Conversaba con mi esposa sobre las ganas de tener pronto un nuevo hijo, pero la conversación derivó a un terreno y tocó temas que no encuentro suficientemente considerados en el discurso político revolucionario de los medios –en los de oposición ni los espero- y que por el malestar y la rabia que nos produjeron paso a considerar. El hecho es que mi esposa afirma que sólo puede plantearse la posibilidad cuando tenga una estabilidad laboral que le permita salir de permiso sin perder el trabajo; y que ahora no lo intenta porque “con una barriga” nadie la va a tomar en cuenta. Comenzaron, entonces, a aparecer ejemplos, una amiga que tuvo que esconder su embarazo hasta la firma de un contrato. El caso de una muchacha despreciada y maltratada (in)directamente hasta por algunos de sus compañeros cuando su padre, y no ella porque tiene un embarazo problemático, acudió a solicitar la activación del seguro. Otra que tuvo que destetar a su niño a los tres meses por vencimiento del reposo… Son tantos los casos que podemos hacer una lista escalofriante, sin embargo de esa violencia no se habla (de manera sistemática, rotunda y rudamente), aunque atenta contra lo más esencial y tal vez contra unas de las pocas cosas verdaderas que nos quedan en esta vida de simulaciones, estafas y realidad virtual.
El silencio sólo puede provenir de una sociedad definitivamente falocrática, a la que no le interesa tocar esos temas, por demás dolorosos. La misma discusión ha sido arrebatada por consignas esencialmente vacuas y posturas marginales, cuando al contrario se trata de un tema central, sobre todo en sociedades como las nuestras, en las que la mujer es el centro. Paradójicamente, en esta sociedad industrial, en este mundo de empresas y trabajo eficiente y eficaz, en este mundo asertivo, de proactividad y donde “todos ganan”, los seres más importantes, los niños, las mujeres y los ancianos, son los grandes perdedores, sólo porque están alejados precisamente del paradigma de la productividad. De ahí que no nos preocupen demasiado los niños, los viejos y las madres trabajadoras, y que en el fondo su situación nos comunique imágenes de un sordo y callado heroísmo, aparte de poner a salvo nuestra conciencia porque no están pidiendo ni robando sino vendiendo en muchos casos su infelicidad o su pobreza.
El mundo seguirá empeorando mientras más tiempo continúen nuestros hijos solos, consumiendo pasivamente la publicidad del Imperio; mientras nuestros ancianos mueran de soledad y, las madres, abatidas por la necesidad, abandonen el hogar para ir en pos de las malditas ocho horas laborales, que siempre se convierten en diez o más, sin contar las de oficio doméstico y de atención a los niños, invisibles y que no hay nadie ni dinero que las paguen.
Puede resultar grato –de hecho lo es- observar como las oficinas, las universidades, los espacios públicos y privados están siendo ocupados por más y cada vez más mujeres. Es evidente que han vencido miedos y resistencias, aunque el discurso masculino siga predominando e imponiendo una ética y una estética esencialmente masculinizante. El apogeo mediático (en TV e Internet, por ejemplo) del lesbianismo, acaso tenga que ver con la alcanzada visibilidad social, cultural, política de las mujeres, pero en ese discurso se oblitera el conflicto: el varón ha desaparecido, dejando a las mujeres solas con su deseo, ahora dirigido (como desviación permitida, integrada y divertida) a sí mismas. No pretendo agitar susceptibilidades, sólo insisto en el diseño de un discurso mediático dominado en su totalidad por el Mercado, a quien le interesa no tanto la producción como el consumo, aunque para garantizar éste último deba poner a trabajar (y a olvidarse de sí) a seres esencialmente asexuados, física y fisiológicamente inmunes al cansancio, a las enfermedades y al paso del tiempo.
Cómo permanecer impasibles ante los gestos de cansancio (furtivos, escondidos detrás de sonrisas complicadas) de muchachas que no pueden sentarse ni apoyarse a una columna o a una pared porque tienen prohibido ser humanas y en cambio deben fungir de maniquíes, sobre tacones mortificantes mientras son asediadas por las miradas de los hombres que las confunden con mercancía. Bellezas frías y sentimientos mineralizados que no se merecen los míseros sueldos sin vacaciones ni seguro, ni esos contratos efímeros, sobre la base de que siempre hay muchas y es tanta la necesidad y quien quita un golpe de suerte.
Cuando hablemos de socialismo consideremos seriamente esto del Mercado. Es hermoso invitar a las madres a amamantar a sus hijos, pero ¿quien considera “racional” suspender a una mujer por la duración de este período?, y cuando la madre persiste en su empeño ¿no debe ordeñarse y responder a una racionalidad absurda con una racionalidad aséptica, la distancia del tetero que cualquiera puede dar y no el calor del seno materno? Sin contar con que cada determinado tiempo saldrá leche y mojará indebidamente el uniforme, claro que esto sólo durará unos días porque la naturaleza dispuso que haya leche sólo mientras exista un bebé que la succione.
Definitivamente, hay dinámicas económicas y prácticas laborales prediseñadas por esa “mano” supuestamente invisible -o invisibilizada por un discurso que quiere persuadirnos de que el factor detonante del conflicto se encuentra oculto (una forma de inexistencia, y por lo tanto, a qué pelear ni contra qué), tal un misterio imponderable.
Mi esposa y yo tenemos derecho a tener hijos, y es lamentable que tengamos que confinar nuestros sueños ante la injusticia de que no la consideren una mujer sino un mero y administrativo “recurso humano”.
