, argumentos y referentes construidos por un discurso mediático cada vez más autoreferencial en la medida en la que ve mejores resultados en la sustentación de su propia versión de los hechos que en el esfuerzo por acercarse a la realidad. El mismo discurso mediático y la dinámica de producción de su discurso, justifica que la pancreatitis de uno de sus personajes (políticos o actorales) se convierta en hecho noticioso. Ese hecho en apariencia insignificante desde el punto de vista de la escena pública nacional, cobra trascendencia en la medida en que la mediática ha hecho del personaje en cuestión un sujeto político, aun cuando su incidencia sobre la realidad sea mínima e inclusive nula. Como señala Sarlo respecto de los diferentes temas que la televisión puede o no dar relevancia, podemos señalar que una estrategia similar funciona respecto de las personas.

Durante un largo rato, los medios de comunicación han ninguneado a quienes respaldan el proceso político venezolano. Los chavistas han sido, en el discurso mediático, círculos del terror, hordas, descamisados, borrachos con un pedazo de pan debajo del brazo, violentos, peligrosos. Esa mounstrificación del otro-enemigo (vieja técnica discursiva y refugio del poder) pasó a una estrategia de minimización del contrario hasta llegar a la casi anulación de ese otro nuestro en el discurso mediático. Hoy, los nadie, que son los más, no existen, no existimos, cada vez, los más somos menos, las mayorías somos invisible al ojo tecnológico de este Polifemo enceguecido. Esa desaparición da coherencia a su discurso. Sin ella, es decir, sin nuestra ausencia, les sería imposible asegurar lo improbable, que su candidato va a ganar las elecciones presidenciales del 3 de diciembre.


 
 

PEQUEÑA BIOGRAFÍA DE MI MUJER

por joseleon71 @ Lunes, 20. Nov, 2006 - 06:58:22 pm

Poema de
José Coronel Urtecho (Nicaragua, 1906-1994)

Mi mujer era roja como una leona
era campeona de basket—ball y vivía en el río
en una hacienda de ganado que ella personalmente manejaba
porque hacía las veces del padre en su familia de cinco mujeres

