(Ponencia leída en el encuentro de comunicación comunitaria y alternativa ANDOCOMUNICANDO en el CENTRO DE ARTE LA ESTANCIA, en la ciudad de Caracas el día JUEVES 26 DE OCTUBRE
La noción de arte que conocemos descansa sobre unas bases que el devenir histórico ha naturalizado. Esto es, primero nos parece natural que el arte mismo exista. Nos parece inconcebible un mundo sin arte, o bien, sin obras de arte. A partir de esta naturalización, calificamos como obras de arte las manos y los bisontes en las Cuevas de Altamira, las Venus y las máscaras de obsidiana. Podemos afirmar que es la mirada moderna la que los califica como tales, lo que hunde en el misterio la razón de ser de tales objetos, toda vez que sin duda no se les consideraba “obras de arte”. Estamos con toda evidencia ante un proceso de apropiación o colonización por parte de Occidente del pasado de la humanidad, del presente y del futuro. Según Eduardo Subirats “unificación violenta del mundo bajo una palabra única y un único logos, bajo un solo principio racional y un único poder igualador”.
Por otra parte, nos parece natural la historia universal contada por Occidente. La división de prehistoria e historia, la Grecia clásica, el Imperio Romano, el Medioevo, el Renacimiento, la Revolución francesa, la Industrial, la Colonia, la Independencia, la República, etc., son procesos que ofrecen una concatenación natural. Hemos aceptado sin muchos remilgos esa historicidad y en los textos de nuestros hijos es fácil advertir que no existe cuestionamiento alguno.
A esa naturalidad responden las nociones que hoy interrogamos, como lo son el arte y lo estético. Nos parece pues natural el arte. Para que este exista se requiere de un cuerpo de artistas, porque una obra de arte tiene naturalmente su autor, conocido o desconocido. Del anónimo del Mio Cid al anónimo del Lazarillo de Tormes, ha habido sin duda un cambio sustancial. El del Cid claramente responde a la memoria del pueblo español y su gesta, pero el del Lazarillo reclama un autor que escamoteó su nombre pero no su yo, sus cuitas personales. Fue un cambio decisivo, como el del Viejo Testamento al Nuevo, con sus evangelistas escritores. De la Ilíada y la Odisea al Trabajo y las Horas de Hesíodo. De las Musas al hombre y sus días; del dedo de Dios, a la mano del hombre en su situación y contexto. Del Dios anónimo y plural, al individuo. Del dedo de Dios, a la mano del hombre en su situación y contexto. Del Dios anónimo y plural, al individuo.
Cuando ello ocurre, cuando el individuo aparece en las lindes de la historia, aparece también la ley. La ley actúa sobre un pueblo pero es la mano del concreto ladrón la que es cortada como es apedreada una infiel muy concreta. La ley existe entonces porque existe el individuo, esto es, la ley sólo actúa sobre el individuo, es por ello que la obra de Lope de Vega, Fuenteovejuna, con su todos a una, destroza la individualidad de la ley. La ley nada puede contra el Todos del Pueblo Anónimo y Unido en una Una Sola Voz.
La ley actúa sobre el individuo como actúa Dios sobre la conciencia, el corazón, la fe, del creyente. Pero así también actúa el Mercado. El momento culminante del Mercado ocurre cuando el comprador adquiere un producto. Allí culmina el proceso. La palabra consumo no implica cómo habrá de consumirlo ni siquiera si habrá efectivamente de consumirlo, consumir es casi exclusivamente “comprar”. Adquisición, no consumo. De hecho, ¿cuántas cosas compramos que no consumimos? Así el ciclo se cierra cuando el comprador –él y sólo él- compra. La tendencia, por otra parte, como sabemos es a la personalización de los productos. Un producto por cada comprador, un producto para cada quien (al menos esa es la oferta con la que nos seduce y embauca el mercado.) Nos parece pues natural el procesador personal o el teléfono móvil. En tanto que consumidores somos hijos del Mercado, esto es, somos individuos gracias al mercado, porque es esta y no otra forma social la que requiere, persigue y construye. El mercado nos necesita a cada uno de nosotros en particular y establece relaciones personales y directas –aunque abstractas y contractuales- con cada uno de nosotros. Si en términos borgianos hemos sido soñados por el mercado, despertar significa interrogar el estado de cosas, la naturalización de una serie de procesos en los que nos encontramos implicados.