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Mujer, mercado y socialismo
SOBRE LA MALA INTERPRETACIÓN
A Ruth Jiménez,
testigo de esta impaciencia
Ya el título es un desapercibido oxímoron. Decimos con alguna insistencia: “he sido mal interpretado”, pero, ciertamente, sólo he sido, en rigor, interpretado, esto es, no hay interpretación posible que no sea mala. Los pareceres, las opiniones, los conceptos, las ideas que nos hacemos, son interpretaciones y, como venimos diciendo, malas interpretaciones. Que a estas se sumen las de los otros, no responde sino a la dinámica propia de no estar solos en el mundo. Tenemos entonces que el mundo es una vastísima red de (malas) interpretaciones, de primer, de segundo, de tercer grado o infinitas. A lo que debemos añadir que no existen hoy primeras interpretaciones, que la idea que nos hacemos de algo ya existió, ya fue y correspondió en su momento a una mala interpretación.
Pero renunciemos a la transparencia, al mundo tal cual es, y abordemos el problema de la interpretación. Reducido así el problema, vayamos a la interpretación de algo dicho por mí. Si yerro yo (y no tengo cómo evitarlo), el que me interpreta yerra doblemente… se advierte sin poner más eslabones que la cadena es infinita. Yerro porque mi percepción del mundo no es el mundo, de modo que el otro que me escucha o lee, que percibe el mundo por sí (y yerra por ello también), y me escucha o lee, creyendo interpretarme (porque cosa del mundo es lo dicho o escrito por mí), yerra, me tergiversa, me mal interpreta, aunque en el fondo de sí abrigue la esperanza de no hacerlo. Esperanza imposible, amor sin ventura.
Como no existe posibilidad alguna de que esto no ocurra, eludimos el problema, elidimos la palabra mala, y dejamos, pura y estricta, la palabra interpretación. Erramos en ello, sin embargo, pero necesitamos vivir, quién lo duda. En este escenario, casi apacible, surge de nuevo (puede surgir) la mala interpretación. No la que ya despachamos sino la ordinaria, la de todos los días. Y digo puede surgir porque creemos interpretar (o poder hacerlo) bien, lo dicho o escrito por alguien y, sin embargo, ese alguien puede decir (si puede) que ha sido mal interpretado y que no quiso decir eso. Cuando no puede hacerlo, podemos imaginar que la mala interpretación crecerá como un alud. Y aún cuando se entere, esto es, aún cuando pueda o quiera poder intentar detener el alud, ya sabemos lo difícil, pues el interpretante puede aludir a su experiencia, a su saber, a su yo sin orilla, y decir -con el total derecho que le da estar en el mundo- al interpretado, borrado, casi inexistente, «te equivocas, te he interpretado bien». Aquí el interpretado ya nada podrá y, para sí, recogido, balbuceará su propia interpretación (errada por desgracia, pero esto ni lo piensa, debido al temor a reconocer su fantasmalidad) sin destino. Alguien alguna vez tal vez lo salve, lo reintegre al ciclo de su vida. Pero estas líneas tratan del caso aludido, vale decir, de ese momento en que un dicho o escrito es malinterpretado, sometido a creencias particulares que le dan forma, lo alejan del interpretado, lo hacen extraño a él y sin embargo, y allí reside lo peor, que, mientras más mal interpretado más le es adjudicada y adecuada la interpretación errada, más propia y suya es, como si él mismo la hubiera interpretado así, casi como si él mismo le hubiera dado el visto bueno, a regañadientes pero obligado y puesto al descubierto por las circunstancias. Cuando esto ocurre, suele pasar que sus palabras -“he sido mal interpretado”- se tomen como una vana y pésima excusa, de modo que es olvidado, echado a un lado, casi borrado, y su nombre, lo único que adquirirá cuerpo y presencia, devendrá unas pocas sílabas donde se concentrará el horror o el encanto.
Una percepción, sabemos pero lo olvidamos, no es un hecho aislado en palabras y significados, sino un conjunto de avatares donde la sangre, el calor, los huesos, las vísceras, el clima, el instante y su todo, participan. De modo que cuando se reduce el foco de la interpretación a lo dicho o escrito, solamente, y de esto se pasa al nombre del interpretado en un salto de vértigo pero que lo cotidiano alivia, hasta llegar a la frase: “he aquí lo dicho por… de donde deducimos…”, descontextualizamos de tal manera lo dicho que, visto así, resulta casi un crimen. Lo dicho, enunciado por unas sílabas sin sentido -que no un nombre- sino un signo sin más cuerpo que la ausencia. Se dirá con razón que no puede ocurrir de otra manera, mas he aquí lo que esta cómoda verdad concita: que el nombre del interpretado aparezca en toda su dimensión histórica, en su ser y hacer; entonces sí, endilguémosle las palabras a él atribuidas y sólo entonces, interpretemos. ¿De qué hablo? De que seamos él. ¿Imposible? Entonces es imposible toda interpretación y lo que lleve su nombre, una falacia.
Conversación con Nicanor Cifuentes
IV Encuentro de Actores en Homenaje al TEC
“…lo primero no es estrenar ni montar
sino un autoreconocimiento para que haya revelación
y no representación…”
N. C.
El poeta, dramaturgo e incesante promotor cultural Nicanor Cifuentes, conversó con nosotros para narrar desde adentro el cuerpo y espíritu que anima el IV Encuentro de Actores en homenaje al Teatro Experimental de Cali (TEC) “Enrique Buenaventura”, a realizarse del 26 de octubre al 03 de diciembre en varios espacios, entre ellos Maczul, Danzaluz y el teatro de títeres Chímpete Chámpata.
