(Pequeño homenaje a la luz que declina)
A mis compañeros del IZEF
Haciendo el amor al sol, al sol de la mañana
en un cuarto de hotel
sobre el callejón
donde los pobres hurgan buscando botellas
Haciendo el amor al sol
Haciendo el amor sobre una alfombra tan roja
como nuestra sangre
Haciendo el amor mientras los niños venden titulares
y cadillacs
Haciendo el amor junto a una foto de París
y una caja abierta de chesterfield
Haciendo el amor mientras otros hombres –pobres
idiotas-
trabajanCharles Bukowski.
Dando por descontado que debemos trabajar, deberíamos hacerlo en aquellas horas de sol pleno, vigoroso o, en su defecto, cuando éste se ha ocultado por completo. En las mañanas o las tardes, específicamente en horas crepusculares, trabajar es un crimen de lesa estética.
Lo he pensado tratando de vivir al máximo las primeras horas de la mañana, acaso porque mi ventana ofrece un amanecer de playa, suerte de amanecer que ocurre doblemente, puesto que no sólo amanece un nuevo día sino que amanece un mundo nuevo. Pero no quiero ser injusto sino hacer justicia: la mañana es la hora de la reconciliación: el mundo amanece, pero amanecemos con él, y en él.
La mañana despierta una intimidad laboriosa, lo sentimos cuando nos abocamos a la preparación del café y el desayuno. Renovados, volvemos al calor de la cocina, a la tibieza elemental que no consiente con agrado la luz eléctrica. Salir a la calle a esas horas comunica una amplitud que absorbe en una hora muchas horas: sentimos que la mañana no pasa. Cambian los tonos, es claro que ha amanecido y que el sol ha comenzado su viaje, pero la mañana permanece detenida. Nuestros movimientos y los de los otros son lentos y mesurados, sin excesos, suaves, firmes. Recordemos el murmullo del amanecer. Preparar el desayuno o dar una caminata, o una vez a la semana ir al mercado (no al supermercado), son actividades...
(..porque el problema definitivamente es la luz. En el supermercado como en la oficina las horas son invariables, en gran parte debido a la asepsia y el hermetismo de la luz blanca. Decimos entonces sin escapar a la verdad que las horas no pasan. Son en extremo necesarios los relojes. Si contamos con uno, y éste se descompone, es posible que el hambre caprichosa nos haga llegar a dudosas conclusiones.
La vida se manifiesta en horas crepusculares, cercanas a la oscuridad. La mañana ofrece la experiencia, en perspectiva, de salir de un túnel; y al revés: al atardecer nos hundimos en él. La luz, la ortogonal, la que viene de todas partes, la que no produce sombras, es la luz de la muerte.
Los amantes han adquirido todos los derechos de la media luz, de las velas, de la penumbra lunar que dibuja los contornos; en cambio, la luz de la pornografía es directa, como la de unos ojos sin párpados...)
...son actividades, decía, que van muy bien con las horas de la mañana, pues la mañana no se apega al ocio: es de una inconsecuencia lamentable plantarse con una silla a ver el crepúsculo matutino. Por otra parte, hemos sido conminados a disfrutar perentoriamente de este espectáculo, tanto como también de esos atardeceres en el campo o en la playa, un tanto prefabricados. No prefabricados en tanto que espectáculos ¡cómo habrían de estarlo!, sino nuestros ojos, nuestra forma de observarlos y desvivirlos, y por supuesto el conjunto de imágenes que suscitan el contemplarlos, no nacidas de alguna oscura región de nuestra intimidad sino que están allí al alcance de la mano, formando parte del repertorio de los lugares comunes que dan forma a nuestros sueños y deseos. Creemos, al amanecer en el campo o en la playa, que «nos llenamos», que algo en nosotros se colma, al menos es lo que vemos en la cara de actores y modelos que disfrutan -por nosotros- de tales espectáculos. Cuando hemos podido hacerlo, digo, ir al campo o la playa, en uno de esos fines de semana a que nos tiene acostumbrados la vida en la ciudad, persiguiendo a veces sin saberlo la cara de satisfacción advertida en la pantalla, copiamos el gesto pero siempre nos quedamos cortos, insatisfacción que atribuimos con mal disimulado desdén a la cantidad de dinero, al paisaje que en definitiva no es el mismo aunque se le parezca, e incluso -luego de un gran esfuerzo y de ahorros a la larga imperdonables- sea el mismo. Pese a todo, nos embriagamos (decimos embriagarnos, más aún cuando lo referimos) con esa plenitud que recibimos de un arquetipo moderno (fijado para siempre en una postal desechable pero reproducida hasta el infinito y ya dentro de nosotros como un edema en el alma) que incluye el sol rojo en el horizonte, el trasluz de alguna palmera, las aguas bermejas, una pareja que se abraza. Y nos sentimos colmados, vacíos de ciudad, pero me temo que no se trate más que de un vaciamiento, o lo que viene a ser lo mismo, de un estar llenos de nada.