Y también manejaba una lancha motora
Porque también era mecánica y marinera
Como lo es todavía
Maestra en toda clase de artes y oficios
Más que cualquier obrero o cualquier artesano
Mucho mejor trabajadora que las señoras y mujer que las criadas
Pues no sólo maneja una casa sino que la hace con sus propias
manos y la llena de cosas que ella misma fabrica, desde las sillas y las mesas
hasta las camas y la ropa
Y la llena de vida
Ella prepara toda la madera
Es carpintera de artesón, carpintera de banco y carpintera de rivera
Desde muchacha fue maderera y tuvo cortes de madera
En las selvas de La Azucena, como también en la margen
izquierda del río, en la propia frontera, no sólo en
territorio de Nicaragua sino también de Costa Rica
Lo que le dio dolores de cabeza con los ladrones y hasta
dificultades con las autoridades
Era cuando tenía su tractos Cartepillar D4
Con ele que trabajaba en El Almendro y en las márgenes
del Oyate y el Tepenaguasape
Y también el Tule —que ella no quiere que deje fuera
Acaba de llegar, en el avión, de San José de Costa Rica
—me sorprende escribiendo— y vino de Los Chiles
a caballo
«No te olvidés del Tule»— me dice al leerle lo que llevo escrito
Pasa directamente a la cocina, pues aunque no le gusta cocinar, es una insigne
cocinera
Hay que ver una mesa puesta por ella
En su finca Las Brisas
Con la misma maestría que una cuchara de albañilería o el
motor de la luz y su máquina de coser maneja la cuchara
Trabaja también con su D4 en la Costa del Sur, sacando trozas
de Las Salinas a la carretera
Nivelando terrenos en Casa Colorada
Haciendo calles en San Carlos y hasta un camino en San
Miguelito, cuando no remolcando las grandes balsas de
caoba en el lago y el río —un largo cable tiraba de ellas
desde un potente remolcador, llamado Falcon, que
cabeceaba con lentitud sobre las crespas olas o
transportando bajo el sol y la lluvia un cargamento de
vaquillas en una motovela
Al puerto de San Carlos llevaba en su gasolina, todo los
miércoles —que eran los días de vapor— no sé cuántos
quintales de queso y varias latas de mantequilla, y vendía
a las pulperías uno o dos paniquines de huevos, y
cerdos gordos a las chancheras o vacas viejas a los
destazadores, y con eso compraba las provisiones
Y lo mismo en Granada, donde pasaba algunas temporadas
—y donde años después, ya casada conmigo, manejaría
una venta de azúcar al por mayor y al menudeo que
tenía mi madre— daba, cada semana, todas las vueltas
necesarias para la venta de los quesos y la mantequilla
a los revendedores y propietarios de tiendas de abarrotes
o los negocios de víveres
Porque, ya desde entonces, nadie como ella —una muchacha
de pantalones —para entenderse y darse a respetar,
negociar y tratar con los contadores y capitanes de las
embarcaciones y los carretoneros y camaroneros o
cargadores y con los negociantes y mercaderes de las
tienduchas del mercado y aun con los mismos usureros
Y era ya, sin embargo, una alemana pelirroja con un soberbio
cuerpo de colegiala atleta, ganadora del premio de
natación o de carrera
Parecida a la estatua de la muchacha griega que lanza el disco
o la jabalina
Con su cara pecosa de leona o gata
Y una mirada verde de reflejos dorados
Cuyo mensaje no descifraron los barbilindos extasiados
ante los cromos de las barberías
Más de una vez, algunos deslumbrados por ella en la noche de
un baile o la fiesta de un club, en Granada o Managua,
difícilmente la reconocían, vestida de over oll, en día de
trabajo, reparando un motor en el taller de Pipio o
dirigiendo la construcción del Vagamundo en la playa del
lago
Sólo yo la miraba exactamente como era
No todo el mundo puede, en el momento dado, reconocer
a su mujer y casarse con ella
Pero nosotros nos casamos —aquel día— aquél miércoles
en la pequeña iglesia de San Carlos, cuando el vapor ya
daba el segundo pitazo, y el cura daba señales de prisa,
porque se regresaba en el vapor en que había llegado,
yo en pantalones kaki, ella lo mismo, la cabeza cubierta
con un pañuelo, un nudo en cada punta
Fue un casamiento rápido y para siempre
Una luna de miel en el río Melchora
En el pequeño campamento maderero que mi mujer tenía por
el Cerro del Mono
Y yo compuse entonces una canción de amor que se titula
Luna de Palo
Y cada día componía una canción de amor pero no la escribía
Porque amor es entonces amor y nada más que amor
Amor es sólo amor y diariamente amor
Amor es diariamente una canción amor que siempre
engendra otra canción de amor
Amor es otra vez la primera pareja y el nuevo Paraíso del
primer hombre y la primera mujer
Amor es la pareja que se baña desnuda en algún crique de la
selva y ve temblar el reflejo de sus cuerpos en el agua
Amor, en ese tiempo, son las noches sin luna en el rancho de
Calvo, el hulero, y los días de sol esperando la lluvia, y
los días de lluvia riyando la madera a la cabeza de los
riyeros
Mi mujer trabajaba dondequiera que estaba
Hasta en Managua tuvo a su cargo una fábrica de cigarrillos
Pero Managua no le gustaba
Porque allí se trabaja únicamente por dinero
Y el trabajo es febril como una tifoidea
Descontrolado y convulsivo como el baile de San Vito
Cuando no es automático y rutinario, más que el trabajo de las hormigas
No se trabaja allí por amor al trabajo
Nadie trabaja por amor
Ella trabaja siempre con amor porque trabaja sólo por amor
Es decir, su trabajo es un acto de amor
Y por eso en Managua no podía vivir, porque allí casi nadie
trabaja con amor, nadie trabaja por amor, es decir, no se
puede vivir
Mi mujer en Managua no podía vivir
Trabajar es para ella vivir, trabajar, mejor dicho es para ella
existir, y por lo mismo trabaja dondequiera que
estaba
Trabajaba y trabaja
Tanto en su casa de la ciudad como en la casa de su hacienda
Criando seis hijos
Cinco varones —seis, para ser exactos, porque el quinto,
Christián, que era una maravilla, se murió de cuatro
años— los mayores un par de gemelos y sólo una niña
(Cuando les daba de mamar a sus gemelos parecía la loba de
Rómulo y Remo)
Cinco criaturas superactivas, en incesante movimiento como
un cardumen de pepescas
Pecosos pelirrojos, a excepción del cumiche, casi todos el vivo
retrato de su madre
Todo el día escapando a bañarse en el río, dándose rápidas
zambullidas, uno tras otro, haciendo bulla y metiendo
ruido, con palos y latas, todos gritando al mismo
tiempo, por el peligro de los tiburones, que allí pululan
Ella siempre sobre ellos, criándolos y educándolos
Haciéndoles hacer todo lo que ella hacía
Enseñándoles a ordeñar y a montar, ordeñando las vacas a la
par de ellos y montando a caballo con ellos, cada cual es
su propio caballo
Formando así tropillas de montados para arrear el ganado
vacuno y recogerlo en los corrales
Otras veces tirando con ellos o refiriéndoles sus cacerías
En las llanuras del San Juan y en las montañas de La Azucena
tuvo en un tiempo fama de cazadora
Porque ella, en realidad, ha perseguido al tigre y tirado venados
Y hay un soneto mío sobre una de sus más bellas hazañas de caza
Todos sus hijos la admiraban por esto y todos aspiraban a ser como ella
Desde pequeños aprendían con ella a manejar el 22 para matar
en los tocotales y en los pantanos próximos a la casa,
palomas pataconas, piches, zarcetas y patos reales
Como también pescaban a la par de ella los peces de agua dulce
que abundaban en el río y sobre todo sábalos y tiburones,
que aunque inservibles para la mesa, son una pesca
más deportiva
Y sacaban almejas —¡todas las que querían!— en los bancos de
arena donde frecuentemente se bañaban
Y también, enseñados por ella, se iban en bote, junto a la vega
a coger chacalines, desenredándolos de las raíces de
los camalotes donde se encuentran enredados
Ella enseguida les daba un banquete con formidables sopas
de pescado o de almejas, ricas como emulsiones y
deliciosas ensaladas de chacalines con mayonesa
Así les enseñaba mi mujer a mis hijos a amar el campo,
la naturaleza, que con tal abundancia de donde, paga,
gracias a Dios, el trabajo del hombre en algunos
lugares de América
Les enseñaba a amar la tierra, y a trabajarla, como ella
A ser como ella y a vivir como ella
Cuando era una chavala como cualquiera de sus cinco chavalos
—menuda y mercurial como sus dos gemelos,
pecosa y pelirroja como el que vive ahora en Alemania,
sabe Dios dónde
Cuando empezaba a llamarse Maruca
Cuando también su gasolina se llamaba Maruca
Cuando toda la gente del río, hasta los pasajeros de los botes
y los canaleteros, la llamaban Maruca
Cuando decir Maruca o la Maruca era decir cómo era
La pequeña alemana que trepaba a los árboles con la facilidad
de las ardillas
La que también escalaba las torres de los molinos aeromotores
para ajustar las bombas que sacaban el agua de los
pozos y llenaban las pilas donde aguaba el ganado
La que montaba el pelo y parejeaba con sus hermanos en los
gramales de las plazuelas
La que primero se metía en los suampos, con el agua hasta el
cuello, a la cabeza de las otras Kautz, tratando de
agarrar las crías de los piches, que no se sabe cuándo
se zambullen ni dónde salen
La que así mismo encabezaba las incursiones de la pandilla por
la vega del río en busca de tortugas o huevos de tortuga
y por el borde de la montaña buscando huevos de
gongolona o gonfolonas
La que lo más del tiempo traveseaba, es decir, trabajaba, ella
sola, entre las herramientas y los fierros —llevas
universales, alicates, tenazas, destornilladores—
atornillando y destornillando, armando y desarmando,
quitando piezas y poniéndolas, en el taller de mecánica
de Mr. Gross, el abuelo alemán, que era ingeniero
