A José Javier Franco
Tal vez sea algo manido, pero en mí fue como una revelación: el humor y el cinismo van juntos. Veamos de cerca el cinismo, y por ende, al cínico. ¿Qué ha descubierto? Que haga lo que haga, la certeza del sin sentido asoma en todos sus pasos, que el polvo del tiempo ocultará todas sus huellas, que nada existe más allá del límite, de cualquier límite. De ahí su risa, su carcajada, su blasfemia. Se eleva el cínico por sobre los asuntos humanos y sobre ellos derrama su causticidad, porque sabe que toda opción se convierte tarde o temprano en la misma, no importa lo opuesto de sus signos. Como las líneas paralelas que se juntan en el infinito, o como aquella línea recta que se encuentra consigo misma, también en el infinito. El cínico, que esto sabe, opta o elige, pero su opción queda invalidada por la conciencia de que poco importaba ésta o cualquier otra decisión. A veces elige las dos, incluso al mismo tiempo, mas no para desafiarlas, sino para jugar un juego decidido de antemano, en el que las dos opciones demuestran su arena y su nada. Sin embargo, quién duda que elige. Asegura haber elegido y hasta dar la vida por su opción, no obstante la vida misma se encarga de retornarlo al punto de donde partió para enfrentarlo con el rostro de otrora y descubrir que nada en verdad cambió, que su opción no logró modificar sustancialmente su ser, su estar, su vida. Diremos que eso es falso, que sí optamos, que sí nos construimos paso a paso, mas insisto, ¿qué habría ocurrido con nuestra vida de hoy de haber elegido justamente lo contrario al momento, ayer, de una decisión? O elegimos fatalmente (entonces el destino existe) o elegimos al azar. Podemos decir que elegimos-forzados-por-las- circunstancias, entonces, no elegimos, sino que estamos en manos de fuerzas en definitiva superiores. Podemos –y esto es peor para nosotros- decir que no tuvimos otra opción. Podemos decir, también, que nos pareció justa la decisión en ese momento y lugar; entonces, la sensación de justicia de dónde nos viene, ¿no es acaso de las circunstancias?, así el ciclo de la fatalidad se instala de nuevo. ¿Qué dice, a todas estas, el cínico? Opta por cualquiera, por las dos opciones, una primero, luego la otra, o bien, las dos al mismo tiempo, esto es, decide jugar (con él y con los otros). Quien cree decidir, en otras palabras, nada decide, se ilusiona (como decir que se miente), pero finalmente toma el camino que ha sido despejado de antemano por las circunstancias… Es aquí o antes, cuando el cínico borra las circunstancias al optar por la rosa de los vientos, por el azar, por lo impensado (lo que no piensa ni puede pensar –ni- él mismo. Si lo hubiese pensado habría caído en manos de las circunstancias y el destino habría abierto –cavado- su fosa.) O bien, lo pensado por nadie. Su opción, pues, no es otra que el disparate. ¿Cómo encontrar esa senda? En la nada, esa nada que se va abriendo y despejando a medida que las cosas existen y se borran, una nada viva, palpitante, que no admite un solo pensamiento, que no admite una sola opción (en su tierra de nadie no admite coordenadas, toda dirección es la misma, tundra de signos, desierto de muros abatidos.) Cuando elegimos creemos someter el tiempo a una virtual detención sólo porque somos nosotros los que nos detenemos, como quien para de pronto de respirar y luego, con un bufido, suelta el aire. Tal detención es imposible pero nos valemos, quien lo duda, de vanas estrategias de ilusión. El cínico, que esto sabe, no opta, es decir, no se detiene y, muy al contrario avanza silbando hacia (la) nada, en dirección alguna, sin que ningún paso devenga huella, pasado, historia. El cínico no tiene historia y a sí mismo se desconoce. Tal vez, en algún momento de su vida con sí mismo tope, entonces se descubre sin pasado ni historia, pero también sin opción. Quien lo ve o ha visto, hasta ese momento, dejará de conocerlo (y de verlo) y si corre –literalmente- con suerte, tal vez logre alejarse sin que su fantasma (el del cínico) lo persiga hasta su enloquecimiento. De esto el cínico, que ha borrado al otro para siempre, ni cuenta se da, y cualquiera de nosotros diría que carece de sentimientos o que es inhumano. Esto lo pensamos porque creemos que lo humano tiene sentido, pasado, presente, futuro. Otros dicen que se equivoca, y que sólo el cínico puede dar fe (pero su testimonio es la risa) de su error, de su ilusión, de su apego casi insensato a la vida. Pero ¿por qué sigue vivo, el cínico? Porque la muerte sería una opción, común y hasta desabrida. Y de lo que se trata es de no optar… Además, la muerte tiene la naturaleza de no ofrecerse, ciertamente, como opción, porque es una y única y todo sueño de opción humana es al menos doble, en realidad múltiple, nunca una y única. Toda opción única es como la muerte o la finge. De ahí proviene la pura sensación de carga pesada que experimentamos ante esas opciones en las que sentimos –erróneamente- que no tenemos otra opción y que sólo resta el salto al vacío. En estos momentos el cínico, que conoce el límite puesto que allí vive, sabe que ninguna opción es tal una y única (salvo la muerte) y justo entonces su risa desborda toda razón, todo comedimiento. Cuando la única opción es saltar al vacío, decide las llamas, abrasarse, el derrumbe. Jamás la salvación como una y única opción, al fin y al cabo muerte postergada. El cínico jamás viaja a Ispahan, no por temerario sino porque esa fábula no fue escrita para él. Huir es una opción y la fábula en ese sentido acusa una visión del destino extrema, propia de un monoteísmo sin fisuras. Esa estratagema encuentra tierra estéril en el cínico. Tendrá pues, que venir la muerte a buscarlo y, como siempre ante las opciones, saludará (la muerte o el cínico indistintamente –fijos ambos en un presente sin orillas-) su llegada, su encuentro, su revelación, como quien de súbito despierta.












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