Pozos para mitigar la sed
“Yo me invento fundar la Cátedra Libre del Teatro Latinoamericano y del Caribe en la Dirección de Cultura de LUZ, para empezar a hacer allí pozos donde mitigar la sed. El pozo es la cátedra libre porque era la posibilidad de desarrollar el proyecto escénico teatral. Desde esa canoa empiezo yo a pesquisar hacia dentro y entonces fueron apareciendo unos hatos. El primero, un laboratorio de investigación, de experimentación y de creación teatral, el “Taller del Actor”. Este primer hato coincide con la llegada a Maracaibo de la poeta y la teatrista Elaine Centeno Álvarez. Así empezó y se hizo “Bollanchain”, con Lolymar Suárez Ayala, se hizo lo de Cortázar, “Final de Juego”, y luego se ha hecho el tercer trabajo que es “Tranvía Corazón Descabellado Rueda”. Pero hacía falta una comunidad de hatos, hacía falta vecindades. Entonces apareció otro hato, Ediciones Yanama. Fundé una revista, y entonces la revista era para ir registrando el material de una gente con quien tenemos el parentesco de tener una poética, una metódica, una manera de hacer trenzamiento de ese proceso donde lo primero no es estrenar ni montar sino un autoreconocimiento para que haya revelación y no representación, para conformar un colectivo que en lo fundamental encandile de adentro hacia fuera. Ediciones Yanama está en el cuarto título con el Teatro Experimental de Cali, con sus materiales teóricos, sus experiencias de trabajo teorizadas, sistematizadas. Luego apareció otro hato, Jornadas Actor Cuerpo y Espíritu. Allí dije yo: «en ese hato vamos a empezar a diseñar una manera de estudiar la expresión multiétnica escénica del Zulia». Ahora está naciendo el hato colectivo “Armando Reverón” para eventos escénicos de pequeño formato e incidir en realidades incontenibles, como por ejemplo en la gravedad del deterioro ambiental. Y hay un hato que es para conversar con todos los lenguajes creadores, el pintor, el cuentacuento, el artesano, el rastreador de chipichipis, es decir, todo lo que sea trabajo que requiera de una técnica, que requiera de un tiempo -para que aparezca el chipichipi ya preparado o el poema ya hecho-; son los coloquios. Tienen un nombre muy tieso, muy fuerte, «Estrategias para la simbolización y producción de sentido en la praxis artística regional». Consisten en invitar a gente para que cuente según el tiempo que quiera, si es en tres días, debajo de una enramada o en una tarde con video-beam, sin video-beam, con rayas en el sueño, con carbón, con cal, con señales de humo, como fuera, cómo él se ha inventado una lógica otra con la que comparte un proyecto. Un proyecto por supuesto, que contribuya a hacer el hombre más hombre y hacer el hombre más amoroso y hacer el hombre más solidario y hacer el hombre más alegre y hacer el hombre más visionador de lo que le precede, de tal manera que la cátedra libre, esa canoa, tiene adentro estos cuerpos de trabajo, estos ánimos de hacer.”
Encuentro con los parientes
“De pronto pensamos que era importante invitar a otras personas y es cuando encontramos el trabajo de Eduardo Gil con el TET (Taller de Experimentación Teatral), cuando nos tropezamos con el grupo La Bacante, con el teatro Altof, en Caracas. Entonces vemos que tenemos unos parientes en el país con los que podemos compartir experiencias y así empieza a nacer la idea de que hagamos encuentros en los que durante quince días, una semana, haya intercambios de saberes y conocimientos, «cómo lo hacéis vos, cómo lo hago yo», claro, todo bajo una estructura de taller, lo que implica un compartir experiencias que siempre dan emanaciones para hacer una reflexión teórica hacia el discurso de montaje, hacia un trabajo. No para hacer libros solamente, nos interesa cómo cualificar, cómo darle plenitud al entrenamiento o a sus diversas modalidades para un mayor rigor en la expresión. De eso se trata, el encuentro es para eso, un evento gozoso, donde lo central es compartir entrenamientos, compartir resultados.”
Enrique Buenaventura
“El cuarto encuentro de actores es en homenaje al Teatro Experimental de Cali fundado en la década del 50. Hay que recordar que en los sesenta y los setenta en América Latina se vive un momento político continental liberador acompañado de toda una vanguardia artística, poética en general. Entonces había un movimiento teatral independiente universitario vinculado estrechamente a los combates populares. Augusto Boal en esa época plantea cómo hacer los panfletos, es el mismo que hace la poética del Teatro del Oprimido. En Colombia hay un movimiento independiente muy fuerte, en Argentina ni se diga. Empiezan a aparecer estos colectivos que inician su práctica utópica escénica practicando el socialismo antes que en la realidad se dé. El actor participa en todo el proceso de diseño, en ese sentido el TEC es importante porque cincuenta años después recibimos de él una dramaturgia en la que Enrique Buenaventura, dramaturgo del TEC escribe, pero, no solo en su cuarto, escribe con los actores, y así el grupo empezó a armar una poética de tal manera que toda la dramaturgia colombiana se impregna de ese movimiento que ahí se denominó Nuevo Teatro, el Nuevo Teatro en América Latina y uno de sus gurús fue Enrique. Ahora le estamos haciendo este homenaje al Teatro Experimental de Cali porque fue un grupo que hizo, ha hecho y sigue haciendo una investigación centrada en el arte del actor y le ofrece una herramienta esencial que es la improvisación.”
De fiesta los artistas del mundo
“Nosotros con esta jornada en homenaje al Teatro Experimental de Cali que ahora se llama Enrique Buenaventura (ese niño murió hace dos años y vive en los actores que aún conforman ese grupo, ya es como la tercera generación de actores que ahí todavía inventan), y como hay una fiesta mundial y en cualquier parte del mundo están haciendo algo, un seminario, una muestra de dibujos de Enrique, una relectura de esa poética, o están asistiendo al Teatro Experimental de Cali donde hay una programación durante todo el 2005, lo que hicimos, modestamente, desde nuestra universidad del Zulia y desde nuestras otras universidades donde también vivimos, como nuestra Universidad Bolivariana, es integrarnos a esta celebración, no internacional, sino de los artistas del mundo. Nosotros tenemos memoria de ese grupo, el TEC, porque estuvo aquí. Enrique (cuando digo Enrique no hago elogio de persona, hablo del que desaparece en la obra) vivió para eso, para pesquisar las teatralidades de América Latina.”
