El mestizaje, entendido como un momento culminante de la humanidad, que ha dado incluso para unas tesis sin mayor fundamento como aquella de la "Raza Cósmica", y que el mismo J. M. Briceño Guerrero, no sin ironía, refiere cuando se pregunta: "¿Se estará formando en Latinoamérica el tipo humano capaz de hablar por todos los hombres, la avanzada de la humanidad futura?"; la tesis del mestizaje, decíamos, -de "culturas híbridas" habló García Canclini- no comprende, y aunque las conozca y distinga en la realidad las trata más bien cómo rémora o atraso, que formas culturales de otras épocas convivan en un mismo tiempo y en un mismo espacio. Para hacerlo se requiere una nueva definición del tiempo.
Para entender el llamado mestizaje hay que hacer ciencia en el movimiento, en la inquietud, en la incertidumbre; crear aparatos analíticos dinámicos que observen lo que siempre se desplaza porque su naturaleza es el movimiento y su constante el cambio. Igualmente, para entender los tiempos yuxtapuestos, se requiere la superación del tiempo histórico tradicional que secciona la historia y delimita procesos, y que al introducir la idea de evolución supone culturas y sociedades más desarrolladas que otras. Apunta Germán Carrera Damas:

…se aprecia en Venezuela la convivencia de diversos estadios históricos, formando una impresionante gama que va desde el paleolítico superior hasta la Edad Atómica con la agravante de que las muestras de esos estadios históricos se hallan dispersas en el territorio…

Aunque Carrera afirma, contrario a la visión hispanista, que no considera la base indígena "como un sustrato, como un aditamento, o como una rémora", y que "No hay teoría válida de América Latina que no parta de la aceptación de que el proceso de implantación es la conjugación de dos elementos que conservan a lo largo de estos cinco siglos su validez histórica", en él se cumple un aspecto de la tesis de Ángel Rama cuando explica que los "estadios históricos más desarrollados" antes tienen relaciones más estrechas con el "contexto internacional" que con los demás estadios perceptibles en la sociedad venezolana. Afirma que "luce abigarrada" y hasta "contradictoria" en sus estructuras y en su dinámica, y determina una "desigualdad de ritmo histórico que va desde la aceleración artificial en los primeros hasta el aparente anquilosamiento en los últimos, de tal manera que la distancia entre ambos antes que disminuir se acrecienta". Úslar Pietri, pensó más o menos lo mismo, pero refiriéndose al "tipo nacional" cuando escribió que

…dentro de la suma regional, que constituyen las más de las naciones americanas, la formación mayor o menor de un tipo verdaderamente nacional ha dependido de la fuerza y vigor de la acción unificadora de la región metropolitana. (…) sólo llegamos a integrarnos en un tipo nacional en la medida en que las diferencias regionales se borran para fundirse en la formación de una región más vasta, completa y suficiente que es la nación. O en otras palabras, hay un tipo nacional en la proporción en que la nación se convierte en región homogénea y deja de ser una suma más o menos artificial de regiones heterogéneas.

Desarrollo y subdesarrollo según el grado de cercanía o alejamiento de los centros de Poder; homogeneidad o diversidad, según el grado de cercanía o alejamiento de los centros metropolitanos.
Sostenemos aquí que al introducir la clave de la oralidad (la crítica de la escritura, la comprensión de la distancia entre la realidad y la letra, el abismo entre la "constitución natural" y las leyes, etc.) lo abigarrado se despeja y lo contradictorio desaparece, o en todo caso, cambian de signo.
El proyecto de recreación histórica de Úslar Pietri crea un punto de origen -hispánico- del Nuevo Mundo que será el nuevo orden del Mundo. Pero el "punto de origen", teóricamente hablando, crea una contradicción dentro del sistema. El origen es una solución metodológica que anticipa una visión unilineal del tiempo, y lo que es eurocéntrico y Occidental, es precisamente esta forma del tiempo. Se incurre en contradicción cuando se introduce en el sistema eurocéntrico una mirada descentrada, excéntrica. Mirar los intersticios y escuchar los silencios de la historia es un proyecto de escritura que critica los discursos oficiales que modulan, articulan y reproducen la casta de intelectuales que puso al descubierto Ángel Rama. Pero esta crítica se produce, necesariamente, sobre la entrevisión y construcción de una forma distinta del tiempo, al menos no lineal ni mucho menos unilineal. La tesis de Úslar pide polifonía, mascarada discursiva, registro de lo extraviado, mas sin embargo, niega y contradice las bases de un posible discurso alterno cuando introduce como "punto de origen", unilateral y decididamente eurocéntrico, el hispánico, como clave cronológica que apuntala y pone la primera piedra para la construcción a futuro del proyecto político, económico y aun geopolítico de los criollos, el cual arranca en 1492 borrando de un tajo el pasado indígena (aunque algunas leyes coloniales y republicanas intentaran hacer justicia), y donándole la nada como pasado a los esclavos provenientes de África.
Úslar afirma que los españoles "sabían que no podían mantener las civilizaciones indígenas que, sin embargo, de muchas maneras les pertenecían y estaban vivas en ellos" (1992a: 285). Este "saber" indica la aceptación de un terrible o feliz destino, y en ningún caso, algo que se pueda evitar. Los españoles sabían, como se sabe algo en los sueños, que el mundo indígena, aun suscitando la aparición en Occidente de ideas sobre una sociedad humana distinta, iba a desaparecer. Él mismo se lamenta de la situación previa a la Conquista del indígena venezolano, añorando algo imposible, por no decir absurdo: una realidad en los términos concebidos por occidente:

No había, a diferencia de los grandes centros de las civilizaciones indígenas, ninguna estructura social y política anterior a la conquista. Eran rudimentarias la agricultura y la artesanía, no había ciudades indígenas, ni forma alguna de Estado, ni de organización y de trabajo. Era un vasto territorio casi vacío, recorrido por escasas tribus de recolectores y cazadores. Todo lo que era vida organizada tuvo que venir de afuera, desde la arquitectura hasta la religión, desde el orden político hasta la idea misma del trabajo organizado.

Úslar Pietri no cuestiona los fundamentos civilizatorios del proyecto liberal (en los términos en que habla de éste Germán Carrera Damas) sino que reordena la actuación de los actores según una perspectiva que pasa por latinoamericana porque se escribe desde esta orilla. Su proyecto histórico es la asunción definitiva del criollo y ello explica su incesante labor intelectual por hallarle y dar un lugar en la historia universal, siguiendo con pulso y no poco apasionado asombro su temperamento, sus sombras, sus inquietantes revueltas psicológicas.

El criollo: ser o no ser

El criollo, hamletianamente, se pregunta lo que es y se responde: soy mestizo; mejor, responde con la frase de Bolívar (que Úslar repite insistentemente): "Somos un pequeño género humano…". Pero Úslar Pietri no puede resolver el dilema porque de algún modo reproduce la crisis del criollo, toda vez que su modelo de desarrollo y algo más, su visión del mundo, están por completo plegados al legado de Occidente, de modo que al mirarse al espejo se observa criollo piensa -formalmente hablando- como hijo de Europa. Antes que disentir, subraya; ve el mundo a través del cristal del criollo pero reconoce en él -y lo interpreta como virtud- la esencia y los accidentes de la cultura occidental. Se sabe, simple y llanamente, un hijo de Occidente anunciado y previsto por Séneca, venido al mundo el día que las aguas de la historia, semejantes a las del azar, toparon un 12 de octubre de 1492 con una terra incognita, promoviendo en el mundo entero un viraje vertiginoso. Úslar Pietri, hijo de esta tierra, le reclama al mundo, como los criollos de 1810, un lugar, un reconocimiento a su aporte decisivo a la historia Universal. El drama, pues, del criollo -tal como lo concibió- es su propio drama. En otras palabras, no disiente del modelo de pensamiento eurocéntrico aunque se reconozca distinto al europeo. No se ve radicalmente otro con respecto a Europa, le sigue y perpetúa, se sabe parte del continuo histórico, de un vasto proyecto civilizatorio. El problema no resuelto por el letrado fue su anexión a la cultura occidental, no haber leído la diversidad, o acaso peor, haber utilizado para leer la diferencia los ojos de la cultura occidental, los cuales le impidieron e impiden aún captar la diferencia (el negro, el indio, el extranjero, el bárbaro) exactamente como otros con otras culturas, otras formas de leer el mundo, y que no necesitaban ni lo necesitan, que no está en su visión y cosmovisión, perse, asimilar y asimilarse a la cultura occidental. Occidente ha leído esta indiferencia como una provocación y un semillero de violencia. "No es de los venezolanos, afirma Úslar Pietri, es del hombre, de su instinto, el sentimiento de hostilidad hacia el extraño". Si lo diferente se resiste a la igualación, esto es, a la occidentalización (leída como irreversible e inevitable) entonces se empleará la fuerza para corregir la situación. No tolera occidente desviaciones ni disidencias. No acepta otras voces. Por ello también, controla la escritura. El habla, más libre, suena subversiva e incontrolada.
Úslar se sabe hijo de Europa, y hereda el extrañamiento. Su lenguaje -como el de los cronistas- se enrareció pero no hubo necesidad de traducir sus asombros y perplejidades a una lengua hija, hermana e imposible del español. Y sin lengua propia no hay cultura, no hay cosmovisión propia. La lengua española, la del imperio, la de la gramática de Nebrija, es preservada de incursiones bárbaras de modo definitivo por la gramática de Andrés Bello.
La independencia es también lingüística, reclamó Simón Rodríguez, pero no lo fue, de ahí también y por eso mismo las instituciones y las formas de gobierno, el modo de hacer política y producir riqueza, continuaron. Germán Carrera Damas, por su parte, habla de un "solo y único proceso llamado crisis de la sociedad implantada colonial" (Damas, G., 1997: 36), lo que significa, entre otras cosas, que la llamada Independencia no significó ni ruptura ni comienzo, sino el camino verdaderamente traumático que siguió la sociedad implantada en su proceso de incorporación al sistema capitalista mundial, que aún continúa, además con una extraordinaria y sin duda compleja uniformidad de criterios. Eso lo vio en su momento Laureano Vallenilla Lanz, cuando afirmó: "Y en cuanto a las clases superiores, en lucha desde la Independencia, jamás en ninguna época han estado divididas por cuestiones de principios".
Un proceso de transformaciones, entre romántico y cosmopolita, aquel del siglo XIX, dirigido por una élite educada en francés, que trágicamente devino guerra a muerte y que sólo al final le permitió, destruida y en fuga, débil pero ambiciosa, sobreviviente y rencorosa, restablecer nexos con el Poder, entonces en manos de José Antonio Páez, hijo dilecto de la guerra.
En resumidas cuentas, significó la sangrienta -y nunca "natural" - continuidad del proceso de implantación de un patrón o modelo de desarrollo, que permitió a la postre la conformación del Estado liberal democrático. Hubo continuidad y no comienzo de mundo con la expansión de Europa en sus colonias ultramarinas y la implantación de una forma de concebir y producir riqueza que no ha cesado y cuyos efectos son alarmantes.
Los que corrieron con suerte y no perdieron la vida ni la integridad de sus propiedades, ciertamente no lograron sino a medias o menos, lo que ansiaban: comprar y vender sin intermediarios; "libre comercio", según reza la jerga económica prevaleciente. Antes, se encontraron envueltos, muertos, rodeados, perseguidos por un conflicto que se ramificó e incendió la mitad del continente y obligó a los sobrevivientes, a los que se quedaron y a los que regresaron, a pensar lo imposible, a negociar lo innegociable, a reconocer lo irreconocible. En el seno de una sociedad monárquica y católica se blandió el Contrato Social; algunos ilustres de una sociedad esclavista y discriminatoria prometieron libertad y tierra a los esclavos y campesinos para persuadirlos de ir a la guerra y ganarlos a una causa que íntimamente despreciaban. Finalmente, la sociedad entera, aun en el fragor de la guerra y luego en medio de las ruinas, ni creyó en la libertad francesa (al fin y al cabo imposible en esos términos) ni cumplió su promesa de tierras. Supo, sí, fingir, enmascararse, engañar: a eso lo llamó Carrera Damas: "trampa ideológica" (Carrera, D, 1997: 86)