El que formó la hacienda San Francisco del Río
Donde, ahora en el tiempo que digo
1938-1949
Mi mujer enseñaba a sus hijos
A hacer con ella todo lo que ella hacía
Los diversos trabajos de que ella se encargaba
La derriba y socola de la montaña y la chapoda de los charrales
El destronque y la limpia de los potreros y las rondas
La quema de los mismos y de los llanos
El pastoreo de los ganados
La siembra de los granos y la recolección de las cosechas
La construcción de graneros y casas y habitaciones para los peones
La excavación de pozos
La apertura de zanjas para desecación de los pantanos
La instalación y reparación de los motores
La construcción de botes y canoas
La cortada de postes y la tendida del alambre de púa para la
hechura de los cercos
La dirección de las tareas de los trabajos de los ajusteros
El manejo de los negocios con los tratantes en ganado y con
los tenderos de los pueblos cercanos y de las relaciones
con los vecinos
En fin, los mil asuntos de la vida en el campo y de la agricultura
y la ganadería
Aparte de las tardes y las noches de lectura en mi biblioteca
bajo el silencio campesino
La lectura de Shakespeare y del Quijote o Dostoievski y de
novelas policíacas que son el pasatiempo de mi señora
Y nada más es necesario para explicarse que no pueda vivir en Managua
Y trabajó en las fábricas de ropa de la 8ª. Avenida
Donde un viejo judío
Él era, al parecer, buena persona, y la apreciaba mucho por su
pericia con la máquina o tal vez sospechaba que en ella
había otra cosa distintas, un mundo diferente para él
desconocido
Pero el viejo judío no era más que un esclavo de su trabajo, un
hombre esclavizado por la locura de ganar dinero
Y según mi mujer, se mató trabajando
Aunque le gusta manejarlas, desarmarlas y armarlas,
mi mujer no concibe que nadie quiera ser esclavo
de las máquinas
Mucho menos ser ella una máquina
En Europa se siente, por eso mismo, como en su casa
Sobre todo en España, donde ella tiene sus mejores amigos
Principalmente Luis Rosales, el gran poeta, y su esposa Maruja
Es en España, por supuesto, donde más ha vivido
Y no sólo en Madrid, sino también en Santander y en Salamanca
Ha vivido en Sevilla
Si ella fuera propensa a la nostalgia la sentiría por los pueblos de España
Santillana del Mar
Alcalá de Guadalajara
Coria del Río
El Alcalde de Coria del Río y su familia eran amigos suyos y
la hospedaban en su casa
Viendo el Guadalquivir desde el parque de Coria, mi mujer
recordaba al San Juan y la hacienda San Francisco
del Río
Cuando vive en España la siente como suya
Experimenta la sensación de estar entre su gente
Pero igualmente en Alemania donde tiene familia
En Saarbrücken estuvo con su tía Johanna, ya octogenaria,
hermana de su padre
Pasó unos días en la Selva Negra con su prima Hildegar
Maerker, hija de aquella, y con su prima Leonie Guillaín
y su marido Rudi, los cuales viven en Luxemburgo
En Nuremberg fue huésped del juez Rodolfo Hable y su
esposa Thérèse, padres de Helga, la gran muchacha,
amiga nuestra desde Madrid y compañera de mi mujer
en su viaje a Alemania
Hizo con ella todo su recorrido desde Colonia ¬—en la que
visitaron, naturalmente, la Catedral¬— hasta Munich,
donde estudiaba nuestro hijo; o con más precisión,
desde La Haya a Nuremberg, ciudad de Helga,
deteniéndose em Heidelberg, Badenweiler, etc., etc.,
además de Saarbrücken, y vuelta a Holanda
Desde Holanda también hizo el viaje de Italia, por la ruta del
Rhin y de Francia y de Suiza, entrando por Lugano, y vio
Venecie, Florencia y Roma y las otras ciudades y
pequeños lugares con sus inagotables maravillas
—Asís y los recuerdos y monumentos de San Francisco
y los frescos del Giotto, y el hotel con el nombre del
pintor franciscano, con un balcón florido desde el que
se domina el Valle de Spoleto— y vuelta a Holanda
Mi mujer se fijaba, además, en detalles de otro significado
El paisaje del Golfo de Nápoles, por la tarde, visto desde el
balcón de nuestro cuarto del Hotel Tramontano, en
Sorrento —un antiguo palacio donde nació Torcuato
Tasso y que ha tenido huéspedes inmortales, como
Goethe, Lord Byron e Ibsen le recordaba que Squier lo
compara con las puestas de sol en el Gran Lago, vistas
desde la vieja Comandancia de San Carlos
En las Marcas Pontinas, desecadas por Mussolini, encontraba
el modelo para la desecación de los pantanos en las
riberas del San Juan
Y lo mismo en Holanda donde se interesaba en el sistema de
hacer canales y zanjones para el drenaje de las bajuras
y la navegación de botes y gasolinas
Hasta en la propia Francia, más que París, le atrae la campiña francesa
Su mejor día en Francia fue el que pasó en la Beauce,
merendando bajo los árboles y contemplando los
trigales, a un cuarto de hora apenas de Notre-Dame
de Chartres
Y todo eso entre gentes amigas, hospedadas en sus casas,
siempre rodeada de amistades
Si tomara el avió mañana, probablemente la recibirían, al
bajar en Lisboa nuestro amigo el poeta, Don Cristovam
Pavía
Maravillosa Europa llena de amigos
Mi mujer en Europa nunca ha sido extranjera
Ella hubiera nacido en Saint Johan de no haber nacido en
Chichigalpa, Chinandega
Donde nació en la fecha febrero 18-1908
Precisamente la misma noche del día en que su madre volvió
de un viaje a Europa
Por poco mace, pues, en Alemania, pero por suerte vino justo
a nacer a Nicaragua
Por suerte, digo, para mis hijos y sus nietos y para sus amigos y trabajadores
Como también para la zona del antiguo Bolsón de Guatusos
En la faja de altura situada entre los llanos de Río Frío y de Medio Queso
Donde hoy está empeñada, a la par de sus hijos —dos de los
cuales son ingenieros agronómos— en el desarrollo de
la finca Las Brisas
Y en el desenvolvimiento agropecuario de toda la zona
Una región, por cierto abandonada
Una región desconocida, terra incognita
Donde se vive en forma casi primitiva
Casi al mismo nivel de los indios guatusos
En el umbral de la miseria
Pero en un territorio de incalculables posibilidades
Una tierra de sueños y mirajes
Donde los pobres que huyen de Nicaragua a Costa Rica y
cruzan la frontera, se han engañado desde hace un siglo
creyéndose tal vez en una Tierra Prometida
Como tal vez lo sea
Aunque hasta ahora sólo ha servido para especulaciones
de financieros y filibusteros
Para ligeras fluctuaciones en el precio de los pupitres
escolares de Baton Rouge, Luisiana, y de la
consecuente disminución del dulce de raspadura en la
vega de Sábalos
Para la aparición y desaparición de ciertos sueros en
hospitales de Belice acompañada de nuevos daños
causados por el tigre en la pequeña piara de cerdos
de Sombrero de Cuero
Para la muerte del pequeño Balbino Murillo, picado de tocoba
en el río Isla Chica, en coincidencia con un LUNCH en
Delmónico, obsequiado por la Secretaría de Mr. Henry
Bendel, Presidente de la Belgian Shoes, Inc., al sobrino
del propietario del Lagarto Store, Managua, y la
apertura en Broadway 97-85 de una venta de valijas de
cuero de lagarto y de pequeños cuajipales ornamentales
Pero la quiebra del séptimo aserradero de la bocana del Santa
Cruz, la tercera visita de los socios capitalistas de
Mr. Kinloch —excelente escultor— a la gran plantación
de raicilla que éste tiene frente al Castillo, la cuarta y
última suspensión de la compra de bananos en los
bananales del Delta, la décima avería sufrida por
El Patito de Ben Gross, primo de mi mujer, en los
raudales del Sarapiquí, cerca de Puerto Viejo, y sobre
todo
Para la misteriosa inserción de un item en el Wall Street Journal
Mi mujer, sin embargo, tiene fe en esta tierra
La tiene desde niña en estas selvas y bajuras donde corre el
San Juan conectando al Gran Lago de Nicaragua y al de
Managua y casi casi al Golfo de Fonseca con el Atlántico
Es aquí donde tiene su casa, hecha por ella —sólo aquí tiene
casa— y las raíces de su existencia
Aquí en la orilla de la selva virgen y en las vegas del río, en la
frontera, se cuenta ya la quinta generación de su familia de pioneros
El padre de su madre, su madre y ella, su hijo Manuel y la
primera niña de éste, María José
Mi mujer no comprende su vida si no es para esta tierra
Es como si pensara que ella misma es la tierra en que ella y yo vivimos
No es que no haya tratado de vivir en Managua
Es que sencillamente no le gustaba
Aunque las máquinas de la fábrica no tenían secretos para ella
y el personal le obedecía con espontánea disciplina
Los maquinistas y operarios y las muchachas empacadoras de
cigarrillos no solamente le obedecían al pensamiento
sino que al mismo tiempo la querían
Como la quieren todos los que la han conocido
Gonzalo, el tractorista, y su familia, la seguirían dondequiera que fuera
Lo mismo Chale, criado por ella —que actualmente maneja
un tractor en no sé cuál de las dependencias
del Ministerio de Agricultura— y su padre, Musuga
Porque ella es todo para ellos, como lo han sido para mí sus hijos
Porque ella, por ejemplo, es médica natural y los curaba y cura
en sus enfermedades
Y en el campo les presta los primeros auxilios y aun les
practica a veces pequeñas operaciones de cirugía
externa cuando han sufrido un accidente, y en no
pocas ocasiones ha asistido en el parto a sus mujeres
Y es por lo consiguiente, madrina de sus niños y le llaman
comadre con gran respeto y no pequeño orgullo
Cuantos han trabajado con ella, cuantos la han visto en su
trabajo, nunca la han olvidado
Cuentan de ella y no acaban
Dicen que no hay otra mujer como ella
Una mujer extraordinaria
Una mujer como inventada por un poeta
Una mujer casada con un poeta
Una mujer por eso mismo verdadera
Una mujer verdadera mujer
Una mujer sencillamente
Una mujer