Por eso abogo por un amanecer laborioso, animado por actividades que fortifican el alma y el cuerpo, que nos preparan no sólo para el día que comienza sino para la vida. Trabajar (en la ciudad), o ir al trabajo, o hacer lo que sería lo propio del amanecer con el apremio de no llegar tarde, es de una inconsecuencia lamentable para con el mundo y para con nosotros mismos. No obstante, ¿cuántas veces nos detenemos a observar la cualidad física, la textura de las primeras horas de la mañana, a través de la ventanilla del auto? Mínima suerte la de aquellos que deben caminar, o que deseen hacerlo algunas cuadras, reconcentrados en el ruido como de hojas secas o en el eco húmedo de sus pasos en las calles que despiertan, por las que atraviesa el primer perro somnoliento. Y no es sólo el silencio, sino un rocío indefinible perturbado por rachas de luz oblicua y líquida. Pero quien así va a su trabajo, no debe pensar que va a su trabajo, de lo contrario puede suceder, humanamente sucede, que el paisaje detenido se desvanezca, se oculte tras las aprensiones. Quisiera decir que se repliega, y que puede -peligrosamente en las horas de trabajo- colarse por alguna ventana, sorprender y dejarnos sin aliento para las tareas obligantes. (Es curioso, pero en la oficina, sin ninguna ventana cerca o a la vista, a una altura que amortigua los ruidos de la calle, sucede -me ha sucedido- que advierto que el cielo se encapota, incluso que llueve o ha comenzado a llover. El hecho me ha llamado la atención y no he tenido el valor suficiente para comentarlo, para hacerme explicar. ¿Cómo esas variaciones que ocurren tan lejos pueden llegar hasta nosotros?, ¿qué parte de nuestro cuerpo permanece conectado con el afuera?, ¿qué permanece en libertad? No es que el olor de la lluvia y el gris del cielo lleguen hasta nuestro lugar en el interior del edificio, siempre protegido con vidrios oscurecidos y persianas que evitan el calentamiento, siempre cerrado para impedir -por ejemplo- el escape del aire acondicionado. No. He percibido un oscurecimiento remoto semejante al que produciría una nube que pasara lenta pero sin detenerse, y se colocara entre la luz y yo.)
He dedicado ya muchas líneas al amanecer, pocas al atardecer. Pues bien, sucede que a las horas del crepúsculo vespertino muchos están ya de regreso de sus trabajos. El atardecer funciona como un gran vientre, acoge y protege. Nos regresa. Pero muchos hay también, que están a esas horas en sus lugares de trabajo o van a ellos. Pues lo mismo que pensamos sobre la mañana, lo podemos repetir de la tarde, con una variante: la animosidad que experimentamos en la mañana es de un orden completamente distinto: la relación simbólica que establecemos con la mañana es diametralmente opuesta: por la tarde enmudece el alma, se aquieta, dijimos que regresa. La tarde es el territorio de la nostalgia.
(¿Por qué no la mañana? La nostalgia reemplaza, sustituye, pero no a los recuerdos. Los recuerdos no fraguan en la nostalgia, quedan convertidos en retazos, hilachas, menudas hebras en estado caótico. Porque en la nostalgia importa el espíritu del recuerdo, no su carnalidad. Hay también, por cierto, algo de teatro sentimental. La nostalgia se apodera de nuestras fuerzas, nos enmudece, nos resta movimiento. Los ojos se pierden no en la lejanía sino en la ausencia. El recuerdo, en cambio, es presencia, puerta que se abre a las imágenes.
Pero la mañana tampoco es el territorio del recuerdo. La mañana, ya lo hemos dicho, es para vivir, no hay tiempo salvo para vencer el tiempo, embriagados de acción, ligeros pero rotundos. No la acción beligerante o aturdida, sino aquella que responde a los dictados de la amable necesidad, lo necesario -lo exigente- para sentirnos terrestres, parte del mundo, reconciliados con el cuerpo, olvidados de todo, menos de nosotros. Y sin embargo, a quien en verdad atendemos, es a ese nosotros más viejo que nosotros...)
¿Quién puede trabajar en esas condiciones de arrobamiento, de viaje interior? Trabajar es posible cuando no estamos con nosotros, cuando nos extrañamos y de la extrañeza no surge ninguna pregunta, ningún asedio. Trabaja otro en nosotros. Un otro mudo que hace comparsa al silencio de las palabras sin destino, sin propósito trascendente, que participa con desgano en la fiesta de las palabras impersonales, las que (se) comprometen (con) lo superficial, las que no pesan en la balanza de la vida y la muerte. Otro en nosotros pero no el viejo, el amante del tiempo y en especial de esa forma del tiempo que son los crepúsculos, no el viejo que por las mañanas amanece con la tierra, sino el vacante, el ido del Tiempo, el aferrado a las horas, a los minutos, a los segundos; no el voraz sino el consumido, el perdido fuera de sí, el que está de paso, sin asidero, uno que no nos pertenece a nosotros sino a los dientes del mundo.
Otro en nosotros, huésped extraño en un mundo que se desliza, que avanza sin tropiezos (porque el verdadero tropiezo es la muerte. Los otros –los conflictos laborales, por ejemplo- no son sino pequeñas piedras en el camino, que algunos saltan, rodean, o esquivan, que otros sencillamente y sin perder el sueño quitan del camino); un mundo reciente, instantáneo, pero no nuevo, en otras palabras, sin pasado ni futuro, presente pero irreal, que no va a ningún lado, cercado de espejos que reflejan espejismos.
La mañana que vivimos los fines de semana o los días feriados, al contrario, nos pueden brindar un mundo nuevo, y, paradójicamente, teñido de antigüedad. Y digo «nos pueden» porque el desprendimiento implícito, implica una casi absoluta negación de todo lo que fuimos durante la semana, a no ser... que podamos envolvernos durante las horas de trabajo con la presencia sutil de una luz equívoca. En cualquier caso, entrar en contacto con la materia del tiempo. Y la puerta definitiva y antigua es la luz, la que declina o comienza a levantarse acariciando las mejillas de la tierra.












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