El arte que conocemos se consume de acuerdo a leyes que lo validan y lo mercadean. El mercado del arte necesita compradores y establecer la relación ya comentada, esto es, a cada producto artístico un comprador, el cual hará – “consumirá”- su pieza artística como le venga en gana. Esta relación unidireccional acontece visiblemente con los libros. El libro del mercado postula un consumidor y reclama la existencia de una biblioteca personal, además el proceso bien puede culminar con la lectura en voz baja. El mercado es sin duda el creador de esta práctica que reduce la lectura a un acto individual, en oposición a la lectura en voz alta, colectiva o plural.
El momento civilizatorio que vivimos ha hecho sin duda de la soledad una apoteosis. Los llamados medios de comunicación, la televisión o la radio, están diseñados para establecer una relación unipersonal con el consumidor. Cuando vemos televisión lo hacemos en voz baja y sólo para nosotros; aunque acompañados, en realidad estamos solos frente al televisor. Comentar con alguien o en grupo lo que trasmite la TV es un acto de soberanía, de crítica, casi de rebelión, lo común es el silencio, la contemplación pasiva y extática (recordemos, por cierto, el silencio sacramental en las salas de cine.) Con la radio y los audífonos móviles el mercado crea el consumidor único e individual que requieren los niveles de producción y ventas. El mercado necesita perfilar a su consumidor (se entiende que no es a una persona sino a segmentos poblacionales), moldear sus gustos y tendencias, reducir la incertidumbre, esto es, lograr que le guste lo que está en el mercado. Muchos artistas, por cierto, producen para el mercado del arte, y por ende, para públicos moldeados por la propaganda.
La relación medios y estética resulta sumamente interesante, toda vez que lo que era propio de los filósofos se acomodó a los recursos de la prensa escrita y más recientemente a los tips de la radio y la televisión, por supuesto con una reducción conceptual que deja sin significado a la obra y al artista. La estética como sabemos era un asunto que competía a una determinada clase social, la que podía acceder a determinados bienes culturales, leer y escribir entre ellos. Luego, con la televisión y su acceso masivo la población accedió a versiones deprimidas de estos bienes. La tv masificó y trivializó la experiencia estética, el contacto con las obras de arte. Entendemos en el contexto del mercado y la televisión una obra como la de Andy Warhol, pero también la inclusión de piezas de música clásica en comics y películas. De modo que sigue siendo una minoría la que accede a las obras originales, la que escucha a Mozart, la que va al teatro, etc., y lee la crítica de arte producida por expertos; mientras, la mayoría recibe adulteraciones y comentarios superficiales. Esto podemos explicarlo como protección, cerco cultural, devaluación de la experiencia para que las mayorías no tengan acceso real. Las ciudades y los países mismos responden a estas premisas, si no atendamos a la relación Capital – Provincia o Centro – Periferia. Con todo, el modelo cultural que conocemos poco podrá ser modificado si trasladamos el mismo esquema centro – periferia, a la periferia. El presidente, por cierto, habló en un momento no de descentralizar sino de multicentrar, idea que sin duda introduciría un nuevo dinamismo en lo que se conoce como el interior del país. Pero siempre habrá zonas de difícil acceso, pueblos alejados de las capitales o centros del interior, porque el problema está en el modelo de desarrollo, en los paradigmas y la forma de producir y consumir. El problema, insisto, está en lo que llamamos arte, en su naturaleza, en la forma en que se produce y consume.