Hugo Chávez: Orgullo de mestizajes

por joseleon71 @ Sábado, 11. Nov, 2006 - 01:00:14 pm

Por la Poeta venezolana
Ana Enriqueta Terán

En mi casa materna no se moría nadie. Las anécdotas se contaban con frases hechas, siempre igual. Mucho giro español en el idioma cotidiano. Tal vez mi madre se apoyaba en un pasado rico en historia, para serle contrapeso a una familia venida a menos económicamente por avatares políticos.
En mi casa se hablaba de los generales: Terán Labastida, Gabaldón, González Pacheco, Doctor y General. Pero también del General Rafael Montilla Petaquero, el Tigre de Guaitó. Mi tío Miguel Antonio Madrid Carrasquero era lugarteniente del indio Montilla. Miguel Antonio Madrid, murió en las montañas de Córdoba enfrentándose a una tropa. Mario Briceño Iragorry me dijo en una ocasión que si en vez de la revolución del año 28 hubiera sido en una batalla de la independencia, hubiera pasado a la historia como héroe.
Pero también se habla de un Teniente Poblador Felipe Fernández de Carrasquero (todavía no sé qué es un Teniente Poblador) y de un Francisco de Labastida hermano del Obispo Rodrigo de Labastida en Santo Domingo. Mi padre Terán Labastida, mi madre Madrid Carrasquero.
Un día le pregunté a mi madre (tendría yo como 10 años): ¿Cómo se llamaban las esposas de don Felipe y de don Francisco?
Por sola respuesta:
-¡Esta niña me va a sacar por el Techo! Todavía sigue siendo un misterio el nombre de esas mujeres que indudablemente existieron porque los españoles venían solos.
Veo a mi abuela con los ojos de Isak Dinesen, veo a mi abuela india como un boceto de lejanía y belleza. Me veo yo cuando le contesté a la señora argentina: -yo soy una mestiza venezolana. Me costó decirlo pero desde ese instante se me acuñó una frase que he repetido en diferentes oportunidades: Mientras Venezuela no reconozca y acepte su mestizaje, no podrá seguir adelante. Agregaría: glorifique su mestizaje.
Y Chávez lo ha hecho.
Chávez es una mezcla perfecta de nuestras tres razas: tanto de negro, tanto de blanco, tanto de indio, y lo hace valer. Se presenta en el extranjero con dignidad de venezolano y de Presidente de una nación en crisis.
Chávez es la consecuencia culta de una serie de venezolanos a quien la Patria les negó todo ¿Cómo serían los méritos de un Rafael Montilla, el Tigre de Guaitó, para enfrentarse a caudillos que nacían terratenientes, alguno que otro doctor y casi todos generales? ¿Quién era Matías Salazar? ¿Quiénes eran los Palomares Mendoza Fría? ¿Por qué esos hombres hombrones que en sus comienzos luchaban por su clase derivaron a la violencia de que se les acusa?
Andrés Eloy Blanco, el poeta venezolano más venezolano de todos los poetas canta en un corrido magistral a Maisanta. Bisabuelo de Hugo Chávez Frías.
Hugo Chávez nombra a su gente. Nombra a Rosa Inés su abuela. Desde el primer momento ese nombre de abuela venezolana quedó inscrito en mis afectos. Yo también nombro a mi gente, cosa que por ley no escrita, se nos tenía prohibido a los venezolanos.
Era más conveniente hablar de una familia pobre e inculta, que de una mestiza y culta. Padre y madre de Chávez son maestros. Chávez posee un idioma claro, directo, no rebuscado pero sí interesante y que nos atrapa y conduce a lo que realmente quiere decir. En esos incisos donde pide un cafecito o pregunta un dato económico, es como si del discurso común hiciera una escultura verbal con espacios de aire, para señalar momentos, instantes precisos. Respira hondo el discurso de Chávez. Su dialéctica es inmediata y valiente. No le teme a las palabras gastadas, casi en desuso. Dios, Patria, Bolívar, honor… Cita los Evangelios con inocencia y encanto de primera mano. Toma de ellos su designio de la no-violencia.
Chávez no quiere destruir. Chávez quiere enderezar por las buenas. La actitud de Chávez ante la tragedia ocasionada por las lluvias en el Litoral y otras partes de Venezuela, lo ha dibujado como el hombre de las circunstancias.
Escribe Ana Enriqueta Terán. Mejor: habla Ana Enriqueta Terán.
Habla para pedirle a sus amigos y amigas de siempre. Muchos de ellos de infancia. La mayoría de ellos pertenecientes a los partidos nacionales. Algunos como mi hermano Luis Daniel Terán, en quien Venezuela hubiera tenido un adalid. Él, que nunca tuvo oportunidad de hacer valer sus conocimientos, (jamás, como yo, perteneció a ningún partido), desde este instante y, sin ambiciones políticas (cuestión de familia, lo podría aseverar cualquier valerano), a esos amigos y amigas que todos ellos y ellas salieron limpios, que algunos ocuparon cargos de responsabilidad, pero no pudieron hacer nada, por la insensibilidad moral que aquejaba al país. A esos amigos y amigas, les pido apoyar la situación de hoy en Venezuela. Apoyar a Chávez, quien tiene valentía cívica y poder de mando, ayudar a esta República Bolivariana de Venezuela, que tendrá su espacio en la gran realidad suramericana que se perfila en el futuro. Mi hija Rosa Francisca firma conmigo estos deseos definitivos por el bien de la patria.

Nashville, (USA), Enero de 2000
El Nacional, 22-2-2000
Revista Nacional de Cultura, Abril-Mayo-Junio de 2002, Nº 322

Homenaje a Nicaragua desde Guatemala y desde el tiempo

por joseleon71 @ Miércoles, 08. Nov, 2006 - 04:57:25 pm

"Llegué a comprender que, según ciertas normas internacionales, no escritas pero actuantes, los países pequeños no tienen derecho a la soberanía." Juan José Arévalo

En momentos cuando en Centroamérica comienzan a sonar los cantos de esperanza, cuando retornan las lluvias de la revolución sandinista, valga recordar un discurso de Juan José Arévalo, presidente de Guatemala, cuando entrega el poder democráticamente, pese a las presiones del Imperio, a Jacobo Arbenz, luego, como sabemos, derrocado. Porque el perro norteamericano no afloja ni suelta su presa. Pongo aquí para ustedes este discurso, en homenaje a Nicaragua, discurso que parece pronunciado por el presidente de mi país -hoy-, y que revela cómo el pueblo latinoamericano ha tenido históricamente proyectos comunes, democráticos, justos, alternativos, humanos y dignos, opuestos a la voracidad y a la muerte practicadas por el Capitalismo, pero que revela, también, cómo el Imperialismo no descansa en su afán de destruir la belleza.
Vaya este texto, entonces, como alegría, esperanza y alerta.