Conversación con Gustavo Colina: "Soy un músico universal"
A la sombra de un poema de Manuel Scorza, El desterrado, conversamos con Gustavo Colina, el primer cuatrista de Venezuela. La conversación versó sobre el paisaje familiar, sus primeras lecciones, sus maestros, buscando mirar la vida desde los posibles comienzos y desde lo que va quedando oculto por lo evidente. De un café y por sugerencia de Pancho Villasmil que buscaba la foto, nos fuimos a la casa, al cuatro y a la madre, en la populosa “18 de Octubre.”
Yo soy el más maracucho de los falconianos
Yo soy nacido en Punta Cardón, en el estado Falcón, el 13 de agosto de 1972. No soy propiamente maracucho sino que me he hecho maracucho, tengo dieciséis años viviendo aquí, y ya voy a tener la mitad de la vida aquí, o sea, que dentro de dos o tres años seré más maracucho que falconiano, aunque acabo de decir en estos días que yo soy el más maracucho de los falconianos. Yo me encontré esta ciudad a los 17 años, una edad muy fuerte, una edad donde se están pensando cosas serias en la vida, y ella me descubrió, yo me la encontré, yo me la bebí, formo parte de la vida activa de la ciudad de Maracaibo. Pienso que esta ciudad es muy importante en mi vida para siempre, así como puede ser Punto Fijo, Carirubana, Los Taques, que vienen de ese comienzo de la vida hasta los 17 años cuando comienza otra historia de Gustavo.
Para eso no se daban becas…
Judibana es el hogar, el primer hogar que nosotros tuvimos cuando estábamos pequeños, en el Banco Obrero de Punto Fijo, un apartamento en una planta baja. Nosotros tuvimos contacto también con el deporte porque teníamos un estadio cerca donde jugábamos béisbol, incluso mi hermano participó en organizaciones para jugar el béisbol, y teníamos una plazoleta que era un sitio de encuentro adonde bajaban todas las personas, muchos muchachos algunos que hoy son profesionales, otros que están en otras cosas trabajando sobre todo en la industria petrolera que era lo que marcaba la pauta de la economía local, muchos muchachos terminaron entrando en las petroleras y, teniendo el ejemplo de mi papá, que fue un hombre muy sacrificado y que entró a la industria petrolera de esa época, yo decidí nunca tener contacto con la industria petrolera, inclusive mi papá en algún momento solicitó una beca porque yo iba a estudiar música y le dijeron que para eso no se daban becas. A mí no me interesaba una beca, creo que eso no era lo importante, inclusive yo me vine para acá para Maracaibo con el esfuerzo total de papá.
La venida a Maracaibo
Había dos posibilidades, el IUDEM que estaba naciendo en Caracas, el Instituto Universitario de Estudios Musicales regentado por el maestro José Antonio Abreu que es el presidente de Orquestas Sinfónicas Juveniles de Venezuela, y la Organización de Niños Cantores del Zulia, la Carrera de Música en la Universidad Cecilio Acosta de Maracaibo. La relación tan estrecha que tenía yo con mi familia en este caso con mi madre y mi padre hizo que estuviera más cerca, y más cerca era Maracaibo, porque había más control, inclusive ellos escogieron dónde me iba a quedar cuando decidí irme con otra familia que es la familia Labrador, que me acogió en su seno para yo estar como uno más de ellos, porque yo no fui un residenciado ahí sino que fui un hijo más. Ese encuentro con esa nueva familia, con nuevos valores también, cosas muy importantes que marcaron el rumbo de lo que es hoy mi ser, mi persona. Otro padre, otra madre, unos hermanos, Carlos Labrador que hoy está en Voz Veis, viví con él en su casa durante cinco años, y eso fue muy importante, esa transición de lo que es la primera juventud, se puede decir, de 17 a 22 años, de ahí se desprende otra cosa, otra historia.
En mi casa había un picó con valses vieneses…
Yo supe de la música siempre, en mi casa desde que yo nací había un picó con valses vieneses, ese tipo de cosas que a mi papá le gustaban, había una colección de música criolla, música venezolana y yo siempre tuve la inclinación, siempre me gustó la música, desde niño, tenía radio cerca de mi corralito y todo ese tipo de cosas, yo me sabía el radio, los diales, inclusive hay mucha música que ahora suena que formó parte integral de mi vida. La música, las voces de la radio, la televisión, eso fue muy importante, una televisión de los años 70, distinta a la televisión de ahora, donde había un nivel de producción un poco mayor a los ojos de un niño de cuatro, cinco, seis, siete, ocho años. Había programas nacionales, una programación nacional, y había muchos espacios de participación colectiva, de participación de talentos, eso me llamaba mucho la atención, tanto en la televisión como en la radio. Yo le pedí a mi papá, primero, prunes, prunes era un cuatro, yo abstractamente decía que el cuatro sonaba así prum. En el año 79 mi papá fue a una vacaciones, nos fuimos a Barquisimeto y me compró en esos años un cuatro de Pablo Canela que costó 60 bolívares y un método de Oscar De Lepiani que costó 2,50, yo se lo recomiendo a la gente, aunque es un método es motivador, los diagramas, la gente inmediatamente siente el instrumento.