Mientras el arte sea una experiencia del sujeto solitario y desterrado, difícilmente habrá comunión social. ¿No es la tragedia la condición propia del artista?, ¿no ocurre con frecuencia que su palabra no es comprendida? ¿no parece que nos habla en otro idioma? Ciertamente, el artista es el primer expulsado, el gran negador, pero tal vez sólo sea porque reniega profundamente de la soledad a que ha sido condenando, él y la sociedad. ¿O no es la obra de buena parte de los artistas una forma de reclamar con violencia y valentía la comunión con los demás hombres? ¿Su obra, generalmente, no es acaso un canto en la soledad pero en procura de los otros? Buena parte de la crítica de arte define e indaga en la obra de los artistas lo que no es sino lo natural y esencial al hombre y a la vida. Reconoce valores que en la dinámica social se encuentran destrozados, pero la crítica los encuentra en el arte y, claro está, como inalcanzables e imposibles de experimentar. Algo así como que los sentimientos de los poetas sólo caben en la poesía. Luego se afirma que la realidad es así, que lo normal es precisamente lo contrario. De modo que el arte, que indaga en la naturaleza de la vida, nos afirma que no tenemos acceso sino extraordinariamente a la vida, esto es cuando leemos un libro, visitamos una galería, un museo, o vamos al teatro o a un concierto. De resto, nos toca la llamada realidad, un escenario donde prevalece la no vida, la desnaturalización.
La noción de arte que conocemos nace en el Renacimiento, con la noción de autor, de individuo y mercado. Estos conceptos no vieron la luz entonces, es sólo que a partir del siglo XV adquieren ese aire que nos parece tan familiar. Hay una forma del ser social, o del ser en sociedad que se delinea y reconocemos, precisamente cuando el mercado actúa y talla su perfil. Reconocemos al individuo, aparece su rostro, su dolor, su felicidad, cuando el mercado lo ilumina. Esto es, cuando actúa individualizando los procesos. Esto lo digo estableciendo un contraste con aquellos momentos en los que el individuo forma parte de un cuerpo trascendente o “místico” como acotencía en la Edad Media, y su capacidad de elección y de establecer autónomamente relaciones contractualísticas con los demás hombres en base a un acuerdo o consenso social son nulas. No quiere decir esto que el mercado establezca una relación personal y distinta con todos y cada uno. Establece una relación individual con un individuo uniforme, más bien uniformado, esto es con una noción, una idea de individuo. El mercado no trabaja con individuos estrictamente, sino con tipos. Aunque el retrato, para nombrar un género esencialmente moderno, supone un individuo, la aspiración del artista es que el espectador reconozca el tipo social que está representado en el modelo, no la persona, ese sólo sujeto particular, sino el todo social que está contenido en ese rostro, en esa expresión. Ya lo decía Carlos Monsiváis hablando de la fotografía: “Como recurso clasista, la fotografía aprovecha figuras del pueblo para encerrarlas en las tarjetas postales, “pequeñas vitrinas” que le dan a lo captado algo de feria de horrores o de museo de seres cuyo rostro nunca es “individual”. El mercado entonces individualiza al mismo tiempo que subsume esa individualidad en algo abstracto, ámbito en el que la persona como tal desaparece. Así opera la ley sobre la base moderna de la “igualdad”. Y ante el mercado, como ante Dios, como ante la ley, todos somos iguales.
Desde esta perspectiva el éxito más visible de Dios, del mercado y la ley fue habernos declarado iguales ante sus esencias abstractas. Los tres son hechura humana e histórica, pero un minucioso y vastísimo proceso de naturalización ha logrado hacerlos ver como intemporales, sobrehumanos, ahistóricos. En efecto, las luchas por la igualdad o la justicia, suponen una igualdad y una justicia abstractas, de modo que tales luchas no desbordan el marco civilizatorio en el que fueron concebidas dichas nociones, de ahí la palabra reivindicación, esto es, recuperar lo perdido, acaso la igualdad y la justicia originales, las que tuvimos alguna vez y que perdimos por una serie continuada de actos despóticos, tiránicos, desiguales e injustos. La misma idea de revolución, como una vuelta a los orígenes, como utopía que busca su lugar en la tierra, es también iluminada por esta luz en extremo recelosa, porque se trataría en todo caso de confirmar la igualdad abstracta, irreal y extraña que ya se da de hecho ante el mercado, la ley y Dios. Recuerdo aquí unas consideraciones en torno al premio Nóbel entregado a Yunus, el “banquero de los pobres”, en el que se advertía que si bien los microcréditos beneficiaban a los pobres el asunto suponer que dentro del Capitalismo son posible formas más humanas de bienestar económico, lo que supone un golpe bajo al socialismo y otras formas de entender la actividad económica. Es decir, si se es capitalista pero de buen corazón entonces la cosa sí –o también- funciona. No es raro por demás ese premio en el debate mundial que el tema venezolano y latinoamericano ha introducido, pues Yunus sería la bandera del capitalismo con rostro humano, pero capitalismo al fin.