DISCURSO AL DEJAR EL PODER

Por Juan José Arévalo

Tengo a mucho honor resignar en manos del Pueblo y de sus Representantes legales, como lo manda la Constitución de la República, el cargo para que fuera electo en diciembre de 1944 y que asumí el 15 de marzo de 1945. Honor altísimo, mayor aún que el mismo honor de asumir la Presidencia, porque en Guatemala hasta hoy se produce el fenómeno histórico, político y educativo de que un Mandatario cumpla con el deber elemental de ser consecuente con las aspiraciones de su pueblo y cumplir con sus juramentos.
El 15 de marzo de 1945 ascendí a la presidencia de la Nación poseído por un fuego romántico, creyente como siempre en la radical nobleza del hombre, creyente como el que más en la sinceridad de las doctrinas políticas, inspirado en el cordial propósito de ayudar al pueblo para modelar su propia felicidad. Formado espiritualmente en las bibliotecas y forjado socialmente en ese taller que son las aulas -contagiado de la ingenuidad de los niños y portador de la generosidad que caracteriza a los maestros de escuela-, yo creía que gobernar un pueblo en este mediodía del siglo XX era empresa similar a la cátedra, cubierta de obligaciones y de sacrificios pero fecunda en beneficios públicos inmediatos. Creía que seis años para gobernar una República en Latinoamérica fuese tiempo bastante para satisfacer negados anhelos populares y plasmar obras de servicio social, negadas también por los gobiernos de tipo feudal. Creía, además, y con sobrada razón, que la República de Guatemala podía gobernarse por sí misma, sin sometimientos externos, sin mandatos que no emanasen de la libre voluntad popular mayoritaria.
Estábamos entonces oyendo el fragor de una guerra apocalíptica, que los hombres amantes del trabajo y la paz confiábamos fuese la última, y que compartíamos con relativo aplauso porque los discursos de Roosevelt nos decían -con la pasión de verdad de aquel líder de occidente, socialista y cristiano- que los horrores de la matanza servirían para devolver a las naciones y a los hombres las libertades amenazadas por el paganismo prusiano de Hitler. Cotejamos y confirmamos en ese entonces lo que la propaganda aliada decía, leyendo espantados la obra famosa de Hitler, hinchada de soberbia contra la cultura y contra los demás hombres, cargada de amenazas para los pueblos pequeños, envenenada de desprecio particularmente hacia nosotros los latinoamericanos, negadora de todo sentido de la fraternidad entre las naciones. Y aplaudimos por eso, abierta la conciencia y batiente la sangre, la colaboración fraternal de los Estados Unidos y Rusia, que en un momento de crisis de los superiores valores humanos unían sus hombres, su ciencia y sus armas para combatir al nuevo Atila.
Dentro de Guatemala, país que se liberó del nazismo criollo por sus propias fuerzas, había a la vez un clamor general en pro de la instauración de un régimen democrático, basado no en el capricho de los mandatarios sino en los preceptos de la ley -atento, desde luego, al deseo de las mayorías-, presto a conocer y satisfacer las necesidades elementales del pueblo -garante de la libertad de opinión de cada uno de los habitantes del país-, respetuoso del decoro que corresponde a la persona humana. En el torbellino revolucionario de 1944 y en el clamoroso primer semestre de 1945, casi la totalidad de los guatemaltecos despreciábamos los regímenes dictatoriales y queríamos honestamente saber lo que era en el orden cívico y durante todos los días un gobierno del pueblo y para el pueblo. Mi gobierno, producto de la exigencia popular, fue leal a ese clima que apetecía algo nuevo para nuestro país. El "arevalismo" -así llamado por amigos y adversarios-, significó en este momento histórico esperanza y promesa de servir a las mayorías populares y ensayar lealmente un régimen democrático funcional, institucional, antipersonalista.
Tales eran las condiciones internacionales e internas hace seis años. Inicié mi gobierno resuelto a dar al pueblo lo que de mí esperaba. Según personales opiniones mías, había que empezar con el artículo primero de la nueva Constitución, que dice: "Guatemala es una República libre, soberana e independiente, organizada con el fin primordial de asegurar a sus habitantes el goce de la libertad, la cultura, el bienestar económico y la justicia social. Su sistema de gobierno es democrático representativo". Nada más natural, para un maestro de escuela, que considerar a Guatemala como una República investida de libertad, soberanía e independencia. Y cuando ese maestro de escuela ha sido electo Presidente por la libre voluntad de las mayorías populares, nada más justo que se reconozcan y respeten los atributos de soberanía que residen en el pueblo elector y únicamente en ese pueblo.
Tenía yo entonces la convicción -y sigo teniéndola- de que una Nación no puede ser libre mientras no sean libres uno por uno todos sus habitantes, y de que la dignidad de la República está hecha como síntesis magnificada de la dignidad que se aloja viviente y actuante en cada uno de los pobladores del suelo. Para alcanzar eso en Guatemala teníamos que chocar con la particular estructura social y económica del país: de un país en que la cultura, la política y la economía estaban en manos de trescientas familias, herederas de los privilegios de la Colonia o alquiladas a las factorías extranjeras o constitutivas de una secta administrativa oficial que protegía los intereses de aquéllas y multiplicaba geométricamente los suyos. Un noventa por cierto de nuestra población vivía en cabal situación de servidumbre económica, sin derecho a la cultura y sin ciudadanía. Había que empezar en Guatemala por varios flancos a la vez y promover con entereza un movimiento libertador de las mayorías en lo legal, restaurador de ciudadanías estafadas y promotor de los balbuceos económicos del proletariado, de los trabajadores y de los campesinos. En esta Guatemala africanizada por extranjeros y por guatemaltecos, había que comenzar enfrentándose a los encomenderos que usufructuaban la riqueza y retenían la cultura en planos aristocráticos. Y así lo hicimos.
Una juventud revolucionaria, digna del mayor reconocimiento de las generaciones actuales y venideras: la generación arevalista de 1944 a 1947, en su mayoría integrantes del Congreso, se enlazó conmigo para la emisión de un instrumento legal que iniciase con cautela y firmeza la liberación de los trabajadores y campesinos de Guatemala. Los dos primeros años de mi gobierno culminaron con la promulgación y vigencia de un Código del Trabajo, llamado a fortalecer la vida democrática al mismo tiempo que a fermentar con nuevos gérmenes la economía patriarcal en que vivíamos, así como a dignificar individuos y familias en los grandes estratos sociales de trabajadores. Pero esa promulgación parecía imposible en este país. Los naturales representativos de la República de mercenarios que había sido Guatemala, se valieron de todas las armas, de todas sus influencias en los mercados internacionales, para impedir la discusión y la aprobación del Código. Fuera de mi despacho y en mi despacho los vi moverse con desesperación de náufragos o con insolencia imperial, mientras en la sombra financiaban conspiraciones. Incluso, algunos funcionarios de mi gobierno adversaban la temeraria empresa arevalista. Pero había un pueblo que la pedía, una juventud revolucionaria que respondía a ese pueblo y un Presidente al que no intimidaron ni ablandaron las amenazas ni las promesas. El Código del Trabajo entró a ser propiedad popular el 1º de mayo de 1947.
Bien pronto comenzaron a sentirse los efectos del nuevo texto legal. Mientras los trabajadores y campesinos veían realizados sus sueños de igualdad jurídica y marcados los comienzos de su liberación económica, los empresarios africanizantes del Caribe movilizaron dentro y fuera de Guatemala todos sus elementos en la más poderosa embestida que se haya llevado durante cuatro contra un gobierno latinoamericano. El feudalismo criollo -que dos años atrás pedía democracia y libertades individuales- se mostró defraudado e indignado por la manera como mi gobierno entendía la democracia y exageraba las libertades. Los magnates del banano, connacionales de Rooselvet, se rebelaron ante la audacia de un Presidente centroamericano que ponía en igualdad de condiciones jurídicas a sus compatriotas con las honorables familias de los exportadores. De la alianza inmediata de estos poderes surgió un pacto de guerra contra el arevalismo; pero al mismo tiempo nuestras mayorías populares, tocadas de entusiasmo por la realidad de la ley libertadora, organizaron sus fuerzas con profundidad de tropa y se dispusieron a pelear por lo suyo.