Yo fui un ejemplo de cómo no se debía hacer música
Yo en ese momento estaba en los primeros años, en tercero, cuarto grado, y yo recuerdo que una vez dijeron ¿quién sabe tocar el cuatro?, y se pararon tres amiguitos, Carlos Eduardo Aguilar, Freddy Quintero y otro muchacho más que no recuerdo el nombre, y dijeron “yo sé tocar el cuatro”, y eso a mí me decía que yo adentro sabía tocar pero no lo podía expresar con mis manos, o sea, yo sé que sabía, no sé cómo, algo extraño, así como diciéndote “hay algo aquí en mi cabeza que me dice que yo sí sé tocar ese instrumento pero no puedo, objetivamente no sé”. Me acuerdo que en ese momento tenía una monja que nos daba clase y yo fui un ejemplo de cómo no se debía hacer una música, porque ella dijo “este muchacho no sirve para la música” porque él está haciendo un figuraje que no es el que yo estoy dictando y de verdad que estaba muy equivocada ella conmigo, porque el único que siguió haciendo música de toda esa gente fui yo. En el año 79 también fui a ver a Los Niños Cuatristas de Paraguaná, y entonces mi papá se estaba afeitando esa noche después de que fuimos al Ateneo de Punto Fijo, y entonces le digo: “Papá tú quieres que yo toque solista o cuatro acompañante”, y entonces él me ve la cara así como inocentemente, me acuerdo porque a mí me preocupaba lo de la afeitada, esa era una de las cosas que a mí me llamaba mucho la atención de los hombres, en qué momento, eso va a ser muy difícil, cuando a mí me toque afeitarme, resulta que aprendí después que todo es paso a paso. Bueno, y él me dijo “lo que tú quieras, lo que tú puedas”. Cuatro, cinco, seis años más tarde fui el director del grupo, del año 87 al 89 fui el director de ese mismo grupo, fue una carrera vertiginosa con el instrumento.
Conversación con Gustavo Colina
(II Parte)
El cuatro, un país en las manos
24 de julio de 1983
En el año 83 me presenté por primera vez en público, en el bicentenario de Simón Bolívar. En ese momento la gente me aupó. Imagínate, un muchacho que apenas salvajemente tocaba el instrumento, medio punteaba con un solo dedo, hacía unas cosas ahí. Sin embargo, la gente me ayudó con el estímulo. Ahora bien, siempre hay un contrapeso, aparte del estímulo yo tenía una rigurosidad en el aspecto disciplinario y en el aspecto personal, que es muy importante. Cuando un papá te dice “¡epa!”, cuando te baja, cuando tú te empiezas a subir y los padres empiezan a sintonizarte, porque la realidad es otra, hay otros, hay muchas personas que pueden tocar como tú, ser como tú, o sea, los padres buscando el equilibrio, pienso que eso tuvo que ver muchísimo con el crecimiento que tuve porque no solamente fue crecer con el instrumento, que creció en la esquina, que creció en el escenario.
Soy un músico universal
Una de mis fortalezas es la capacidad que tengo para estar con toda la gente que se pueda, no tengo distinciones ni raciales ni políticas ni religiosas ni nada, soy un músico universal. Por eso nunca me creí mejor que nadie ni lo soy, pienso que cada día que pasa soy más ínfimo frente al conocimiento y frente al dominio que se logra de la música. Yo tuve muchos encuentros con grandes músicos, leyéndolos, escuchándolos y supe cada vez que si nací en Punto Fijo, que si tenía contacto con mi familia, yo era igual a los demás, como todo el mundo, y eso es lo que hace a veces grande a los hombres, ese entendimiento de lo minúsculo que uno es.
Eduardo Sánchez
Hubo una persona, un minusválido, tenía un problema en las piernas con eso de la poliomielitis, se llamaba Eduardo Sánchez, un tipo extraordinario, un fuera de serie, un gran pianista, un gran arreglista, un coco como pensador, siempre lo tengo presente, si algo estoy haciendo o tocando, me acuerdo de él y me pregunto: “¿Esto le gustará a él? A lo mejor no se imagina que lo esté nombrando ni él esperaba eso porque era un tipo nihilista, uno de esos que no decía “tú estás haciéndolo bien” ni nada. El no era cuatrista, era un pianista, un arreglista, un tipo que tenía una dimensión orquestal en su cabeza, que oía más de lo que yo estaba escuchando.
Guillermo de León Calles
Siempre estuvo muy cercano a nosotros, inclusive él tiene que ver mucho con eso de que me haya venido a Maracaibo. Mi papá siempre estuvo muy apegado a que yo estudiara música, pero mi mamá creía en lo alternativo, tener una profesión. Y una de las personas que habló concienzudamente del asunto fue Guillermo de León Calles, inclusive hay algo que yo podría decir con toda la humildad del mundo y es que yo nunca fui un hombre de buenas notas, fui un hombre de la raya, un hombre de trece, de doce.
El abuelo
Nosotros teníamos ese contacto con el campo, con la otra familia los fines de semana, cosa que agradezco profundamente, y allí me encontré con mi abuelo. Mi abuelo era un decimista, era un cultor del cuatro, un hombre sumamente mentiroso, echador de cuentos, a él lo llamaban “el penúltimo cuentacuentos”. En la época de las petroleras él trabajaba como guachimán, mi abuelo reunía a todos los muchachos, la juventud que después fue la juventud cultural de Caja de Agua, la zona poblada de ahí, entonces la juventud se sentaba y él empezada a echar cuentos, les compraba un refresco y un sándwich a cada uno para que lo escucharan. Ese era su trabajo de todos los días, él echaba innumerables cuentos, era un cuentista extraordinario y tocaba el cuatro, cantaba décimas, décima falconiana, él era un hombre de espíritu alegre, un hombre muy cercano. Yo me pongo a analizar las cosas y por ahí viene el asunto de la música.