El problema entonces hay que situarlo en esas entidades abstractas (Dios, Ley, Mercado) cuyos productos generan en nosotros, en términos generales, atracción, temor sagrado, fetichismo. Los productos del mercado, de la ley y de Dios, no admiten profanación y toda herejía dirigida contra ellos es perseguida. Recuerden el temor sagrado ante la sola idea de romper un billete aun fuera de circulación. Tirar el pan, jugar con la comida, delinquir, son acciones que desatan el furor de Dios, del mercado, de la ley. A esa sujeción la hemos llamado orden, y a ese estado de cosas se opone la noción de caos. Todos hemos escuchado alguna vez, y cuando no lo escuchamos se supone, que al faltar Dios, Ley o Mercado, cundirá el caos. En general, no parecemos confiar demasiado en nosotros y en nuestra capacidad de conducirnos de manera independiente y autónoma. No pocas veces exigimos “mano dura”, la actuación, la regulación de la ley. Recomiendo aquí la lectura de Ensayo de la lucidez de José Saramago.
Dios es Dios cuando uniformiza nuestra relación con él, cuando crea un protocolo. Ley es Ley cuando uniformiza nuestra relación con ella, lo mismo Mercado es Mercado cuando establece los protocolos para su funcionamiento. Sabemos lo estricto que resulta un protocolo, sabemos lo improfanable que son las formas, las maneras, los modos prefijados de hacer las cosas. Recientemente nuestro presidente puso una bomba en la diplomacia internacional, y no fueron pocos los que aun acompañando este proceso se inquietaron ante el enorme desacato de las formas protocolares de la diplomacia internacional, esa escuela de la impostura y la hipocresía. Molesta pues el delincuente, el santero, el contrabandista, precisamente porque se saltan, eluden, profanan el protocolo. Llamar al orden significa retornar al redil, al rebaño, a la uniformalidad. Reducir el caos, pasa pues por ordenar. El orden desprecia, está claro, el desorden. No admite la ruptura del protocolo, la deformación de las formas. Necesita uniformar y reconoce en lo deformado al enemigo que hay que reducir, reconducir al orden, ordenar. Si el poder ordena, ya conoce. La orden acontece en un campo reducidísimo de acción. Toda orden presupone su cumplimiento y nada agrega el hecho de ordenar la ejecución de algo imposible. Quien ordena sabe lo que quiere. Puede no saberlo el sujeto de la orden, pero eso es lo que menos le importa al ordenador. El poder cuando ordena no ofrece opción ni alternativa.
Por otra parte, como el Orden es intemporal, se eleva sobre lo contingente y desde su atalaya observa el pasado, el presente y el futuro. Se puede decir que el orden deplora el devenir y, por ende, la historia. El orden necesita salir del curso de la historia -¡recordemos la famosa frase de Fukuyama!-, necesita paralizar los procesos, extirpar el tiempo, más bien, el paso del tiempo. El orden ama la planificación –sobre todo lo que llama planificación a largo plazo- porque le parece que así controla el devenir, más bien lo omite, lo hurta de la historia. El orden desprecia lo contingente, lo accidental, lo que no está programado, lo que desbarata los planes. El orden, la ley, Dios y el mercado, se entienden y necesitan del llamado control social. Todo lo que desafíe el orden, vale decir, el estado de cosas, es acusado de caótico, vale decir, de herético. Y como vamos viendo, llaman caos a las situaciones no controladas, las que suceden fuera del protocolo. El orden es miope, pero al mismo tiempo muy arrogante. El orden ama el panóptico. Pero está claro que el único panóptico que todo lo ve es Dios, a ese aspira pero no puede, y la realidad se le escapa. Porque una aporía es connatural al orden: al tratar de controlar la realidad, la realidad como tal se le escapa. Recordemos la frase de Pessoa: Unos gobiernan el mundo, pero nosotros somos el mundo. La realidad es insujetable, inaprensible, pero el orden requiere controlarla, luego no controla la realidad que fabrica sino sucedáneos, representaciones de la realidad, éstas sí perfectamente controlables. He aquí otro de sus grandes logros, convencernos de que sus representaciones, sus sucedáneos son la realidad. Para el Poder la realidad es lo que perciben sus aparatos de control, sucede lo que captan las cámaras, lo que dice el periódico, lo que ven sus microscopios y sus brazos teledirigidos. ¿De dónde le viene si no el actual affaire con los reality shows? El orden crea una realidad a su medida, esto es, el mercado, la ley y Dios, crean realidades a su medida, controlables, fácilmente observables, y de acceso y deceso controlados. Mientras esto sucede, la realidad real –no ordenada, no planificada, a la buena de Dios- sucede, en su caos. Estas formas del caos –así visto desde el orden, por supuesto- son nuestra pasión, y es aquí donde comulgamos cuando eludimos el orden, el mercado y a Dios. Recomiendo aquí leer las tesis del venezolano José Manuel Briceño Guerrero, y sobre todo su libro El laberinto de los tres minotauros.
