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Sobre educación, lectura y escritura

por joseleon71 @ Miércoles, 03. Mayo, 2006 - 06:25:33 am

Pongo este texto aquí como parte de la memoria en la construcción de la Universidad Bolivariana de Venezuela. El mismo fue leído en una reunión de profesores del Programa de Comunicación Social y perseguía el debate, incluir estas preocupaciones en el panorama regular y cotidiano. Por eso le dejo la fecha y la nostalgia.

Maracaibo, 5 de octubre de 2004

PAPEL PARA LA DISCUSIÓN

Este papel de trabajo nace de una preocupación. No es de ahora, la preocupación tiene su tiempo, pero es ahora, aquí y ahora, en este mi sitio de trabajo, donde la tal preocupación ha adquirido, digamos, mejor formulación. Aludo al sitio porque nos encontramos en una Universidad, nacida al calor de una Venezuela que hace apenas una década era impensable. Universidad nacida al fragor de las inminentes tareas de construcción del pensamiento y la acción, que la Venezuela que tiene que existir necesita. Hablo de lo que todo sabemos, hablo de la refundación de la Patria, sí, de una nueva República. Estamos, pues, para construir la República que haga posible la acción y el pensamiento Bolivariano. Y este hacer nos lleva a reflexionar sobre una serie de aspectos que si bien no son nuevos están ahora solicitados por los nuevos tiempos. Los temas, pues, no son nuevos, incluso en algunos casos se trata de tópicos, y en las revistas científicas, en los foros, conferencias, en las actividades universitarias, suelen aparecer con alguna frecuencia. Lo que sí me parece nuevo es el contexto en el que tales temas deben ser revisitados, no por cualquiera, sino por nosotros, no en cualquier parte, sino aquí, en la Universidad Bolivariana. De los muchos, me urge comentar, compartir con ustedes, el tema de la Escritura y la Oralidad. No lo traigo a esta pequeña asamblea porque mi especialización transcurra vinculada al área del lenguaje. Definitivamente no, y aunque tal vez no sea necesario afirmo contra toda evidencia que, si no estuviera especializado en el área, también, es muy posible que también lo trajera a colación. Claro, en las condiciones de formación en la que hemos crecido esa posibilidad es mínima. Pero lo que quiero decir es que el asunto, más allá de mi especialización, nos compete a todos, nos atañe, nos toca. Y es así toda vez que aun cuando no sea el lenguaje nuestra área fundamental de trabajo, nos implica en tanto que hablantes, en primer lugar, profesores, acaso en segundo lugar. Si fuéramos químicos y además, aventajados en la Química, es posible que el lenguaje que llamamos natural no sea tan necesario, tan vital, profesionalmente hablando, de hecho equipos de químicos de distintas nacionalidades, empleando para hablar entre sí una lengua franca como el inglés incluso el más rudimentario, se expresan con facilidad en el altamente codificado lenguaje de la Química moderna, lejos de sus países de origen, encerrados en algún laboratorio de Bangladesh. Como no es ni de cerca el caso, y la lengua que empleamos todos aquí es la natural y en abrumadora mayoría la castellana, también llamada español, pues, sea cual sea nuestra área de mayor competencia en los programas de formación, nuestra herramienta básica -a veces más, a veces menos- será el lenguaje, tanto escrito como oral. Así las cosas, ha de ser el lenguaje una de nuestras primeras preocupaciones. De ahí que plantee la necesidad de discutir, por ejemplo, pero profundamente, el siguiente aspecto: la competencia lingüística. En efecto, si mi competencia lingüística es, digamos, aceptable, será siempre posible una lectura y una escritura adecuada a las circunstancias más disímiles, variadas, extrañas, inusitadas. Me será siempre relativamente posible acercarme a cualquier fenómeno que haya sido formulado, descrito, comentado, explicado, transcrito, traducido, en mi lengua natural. Vale decir, yo, circunstancialmente licenciado en letras, puedo leer un texto de sociología, de historia, de literatura, de física cuántica, de medicina tradicional, de ciencia y tecnología, etc. En eso estamos de acuerdo, pero esto, que resulta obvio, deja de serlo cuando nos topamos con la urgencia, en tanto que docentes, de enfrentarnos conscientemente a productos diversos que tienen como soporte material o invisible la lengua, tanto oral como escrita. Por obvio, pasa desapercibido que hablamos y leemos, y que ambas operaciones son aparatos, centros, estructuras de poder. La escuela en la que fuimos