El cuatro: un país en las manos
Voy a tocar el 9 de septiembre en el Purcell Room, la sala más importante de Londres, nos vamos a reunir varios músicos internacionales, los mejores guitarristas del mundo, entonces a mí me invitan porque hay un trabajo con Carlos Barbosa-Lima y me toca exponer el cuatro. El instrumento está rompiendo muchas barreras de la misma guitarra incluso, barreras comunicativas, barreras idiomáticas, el lenguaje que está proponiendo el cuatro está irrumpiendo porque tú no estás llevando sólo la música sino que estás llevando un país en las manos, entonces ese es el compromiso que tengo cada vez que salgo. Ahora estuve en el Centro Cívico de San Francisco, California, en el museo de Historia de la Guerra, estuvimos Barbosa y yo, a casa llena, impresionante porque la gente quiere conocer el instrumento, y pienso que poco a poco ese mismo compromiso lo tengo yo mismo con el instrumento porque es una retroalimentación sostenida, lo estoy redescubriendo, cosas que yo tocaba antes que ahora estoy volviendo a tocar, el repertorio nacional, Lauro, Rodrigo Riera, que son guitarristas, Jacinto Pérez, Freddy Reyna, eso va dentro de mí, eso va en el cuatro. Y está la otra parte, que es la del investigador: llevar eso sin perfumarlo, haciendo cosas que estén a nivel de composición, cumpliendo con todas las normas de la música pero sin esos brochazos que imponen algunos músicos. Ya es otra cosa, es como un reconocimiento interno de lo que soy, de la música que soy.
Defender la música: acto de soberanía
En Paraguay me pasó algo muy interesante, no sé si es que a uno lo huelen pero el presidente del Partido Comunista de Paraguay me fue a ver al recital y desde el público alguien dijo “Viva el proceso bolivariano de Venezuela”, inmediatamente otra persona se me acercó y me dijo mañana usted tiene una entrevista conmigo, del diario La Nación, y yo hice esa entrevista en La Asunción, entrevista donde dije “Defender la música es un acto de soberanía”. Hay algunos errores míos ahí, y quisiera profundizar para cometer menos errores, pero fue muy importante porque hablé del proceso bolivariano, de lo que estaba pasando ahora en Venezuela, de la promoción de los valores culturales. Y tuve una entrevista con una red de radioemisoras católicas, porque allá los católicos son otra cosa, quiero decirte que hay cierta claridad en ese sector en otros países de Latinoamérica. En Chile yo estuve después del golpe, en septiembre del 2002, y fue muy interesante porque aparte de ser un portador del instrumento fui un portador de buenas noticias del proceso venezolano, el cual debemos defender y el que debemos nosotros mejorar, o sea, nosotros formar parte integral para que el árbol no se tuerza.
Revolución en la Educación
Ideas para el debate
Cuando nace la Universidad Bolivariana en el año 2003, lo hace –hoy lo podemos ver- con un pie en el pasado y otro en el porvenir. En el pasado porque nace aún sobre el supuesto de que es posible concentrar el “conocimiento” en una suerte de edificio donde los estudiantes van a beber como de las fuentes de la sabiduría. Aunque no era ese el discurso estaba sin embargo implícito en la práctica, y resultaba imposible evitarlo puesto que en efecto los estudiantes acudían en busca del conocimiento, mientras los profesores se preocupaban en “dar” o brindar ese conocimiento, investigando (ellos solos) o preparando clase, compilando bibliografía y materiales para su lectura y discusión. Todo esto ya lo conocemos porque venimos de universidades donde esto es lo común (en el mejor de los casos, dicho sea de paso), y difícilmente encontremos profesores y estudiantes que no incurran en estas prácticas.
Sobre la Universidad como sede del saber no es difícil concluir en que se trata de una entelequia, ni siquiera una utopía o un sueño por alcanzar. En la universidad, en ninguna, es siquiera pensable algo como el conocimiento concentrado y dispuesto sólo para la llegada de ávidos comensales. Del libro se dice que contiene conocimiento, pero un libro sin lector no tiene tal, amén de que su contenido cambia y es distinto de lector a lector aunque ambos lo lean al mismo tiempo, (incluso en un mismo lector la lectura de ayer no es la misma de hoy, y si la diferencia es de años, pues cambia tanto que puede incluso tornarse antípoda). El libro universitario y más el especializado exige interpretantes, lectores capacitados para la lectura de esos textos, los únicos que pueden dictaminar (dictar cátedra) sobre la esencia de los contenidos y los que pueden corregir el curso de la lectura de los noveles lectores. De ahí al profesor que todos conocemos no hay ni un paso, como no lo hay a la Universidad por todos conocida, la de las guías y los exámenes, y donde las discusiones de fondo se reducen a la palabra final del profesor que evalúa y califica. (La fe aquí es fundamental: creo en ti profesor que me lees y me das a leer, es la silenciosa oración que transcurre en el fondo de nuestro ser sin preguntas ni recelos. Aunque en la mayoría de los casos, en la actualidad, esta fe también está en descrédito y como párvulos nietszcheanos decretamos la muerte del profesor: me importa un pito lo que me mandes a leer, haré que estoy pero no estoy, en Internet está, lo copio y lo pego. Y la Internet como ese profesor casi ubicuo al que ni se me ocurre hacerle una sola pregunta.)