Fue entonces cuando el maestro de escuela, ingenuo y romántico, descubrió desde la presidencia de su patria, en qué medida es deleznable la brillante prédica internacional que habla de la democracia y de las libertades humanas. Fue entonces cuando entendí, con más desconsuelo y dolor que en la filosofía bergsoniana, en qué medida son diversas las palabras y la vida. Fue entonces cuando sentí, con la consiguiente indignación, la presión de esa fuerza anónima que gobierna sin ley ni moral las relaciones internacionales y la convivencia de los hombres. Y llegué a comprender cómo en ese vocabulario estereotipado para uso de los grandes periódico comerciales y de las poderosas broadcastings, las palabras "democracia", "dignidad" y "libertad" tienen intención contraria de la que les asignamos en filosofía política. Llegué a comprender que, según ciertas normas internacionales, no escritas pero actuantes, los países pequeños no tienen derecho a la soberanía. Y advertí igualmente que para nuestros compatriotas de espíritu feudal el reclamo de libertad debía entenderse como libertad para la multiplicación de su dinero, sin limitaciones ni obligaciones, sin consideración alguna por el trabajador que lo produce o el empleado que lo administra. Dentro de esa jerigonza internacional que han adoptado resignadamente casi todos los políticos y estadistas de nuestro siglo, el factor hombre carece de propia significación y de valor real, a no ser que sean significación y valor según supuestos comerciales. Se habla de "los derechos del hombre" y se explican con suficiencia académica esos derechos, pero nunca nos han dicho quién es ese hombre, de qué color es ese hombre ni dónde y cómo vive y muere ese hombre.
Terminó la guerra iniciada en 1939. Las armas del Tercer Reich fueron quebrantadas y vencidas por el vigor y la modernidad de las dos naciones que se sentían hermanas: los Estados Unidos y Rusia. Hitler pereció bajo los escombros de algún palacio de Berlín. Millones de muertos entre soldados y no combatientes, merecieron sepultura, con honores o sin ellos. Las viudas y los huérfanos enjugaron sus lágrimas bajo la conformidad de que el cruento sacrificio se había oficiado en una piedra sagrada invocando la perfección humana, la pureza de la democracia y la felicidad individual de los sobrevivientes. Condecoraciones fueron puestas en los pechos en nombre de la "democracia" triunfante y de la libertad salvada o en nombre de los valores de la cultura, rescatados intactos del incendio terráqueo. Pero en el diálogo ideológico entre dos mundos y dos líderes, Roosevelt perdió la guerra. El verdadero vencedor fue Hitler. Los aliados cometieron el trágico error de creer que la muerte de Hitler y la aplicación de la bomba atómica equivalían a la destrucción del hitlerismo. Nosotros, desde un mirador más sereno- en la imperturbable serenidad de este Caribe heterogéneo- hemos podido ver y comprobar que el hitlerismo no ha muerto. Hitleritos caricaturescos se multiplicaron allá en Europa y aquí en América; y lo caricaturesco podría servir para diversión y solaz de espectadores, como en la butaca de un vaudeville, si no fuera que debajo de ellos están los pueblos, salpicados de sangre y hambrientos de vida, padeciendo la crueldad de la comedia. Hitleritos con doctrina o sin ella, pero todos admitidos y estimulados en los claustros oficiales "democráticos" y opinando con respetada autoridad en las solemnes discusiones sobre "los derechos del hombre".
Hay algo aún más grave. Y es que la doctrina de Hitler no sólo perdura en los cuadros palaciegos de los dictadores vitalicios, sino que ha subido por simpatía física o por ósmosis espiritual hasta los almirantes desde los que antes se maldecía de Hitler. Tengo la opinión personal de que el mundo contemporáneo se mueve bajo las ideas que sirvieron de base para erigir a Hitler en gobernante y para incendiar el mundo una vez más en 1939. Y es que el hitlerismo fue tratado por sus adversarios únicamente como un peligro militar. De este error táctico nace el hecho de que el hitlerismo fuera vencido exclusivamente en los campos de batalla, y conformes con eso, nada hicieron los vencedores para combatirlo o negarlo en los otros planos de su poderosa estructura. El hitlerismo, en efecto, fue siempre y sigue siendo mucho más que una aventura militar e imperial: es un vigoroso movimiento vitalista, pagano y racista, que se confiesa idealista, negador de valores culturales, despectivo ante soberanías ajenas, avasallador del pensamiento en las masas, insuflado de insolencia aristocrática, autoritario hasta la violencia, antidemocrático y anticomunista. Y todo eso: todo eso es lo que no ha muerto. Todo eso es lo que se ha deslizado como soplo vengador que refluye sobre el adversario, afortunado en las armas, sube por el buen conductor que es el hierro triunfante y llega por el enérgico brazo hasta la blanda conciencia. Igual cosa sucedió cuando la Roma juvenil quitó a Grecia la hegemonía militar del orbe antiguo. Las armas romanas victoriosas recorrieron después el mundo, movidas e iluminadas por la cultura helénica. Y si bien la Grecia de entonces era pagana y aristocrática, como el hitlerismo, en el resto de su grandiosa cultura fermentaban las más fecundas ideas que ha producido la humanidad. En cambio, del hitlerismo sobreviviente y operante en América, no podemos esperar nada grande y nada puro.
Un filósofo de la historia podría intentar la explicación de esa similitud trágica entre la Roma imperial, helenizada y la democracia contemporánea, hitlerizada. Quizá no estaría en eso lo más obscuro para la especulación superior, ni lo más doloroso para nosotros, los contemporáneos. Lo abstruso e incomprensible para nosotros es la rara mezcla de lo prusiano y lo cartaginés en la vida internacional de nuestros días. Las huestes de Hitler, inspiradas por un demonio germánico, salieron de sus fronteras para dominar a los pueblos que ellos creían pequeños o débiles, a las razas que ellos llamaban inferiores, a los individuos que ellos decían nacidos para servir y obedecer. Los prusianos pregonaron la superioridad de una raza de semidioses ante la cual los pueblos latinoamericanos, por ejemplo, bárbaros y simiescos según Hitler, debíamos indiscutida sumisión. Todo esto indica que en el hitlerismo había una filosofía. Filosofía reaccionaria, retrospectiva, aristocratizante, idealista u oportunista; pero filosofía. Había en el hitlerismo pasión de dominio: pero eran motivos religiosos y raciales motorizados por una filosofía que, además, despreciaba lo económico. El hombre no muere por negocios, sino por ideales, dijo Hitler. Los cartagineses, en cambio, fueron un pueblo imperialista de la antigüedad que quería dominar los mercados del Mediterráneo y de los mares vecinos, no para imponer una filosofía o una religión de clan o de raza, sino por el apetito del mercado mismo. Los cartagineses fueron los hombres simples, sensuales y poderosos de la antigüedad, que armaban flotas y ejército temibles para imponer sus mercaderías y multiplicar su dinero. Jamás supieron ellos nada de las profundidades espirituales en la vida del hombre y de los pueblos, ni supieron jamás qué grado de valor tiene el dinero en el breve trayecto de la vida humana. Nosotros no sabríamos decir aquí si cuando la Roma imperial venció a Cartago, heredó igualmente la emoción fenicia del comercio como norma del gobierno: esperamos que lo diga aquel requerido filósofo de la historia. Pero lo que sí puedo decir, después de esta terrible y fecunda experiencia de seis años, en que me he asomado a los abismos de esta comedia del hombre contra el hombre, es que la democracia contemporánea se desplaza precipitadamente hacia una doctrina hitlerista y fenicia. Los pueblos se saben presionados y coaccionados, no para ser transfigurados ontológicamente en almas dignas de la piedad de un dios, sino para usarlos en la explotación barata del suelo, en la fabricación barata de productos y en el transporte barato. La democracia contemporánea, fabricadora de guerras como el hitlerismo, tiene a la vez superiores consignas comerciales que parecen ser la real y exclusiva preocupación de los estadistas, mas no para una mejor distribución de los bienes entre las masas humildes, sino para la multiplicación de los millones que ahora pertenecen a unas cuantas familias metropolitanas. Cartago no tendría nada qué aconsejarnos.
