A Nelson Muñoz
por el grato recuerdo de aquella conversación
La posición del discípulo, muy evidentemente es la única esencial. Es por medio de ella que es menester definir la situación humana fundamental.
René Girad. La violencia y lo sagrado
El maestro no puede enseñar nada al discípulo, y no puede porque esencialmente el maestro nada sabe. Entre el discípulo y el maestro existe una distancia infranqueable, un abismo. No es sólo la distancia entre dos universos de experiencias totalmente distintos. Se ha visto en muchos casos que el maestro arrastra al pupilo a sitios donde la enseñanza toma el aire, el cariz de la crudeza. Se hace acompañar el maestro del pupilo, y en esos casos las palabras sobran. «Sólo quédate a mi lado», parece decir el maestro, y el pupilo avanza con él, recorre con él los círculos del infierno. Llega (tarde o temprano, o luego de un largo tiempo o inmediatamente, porque ciertamente entre el comenzar y el abandono el tiempo se disuelve o distiende imperceptiblemente) el momento en que el pupilo queda solo, y con los ojos muy abiertos avanza a su propia perdición. Puede que voltee y acaso allá en las sombras alcance a advertir la sombra de su maestro (y ojalá que así sea, porque de lo contrario, en su abandono, llegará a creer que el maestro jamás existió.) Mas sucede que antes del abandono el maestro nada enseñó; si algo enseña es justamente luego de abandonarlo a su propia suerte. El maestro lo puso -y esa es su única enseñanza- en un punto muerto. En ese punto el pupilo no puede hacer otra cosa que lanzarse al abismo. El maestro fue cercenando la posibilidad de que el pupilo se echara para atrás, reculara, se arrepintiera.
(Se advierte ahora la importancia de la elección. Porque si el pupilo se arrepiente y regresa a la luz, el tiempo que antes no existía cobra una existencia atroz, se convierte en tiempo perdido. Para que el tiempo siga no existiendo, se requiere que el pupilo siga adelante y en soledad, construyendo si se quiere su propia inexistencia del tiempo.)
El pupilo ha sido drásticamente podado de posibilidades de arrepentimiento. El pupilo va cargado de vergüenza, de miedo, acaso de honor. Cuando llega el momento de ser abandonado, el pupilo, que no sabía a ciencia cierta si eso realmente iba a ocurrir, mira a su alrededor y descubre que está solo. Se detiene seca, abruptamente, pero regresar es una posibilidad anulada. Ha perdido esa elección, y sólo por eso ha sido reducido a un mínimo de expresión. Nada puede hacer sino dar el primer paso a la oscuridad y con el primero habrán de seguir los otros, y como cuando nos encontramos en una habitación completamente a oscuras, los ojos se acostumbrarán y comenzarán a percibir las formas, a distinguirlas. Comienza una etapa nueva donde predomina un dulce sentimiento que podemos llamar “nostalgia del maestro”. Sus palabras han sido borradas por lo nuevo, sus palabras de nada sirven, a nada de lo nuevo se le parecen. Si el maestro habló antes, lo hizo en (desde) su propia oscuridad, y el pupilo que las escuchó dijo de su forma de hablar: «el maestro habla en parábolas». En la nostalgia del maestro, el pupilo no tiene palabras sino acicate. No escucha sus «sabias palabras», sólo siente que lo perdería todo -hasta su amistad- de no seguir adelante, de no perderse. Quisiera salir pronto de la oscuridad y correr a sus brazos. Pero de su propia oscuridad no podrá salir porque al avanzar más se hunde en ella, y salir es cada vez más regreso, derrota, pusilanimidad. Por todo esto debemos concluir que el pupilo, si algo aprende -si algo se aprende- lo hace solo, en la oscuridad, consigo mismo, sin más compañía que la vergüenza y el miedo y la vana esperanza de encontrar un sentido a sus pasos. ¿Hablaron de esto antes? El pupilo no pudo dirigir preguntas con ese contenido al maestro porque la oscuridad en la que ahora vive es precisamente su propia oscuridad y su propia soledad. Sólo ahora abandonado del maestro surgen las preguntas capitales. Cuando conversaban, el maestro, que maestro es porque está habituado a la oscuridad y, más que eso, habituado al sin sentido de sus pasos, aun explicando al pupilo con sumo detalle las condiciones de semejante situación, no podía hacérsela comprender mientras que al mismo tiempo el pupilo veía cubrirse el sentido de las palabras con el sugerente halo del misterio. Y es que las palabras del maestro no se comprenden. Incluso cuando declina a hablar de asuntos domésticos, del día a día, en sus palabras se advierte un desasimiento de la realidad que, si no estamos atentos, confundiríamos con un no estar al tanto, con un desvalimiento peligroso, como si la realidad pudiera romper, destrozar la límpida atmósfera en la que el maestro -según nosotros, precariamente- se sostiene. Nada comprendemos; cuando habla de la oscuridad, lo hace con palabras oscuras que oscurecen completamente el sentido. Cuando habla domésticamente, de los asuntos del día, sentimos que no reproduce los accidentes de la realidad, que sus palabras son débiles hilos a punto de romperse. Decimos entre nos «Pobre maestro, está ido». Sentimos que es más él, sólo, cuando nos pone en situación de oscuridad; lo sentimos en su elemento cuando nos lleva a las altas regiones del misterio. En lo doméstico no es sino un ser indefenso, menesteroso. Todo esto no vale sino como evidencia de que nada nos enseña ni puede enseñarnos, que si algo propicia es precisamente la conducción a la boca del lobo, donde seremos -por él- abandonados (abandonados en nosotros mismos.) Ahora bien, y esto es de suma, de vital importancia, el maestro es maestro porque sabe que él nada enseña. Y es esto lo que lo diferencia de los maestros de pacotilla, de esos que dicen enseñar, de esos que creen que algo se puede enseñar. El maestro alcanza su condición cuando renuncia a enseñar, cuando se reduce a sí mismo, y nos obliga por pobreza, por mutilación, por vergüenza, a reducirnos a nosotros mismos, a darnos cuenta de nuestra soledad y de nuestro propio abandono.












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