Todo ello responde a una estructura de espacio y tiempo que lo favorece. Veamos los salones de clase y su estructura piramidal, atendamos al poder que recae en el profesor, en el maestro de escuela. Además, ¿quién, que esté ejerciendo funciones de docente no está de acuerdo en que él está capacitado para guiar por el camino del saber y hacia las fuentes del conocimiento a sus estudiantes? ¿Cuántos estudiantes no esperan sino exactamente eso? Estas estructuras responden a una idea del conocimiento, cual es que el conocimiento ya existe. Si ya existe, entonces hay alguien que lo maneja, que lo comprende y si tiene la didáctica y la pedagogía adecuadas entonces será un buen profesor. Pero esto es una falacia, construida sobre un supuesto falso. Quien enseña conocimiento prefabricado está obligado a reproducirlo, con la consecuente merma y alejamiento del original, al que jamás podrá alcanzar porque el original respondió a un contexto que el profesor cree inalterado, estático, y en el que a decir verdad ni siquiera piensa o concibe existencia.
El conocimiento, en cambio, no existe sino en construcción y lo que se llama enseñar es en un sentido estricto compartir experiencias, en tanto que conocer no es más que la sistematización de experiencias diversas de aprendizaje. Sistematizó Platón, Aristóteles, Leibniz, Descartes, Newton, Marx, Einstein, o ¿creemos seriamente que fueron sabios silenciosos y concentrados, alejados de todos y de todo? Al contrario, sus ideas fueron fecundas porque el diálogo en su momento lo fue. No existe un sabio aislado, un pensador roñoso que no haya discutido con un amigo al menos y que no haya convertido su experiencia docente, si fue el caso, en una microacademia beligerante y de pensamiento independiente, o en su defecto, que no haya pensado al margen de las bóvedas y claustros universitarios. También los hay que, fuera de la universidad son incendiarios pero dentro repiten la lección consabida.
Por otra parte, los libros donde están sus visiones y versiones del mundo no responden a generalidades intemporales sino a ideas y conceptos históricos, culturales, políticos y sociales respectivos, vale decir, a sus contextos. Creer otra cosa es suponer que las ideas, la ética, las mónadas, el cogito ergo sum, la gravedad, la crítica del capital o la relatividad estaban ahí al alcance de la mano y de la solitaria introspección, lo que lleva a creer que ellos o cualquiera en cualquier época hubiera llegado a las mismas conclusiones, lo cual es falso si atendemos a la simpleza de que el mundo copernicano ya no existe sino como pieza arqueológica del saber y el conocimiento. No obstante, insistimos en que el conocimiento existe per se y que a este se accede estudiando, vale decir, leyendo o recibiendo explicaciones seudo teóricas. El conocimiento, pues, no existe y hay que construirlo, en diálogo. Sólo que en el diálogo pueden participar de hecho y en efecto, los libros, viejos y nuevos, y por supuesto, no es para dedeñar que se cuente con maestros y profesores fundamentalmente investigadores, es decir, creadores (no seudo teóricos, esto es, no repetidores en franco e inevitable desgaste de ideas y cuerdas vocales), que activen los mecanismos de análisis, que desencadenen dudas y sepan conducir las discusiones al puerto de la enervante inquietud, dudas que él se plantea a sí mismo y de las cuales hace partícipes a sus estudiantes, a sus contertulios, a sus colegas, los cuales, debidamente desatados, puestos en crisis, harán las saludables preguntas que no tienen respuesta, aquellos planteamientos que nos exigen a todos (profesor incluido) ir más allá de nosotros mismos. Llegar a que los estatus de profesor y estudiantes sean meros accidentes administrativos de un mundo caduco y feneciente es, según me parece, una tarea de la Revolución. Ir más allá de aceptar sin preguntas corrosivas los “duros textos”, sino mirarlos con ojos descreídos, con sagacidad, con vivaz altanería. Se requieren instigadores, inquisidores, preguntones. De parte y parte. No satisfechos, ni acomodados, ni –son los peores- los que buscan acomodarse. El conocimiento está vivo y es una experiencia vital, no un compendio de fichas y contenidos en definitiva bibliográficos. Porque no hay otro horizonte para este tipo de conocimiento que el libro, el señero, el serio y cerrado libro.
Y como sólo se concibe este conocimiento, es que los saberes populares existen como cándidas plantas exóticas prácticamente en vías de extinción, o bien en espera del desarraigo moderno. Porque nos hemos comido el cuento, lamentable es decirlo, de que el conocimiento académico universitario es el culmen, el punto máximo al que puede y debe aspirar todo saber, todo conocimiento, de ahí que el egresado universitario y más el post, es, de los que saben, el que más.
En descrédito de este tipo de conocimiento es que la Universidad Bolivariana apunta entre otras cosas a la municipalización, y en las grandes ciudades, a la parroquialización.
Planteado en otros términos, es dable y saludable pensar que cada problema requiere y exige soluciones particulares. No es lo mismo construir conocimiento en el municipio Mara que en la Parroquia “Venancio Pulgar”. Esta verdad de perogrullo no es asequible al pensamiento burocrático administrativo central o centralizado, que diseña planes de estudio estandarizados. Es decir, no podemos construir un mismo y único programa para realidades distintas, esto es, tenemos que construir lo que necesitamos en cada uno de los escenarios o aldeas universitarias. Pero lo que necesitamos debe entrar y estar en diálogo con lo construido en las parroquias vecinas y en las no tan vecinas, y alejándonos en la escala, en cada estado y en todo el país y el mundo. Sólo en el cotejo de experiencias propias y lejanas es posible construir conocimiento. Se requiere aventura y riesgo, invento y yerro. Pero también, confianza. Hay algo de paternalismo en el hecho de construir y administrar programas de estudio descontextualizados pero hechos y refrendados por especialistas en la materia, que han leído y citan a especialistas renombrados y casi siempre extranjeros. (¿Pero quiénes son especialistas en las materias que el país necesita, en las nuevas y necesarias materias que deben dar cuenta del vertiginoso devenir de esta naciente República en la que se está cociendo una realidad distinta a todo lo anterior y por tanto desconocida?) El conocimiento verdadero es siempre endógeno. Y ofrece soluciones a problemas locales. No importa si se resuelve un problema de ingeniería hidráulica o se plantean y responden los problemas que atañen a la esencia del hombre, los propios de la filosofía o la poesía. Toda poesía y toda ciencia, por demás, son endógenas a la vez que universales cuando más dialogan sobre eso que somos ante la muerte, el amor, la vida.