Resulta interesante descubrir los protocolos, las formas del orden, el mercado y dios, que ahora las voy a resumir en la palabra Poder, es decir, en las formas del Poder, porque se trata de desentrañar sus procesos de ficcionalización. El Poder crear la ficción de ciudad, de escuela, de universidad, de familia, de Poder. El Poder construido desde sí mismo, y de ahí la inercialidad inherente que se refleja en la burocracia, construye una idea de tales cosas y establece las formas de vivir (en) esas ficciones. Esa es su manera de controlar, y es exitoso cuando el individuo no reconoce los límites de la ficción, momento en el cual se torna ficción, es decir individuo fabricado por el Poder. Y el Poder como sabemos, fabrica en serie. Esta ficción de individuo comulga con el Poder: es un buen ciudadano, respeta las leyes, cree en Dios y consume. Su individualidad, mejor, su realidad, su ser, desaparece sustituida por la ficción de su ser. Resulta convencido de que él es el sujeto del Poder, de la ley, de Dios y del mercado. Es un producto de los medios y sujeto de la moda. Cree que elige en qué creer, cree que tiene albedrío y cree que tiene opción en el supermercado. Ha sido abducido por el Poder, pero en su ficción, cree que es libre.
A todas estas, la noción de arte que conocemos nació con el mercado, la ley y Dios, es decir, nació con el Poder. Fue el Poder quien dictó qué cosa era lo bello y qué era lo feo. Creó para ello una ficción -las obras de arte- en las que controla las esquivas, insujetables, inaprensibles formas de la belleza indefinible. Creó pues ficciones donde mantenerla controlada. Resulta obvio lo que piensa de lo que no entra en el marco de esa ficción. Lo feo, lo desagradable, lo bajo, es todo aquello que ocurre fuera de su área de control, de su espacio tiempo conquistado, usurpado a la contingencia y lo accidental, elevado a lo intemporal. Luego, la belleza no puede ser sino eterna. Y no se nos puede escapar que cuando el arte buscó y busca ex profeso lo feo, el Poder lo reabsorbe como tendencia estética, embelleciendo lo feo y despojándolo de su poder originario, devastador del orden.
Ahora bien, el Poder que crea ficciones requiere de discursos validadores de esas ficciones. Así, la Teología, la Economía, el Derecho son hermanos de la Estética. Está claro que no es en la realidad adonde hay que ir a buscar la validación de esos discursos, pues en tanto que ficciones su validación se encuentra en las ficciones mismas. Así, Dios existe en y para la Teología, el dinero en y para la economía, la ley en y para el Derecho, el arte en y para la Estética. Cada uno de estos productos no tiene realidad, no tiene asiento ni cobra sentido sino en la ficción que lo acoge. De ahí la distancia abismal que existe de Dios, el Mercado, la Ley y el arte a los hombres, vale decir, a sus contingencias y accidentes, a sus vidas. Para creer en tales ficciones se requiere ser iniciado, educado, cultivado en tales ficciones.
