Hay una distinción que salta a la vista: lo complicado aparece como «problema», y por lo tanto, aunque sea de difícil solución puede ser resuelto, en tanto que lo complejo aparece como «situación», como estado de cosas. Puede suceder, de hecho sucede, que no se quiera o no se esté de acuerdo con una situación específica, de modo que se procure cambiar, sustituir esa situación por otra. Sin duda no estamos ante la noción de problema, aunque podemos hablar de corregir una situación, y aquí la noción de «corrección» se puede confundir con la de «solución» y, por ende, terminar confundiendo situación con problema o problemática. Vayamos entonces a la noción de corrección, problemática ella misma porque supone que algo, una situación, puede ser corregida, esto es, rectificada, hecha recta. Vale aquí puntualizar que ninguna situación es correcta utilizando un parámetro propio, esto es, nada es correcto de acuerdo a su ser sino de acuerdo a un algo externo o exterior que sirve de parangón o parámetro. Toda corrección es modélica o se ciñe o sigue a un modelo. El corrector es siempre algo o alguien externo o ajeno que promueve las modificaciones necesarias para llevar a cabo la corrección, el enderezamiento. La lectura de algo correcto ocurre siempre y necesariamente de (desde) afuera, nada ni nadie se corrige utilizándose a sí mismo como modelo; lógicamente es imposible. Ahora bien, una situación compleja no debería aceptar de buen grado la noción de corrección, porque una situación específica no tiene, ella misma, parangón, modelo, doble, etc., es decir, ninguna situación puede repetirse o darse como tal en otro espacio y en otro tiempo. Una situación es única, de ahí que ninguna corrección pueda corregir una situación dada, puesto que toda corrección, insisto, es exterior y por ende, extraña. Puede haber, cómo no, lo que se conoce como «buena intención», pero de buena intenciones está lleno el mundo… Lo que se requiere es una comprensión in situ de una situación específica, concreta, y llevar a cabo en ella, desde adentro y por de dentro, las transformaciones, los cambios, las sustituciones. Por demás, nada exterior puede solucionar o cambiar una situación. Tarde o temprano la situación intervenida desde afuera, torcerá la dirección marcada e impuesta, reaccionando en contra o de manera diversa, inesperada. La situación tiende a prevalecer y a manifestarse aunque se la intente ocultar o se crea extinguida. Sucede con algunas plagas en sembradíos, las cuales terminan eludiendo la acción de los insecticidas; situación que se ha visto experimentalmente revertida sirviéndose de insectos propios de la zona, o que se habitúan o adecuan a las zonas plagadas, y que necesariamente mantienen el equilibrio ecológico (al menos eso es lo que se busca re-crear) comiendo o destruyendo los organismos invasivos o de crecimiento incontrolado. Las cucarachas domésticas, para traer un ejemplo familiar, también eluden cada cierto tiempo la acción de los insecticidas, pero si dejamos que los tuqueques se reproduzcan (hasta cierto límite y salvando el escollo de las fobias), los insecticidas disminuirán progresivamente incluso hasta desaparecer, algo que nos lo agradecerá en silencio y muy, muy modestamente la capa de ozono. Sólo son ejemplos o ilustraciones que intentan recordar que nada externo puede solucionar una situación interna: si no, recuérdese al tercero que interviene en una discusión de pareja, el cual termina convertido en una suerte de chivo expiatorio en el que recae la violencia indirecta de la pareja, la que termina unida y generalmente repudiando al tercero, al intruso, al cómplice, al alcahueta. Por otra parte, quien lee una situación como problema es siempre alguien que se ha desplazado fuera de la situación, y que de algún modo y valiéndose de algunas herramientas, la objetiva como problema. Quien traduce traiciona, y si la lectura es siempre un acto de traducción, leer una situación equivale a traicionarla. ¿Cómo evitarlo? No leer, no alejarse, al contrario, vivir la situación. Pero no se trata de estar dentro colocándose fuera, no, se trata de estar adentro y ser uno más. Formar parte de la comunidad. ¿Pero como estar dentro sintiéndome por mi formación, por mi cultura, por mi educación, que no lo estoy y que, en efecto, estoy afuera? ¿Cómo evitar el siguiente sentimiento, a saber: Si nací en una comunidad específica y los avatares de la vida me llevaron lejos, y, si al cabo de un tiempo regreso, ¿no podría ayudar a mi gente? ¿Cómo evitar que regreso como salvador? Sólo si logro desaprender podré regresar sin sentirme un salvador. ¿Entonces para qué me fui si no fue para