Ahora bien, necesitamos crear aldeas arraigadas localmente, dispuestas a plantearse las mismas preguntas aunque siempre distintas y a construir soluciones acordes a esa diversidad. Necesitamos construir programas de formación que atiendan a problemas y diversidades locales. Necesitamos crear laboratorios de ciencia y tecnología local, atentos a las particularidades.
Pero me preocupa que no estemos haciéndonos con el suficiente vigor preguntas para resolver in situ problemas ambientales, productivos, industriales, cooperativistas, empresariales. Me temo que hemos aceptado que existe una tecnología y una ciencia a la que tenemos derecho, cuando el único derecho democrático consiste en crear y validar nuestras propias ciencia y tecnología. Creo que hemos aceptado sin mayores contradicciones que existe un saber técnico y científico (superior, complejo, difícil y exacto) y un saber popular (inferior, elemental, sencillo e inexacto.) En ese sentido estamos colonizados, pero no percibimos con claridad los límites de esa dominación. Creemos que sólo si visualizamos los marines constataríamos los avances de la invasión.
Pienso que debemos debatir estas cosas y construir paso a paso la Universidad Bolivariana que necesitamos. Con ciencia y tecnología local, con empresarios e industriales, con cooperativistas, con emprendedores que necesitan hoy más que nunca soluciones locales a problemas locales, en un escenario claro está que no olvida sino que acerca y pone en la balanza lo global, no como imperativo incuestionable sino como factor a modificar si nuestra acción local apunta en la dirección correcta. ¿O es que acaso el empleo de pesticidas o el desvío de una acequia, o el embaulamiento de una cañada o la construcción de un pozo, no afectan negativa o positivamente el ecosistema, el clima, el ambiente a una escala mayor y casi siempre invisible porque no está frente a nuestras propias narices? Creo que una de las cosas que ha traído el pensamiento global es que nos percata de lo que ocurre en nuestro entorno más inmediato.
Necesitamos, en fin, pensadores y creadores locales, en diálogo con experiencias –incluso en otros espacios y tiempos- también locales (aquellas que no pretenden erigirse en normas y dogmas o que al leerlas y estudiarlas no les confiramos ese sentido) y así establecer un verdadero diálogo de saberes. Necesitamos desmitificar el saber académico, y podemos hacerlo siempre y cuando nuestras preguntas, nacidas en el fragor de la construcción de una mejor calidad de vida en y para nuestras comunidades, necesariamente desbarajusten sus preciados y canónicos recetarios, que pasan muy bien en las universidades apoltronadas y burguesas pero que en nada contribuyen a la hechura de un país que necesita nacer desde adentro.
Personalmente descreo de las universidades, mejor, descreo de los saberes académicos que ellas dicen administrar y que pueden controlar sólo porque están quietos, peor aún, aquietados por la inercia. Descreo además de esas estructuras, paquidérmicas y obsoletas casi desde su mismo nacimiento. He visto y la experiencia confirma, que todo lo verdaderamente valioso en cuanto concierne al conocimiento, fue y es creado al margen y fuera de esos edificios. Históricamente es fácil constatar que las universidades mitifican el saber y el conocimiento y son fábricas de estatus y privilegios, reservados a una casta meritocrática. Lo que a ellas llega enmohece y desde sus filas se acostumbra a perseguir y marginar el saber y el conocimiento vivo.
El investigador es peligroso porque no deja las cosas quietas, porque indaga y no se conforma con lo que le sirven. Además, la investigación es cara, y es dos veces preferible pagar y consumir pensamiento, ciencia y tecnología producidos en centros de investigación (ideológicamente hegemónicos) financiados por Universidades o Estados o Corporaciones (que filtrarán al vulgo lo que consideren pertinente y no atente la estabilidad del sistema) que facilitar y por ende perder el control de las investigaciones porque el conocimiento –quién no lo sabe- es poder. Si se compra conocimiento ya envasado y predigerido y si además se afirma por todos los medios y de una y mil maneras que sólo este conocimiento tiene validez, entonces se perpetúa el modelo de dominación. Está claro que la investigación, según esto, no puede estar en las manos disolutas –soberanas- de profesores y estudiantes, investigadores todos, con recursos necesarios y suficientes, además localizados y arraigados y en diálogo con el mundo, puestos en situación de inventar soluciones para salvar su vida y la de sus hijos, y al salvarlas, salvar el planeta. La ciencia y la tecnología occidentales destruyen el mundo básicamente porque nacieron y se desarrollaron en la creencia de que el mundo era igual en todas partes o que se podía uniformar o que era necesario capitalista e imperialmente hablando, estandarizar procesos y hacer lecturas uniformes. La variedad es considerada un estorbo y lo mejor es eliminarla.
Sólo puedo creer, en función de estas ideas, en una universidad que desmitifique el concepto de universidad burgués occidental, y más aún, neoliberal. No puedo creer en una universidad que aliente el “capital curricular” y las tarjetas de crédito académico. De ahí que sueñe y participe con lo que tengo y puedo, en una Universidad que construye el conocimiento en contextos específicos, con sujetos sociales específicos, con contenidos curriculares al ritmo de las circunstancias y siguiendo, con los oídos y los ojos en vilo, los signos de los tiempos. Por eso me alejo progresiva y sistemáticamente del salón de clases y de los cubículos doblemente adocenados, y me refugio a respirar la amplitud del mundo en la calle, los patios, la casas de mi gente.