Cada uno de esos productos amerita una suspensión del descreimiento, esto es, un acto de fe. La sociedad que conocemos crea ficciones prolongadas, continuas, casi obsesivas; es su manera de controlar los desvíos, los descreimientos prolongados. Por eso el Poder necesita desterrar la duda. Obsérvese que los preguntones gustan, porque toda respuesta es una promesa de reducción de la incertidumbre, porque siempre responde el que sabe, y hemos sido educados para preguntar lo que ya se sabe, ¡ay de aquel que pregunte lo que no tiene respuesta! Su soledad es el comienzo de la tragedia.
Pero sólo es real lo incontrolable, esto es, lo que escapa o no toca la Teología, la Economía, el Derecho, la Estética; en otras palabras, lo que escapa al Poder. Dios existe pero no en la ficción de la Iglesias, la ley existe pero no en la ficción del Derecho, el comercio existe pero no en la ficción del Mercado, el arte, existe, pero no en la ficción de la Estética. El Poder controla con mano de hierro pero sólo lo que tiene entre manos. En su arrogancia nos hace creer que lo controla todo, es parte de la ficción, pero no son pocos los que se la creen. Tal vez la utopía no sea más que abrir los ojos a la realidad, darnos cuenta de la ficción intrínseca, inherente al Poder y del poder de la ficción, de cómo actúa sobre nosotros, borrándonos, al tiempo que nos hace creer que existimos, que tenemos una vida particular, única, individual. “La historia de la civilización occidental –afirma Enzo Del Búfalo- es la historia del alumbramiento del individuo, de su grandeza productiva y de su angustia profunda frente a sus propios límites, siempre presto a ceder a los encantos de la utopía que le prometa superar esos límites.” El poder existe porque creemos que existe y esa ficción nos arroba y borra nuestros nombres, nuestro rostro, nuestra voz. El Poder nos necesita para existir, somos su sueño y se fortalece y crece cuando soñamos con Él. Tomar el Poder se torna así en una fiesta ritual, un volver a los orígenes del Poder.
Pienso que la poesía, la economía, la ley, el Dios de la realidad –no de la ficción-, ama la contigencia, lo insujetable, lo inclasificable. Se dirá que esto atenta contra la posibilidad de nombrar, de fijar, de categorizar, y es cuando pienso que tales fijaciones, que postulan y desean la detención última de las cosas, son por decir lo menos irreales, porque tales detenciones no existen en la realidad. El nombre que ahora le damos a una cosa se mueve con la cosa, cambia con el tiempo. Es lo que sucede en la realidad, cada instante es único e irrepetible y sin embargo ¿somos acaso incapaces de leer (en) ese vértigo? Tenemos fe en el nombre de las cosas, pero no se trata en ningún caso de la fijeza categórica de la ciencia. ¿No nos han dicho que conocer es abstraer de lo particular a lo general? ¿El conocimiento moderno no sucumbió acaso a la abstracción matemática, que reduce la bulla de la realidad a una fría y despojada ecuación? ¿No ha sido la cambiante oralidad perseguida y despreciada desde siempre por la fija gramática de la escritura? Nuestra civilización amante de la fijeza, no ha sabido por ello mismo resolver la muerte. Otorgándole a la vida el más alto valor reduce la muerte a un accidente sin sentido; luego, las formas de prolongar la vida conducen a prácticas irracionales, entre ellas nuestra medicina, que obvia la muerte, pero también todas aquellas prácticas de transformación del cuerpo que sucumben al mito de la juventud y desafían la vejez. Vivimos en una sociedad que privilegia lo virtual, el plástico, la silicona. Que suplanta lo que es con lo que no es. Y sobre este no es construye la vida, más bien un remedo. La nanotecnología, para citar un ejemplo, es la forma más reciente de manipulación de la materia a nivel molecular, tecnología con la cual se produce lana que no es lana pero con la que se fabrican abrigos de lana.