Este aluvión de aguas turbias de nuestro tiempo, operó dentro de Guatemala con frenéticos intentos para corromper el gran movimiento popular nacionalista de 1944. Desde los primeros días de mi gobierno tuve propuestas para negar la dignidad de la Nación o para estafar la credulidad infantil de las masas. Hombres incluidos por accidente en el movimiento revolucionario, entendían la revolución como golpe de audacia y oportunidad de ganancias. El presidente y un centenar de colaboradores jóvenes, en cambio, nos sentíamos tocados de una mística republicana y espiritualista. Y mientras en la calle los representativos del pasado pugnaban por un retorno a la factoría africana, dentro de mi propio gobierno se dividían las fuerzas y se planteaba la disidencia entre la aventura comercial o la revolución espiritualista. Los representativos de esta última posición, librábamos, pues, combate contra dos frentes: los fenicios de la calle y los fenicios dentro del gobierno. Con ellos estaban, desde luego, los fenicios del Caribe. La historia dirá más tarde los nombres y las fechas de esta batalla de Guatemala. El Presidente no tenía todo el gobierno a su lado; pero mis correligionarios y yo sentíamos la voz estimulante de las mayorías intuitivas, que adivinaron desde 1944 cuál era el camino de su libertad. Y por la voz de estas mayorías nos sentimos con fuerzas para permanecer de pie.
De pie hemos llegado a este 15 de marzo de 1951. Guatemala ha demostrado en seis años, que no hay poder humano capaz de humillar la voluntad de un pueblo cuando sus gobernantes no lo traicionan. Pueblo y gobierno juntos, producen dignidad. Y los países pequeños tenemos igual derecho que los grandes a organizarnos y orientarnos conforme a los dictados de nuestra conciencia. La felicidad que me produce el haber llegado a esta fecha y el haber podido decir estas palabras al pueblo batallador de Guatemala, la comparto con mis colaboradores leales, con los revolucionarios ortodoxos, con los guatemaltecos poseídos de invencible fervor nacionalista. No quiero en esta oportunidad referirme a los partidos políticos juveniles, porque ellos participaron conmigo en los afanes, las dificultades y los éxitos del gobierno y me acompañaron así en tareas de siembra como en la organización de la defensa. Sólo quiero expresar gratitud pública a dos importantes estamentos de la vida nacional. En primer lugar a los trabajadores y campesinos de todo el país. Fueron ellos los que mostrándome sus espaldas cruzadas por el látigo de los jefes políticos o de los mercaderes, me indicaron la monstruosidad de los regímenes del pasado, y el camino por donde podíamos impedirla. Y fueron ellos los que en los días y en las noches de los seis años palpitaron conmigo y velaron conmigo las angustias de la Revolución, ofreciendo sus brazos y su sangre cada vez que los cartagineses se presentaban a las puertas. Gracias a ello yo pude revitalizar una doctrina política que antes del 3 de septiembre de 1944 sólo era inconsistente conceptuación extraída de los libros o de una experiencia transoceánica, dispersa, tibia y epidérmica. En cambio, aquel 3 de septiembre de 1944, el grito de las mujeres, los trabajadores y los niños, grito de dolor y de esperanza, inyectó sangre, ardor y vida a mis conceptos, me indicó nuevas rutas en el horizonte y me confirmó en la voluntad rectilínea de servir a la Nación por sobre todas las cosas.
En segundo lugar tengo que referirme al Ejército Nacional de la Revolución. Al asumir la Presidencia yo me encontré rodeado de un Ejército autónomo por la ley y con mucha desconfianza contra el universitario socialista llevado al Poder por voluntad popular. A pesar de esas dos notas adversas a un gobierno fácil y a un buen entendimiento con las fuerzas armadas, resuelto yo a respetar rigurosamente su autonomía y a respetar confiado en el futuro, sus prevenciones y prejuicios-, tuve que comprobar y reconocer en el correr del tiempo la nobleza de conducta de jefes y oficiales que dentro de la particular República que son ellos en esta nueva Guatemala, discutían de política y opinaban sobre el Presidente sin haber llegado nunca al irrespeto o a la traición. Civiles representativos del mercado internacional, intentaron varias veces corromper la moral de la nueva institución, buscando un retorno a la productiva colonia. Civiles oportunistas, aventureros y sin doctrina provocaron disturbios y llegaron a conseguir alzamientos parciales. Pero el sentimiento nacionalista de la oficialidad, alimentado por algunos de sus jefes, fue aumentado desde 1945 hasta 1950. Y aquel pequeño pelotón de oficiales revolucionarios del 44 ha crecido hasta estructurar una institución modelo en América regida por normas de la más elevada convicción cívica. Pudo el Ejército, en más de una oportunidad, torcer los destinos de nuestra revolución y convertirse de nuevo en protector de los millones de cartagineses, como todavía sucede en más de una parte del mundo. Pero la oficialidad de la Revolución ha llegado a convencerse de que es más honroso y patriótico servir al pueblo y no a sus explotadores económicos: ha preferido estar al lado de sus soldados que son naturales representantes de la masa trabajadora del país, y no al lado de una minoría plutocrática insensible e indiferente a los destinos de Guatemala.
Esas mayorías populares intuitivas y este Ejército nacionalista están ahora de plácemes con la asunción del Teniente Coronel Jacobo Arbenz a la Presidencia. Jacobo Arbenz, soldado y ciudadano, ha influido personalmente en la creación de esta nueva emoción cívica dentro de la que renace Guatemala. Su nombre empezó a mencionarse en un instante trágico para el Ejército: en un instante en que el pueblo odiaba al Ejército por creerlo culpable de los crímenes de la dictadura. El Capitán Arbenz, declinando su cargo en la Escuela Politécnica, llamó como con clarines a sus compañeros para divorciarse del régimen fenicio que gobernaba Guatemala. Concibió y planificó aliado a figuras juveniles como él, la rebelión militar concurrente al gran movimiento cívico ya iniciado. El 20 de octubre lo encontró en la vanguardia militar, en mangas de camisa, como soldado y como jefe. Llevó a la Junta Revolucionaria de Gobierno el prestigio de su personalidad, ya entonces dibujándose con fogonazos de líder. Dentro de mi gobierno, como Ministro de Defensa, apoyó y aplaudió mi obra consagrándole durante cinco años su corazón y su talento, sin reservas ni evasivas. Supo ser leal sin servilismo. Capitaneó la reestructuración del Ejército e inspiró en la oficialidad cariño y respeto por los trabajadores y campesinos. Asumió la postura revolucionaria de defensor de las instituciones, precisamente cuando otros jefes militares planificaban su derrumbe. Estudioso e investigador personal, ha amasado su experiencia gubernativa con la lectura y el análisis, hasta llegar a una propia concepción de las cuestiones políticas. Por eso fue que los trabajadores y campesinos levantaron su nombre e irrumpieron en la contienda cívica proclamándolo candidato para sostén y perfección del movimiento libertador. La hermosa lucha cívica producida en noviembre de 1950 demostró la fuerza avasalladora de esta candidatura, a la cual sólo pudo llamársele oficialista en tanto en cuanto el pueblo mayoritario de la República es en nuestros días "oficialista".
Por estas razones me retiro del alto cargo experimentando, a la vez que la euforia del deber cumplido, la tranquilidad de saber que toma la directiva de la Revolución uno de sus hombres superiores, quizá el que más significación tiene en esta alianza de civiles y militares que ha transformado a Guatemala y está creando un estilo político. Con esta transmisión, la Revolución guatemalteca llega a su momento culminante y entra en su más fecundo período. Si el mío fue un período heroico de organización, de defensa y de planeamientos, el que hoy se inicia lo será de trabajo fecundo y de realizaciones inmediatas.