formados, actuó como sabemos en contra de todo lo que nos constituye esencialmente. Nos alejó de nuestra familia, de nuestro barrio, de nuestra infancia, de nuestros recuerdos, de nuestra lengua, de nuestros modismos, jergas y variedades lingüísticas. Nos alejó de tal manera que de paso nos alejamos de la literatura y también de la tradición oral. La escuela nos extrañó de nuestras fiestas patronales, de nuestros cuentos de fantasmas y aparecidos, nos alejó de nosotros. A cambio de nuestra familia y nuestro barrio, nos condenó a establecer relaciones impersonales, provisorias y precarias. Alejándonos de nuestra infancia, nos proveyó del mito de la juventud. Cambió nuestros recuerdos por un vacío sin sentido de fechas inconexas. Por nuestra lengua, nos dio un recetario de fórmulas hueras, de signos sin referentes, una gramática que no nos permitió aprender a escribir y una práctica, la lectura, convertida en un objeto de culto. Pese a la devastación, aquí estamos. Ese trabajo fue sistemático y terrible, casi cruel. En él participaron muchos elementos, y sus esfuerzos se coronan cada vez que decimos y escuchamos: «leer me aburre», «la literatura es paja», «a mí lo que me gustan son los números», «la lectura no es lo mío». Y la literatura, o eso que llaman literatura y que yo prefiero llamar la vida, la única ventana que teníamos y tenemos para acceder a la belleza y la libertad, fue tapiada en la escuela. Cuando hablo de literatura no hablo de libros como novelas o cuentos, hablo de todo aquello que, escrito, me ofrece una posibilidad de ser más yo, de amar más y mejor, de vivir a plenitud. No en vano en todos los relatos de fundación la palabra es la piedra fundamental. Sobre esa piedra fundamental cayó la saña de la escuela y de los muchos aparatos de poder que la controlan y la administran. Pero la vida se cuela y reaparece. Aunque intenten pervertir la literatura con, por ejemplo la ¿obra? de Paulo Coelho, allí estará para su vergüenza, Walt Whitman. Aunque intenten comerciar con esa dimensión del hombre que es la ficción, allí estará para siempre Don Quijote, Las Mil y Una Noches, los cuentos de Bocaccio, Juan Rulfo o Palomares. Aunque la escuela intenta acabar con todo eso, la vida, la belleza, la libertad, se escapa. Esta Universidad nació, así lo entiendo, para que la vida, la belleza y la libertad, no tengan donde huir, muy al contrario. Pero para que así sea, urge replantear una serie de aspectos puntuales, como por ejemplo, insisto, la escritura y la oralidad. ¿Por qué? Porque nuestro ser latinoamericano es esencialmente oral. Empero, una de las herramientas de trabajo, en muchos casos principal, es la escritura. Necesitamos tomar conciencia de nuestra oralidad y actuar en consecuencia. Son muchos los elementos que desde la perspectiva de la oralidad se redimensionarían; por ejemplo, la organización popular, el trabajo en las comunidades, las historias de vida, la vida cotidiana, la práctica política, la participación, la teoría del arte. Muchos análisis políticos de la situación actual yerran porque no incluyen la variable de la oralidad, la carnavalización de los discursos, la polifonía, las voces de la calle. La oposición yerra cuando no puede vernos. Es más, no tiene herramientas de conocimiento para entendernos. Nosotros, en cambio, tenemos la ventaja de haber trabajado en sus casas. (Piénsese, cuando no sea en las universidades, en los taxistas, en los ascensoristas, en los mesoneros, en las domésticas, en las secretarias, en todo ese mundo de abajo, a veces secreto y casi imperceptible, siempre humilde, que escucha y calla, que guarda y aguarda.) Nuestra ventaja, hablando en serio, es lingüística. Manejamos varios códigos, y cuando nos provoca y nos toca, hasta la etiqueta. Podemos beber cerveza y whisky. Nuestro desparpajo puede pasar por indiferencia ante el lujo. El latinoamericano es un veterano de las máscaras. Las usó ante sus amos en la Colonia, ante sus patronos y la usa hoy ante sus jefes. No nos conocen. Sus recelos y sospechas se revelan en la violencia, en la negación a ultranza, en el racismo, en la xenofobia. Y lo peor: cuando nos niegan se niegan. Para no vernos se esconden, se encierran. Sus villas son guetos. En cambio, la ciudad es nuestra, como lo es el país. Tenemos, además, un substrato indígena y africano que no podemos esconder como ellos lo hacen, que nos salva y resiste a la dominación, manifiesta en la escritura. La memoria de la resistencia de nuestro pueblo es ancestral. El siglo XVI está a minutos, a tres, a