El arte que conocemos nos permite a lo sumo tener un referente de lo que puede ser la vida si decidimos vivir y no morir en un devenir absurdo y completamente irracional. La poesía, la pintura, el teatro son una posibilidad incierta, remota, nostálgica de lo humano. Mientras, el odio y la violencia, es lo normal, la vida de todos los días. Aceptación de la muerte, sin más. Nuestra crítica, para decirlo con Subirats, “nace como una defensa de un concepto ampliado de oralidad y, por consiguiente, como desmitificación de la dialéctica de escritura, muerte y conversión que define el proceso colonizador americano –y que define la conciencia moderna, es decir, cristiana e ilustrada, como sujeto colonizador…”
El arte para nosotros no puede seguir siendo una frontera conquistable sólo si salimos del mundanal ruido, en la asepsia de la contemplación estética, ni la Estética misma el discurso que valide semejante contradicción y eleve el arte a una esfera inalcanzable por el común de los hombres. Encontrar el arte en la vida y no fuera de ella, abate los límites del arte, ya no harían falta museos ni galerías, nada donde ir a buscarlo como si pagáramos boletos para un breve viaje a la eternidad. El mercado del arte no tendría sentido ni lo tendría la propaganda, hecha por expertos y para expertos, o hecha por los medios y para las mayorías. Lo mismo pudiera decirse de la educación y del propio conocimiento, pues no se encontraría éste en lugares reservados, excluyentes y de difícil acceso, conocimiento archivado y manejado sólo por expertos y especialistas, esencialmente descontextualizado y alejado de la realidad.
Pertenecemos a una civilización que celebra la memoria muerta y de paso, la muerte de la memoria. Archivo y olvido se funden para crear individuos desarraigados, desterritorializados, sin pasado ni futuro, en un presente incomprensible pero sensacionalmente actual. A esta situación se la llama alegremente “vida moderna”. La obra de muchos artistas acompaña esta abolición de la vida y el discurso estético la convalida y certifica. El proceso moderno de secularización libró al arte de sus contenidos profundos y lo preparó para tolerar temporalidades industriales y burocráticas, así la relación del arte con la vida y la muerte, sus ritos, fiestas y mitos, se traduce con la mirada moderna en producción para el mercado, según los dictados o los caprichos del gusto y la moda.
El Mercado, la Ley, Dios, como la Estética son las instancias donde lo paralizado, lo estático, lo inerme, se explica y justifica. El Estado moderno como sabemos, subsume y concentra todas estas manifestaciones. Y aunque el Mercado en su invisibilidad dice chocar con el Estado-Nación no significa que el Estado como tal desaparezca, sólo está pujando por la aparición del Estado planetario que ya tiene, como sabemos, su policía. Ni hay que rasgarse las vestiduras defendiendo las formas del Estado conocidas ante los embates del Mercado y su mano invisible, pues ambos, Mercado y Estado comparten naturaleza, derivan del mismo proyecto civilizador, respiran el mismo aire estancado y se rebelan sistemáticamente contra las formas de la vida. Es aquí donde el arte se manifiesta en más y mejor, cuando le dice no a la muerte, momento en el cual, naturalmente, desencaja, desequilibra a la propia Estética y a sus aparatos culturales, vale decir, a la burocracia del Arte.
Finalmente, si el arte es poderosa afirmación de la vida, entonces el artista, no solo, aislado, y solitario, como una voz desagarrada en un desierto de incomprensiones, sino consciente de sí y de su pueblo, el pueblo mismo más bien, memoria individual y colectiva y su voz la voz de todos y para todos, debe acompañarnos en la destrucción del Poder y en particular de esas instituciones de la opresión y la muerte naturalizadas, donde Razón, Verdad y Belleza permanecen intocadas e improfanables, protegidas y custodiadas por filósofos, economistas, políticos, intelectuales, en fin por una gama variopinta de emisarios del más allá, y construir como afirma Eduardo Subirats un “concepto de cultura que no se deja reducir a una estructura formal de representaciones segregadas de la comunidad humana, de sus prácticas políticas, o de sus medios de producción y supervivencia”. Un concepto, sigue, “que integra los aspectos productivos y reproductivos de la vida cotidiana, con los cultos religiosos y los lenguajes metafóricos, y une los conocimientos técnicos y productivos con los valores expresivos, como un todo integrado e indisoluble”. Finalmente, un concepto cultural que “permita insertar la creación artística como elemento central e inseparable de los saberes, técnicas y formas de vida de una comunidad histórica determinada”.












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