Pueblo de Guatemala

Durante seis años hice consagración de mi vida para servir con dignidad el cargo de Presidente y buscar la felicidad de mis compatriotas según mi propia conciencia me lo ha indicado. La historia dirá si estos seis años significan algo para el progreso espiritual de la Nación. Lo que sí puedo deciros ya, es que en ninguno de los muy difíciles momentos transcurridos durante la conducción de los destinos del país, busqué la defensa y salvación de mi propia vida ni os di las espaldas. Creo haberme conducido con lealtad, no sólo para con vosotros, el pueblo hoy viviente, sino, además, para con los superiores destinos de Guatemala, y creo haber contribuido a la expresión de una sensibilidad política guatemalteca. No sabría deciros si esto que se ha logrado en Guatemala debe llamarse democracia o cosa parecida. Los profesores de doctrina política le darán un nombre. Pero si por fatalidad de hábitos conceptuales o por comodidad idiomática quiere llamársele "democracia", pido a vosotros testimonio multitudinario de que esta democracia guatemalteca no fue hitlerista ni fue cartaginesa.

Cuadernos Americanos
Año X, Vol. LVII
1951
Mayo-Junio
México

Travesía con mujer al fondo

por joseleon71 @ Jueves, 02. Nov, 2006 - 07:15:23 am

para Julio Puche
hermano en la ternura

No apareció de pronto, lo sentíamos en su aproximación. Nos hemos acostumbrado a esperarlo; no a él, a todos. Resabios, pregustos, acaso necesidad, pero verdaderamente la naturaleza aparece con el hombre: aquella pareja que se besa a la sombra de los samanes, ¡cómo brilla en la sombra, cómo ensombrece la sombra!
Apareció, decía, paulatinamente, como si el mismo aire se abriera para darle paso. En la altura de la página veinte está con nosotros, y no nos abandonará hasta disolverse en el aire (frase retórica). Dada la extensión era posible esperar una prolongada espera; me explico, construir lenta, lentamente su respiración, una suerte de dudosa presencia. De ningún modo, nunca lamentablemente, no fue así; de hecho, como ya fue dicho, exactamente en la página 19 saltando a la veinte (en la edición que tengo en mis manos) aparece, aunque su perfil, hay que decirlo, logramos recuperarlo con integridad al cerrar el libro, en cualquier lugar, no exclusivamente al final, como románticamente lo esperaríamos. No, allí está él, incluso en la primera página. Pero esto lo confirmamos a medida que se avanza, una página tras otra nos afirmamos en la convicción de que ya estaba con nosotros desde la primera página (¡cómo decir que ya estaba con nosotros sin leer el libro, sin que éste existiera!) Sólo que para sentirlo así, debió existir, como de hecho.
Palabras más palabras menos, al arribar a la página 100 lamentamos su muerte. Sí, ha muerto, pero todo lo que sigue, que no es su resurrección, es la infinita elaboración de todos sus días. La obra, extensísima (abandoné su lectura para comunicar a todos su inacabamiento), demuestra cómo la vida se sumerge en sí misma. Como si un árbol, en vez de crecer, engordara en sus raíces hasta no ser más que raíz. La imagen es triste, pero ansío que el texto copie lo inenarrable; no lo increíble, lejos de mí el idealismo bizarro. Hasta la página 100 tenemos su presencia constatable, recuperada durante 80 páginas de sobresaltos, vértigos, humoradas.
En la 67 ¿nos abandona?, sí; le hace un quite a la narración. Sentimos de pronto que no está y es como si el viento se secara. No logré saber, a pesar de la sorpresa y la investigación, a pesar de volver atrás con pasmo y torpe filosofía, cuándo eludió incluso las letras. Por un momento, porque no sé cuantas páginas duró, porque de pronto apareció su nombre pero ya había aparecido antes y mucho antes, página tras página hacia atrás una y otra vez su nombre estaba entre las letras, verdaderamente entremezclado en las letras, como rodeado por una maleza… Más sin embargo, por un momento juro por Dios que no existió, contradiciendo lo que ya dije, que existía antes de leer el libro, antes de que el libro existiese. Pero hasta su ausencia, he aquí lo extraordinario, hasta esa ausencia radical, exhaustiva, era suya, sólo suya, de modo que por un momento en el universo él y sólo él dejó de existir. Pero esta aproximación la quiero para su presencia, y cito su vacío para dejar constancia de un hecho si no capital, sí curioso; si no pertinente, elemental.
Me reservo su nombre, como lo hizo el novelista. Pronto, espero, aparecerán las señas nominales que, lejos de agotarlo, arrojarán su presencia al límite. Baste saber, como si fuera necesario, que casó y tuvo dos hijos, y una esposa que correrá el albur de agigantarse y borrar, a la altura de la página 325 (cito con exactitud aunque de memoria) el bosque de los samanes. El lector avezado descubrirá -no creo que sea necesario que compartamos la misma edición- cuál es, aquí, la cita textual… sépase que las comillas adulteran, que los cortes mienten: y que nada existe sino en la prolongación y el borroneo de las fronteras.
Espero, y el autor tal vez busque agradecérmelo, confundir mis palabras con las suyas. Valga la explicación, pero sería imperdonable abandonar a la mujer, a su esposa, y, con ella, la dimensión del amor. Recurro, como se advierte, a palabras maduras, graves. Hablo de ella para tropezarme con su voz pausada.
En una sola página le habló a su hijo, al mayor, y lo que dijo sacudió el instante y lo devolvió al origen. No diré más. Tornemos a la página 443, justo cuando su hijo, siempre el mayor, el de la diatriba, respondió a las palabras de la madre: la noche -para usar una expresión que acecha- abre sus brazos y la muerte llega. A la luz inoportuna -tal vez el único momento en que la acción es acompañada por la irregularidad- nos sorprende el grito y el posterior fogonazo. Por primera vez el sonido precede, se adelanta. Mas la luz tardía corresponde al momento. Efectivamente, cae el cuerpo, el de ella, pero no muerto sino agonizante y feliz. Un momento liberador que queda suspendido de la rama más alta, a la luz -ahora sí novelesca- de un estanque. Muerte falsa, porque aparecerá siempre, necesariamente, en otras páginas, más o menos como la dejó aquella su hora magnífica, sostenida en el impulso.
En la página 504 quién si no ella adelanta en la esquina de la plaza, quién si no ella tropieza con el espectáculo, con la risa del señor de los cabellos blancos, quién si no él, la besa. El pronombre, los pronombres renunciarán de ahora en adelante al dedo, al mentón, a los ojos, a la espalda, a los pasos. Él comienza, ha dado unos pasos -en la 732- que se acercan a la historia de su vida; ella definitivamente lo abraza, y el viento sacude la deriva de los árboles. Almas, tal vez unos labios, acaso la fiebre que no lo abandona.
Duerme en pocas páginas, ese ruido no parece estar permitido; la complejidad de la madrugada, esos hilos que se creían tenues adelgazan la luz, pero el amor encuentra su sitio y su medida, y vuelve al abrazo, a las palabras que lo remedian todo.
Asistimos, como en tantas páginas, a la felicidad. Las risas de los chicos desorientan la hora de las migas y las palomas, él sabe que la paz de la tarde está en ese parque, en ese estanque, en ella. Y las migas, esa religión, abandonan el claustro y se asolean, salen a pasear. Sólo ahora siento aproximarme al corazón del libro; ella sacude el mantel y el rocío del pan desgranado tan parecido al tiempo, cae, imperceptible. La mira, la reconoce, pero cuando intenta abrazarla, las vanas sombras del poema la truecan en piedra, en ara. Vemos su cabeza desplomarse, el rito ha fallado. Su hijo mayor se aproxima y repite el gesto. El lector, yo al menos, supe que de esta página no pasaría. Todo se había precipitado pero el peso en la mano derecha -mayor- me aleja de la mentira con la furia de un latigazo. 1050. Estamos en el mes de octubre, a escasos días de su boda. La madre sonríe, constreñida a las fórmulas familiares. Ella, la joven de espaldas se ajusta el corsé. Ya no es ella, sino el espejo que las devuelve: una vieja, la otra joven. Miden ambas la distancia, el calor es intolerable, vacilan. Lo demás es consabido.
Cuando creemos que duerme, despierta.


 
 

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