aprender? Porque lo que se aprende, o mejor así, el verdadero conocimiento es la certeza de no saber nada. Otra vez, una vez más la frase griega, antigua: "sólo sé que no se nada". Descubrir, de pronto pero largamente, que ningún conocimiento puede estar por encima del amor y de la amistad, de la belleza, de la solidaridad. Que si de algo sirve alguna técnica aprendida es para que al fin podamos vencer la tristeza, incluso la muerte, no por haber alcanzado la inmortalidad, sino porque la hemos comprendido como la más absoluta de las situaciones —¡Jamás como un problema— Como un problema la asume la medicina occidental, que intenta matar la muerte y con ello acaba provocando un mayor grado de muerte amén de más incomprensión, tristeza y fatalidad. Ir afuera y regresar parece ser la ecuación "ideal" de quien se educa en las universidades tradicionales, por ello se cuestionó durante un tiempo a aquellos jóvenes que salían al exterior y no regresaban, formando parte del fenómeno conocido como "fuga de cerebros". Sin embargo, se trataba de una consecuencia normal de un sistema de educación y de valores en general, que privilegiaba lo externo y lo exterior. Nada más natural -aunque pareciera a algunos un acto de desagradecimiento- que un joven con ímpetu y resolución se residenciara fuera del país y pusiera su talento al servicio de compañías, empresas o universidades extranjeras. De lo que se trata entonces, en principio, es de no ir afuera y si toca, llevar lo de adentro con uno, cargar con la vida a cuestas, vale decir, con su situación. Salir no puede ser más alejarse, sino un internarse en uno y en su comunidad. Viajar hacia adentro. No salir sino entrar. He allí el reto de nuestra Universidad, la Bolivariana. Que todos vayamos al mundo con, de y desde nuestro mundo. Y que hagamos el mundo nuestro, porque además, nuestro es. Del mundo nos compete todo, como dijo aquel, también antiguamente, todo lo humano me compete. Ir hacia dentro no es encerrarse sino abrir las puertas del mundo hacia adentro. Además, uno de los análisis de nuestra situación pasa por comprender que no somos periferia sino centro del mundo. Buena parte de nuestro problema se debe a que a nosotros mismos nos vemos (veíamos) como "fuera" del sistema, out sider, y de algún modo marginales. Esto sin duda facilitaba (facilita) el coloniaje vía "patio trasero de EEUU". Esta automarginación dirigió, por citar un ejemplo, nuestra industria cultural, toda vez que nuestros artistas necesitaban para ser el "reconocimiento internacional". De faltar este, y sin un viaje a Europa o Nueva York que los calificara como artistas, nada se podría lograr. Y si no se viajaba pero la calificación llegaba, pues bien. El hecho es que la autenticación de la condición de artista proviene de afuera, de la "comunidad internacional". ¡Cuántas situaciones no escapan a esta lógica! Pero esto no ocurre sólo hacia fuera, sino también, acaso más lamentablemente, hacia adentro, más precisamente, con los artistas y creadores "del pueblo", los llamados "ingenuos" o artesanos. La calificación de artistas y bellas artes pasa por que los jueces tengan la suficiente formación extranjera y extraña que les permita poder, objetivamente, dictaminar quién es y quién no es en cuanto a arte y artista se refiera. Un sistema complicado de jerarquías y privilegios construyen la red del llamado "arte nacional". Pero este sistema, como sabemos, no actúa únicamente sobre el sistema del arte y las valoraciones estéticas, sabemos que todo un vasto sistema de lo real está construido y depende de las jerarquías y los privilegios. Lo que pone en cuestión el pensamiento complejo es, precisamente, esta noción de jerarquías y privilegios, que siguiendo a Ángel Rama podemos llamar, sencillamente, distancia con respecto al centro de Poder. Vale decir, mi ascendencia, mi figuración, mi preponderancia, mi visibilidad es mayor en tanto y en cuanto estoy más o menos cerca del Centro de Poder. Una de las operaciones que ejecuta el pensamiento complejo en el orden de los signos o de la realidad, es que elimina la perspectiva de la distancia jerárquica porque desaparece el centro ya que todos los puntos en el tiempo y en el espacio son el centro. Basta que el interés recaiga aunque sólo por instante en un punto para que esta sea el centro y el pivote a partir y desde el cual comienza a girar la rueda toda del universo. La imagen del punto puede explicar lo que sucede con las personas, con las instituciones, con los organismos, etc. Un país organizado de acuerdo a esto (sin centro fijo, o mejor, un centro relativo, móvil, cambiante) dejaría de estar repartido en zonas de acuerdo a su "importancia". La ciudad capital, por ejemplo, dejaría de capitalizar una serie de operaciones de jerarquía o privilegio que sin duda alguna le han conferido al país su perfil y fisonomía. El viaje a la Capital, ¿quién duda que es casi una desplazamiento mítico?. El Poder se ha organizado, pues, de manera digamos cartesiana. Arriba y abajo, centro, derecha e izquierda, son coordenadas que configuran una ordenación del mundo que terminan por crear un sistema fijo y prefijado de exclusión y dominación. Hasta la noción de "Otro" está de algún modo dominada por este orden de cosas. En efecto, el otro siempre es distinto, y cuando establezco y establecemos esa diferencia al mismo tiempo establezco una distancia, porque necesariamente el otro está separado de mí, vale decir alejado. Y la distancia es uno de los componentes básicos del orden jerárquico. Por mucho esfuerzo que hagamos por eliminar la distancia, no lo lograremos. Podemos acercarnos, pero nunca unirnos, mejor, nunca podremos "fundirnos", ser (en) el otro. Dios resolvió el problema de la distancia cuando nos hizo a "su imagen y semejanza". Lógicamente, no hizo a otros distintos a Él, nos hizo iguales a Él, de modo que todos y cada uno somos Dios. De ello se concluye que ir a Dios no implica necesariamente un desplazamiento, basta ir (hace falta otro verbo que no contenga la noción de distancia conjuntamente con la desplazamiento) a cualquiera de nosotros, y sin ir más lejos, a nosotros mismos. Si el acercamiento a nosotros es amoroso y pleno, en ese ir a nosotros estará implícito el acercamiento al próximo, al prójimo. Porque nadie va a sí mismo de manera egoísta sino abierta y expansiva, generosamente. Nadie es solo. La soledad es un acto de comunión con uno mismo y con Todo, y ese Todo incluye a todos y a todo. La soledad es comunión con el mundo. Por otro lado, se advierte que todo orden jerárquico no es, digamos, natural, sino como sabemos "artificial", esto es, cultural. Hechura humana. Lo que se precisa es un ordenamiento también de hechura humana que subvierta el orden tradicional o convencional de las cosas, lo que pasa por ordenarlas de otra forma, no en base a mayor y menor, derecha izquierda, abajo arriba, por ejemplo, sino de manera horizontal en base a criterios dinámicos que impidan la separación (y por ende la clasificación y las jerarquías) por mayor o menor lejanía. Imagino que se deban disponer los elementos de tal modo que al llamar o invocar un objeto cualquiera, aparezca en el mismo espacio de tiempo que cualquier otro, invocado en otro momento. Imagino, pues, que los elementos están dispuestos en cualquier punto del universo a una distancia dinámica y siempre equidistante de todos y cada uno de los puntos. Lo que describo tiene ya un modelo a escala: el ciberespacio. Imagino un orden social donde los llamados pueblos lejanos no lo sean más, toda vez que cada pueblo y cada rincón del país sean el centro. Pero esto no puede ser hasta tanto la noción de "repartición por igual" exista, porque repartir supone un repartidor, figura la cual siempre estará fuera, vale decir, siempre será externa. Lo que se requiere es que cada rincón del país no reciba sino que produzca, y no tanto que produzca sino que sea. Cada región y cada ciudadano tiene que ser lo que es, así no habrá regiones más productivas que otras sino distintas. Obsérvese que la noción de diferencia no es en sí misma jerárquica, sino que actúa como evidencia de que todo es distinto mientras permanezca o sea en sí. Aparece la jerarquía cuando se emplea la diferencia para ordenar y clasificar de acuerdo a criterios externos. Por ejemplo: una región que produzca papas no puede ser más o menos importante que otra donde se extraiga petróleo. Para el orden de cosas mundial el petróleo puede tener la importancia que sea, pero a lo interno del país éste principio de diferenciación no puede prevalecer o dominar. Todo el país con sus diferencias es igual, no puede existir una región más importante que otra, ni los criterios de igualdad pueden ser un rasero que distorsione las diferencias naturales, geográficas, climáticas. Esto es, un ejecutivo de maletín y auto deportivo no puede ser más importante ni más visible que el campesino a lomo de mula en un camino lluvioso. En el nuevo país, complejo y hermoso que vislumbramos, todos somos iguales con nuestras diferencias. Como es hermoso el paisaje falconiano y distinto comparado con la selva amazónica o la cordillera andina. Iguales ante Dios y ante la Ley. Iguales ante un nuevo sistema de valores que debemos -por el bien de la Patria- hacer prevalecer.
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