2. El encanto de una verdadera conversación reside en que es imposible de reproducir. No porque no podamos hacerlo palabra a palabra; no. Se trata de una irreproducción total, absoluta. De hecho, cuando hablamos, sea de lo que sea, somos incapaces de reproducir todos los accidentes de lo hablado, mas sin embargo logramos comunicar escuetamente el contenido, la sustancia de lo hablado. Podemos decir, «sí, hablamos de aquello y de esto otro». Pero lo que quiero decir con la irreproducción total es que cuando conversamos verdaderamente, el contenido, la sustancia de lo conversado desaparece como si no hubiera existido. Porque cuando así conversamos lo que aparece como contenido es una sustancia absolutamente inédita, imposible, desconocida. Hablamos de algo que sólo existe cuando conversamos y que sólo existe porque conversamos. Y no es que conversemos sobre «eso», no, «eso» mismo es la conversación, «eso» no es un tema, «eso» es la conversación misma. Cuando conversamos «eso» aparece, nos necesita para existir pero existe antes, ya es. Nosotros sólo muy indirectamente propiciamos su aparición. No se requiere una situación propicia (propiciada por nosotros) ni especial, no se requiere de nosotros alguna especialidad -cuando aparece ni cuenta nos damos (al darnos cuenta desaparecería)-, nuestro único deber consiste en no darnos cuenta y prestar nuestro aire para su hacerse, para su ser. He creído que ese conversar necesita de nosotros, ¿pero para qué? Sólo entonces, empujado a esa pregunta, advierto que lo que siga está dominado por la mera especulación... He creído que ese conversar necesita de nosotros porque en la economía del aire, Dios necesita respirar palabras humanas. Las necesita, acaso más que nosotros mismos. De hecho, cada vez conversamos menos, por lo que Dios debe sentirse asfixiado. Conversar del modo que Dios lo necesita, cada vez nosotros lo necesitamos menos. Es poco el tiempo de que disponemos para perder el tiempo. Conversar del modo que lo necesita Dios requiere de nosotros un abandono total a los efectos del tiempo, un no sentir el tiempo absolutamente. Sin embargo, decimos con vulgar insistencia «el tiempo es oro». Pero el tiempo, cuando vale, no es tiempo; el verdadero tiempo no existe como entendemos usualmente que existe el tiempo. El tiempo no es la hora, ni lo que tenemos que esperar de aquí a un rato, el tiempo no es la duración. El tiempo no existe. Cuando envejecemos decimos que ha pasado el tiempo, pero envejecer es envejecer, y nada tiene que ver con el tiempo. El tiempo es inexperimentable, el tiempo no se mide ni se siente salvo como ausencia inadvertida. Cuando conversamos lo hacemos en el tiempo; si conversáramos por un lapso indefinido de tiempo (salvo que cuando conversamos no lo hacemos durante un lapso indefinido de tiempo porque conversamos sólo en un instante) durante dicho lapso no envejeceríamos. Se envejece cuando se va de un día a otro, tanto como de un segundo a otro, sin embargo al conversar, como no pasa el tiempo, no envejecemos. Si pudiéramos conversar indefinidamente viviríamos indefinidamente. No es que la muerte al fin no acaezca, de hecho ocurre pero no la advertimos, porque conversar en el tiempo es de alguna manera como soñar o estar muertos. No se conversa del modo que trato de exponer ni sobre el pasado, ni sobre los amigos, ni sobre la vida o sobre cualquier otra cosa. El tema no es lo importante ni lo decisivo, de hecho se puede conversar sobre el pasado o los amigos o de la vida o sobre cualquier otra cosa, porque lo que sostiene el conversar es una urgencia...
(¿pero cómo puede haber en nosotros urgencia por algún aspecto especial de algo desconocido? esa urgencia ya es un don, una iluminación que viene de la conversación no ocurrida aún pero que ya -nos- prepara, precisamente haciéndonos sentir una inédita urgencia de saber lo que a fin de cuentas no sabremos sino cuando estemos conversando, y sin poder detenernos, no obstante, a decir «qué raro lo que estoy aprendiendo», porque nunca creemos que eso no lo sabíamos sino que estaba en nosotros ya, como si lo desconocido ya habitara en nosotros esperando un momento propicio para revelarse. Sin embargo, no ocurre así, nada sabemos de lo desconocido ni lo desconocido habita en nosotros. Lo desconocido necesita de nuestra ignorancia para emerger y recrear una y otra vez -cada vez que conversamos- el mundo. Por otra parte, tampoco sabremos nada de lo desconocido, porque en el momento de hablar creímos saber desde antes, y al terminar de hablar, descubrimos con un poco de extrañeza que nada recordamos, salvo muy pocas cosas, nada sólido, nada que augure una posible y satisfactoria reconstrucción. Lo hablado se desvanece, regresa a su lugar de origen. Qué duda cabe que nos deja entusiasmados, mas sin embargo, vacíos de palabras, exhaustos)
...de descubrir en el tema tratado lo que no existía. Entonces, si se habla del pasado, en tanto que pasado, deja de existir convirtiéndose en presente; los amigos pasan a ser desconocidos; la vida, muerte. Conversar es revelar al paso del aire lo oculto. Los que conversan son tomados por las palabras reveladoras, es por ello que son los que conversan los primeros asombrados (pero están condenados, sin embargo, a experimentar asombro cuando dejen de conversar), y al dejar de conversar, al interrumpirse el fluido aéreo, lo dicho se borra como el despertar de un sueño. Los beneficios para Dios de este conversar son inestimables (si no inimaginables), pero... ¿cuáles para nosotros, oh pobres mortales? Conversar, pienso, nos prepara para la eternidad.
(Porque vivir no es sino un entrenamiento para la muerte. La vida nos ha sido dada para aprender a estar muertos. Si no aprovechamos la vida para aprender a morir, perdemos la vida. Si en todo lo que hacemos no encontramos el filón, la veta de la muerte, nada hacemos. En cada oficio, en cada momento, en cada acto cotidiano bulle la posibilidad de dar con la muerte, que no es otra cosa que la consunción por vía delusoria del tiempo. No se trata de morir de hecho, se trata de vivir la muerte, de sondearla, de pasear en sus jardines. Se trata de poner el cuerpo en el límite para que sea visitado por el alma. No es arriesgarse, no es buscar el peligro, es abrir el cuerpo al mundo, dejarlo sin defensa(s). Que el único riesgo por demás delicioso sea permitir que el cuerpo pierda sus límites, se extralimite, aborde lo inabordable, se confunda con las materias que fluyen; dejarse ir. En esos momentos el alma o el cuerpo permutan dimensiones. El alma invade el cuerpo y lo utiliza para sí, se reconcilia, toma sentido su estar en el mundo. El alma es más que nunca ahora el nexo sagrado, el cordón umbilical. El cuerpo reconciliado con el alma es más que nunca ahora el cuerpo, y un para siempre que no sospechábamos queda balbuciendo.)












Aún no hay Comentarios/Trackbacks para este post...