cuatro, a cinco, a diez horas de aquí porque nuestro pueblo y nosotros mismos somos oralidad. Pero la escuela nos dijo que la oralidad (el mundo oral) es pobreza, atraso, subdesarrollo. No obstante, o a pesar de no haber atendido como corderos a la lección donde se nos mutilaba nuestra identidad, a pesar de habernos escabullido en clase al recreo de nuestra infancia, de nuestros sueños, de nuestra familia, del barrio y los amigos, a pesar de ese esfuerzo casi heroico, nos limitó para algo que resulta esencial: casi nos quitó la posibilidad de reflexionar sobre ello, y es precisamente aquí donde arranca nuestra completa y absoluta responsabilidad. Nos toca sentarnos largamente a discutir los planes de estudio y de formación, para introducir esta angustia y convertirla en instrumento de trabajo para la liberación. Tenemos que construir la libertad, estudiando nuestra lengua. Pero no para aprender gramática sino para amarla. No para escribir bien, sino para lograr encontrarnos en lo que decimos. Para mirar no con indulgencia sino con perspectiva histórica y sociológica el drama de los errores ortográficos. La escritura es una herramienta de conocimiento, como lo es la novela, el cuento y por antonomasia, la poesía. Órgano de conocimiento, ni adorno ni miel. No expresa nuestros sentimientos, los crea, descubre y desnuda. Al escribir, aparece uno de y en nosotros que no conocíamos. La escritura le abre paso a lo desconocido. No inventa lo que no existe, nos muestra lo que no vemos. Dijo Cortázar: la literatura es el otro lado de la costumbre. Introduzcamos estas reflexiones en el ámbito de toda la comunidad ubevista. Que nadie quede exento ni le resulte indiferente todo lo que concierna a nuestra lengua materna. Hagamos ruido y que lleguen nuestras reflexiones a toda Venezuela. Estamos llamados a ser vanguardia, no me refiero exclusivamente a nosotros sino a todos, no sólo en nuestro país, sino aun a nivel latinoamericano. No es jactancia ni debe movernos a escándalo, antes al contrario, nos obliga a asumir el reto histórico de llevar adelante y a buen término un modelo de educación inédito. Si llevamos a cabo esta reflexión estemos seguros de que seremos los primeros en hacerlo. Esto no se está diciendo en las universidades tradicionales. Lo sostienen, sólo, de manera aislada algunos solitarios, algunos profesores angustiados como nosotros pero vetados incluso hasta en la autonomía de cátedra. Estamos, pues, llamados a la reflexión. La liberación sólo es posible si luchamos y vencemos la dominación lingüística. El sistema de valores al que dijimos NO el 15 de agosto, niega, constriñe, aborrece los frutos de imaginación y revelación de nuestra lengua materna, la que se prodiga en las cocinas y fogones del pueblo venezolano, la del graffitti, la de nuestras esquinas y mercados, la que se murmura en la hora del amor, la que callamos ante la muerte. Digamos un No rotundo a la negación de nuestra identidad. Ganemos, con esfuerzo y reflexión, nuestra soberanía lingüística. Pongamos, por que no, en tres y dos a la Real Academia. Seremos independientes cuando lo seamos en la lengua, y una forma de hacerlo es amándola, en su literatura, en la sabiduría popular, en nuestras lenguas indígenas, en el encuentro siempre maravilloso de nuestros niños -pequeños poetas- con el mundo. Volvamos a Simón Rodríguez, al maestro Rosemblat. No dejemos solo a Gabriel García Márquez en su ya larga y majadera pelea cuando dice cada vez que puede, y acaba de hacerlo recientemente, como sólo él puede decirlo, que los latinoamericanos tenemos derecho a escribir como nos de la real gana. Para terminar citemos a Ángel Rama, cuando se refiere al proyecto ortográfico y político de nuestro mentor tutelar "Simón Rodríguez":

"Todas las reformas ortográficas que inspiró el espíritu independentista fracasaron. Al cabo de los años dieron paso a la reinstauración de las normas que impartía la Real Academia de la Lengua desde Madrid. Este fracaso, más que lo endeble del proyecto y en ocasiones su nimiedad, delata otro mayor: la incapacidad para formar ciudadanos, para construir sociedades democráticas e igualitarias, sustituida por la formación de minoritarios grupos letrados que custodiaban la sociedad jerárquica tradicional. Es la radicalidad democrática del proyecto de Simón Rodríguez la que le confiere un puesto excepcional en la época y ese acendrado utopismo que aún hoy conserva, como si siguiera a la espera de su realización."


 
 

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