Para Elaine Centeno, que habita en el temblor
Acaso la pérdida más sutil pero sin duda la más tremenda a la que continuamente nos somete la civilización occidental en esta versión que hoy conocemos, sea la de la dimensión de la muerte. Hoy, ¿cómo morimos? El mercado de la muerte tiene sus ofertas que van del anonimato de la muerte cotidiana, a la muerte espectacular. Esta última también tiene sus escalas, porque no es lo mismo ocupar un fragmento en las páginas de sucesos, un día, que la reseña continuada de nuestra muerte, acompañada por el soporte audiovisual, la muerte televisada. De este mismo orden pero a una escala de mayores consecuencias, está la muerte espectacular anónima, como la producida por bombardeos a ciudades enteras, bien seguida por cámaras en vivo y directo, o bien, no cubierta (en este caso, muerte encubierta), noticia silenciada (sepultada) por el llamado "silencio informativo". Aquí el mundo sabe lo que ocurre pero no con exactitud, se supone el horror y se deja a la imaginación, y sobre todo al miedo, a la rabia, a la indignación, la dimensión del desastre.
En cualquiera de los casos la muerte es profunda y superficialmente anónima. Profunda porque no importa el sujeto que muere, superficial, porque el tratamiento ética, moralmente es el mismo. Toda muerte es una promesa insatisfecha. Al final cundirá el olvido. Ahora bien, que ocurra esto es absolutamente normal, mas sin embargo el hecho que revisamos, es que lo debía ser un tratamiento de la muerte hacia fuera, esto es, una práctica exterior, se ha convertido en interior, en práctica íntima. Vale decir, hemos perdido la dimensión de la muerte toda vez que, anónima o conocida, cercana o lejana, sentimos la muerte como algo que le sucede a los otros, y lo que es peor, algo que no me atañe. Aquella frase clásica -"Todo lo humano me compete"- ya no tiene asidero en la muerte contemporánea a nivel personal, de sujeto o individuo. En pocas palabras y dicho llanamente, no sabemos morir ni tratar con la muerte.
Nuestra cultura aunque no ha logrado -y no lo logrará- alejar la muerte de nuestro horizonte vital, hace como si -hago énfasis en el como si¬- fuéramos eternos. Lo dice cuando promociona y vende la juventud permanente como un ideal de salud, de vitalidad, de energía, de forma de ser. No abundaré en lo comentado numerosas veces, en cambio insistiré en un vacío, en esa nada que queda al toparnos con nuestros restos mortales. (Hablo en la primera del plural por razones obvias.)
Aunque nuestro cuerpo es memoria del mundo, nuestra civilización labra de manera sistemática la desmemoria, al punto de colocar en el cadáver el punto máximo de inflexión desde el cual se comienza a construir la memoria parcial del muerto. Memoria parcial porque supone que ha llegado a su fin, y que todo ha terminado. Esta civilización -aunque consienta el discurso religioso- mata el nacimiento del alma, y al hacerlo, mata la dimensión no corpórea de la vida, la invisible, la inmaterial. Para decirlo de una manera menos ambigua: la realidad concibe el principio, el desarrollo y el fin, no la continuidad tempo-espacial. Afirma y construye lo cerrado, lo finito y limitado. Y toda experiencia de desborde, incluso la experiencia del límite, es sentida como desequilibrio, ruido, molestia, aunque aparezca soterrada y silenciosa, sutilmente inocua. Esta civilización ha perdido, para decirlo de nuevo más llanamente y con menos palabras, la dimensión religiosa. No conozco, hoy, una religión que enseñe a morir. La vida, sea como sea que la viva, es una cosa adventicia, incluso accidental, a menos que sea atravesada por una honda conciencia de la muerte, que me permita, en vida, morir en paz. Vivir a la muerte apegado, pero no atosigado por el discurso y la retórica de la violencia o la inseguridad. Se trata de otra cosa, definitivamente. Hablo de entender menos que con todas su letras con el corazón, que moriré, que debo morir, que estoy muriendo, y que nada, nada me apartará de esa frontera, que no hay poder en el mundo que me distraiga de ese fin, que no puedo ni quiero evadirme, que existo para ello, y tal vez sólo por ello. Hemos perdido la dimensión sagrada, religiosa, del misterio. Al hacerlo, hemos perdido la vida, la risa, la alegría. Vivir olvidados de la muerte, viéndola y viviéndola como algo exterior, no nos permite, en toda su plenitud, vivir. No se trata de derrochar vitalidad porque habremos de morir, otra forma que ha empleado esta civilización para vender sus fruslerías, sus espejos, sus encantos. Se trata, si la retórica mal me lo permite, de vivir. Palpar, sentir la dimensión, la piel de la vida, su rumor, su música de otra parte, su estar aquí y ahora tocados de infinito y tierra. Cielo y mar, dorso, muslos del tiempo, lengua de las horas. Asumo una retórica corporal porque somos cuerpo y carne, porque nos ha sido dada la sangre, el temblor, el aire. Esta civilización nos aleja del cuerpo al sacarlo fuera de nosotros, al convertirlo en mercancía. De una u otra manera ha prostituido nuestros cuerpos. Como si no nos pertenecieran. De hecho no miramos, no sabemos mirar nuestros cuerpos con nuestros propios ojos. Como cuerpos opacos, necesitan la luz de los otros para aparecer en escena. Detestamos la soledad, el silencio, cualquier práctica de constreñimiento o abstinencia. Y cuando incurrimos en esas prácticas, lo hacemos como si se tratase de una mutilación. No sabemos callar, ni desnudarnos. Tampoco estar a solas. La civilización que conocemos nos aleja de nosotros y por ende, de los otros. Somos tan extraños para nosotros mismos como son extraños los otros. Experimentamos la muerte como extrañeza y aun la propia como olvido absoluto. Aunque así sea verdaderamente, aunque la nada sea la única promesa, necesitamos, para los nuestros y para nosotros mismos, aprender a morir, esto es, aprender a vivir.












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