Úslar Pietri: historiador criollo

Para Úslar Pietri, nuestra historia comienza en el momento mismo del desembarco. Un antes pre-hispánico borroso pero con ribetes cuando no alardes de heroicidad, donde la realidad se confunde con el mito y la leyenda, que contrasta con un presente y un futuro donde el espíritu de España se transforma por la acción del espacio, del tiempo y de la naturaleza, en historia criolla, mestiza, americana. La gesta del espíritu hispánico, del Cid a Bello, en su metamorfosis es la suya propia. Su devenir criollo es el suyo. Él mismo se sabe y se siente criollo. Suya es su lucha y preocupación, su afán de libertad e independencia.
La ruta de las ideas de Independencia, según como la traza, resulta al final de una paradoja casi encantadora. Veamos: a partir de aquella famosa carta que el Almirante escribió a los Reyes, los europeos conocieron una humanidad paradisíaca y entendieron que era posible la creación de una nueva sociedad. América fue, entonces, el lugar (paradójico) de la Utopía. Son estas ideas las que llegan a Francia y a Estados Unidos. Las ideas que, finalmente, y de vuelta, después de un agitado periplo y en la prosa de Rousseau, furtivamente, en baúles de doble fondo, llegan provenientes de las Antillas, a los criollos ávidos.
Quiere jugar el criollo pues se siente maduro -"¿trescientos años no bastan?"- el juego del mundo. Aborrece la tutela y se enfrasca en una larga guerra. No sólo por ser (criollo), pues ya lo era, sino por querer estar plenamente (en el mundo). Hubiera preferido una separación incruenta, como la quiso Miranda, quien según escribe Úslar Pietri "veía con temor la amenaza de la guerra social", y pensaba en la posibilidad de "adaptar las instituciones inglesas, y en aprovechar la situación internacional para alcanzar la independencia incruentamente, sin guerra y sin peligrosas sacudidas". Finalmente, "Para él la independencia no podía ser sino el fruto de una hábil evolución política y diplomática dentro del marco de la situación europea y las circunstancias nacionales".
Criollo es el sentido de familia de Úslar Pietri, criolla su sociedad. Entendemos en sus libros que se es más americano cuanto más criollo. Conmueve su atracción por aquellas figuras que quedaron como atrapadas en un punto máximo de inflexión de aquella pregunta sobre el ser. Que dramatizaron su profunda situación y dieron respuesta bifronte a su realidad escindida: El Inca Garcilaso, Bolívar, Miranda, Simón Rodríguez, José Hernández, Sarmiento. Y aunque no elaboró el criollo un modelo económico sino que buscó y busca la manera de plegarse al existente, ni creó instituciones políticas sino que implantó las que ya existían; también es cierto que forjó una forma de lenguaje que es el lenguaje hecho forma -el Barroco americano-, y una expresión política que es también una representación en el tiempo y en el espacio de un mito y un arquetipo: el Caudillo.